Lazos de sangre

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Summary

Irene solo quiere una vida normal: seguir con un trabajo digno, salir con sus amigos y mantenerse lejos de los titulares. Pero hay un pequeño problema... su apellido. Nieta del jefe de la mafia más temida del país de Suecia, lleva en la sangre un linaje manchado de poder, secretos y violencia. Cuando los enemigos de su familia cruzan la línea, Irene se ve arrastrada a un mundo del que ha intentado huir toda su vida. Entre lealtades forzadas, traiciones y una identidad que empieza a desdibujarse, deberá decidir si su destino está escrito... o si es capaz de romper con él. Historia totalmente de ficción, todo lo que se mostrara en esta obra no tiene nada que ver a un caso real.

Genre
Mystery/Drama
Author
Bani
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

|| Fachada ||


Una vez más, me encuentro aquí,huyendo, con el corazón desbocado y el alma hecha trizas. La lluvia cae con furia, empapando mi filipina rojo vino a un color que se torna más oscuro, casi negro bajo el cielo tempestuoso. Mis zapatos, alguna vez blancos, están cubiertos de barro, igual que mis piernas temblorosas, hundidas en el lodo de esta montaña que parece querer tragarme. El cabello me cae en mechones enredados sobre el rostro, pegado por el agua y el sudor. Estoy agotada. Harta. Cansada de vivir así, al filo del miedo.

Esta es ya la cuarta vez que intentan secuestrarme.

Cuatro.

Como si la muerte me buscara con insistencia, pero aún no estoy lista para entregarme a ella.

Al menos,no por ahora.

Pero antes de contarles cómo llegué a este punto, retrocedamos en el tiempo. Necesitan entender lo que ocurrió aquella noche. La noche en que todo cambió.



16 de febrero del 2025

En algún lugar de Suecia, un hospital bullía de vida, o de algo que se le parecía. Gente entraba y salía sin cesar, rostros apresurados, pasos que resonaban como un compás constante en los pisos fríos. Aquel ir y venir ya era parte del paisaje cotidiano de este lugar. El inconfundible olor a medicina flotaba en el aire, un aroma estéril que para muchos es desagradable, pero que, en mí, provoca una extraña y serena paz.

Alrededor, el bullicio se entremezclaba con el sonido de máquinas, voces entrecortadas, llantos contenidos. La sala de emergencias era, — como siempre — una trinchera en plena batalla: una lucha constante, implacable, donde cada segundo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. No hay edad para el dolor o para la muerte que en estos casos vienen siendo lo mismo: los accidentes no perdonan, no distinguen rostros ni historias. Nadie está a salvo, absolutamente nadie.

La Radiología es mi rama, nunca fue un lugar fijo. No como el quirófano o urgencias, que tienen territorio propio. Lo único verdaderamente inmóvil eran las máquinas grandes: el TAC, las resonancias magnéticas, esos monstruos silenciosos que parecen dormir cuando no están trabajando. Los rayos X portátiles son carritos sofisticados que llegan a pesar toneladas, y gracias a eso, podíamos ir hasta el paciente «en lo personal ese es mi favorito». Por eso nuestro «lugar» era el hospital entero.

Nuestro equipo vivía en los pasillos, cruzándolos una y otra vez, como si estuviéramos atrapados en una telaraña interminable. Caos puro, al menos en apariencia. Camillas, voces, pasos apurados. Pero cuando el flujo bajaba, cuando la marea humana se calmaba un poco, radiología se volvía extrañamente tranquila. Como si el hospital respirara más despacio ahí.

La luz era tenue, siempre. Los gritos quedaban lejos y en su lugar había murmullos, zumbidos suaves, el sonido constante de las máquinas. Moverse ahí era como hacerlo bajo el agua — todo más lento, más amortiguado e íntimo—.

Cada imagen que capturábamos era una forma de asomarse al interior de alguien más. Un hueso roto, un tumor escondido, un órgano que no funcionaba —como debería—. El cuerpo no sabe mentir, dice la verdad sin importar que. Y supongo que por eso me gustaba tanto estar ahí. Porque mientras la gente podía callar, negar o fingir, las imágenes no. Mostraban lo que había, aunque doliera verlo.

