EL ALFA - MI CAPRICHO PT1
—Oye, ¿dónde están los lobos? —le preguntó Jennie, cansada de buscarlos entre la gente.
—La manada suele estar en el piso de arriba —respondió la camarera en un volumen suficiente alto para hacerse oír mientras señalaba una parte del local con la cabeza—. Si no están ocupados, claro.
—Vamos al piso de arriba —me dijo Jennie al oído.
Negué con la cabeza y cogí mi vaso largo antes de seguir a Jennie de nuevo entre la muchedumbre que bailaba. Me acabé la mitad de la copa antes de alcanzar las escaleras, notando el líquido frío, burbujeante y dulce bajando por la garganta y manchando las comisuras de mis labios. La gente iba y venía de la parte alta, bajando y subiendo, llegando a empujarnos en ocasiones, recibiendo tan solo miradas secas como respuesta y más empujones de nuestra parte. La sala superior no era mejor que la sala inferior, solo había un poco menos de gente y sillones semicirculares alrededor de mesas con mucho alcohol. Olía más fuerte, eso sí, y la luz dejaba de ser tan molesta y se convertía en una iluminación suave y de un azul frío.
Jennie se detuvo a un lado, cerca de la barandilla metálica y echó otro rápido vistazo.
—Ahí están —me dijo, señalando con la cabeza a los sillones.
Miré discretamente mientras bebía más alcohol. Los lobos destacaban bastante porque, como habían dicho en la charla, eran muy altos, muy fuertes y bastante atractivos. Estaban rodeados de humanos que hacían todo lo posible por llamar su atención. La mayoría estaban borrachos o colocados, buscando desesperadamente a un Lobo que hiciera sus sueños húmedos realidad. A mi me parecían estúpidos y patéticos.
—No te muevas, no quiero perderte de vista —me dijo Jennie antes de irse con sucopa en la mano a uno de esos sillones.
A ella siempre le habían gustado los rubios, así que eligió a uno de los lobos con el pelo plateado y brazos más grandes que mi cabeza que había en uno de los asientos pegados a la pared. Al parecer, era uno de los más «demandados» y tendría bastante competencia, pero Jennie no había venido allí para conformarse con cualquiera. De eso no había duda. Me terminé la copa y me moví de mi sitio para ir a dejarla sobre una de las mesas redondas. Había mucha gente alrededor de un moreno de pelo largo y barba corta, demasiado ocupados riéndose y tocándole los brazos para darse cuenta de que me llevaba una de las botellas de vodka de la mesa. Allí no faltaba de nada, por supuesto, era la zona de la Manada. Encontré un asiento libre en la esquina de uno de los sillones más alejados y me senté. Empecé a beber directamente de la botella y a apoyar la cabeza en el respaldo mientras seguía el ritmo de la música con los pies. A veces creí escuchar que alguien me hablaba, pero yo ignoraba a todo el mundo y seguía bebiendo. No había ido allí a hacer amigos ni a buscar sexo. No era tan gilipollas como para intentarlo con los lobos.
—Eh, tú... —volví a oír a lo lejos antes de recibir un golpe en el hombro.
Giré el rostro con expresión seria y me encontré con uno de ellos, mirándome fijamente con sus ojos de un amarillo suave como el ocre. Era muy atractivo, por supuesto, pero todos lo eran; solo que este quizá fuera un poco más grande, y mucho menos divertido que el resto.
—Esas botellas se pagan... —me dijo con su voz grave y seria.
Estaba rodeado de otros humanos que le alababan como a un dios, intentando tocarle allí donde podían. Sobre su camisa blanca que hacía resaltar más el tono tostado de su piel, abierta hasta casi el abdomen, mostrando un pecho abultado y fuerte repleto de un vello fino y negro, en contraste con la cadena plateada que colgaba de su robusto cuello de toro.
—¿Y por qué cojones piensas que no la he pagado? —le pregunté, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos bajo mi vieja visera de beisbol. No quería problemas con ningún lobo, porque incluso el más subnormal sabía que eran una raza peligrosa, pero aquel en concreto tenía algo que me resultaba especialmente desagradable. Quizá fuera su aire prepotente, su mierda de ropa de empresario de éxito, el enorme y absurdo vuelto que le hinchaba la entrepierna o su fuerte olor. El muy cabrón apestaba a un sudor caliente y denso que se podía distinguir incluso en mitad de aquella atmósfera cargada.
—Te he visto cogerla —respondió, apretando un poco los dientes y dedicándomeuna breve mueca de desprecio.
—Oh... —asentí—. Así que tienes a seis personas para ti solo, manoseándote y riéndose de todas las gilipolleces que dices, pero tú tienes tiempo para mirarme robando una botella de mierda.
—Lo que haga o no haga con mi tiempo es cosa mía, humano... —dijo con una voz más grave y enfadada, soltando esa última palabra casi como si fuera un insulto.