Podía haberme quedado en lo técnico, limitarme a operar escáneres y entregar informes. Pero algo en mí seguía latiendo más allá de lo necesario. Así que cada vez que podía, me colaba en las charlas para residentes, incluso si aún no me correspondía estar ahí. Me sentaba en la penumbra del auditorio, cuaderno en mano, tomando apuntes como si mi vida dependiera de entender cada caso clínico, cada complicación quirúrgica, cada error ajeno.

Este oficio es más que un trabajo.

Es una grieta luminosa en medio de todo lo que no digo. A veces me sorprendo al pensar en voz alta «a mi corta edad he logrado abrirme paso en este mundo donde cada decisión pesa, donde un error no se borra con disculpas». Estar aquí —entre quirófanos, monitores y silencios cargados de significado— no es suerte, sino esfuerzo. Y también es amor, aunque nunca lo diga así.

Me enorgullece a pesar de todo... pero esa tarde, sin embargo, necesitaba espacio. Había pasado horas bajo la luz clínica de los monitores en la sala de rayos X, con voces que se enlazaban unas sobre otras, cuerpos que entraban y salían con urgencia, miradas que se clavaban pidiendo respuestas. El hospital tiene un ritmo que, si no sabes escucharlo, puede devorarte sin aviso. Yo lo conocía bien, pero, aun así, había momentos en los que el cuerpo pedía tregua, y solo un poco de distancia.

Me alejé de mi zona —al menos donde estaba la sala de rayos X —. Subí por las escaleras hasta el segundo piso. Allí, la sala de espera tenía otra cadencia. Menos pasos, menos gritos. El silencio se estiraba entre silla y silla como un animal dormido. No era un lugar completamente vacío, pero sí más amable.

Mis pies avanzaban sin apuro por aquel pasillo despejado, y por primera vez en muchas horas, respire sin que el aire se sintiera pesado. El murmullo lejano de una conversación, el parpadeo suave de una lámpara, el eco amortiguado de mi andar sobre el piso encerado... todo se volvió repentinamente sereno. Ese silencio —tan inusual y tan frágil— fue un regalo.

Casi una caricia.

Me acerqué al mostrador de la recepción buscando algo tan simple. No necesitaba nada en particular, solo un poco de ligereza en medio del peso de las horas acumuladas. Llevaba el termo de café entre las manos, aún tibio. Al llegar, lo apoyé con suavidad sobre el borde de la mesa. Fue entonces cuando las vi.

Estaban absortas, casi hipnotizadas, inclinadas hacia una pequeña pantalla sostenida por una taza que hacía de improvisado un lapicero. El brillo tenue del celular iluminaba sus rostros con un resplandor intermitente.

Una novela turca, por lo que pude intuir. Voces lejanas, música dramática, miradas intensas congeladas en primer plano. Ese tipo de historias que, aunque pueden llegar a ser muy exageradas son demasiado entretenidas. Me quedé quieta un momento, ellas no notaron mi presencia. Ni siquiera parpadeaban, estaban tan atentas a cómo la actriz caía del segundo piso en cámara lenta con expresiones sumamente exageradas.

Una risa leve me escapó sin esfuerzo, limpia y contenida. No tanto por la escena en pantalla, — aunque sí, un poco por eso — sino por el contraste: ese instante de mundo privado, casi doméstico, en medio de un edificio que respira tensión y caos.

Les lance una pregunta para captar su atención.

—¿En serio están viendo eso?

Mi voz era una mezcla de burla afectuosa y complicidad mal disimulada.

Ellas alzaron la mirada como si se despertaran de un trance. Una risa, luego otra. Algún quejido fingido de sorpresa, y ese gesto rápido de culpa compartida, como si acabaran de ser descubiertas en una travesura. La más joven de ellas pausó la reproducción con reflejo inmediato, aunque la sonrisa aún le temblaba en los labios. Por un segundo, todo el hospital se redujo a ese espacio breve de normalidad.

—No... —murmuraba la más joven entre risas suaves, con ese tono entre la negación y la rendición que sólo tienen los nervios dulces de alguien que aún se siente nueva.

Las carcajadas se le escapaban como burbujas, sin que pudiera controlarlas del todo. Sus mejillas, antes tan pálidas como el blanco inmaculado de su uniforme recién estrenado, ardían ahora de un rojo vivo que subía desde el cuello con descaro.

Era una chica encantadora, de esas presencias que iluminan sin esfuerzo. El cabello, recogido en un moño bien peinado, tenía un brillo rojizo que capturaba la luz del pasillo como si ardiera en silencio. Acababa de ingresar al hospital hacía apenas unas semanas, pero ya había algo en ella que la hacía destacar: una mezcla de dulzura tímida y temple inesperado.

No era sólo su belleza serena, sino la calidez que desprendía al hablar. Los pacientes la reciben con sonrisas que antes no tenían, como si su sola presencia bastará para aliviar un poco el peso del dolor. Y aunque aún se movía con la cautela de quien teme equivocarse, aprendía con una velocidad que despertaba una admiración genuina.

—Bueno... sí —confesó al fin, bajando la mirada con una sonrisa entre culpable y rendida—. La verdad es que las novelas turcas te atrapan demasiado.

A su lado, la recepcionista más veterana lanzó una risita breve y luego me miró con ese gesto cómplice que sólo se comparte entre mujeres.

—¿Nos quiere acompañar, Noelia? —preguntó mientras corría apenas el teléfono hacia un lado, abriéndome un lugar simbólico en aquella escena íntima que poco tenía que ver con diagnósticos o urgencias.

Tenía un rostro amable. Bajo esa ternura inicial, se notaba el carácter firme, ese temple que da haber estado demasiado tiempo al pie del cañón. Era una mujer de estructura sólida, no por su físico, sino por su manera de estar en el mundo: sabía cuándo alzar la voz y cuándo guardar silencio. Su experiencia no solo se notaba en la forma en que manejaba el flujo del hospital, sino también en la humanidad con la que protegía a los más nuevos. Juntas —ella y la joven— formaban un dúo curioso, casi simétrico: una como raíz, la otra como brote.

—Claro... pero sólo un momento, ya que Steven se pondrá furioso si no estoy en 15 minutos —respondí con una sonrisa suave.

Apoyé mis antebrazos en el mostrador y me inclinaba apenas, permitiéndome un instante de tregua frente a aquella diminuta pantalla que seguía congelada en una escena de drama exagerado y miradas eternas. Aunque en mi interior, mi propio nombre me incomodo, como si entendiera que esa vida fuera prestada, y no mía. Pero fuera de eso. A veces, compartir unos minutos de ligereza con alguien —aunque sea frente a una telenovela extranjera— puede ser un respiro entre tanta guerra.




Luego de tomar aire, volví a lo mismo de siempre. Estaba otra vez de turno en la sala del TAC esta vez, sentada detrás de las pantallas, en ese cuarto pequeño y aislado por la protección contra la radiación del monstruo que descansaba al otro lado del vidrio. El zumbido constante llenaba el espacio; un sonido que, con el tiempo, deja de notarse... hasta que el cansancio lo trae de vuelta.

Ahí siempre hace más frío. Las salas de TAC —y también las de resonancia— son así, pensadas para que las máquinas no se sobrecalienten. Yo ya estaba acostumbrada, aunque eso no quitaba que el cuerpo sintiera el frío en los días largos.

Me apasiona lo que hago, no lo niego. Pero hay jornadas en las que el trabajo pesa como plomo sobre los hombros. Se vuelve agotador y abrumador, en esos momentos no hay vocación que alcance. Solo queda mirar el reloj de reojo, deseando que avance un poco más rápido, esperando que el turno, por fin, llegue a su cierre.

Estaba revisando los antecedentes de un paciente en la computadora cuando alguien entró a la habitación. Era uno de mis compañeros.

—No te vayas a desmayar aquí —dijo en tono burlón mientras se dejaba caer en la silla a mi lado.

Solté una pequeña risa nasal, sin apartar del todo la vista de la pantalla.

—¿Me veo tan mal?

—Un poco, aunque nadie te ha mandado a doblar turno —respondió, acomodándose mejor y estirando los brazos por encima de la cabeza.

—Si no lo hacía yo, nadie iba a querer, Ferrán —bostecé sin disimulo; las horas extra ya me estaban pasando factura—. Además, mañana me darán el día libre.

—Suertuda —contestó, fingiendo ofensa. Luego ladeó la cabeza, como si acabara de acordarse de algo—. Oye, cuando salgas ¿no quieres venir a cenar con nosotros? Como no se hizo nada el 14 de febrero, decidimos salir a cenar, ya sabes, el grupo oficial de corazones rotos.