Resoplé y puse una sonrisa prepotente en los labios. Entonces me levanté, bebí un par de tragos más de alcohol y dejé la botella vacía sobre la mesa. El lobo me miraba por el borde superior de los ojos, respirando más pesadamente e hinchando su pecho definido y musculoso. Los hombres y mujeres que le rodeaban también me estaban mirando, entre sorprendidos y quizá también un poco asustados. No me importó, les dediqué a todos un corte de manga con ambas manos y me alejé dando pasos hacia atrás hasta girarme en dirección a la puerta de emergencias donde ponía «EXIT». Salir al aire fresco fue como una liberación, incluso aunque el callejón apestara a meados, era mucho mejor que el asqueroso aire del local. Me saqué la cajetilla de tabaco de mi cazadora militar y me puse uno en los labios, apoyando la espalda en la pared de ladrillos antes de encenderlo con el zippo.
Aun tenía que hacer tiempo hasta que Jennie le comiera la polla a algún lobo, o follara o lo que cojones se suponía que había ido a hacer allí dentro. Podía haberme ido, y lo hubiera hecho de haber sabido que en menos de dos minutos la puerta de emergencias se abriría. No quise mirar, concentrado en ladear el rostro hacia el final del callejón que daba a la calle. Sin embargo, me dejé el pitillo en los labios y metí la mano en el bolsillo, sintiendo el fiable tacto de mi navaja. La persona dio un par de pasos lentos y pesados, cerré un momento los ojos y respiré más fuerte.
Yo nunca quería problemas, pero siempre acababa hasta el cuello de mierda; creo que haberenfadado a un puto lobo debía estar en el top tres de mi lista personal de grandes errores. Y eso que era una lista difícil de superar. El lobo se puso delante y, como era ya era evidente que había venido a por mí, le dediqué una mirada por el borde de los ojos. Era el del sofá, evidentemente, con su camisa abierta, su cinturón de cuero negro y sus pantalones de traje azul marino bien apretados contra unos muslos de caballo. De pie parecía incluso más peligroso que sentado, porque debía medir casi dos metros y tenía una espalda y unos brazos musculosos que la tela blanca apenas era capaz de contener. Me miraba fijamente con una expresión muy seria de su rostro fuerte y masculino.
Cuando movió la mano, apreté con fuerza el mango de mi navaja y estuve a solo un instante de sacarla; pero el lobo solo cogió una caja metálica del bolsillo trasero de su pantalón y la abrió con un suave «click» entre el ruido de los jadeos y otros sonidos más sórdidos que llegaban desde la oscuridad tras el contenedor de basura.
El lobo sacó un purito largo y fino y se lo puso en los labios antes de utilizar una cerilla para encenderlo, tiñendo su rostro de una luz anaranjada y titilante antes de soplar la llama y apagarlo. Devolvió la caja al bolsillo sin dejar de mirarme y después se cruzó de brazos, sacándose el cigarro de la boca junto con una bocanada de humo azulado.
—La botella vale cincuenta dólares —me dijo.
Fumé una calada del pitillo, fingiendo una calma que en ese momento no sentía, y solté el humo.
—Pues vaya puto timo —murmuré.
—Es el precio —respondió, ladeando un poco la cabeza—. Lo hubieras sabido si la hubieras pedido en la barra y no la hubiera robado.
Me encogí de hombros y giré el rostro para mirarle de frente. Estaba a un par de pasos. Si me atacaba, tenía tiempo para correr lo suficiente lejos; y si no, le clavaría la navaja en el primer lugar que encontrara.
—Creía que era gratis —le mentí—. Para que la gente se emborrachara y fuera más fácil de llevar a ese lado —hice un gesto vago con la cabeza hacia la parte más oscura de la que salían los gemidos, gruñidos, arcadas, jadeos y demás música celestial.
—¿Crees que necesitamos que los humanos se emborrachen para follárnoslos? — preguntó antes de llevarse el purito a los labios y fumar otra calada—. Vienen aquí porque buscan un buen Macho...
Asentí y me pasé la lengua por los dientes.
—Pues que bien...
Al lobo no pareció gustarle mi respuesta ni mi tono indiferente, porque puso una media sonrisa cerrada y asqueada. Con el purito de vuelta en los labios, dio un paso a un lado hacia un lado, acercándose y empezando a ponerme nervioso. Pensé en salir corriendo ya, pero cuando miré hacia la luz de las farolas sobre la acera a lo lejos, el lobo ya me había cerrado el paso, apoyando el hombro en la pared e interponiéndose.
—Pareces nervioso... —murmuró, como si se riera de mí—. Tranquilo, no te voy a comer...