Le lancé una mirada cansada, casi suplicante.

—Me encantaría, en serio, pero… no quisiera quedarme dormida en medio de la reunión.

—Cierto... será otro día entonces.

—Gracias por tomarme en cuenta, lo aprecio. —murmuré, volviendo a la pantalla mientras el cansancio me pesaba en los párpados.

Con el paso de las horas, mi cuerpo empezó a funcionar en piloto automático, movido más por la costumbre que por la conciencia. Ya no pensaba demasiado. Ferrán, como el buen amigo y compañero que es, me echó la mano: él se encargaba de colocar al paciente en la mesa, ajustar la máquina y todo lo que implicaba estar de pie, mientras yo monitoreaba todo desde detrás de la ventanilla.

Me movía por puro instinto, siguiendo la rutina aprendida de memoria, dejando que el tiempo pasara casi sin darme cuenta. Así continuó hasta que, por fin, apareció mi jefe, Kai, y me regaló esas palabras que sonaron casi mágicas.

—Noe, ya te puedes retirar. Descansa y nos vemos en dos días.

—Al fin... —susurré para mí, sin fuerza ni entusiasmo, como si incluso el alivio llegará cansado.

Recogí mis pertenencias, me despedí con gestos automáticos, marqué mi salida y entré en el ascensor que me llevaría al estacionamiento subterráneo. El ambiente allí era el mismo de siempre —oscuro, húmedo, con ese leve olor a desagüe que se filtraba entre las paredes de concreto—. Sin embargo, esa noche había algo distinto. Algo que no podía nombrar con certeza, pero lo sentí.

Una punzada.

Una incomodidad silenciosa.

«¿Será?», pensé. «No... no puede ser.»

Hace unos días me sentía algo inquieta, pero no le tome tanta importancia, quise convencerme y apagar las alertas. Encajar la sensación en alguna explicación razonable —cansancio, estrés, agotamiento acumulado— . Pero esta vez no funcionó. Porque esa inquietud que comenzaba a encenderse en mi interior no era nueva. Ya había pasado tanto tiempo y ya no era normal.

Los latidos comenzaron a hacer eco en mis oídos. Una vez que las puertas metálicas de ascensor se abrieron de par en par. No tenía miedo, aún no. Era algo más primitivo. Como si el cuerpo intentara advertirme antes de que la mente llegará a entenderlo. Respiré hondo, y salí del ascensor. No me detuve. Mis pasos siguieron avanzando hacia mi vehículo, más firmes de lo que en realidad me sentía.

«¿Otra vez paranoia?, ¿O acaso mi instinto trataba de salvarme?»

No quise responder. Porque si lo hacía, si buscaba confirmar lo que ya sospechaba, entonces tendría que aceptar que no estaba sola. Y eso —lo sabía bien— significaba dar señales. Significaba abrir la puerta al peligro.

Así que opté por la calma fingida.

En cuanto iba a sacar mis llaves, unas manos surgieron de la oscuridad como espectros decididos, atrapándome sin previo aviso. Sentí la presión firme, y luego el contacto frío de un pañuelo sobre mis fosas nasales. Un instante antes de que todo se desvaneciera, el aroma dulce y punzante me lo confirmó:

«cloroformo» pensé, justo antes de que el mundo comenzará a desdibujarse.

El desconocido me rodeó con un brazo seguro, mientras con el otro mantenía el pañuelo contra mi rostro. Intenté contener la respiración, retener el aire, pero el cuerpo tiene sus límites, y el mío cedió. Las fuerzas me abandonaron, como si la gravedad pesara el doble. Me dejé caer, no por rendición, sino porque ya no había opción.

Pero no toqué el suelo.

Sus brazos me sostuvieron antes del impacto, y en un solo movimiento me alzó, como si mi cuerpo no fuera más que un saco inerte, una carga sin voluntad. «Un costal de papas», pensé, con una chispa de ironía que aún resistía dentro de mí.

Bajé la guardia. Tal vez porque creí que estar lejos de ellos no tendría consecuencias, o quizá por pura ingenuidad. Me habían atrapado, sí. Eso era innegable.

Pero que no se engañen.

Esto no es el final porque no pienso morir ahora.