Tan cerca, no me quedó otra que levantar un poco la cabeza para mirarle a los ojos. Yo era alto, pero el cabrón seguía sacándome veinte centímetro de altura y casi doblándome en el ancho del cuerpo. Pero eso ni siquiera era lo peor, lo peor es que aquella puta peste que le rodeaba se hizo incluso más densa y fuerte, entrando por mis fosas nasales y haciéndome perder por un segundo la respiración. Era asqueroso, yo sabía que era asqueroso, pero por alguna razón, cuanto más lo respiraba, más me estaba empezando a gustar. No, quizá «gustar» no era la palabra. Más bien era algo similar a «atraer». Había algo jodidamente sucio y primitivo en aquella peste que me estaba nublando los sentidos. El corazón me latía más rápido, ya no sabía si por el miedo o porque aquellos ojos de un suave amarillo me estaban mirando como si fuera un puma salvaje a punto de echarse sobre una presa.
—Pues qué bien... —repetí, pero tuve que tragar saliva al final porque tenía la boca seca y pastosa.
El lobo fumó del cigarro, prendiendo la punta de un anaranjado intenso antes de soltar el humo azulado directamente a mi cara. De no haber sido un lobo, ya le habría dado un puñetazo en la cara.
—Sí, qué bien —murmuró con un marcado tono de desprecio en la voz y sin sacarse el purito de los labios.
Entonces se produjo un momento de silencio y tensión que se alargó hasta que el lobo volvió a darle una calada al purito para echar el humo a la cara. Yo conocía el lenguaje de la calle y sabía que me estaba provocando con aquello, menospreciándome e insultándome sin necesidad de decir nada. Pero me encontraba en una situación complicada, por muy enfadado que estuviera con el muy gilipollas, seguía siendo un jodido lobo enorme y muy peligroso; así que me tragué mi orgullo y le dije:
—Mira, no quiero problemas. He venido con una amiga y solo estoy esperando a que termine. La semana que viene te pagaré los cincuenta dólares —era una mentira, por supuesto, porque yo no iba a volver por allí en mi puta vida.
—No quiero cincuenta dólares —respondió en voz baja.
Asentí, cogí una bocanada de aire y miré al frente, hacia la pared de ladrillos sucia, antes de seguir fumando un pitillo que casi se había consumido entre mis dedos. Si a esos gilipollas les iba la mierda del control y esas cosas que habían dicho en la charla, quizá si le dejaba ganar y le ignoraba, se diera por satisfecho y se fuera. Esperé hasta terminarme el pitillo y arrojé la colilla hacia un charco no muy lejano, pero el lobo seguía allí, a mi lado, con su peste y su enorme cuerpo bloqueándome la salida. Entonces se movió. Creí que al fin había pasado todo y me concentré en mirar al frente y no parecer «agresivo»; sin embargo, el lobo solo se metió una mano en el bolsillo y se acercó el poco espacio que quedaba entre nosotros, pegando su pecho abultado y abierto contra mi hombro.
No pude evitar chasquear la lengua y girar el rostro hacia la oscuridad del callejón, tratando deno ahogarme con aquella peste a sudor. Estaba nervioso, algo asustado y muy enfadado, pero también había algo más.
Algo que acompañaba a esa sensación de peligro, una extraña necesidad, una excitación que no entendía por un lobo que estaba empezando a odiar más que a nadie en el mundo. Seguramente fuera el alcohol que había bebido, que me estaba confundiendo tanto junto con aquella peste y le estaban mandando mensajes erróneos a mi polla ya bastante dura. Él se sacó el purito de los labios, golpeó el borde con el pulgar y volvió a echarme el humo a la cara, acercando su rostro y dejándolo flotar lentamente en el aire nocturno. Una última muestra de desprecio y superioridad con la que, quizá, ya se quedaría contento. Sin embargo, se quedó así un poco más, con la cabeza gacha y resaltando su gran tamaño, me dijo:
—Vamos al callejón.
Giré el rostro al momento, dedicándole una mirada por el borde superior de los ojos. Él no parecía contento ni sonreía con superioridad como si me lo hubiera propuesto solo para humillarme un poco más. En realidad, parecía molesto con la idea, casi tanto como yo. Pero ahí estábamos, mirándonos fijamente y en silencio y, por un instante, la idea me puso terriblemente cachondo. Quizá él lo notó, no sé cómo porque mi expresión seguía siendo tan seria y firme como antes, porque empezó a jadear un poco entre los labios y, apretando la mandíbula confuerza, repitió:
—Vamos...
Tardé unos segundos, y fue solo ese momento en el que me agarré a mi orgullo, lo que me impidió girarme directo al callejón; justo el momento en el que sentí una vibración en los pantalones y saqué la mano con la sujetaba mi navaja para buscar el viejo móvil.
—Mi amiga me está llamando —dije con un tono muy calmado para el torbellino de emociones que sentía por dentro.
—Tu amiga puede esperar —gruñó, produciendo un leve y bajo gorgoteo desde la garganta.
—No es de las que esperan —negué, saliendo de la pared y girando lentamente en dirección a la luz. Fue un momento de tensión, porque el lobo no dejaba de mirarme fijamente, visiblemente enfadado y con la mandíbula muy tensa.
—Yo tampoco... —me dijo cuando pasé por su lado. Aunque no estuve seguro de si fue una advertencia o un aviso.
Le eché una última mirada por el borde de los ojos y solté un breve «Ahm...» antes de irme. Estaba claro que no iba a volver y me sentí mucho más seguro ahora que sabía que podría huir corriendo. Así que me tomé la licencia de dar un par de pasos marcha atrás y decir:
—Pues qué bien... —antes de sonreír como un cabrón.
Ya me daba igual. No iba a volver por allí y no iba a volver a ver jamás a aquel puto lobo. O eso era lo que creía...
A la semana siguiente, Jennie quiso regresar, y después de pasarme seis días pelándomela como un mono pensando en el pedazo de bulto en la entrepierna del lobo calvo y soñando con ese callejón, solo pude decir que sí.
—¡Dos de vodka con Coca-Cola! —le gritó Jennie a la camarera.
Después se volvió a ajustar la falda y se giró hacia mí, aunque en realidad lo que quería era mirar hacia el balcón del piso superior donde estaba la manada en sus sillones. No se veía mucho, pero ella puso una expresión de preocupación seguida de otra de desprecio.
—Hay una zorra ahí arriba que lleva una blazer sin nada debajo —me informó. Eché un rápido vistazo.
—Tú llevas un top sin nada debajo —le recordé.
—¿Debería quitármelo?
—Quizá deberías intentar acariciarle el brazo antes de enseñarle las tetas —le sugerí.
—Eso no funciona —negó ella, muy convencida de sus palabras.
La camarera nos sirvió las copas y se llevó el dinero con una rápida sonrisa tan falsa como el rubio de su pelo. Le di un par de buenos tragos y eructé un poco antes de seguir a Jennie al piso superior. Atravesamos a la misma gente que bailaba y empujamos a los mismos cuerpos sin rostro que subían y bajaban las escaleras hasta llegar al piso superior. Llegar allí fue como si la semana no hubiera pasado. No porque el lugar fuera el mismo, sino porque los lobos estaban en los mismos asientos rodeados de, juraría, las mismas mujeres y hombres.
—Ten el móvil a mano por si te llamo —me dijo Jennie antes de salir precipitada a la esquina, donde estaba su rubiazo de ojos azules y brazos más grandes que mi cabeza.
No tardé demasiado en caminar por las mesas en busca de una botella de vodka frío y abierto. Cuando levanté la mirada hacia el final de aquella parte elevada del local, miré unos ojos atentos y una expresión muy seria a lo lejos. Me bebí un par de buenos tragos y solté el aire, dejando la botella de camino en la primera mesa que encontré. Había tomado una decisión: iría allí, me follaría al lobosubnormal, se me quitaría el calentón y no volvería jamás. Ya no era cuestión de orgullo, era solo necesidad.
Así que le hice una breve y rápida señal con la cabezahacia la salida de emergencia y me saqué un pitillo que encendí incluso antes de salir. Me quedé con la espalda apoyada en la pared, fumando bastante rápido porque estaba nervioso e impaciente. Cuando oí el crujido de la puerta, moví al instante la mirada para ver al lobo, con el pelo más largo pero, aun así, bastante corto. Me miró con expresión muy seria y dio un par de pasos, pero no hacia mí, sino hacia la pared de enfrente a dónde yo estaba.
Como la primera vez, parecía enfadado y se sacó la caja metálica de puritos para ponerse uno en los labios y encenderlo con una cerilla. Aquella semana se había puesto una camisa igual de ceñida, pero de color beige claro muy similar a sus ojos, junto con unos pantalones de traje marrones que apenas podían contener ese enorme bulto con el que había estado tan obsesionado.
—¿Vamos o qué? —le pregunté con un tono seco.
El lobo no dejó de mirarme mientras entreabría los labios y dejaba escapar una voluta de humo azulado. No dijo nada, solo cruzó los brazos y siguió fumandofrente a mí.
—No tengo toda la puta noche y no te lo voy a preguntar dos veces —le aseguré, porque todo ese jueguito de gilipollas prepotente y silencioso me tocaba mucho los cojones.
Todavía sin decir nada, movió una mano solo lo suficiente para indicarme con un dedo que me acercara. Eso me jodió. Muchísimo. Ya había tentado mucho a mi orgullo yendo allí aquella noche para follarme al lobo, como para que aún por encima el muy gilipollas se pusiera digno. Yo era muy guapo y tenía buen cuerpo.
Era mejor que cualquiera de los otros subnormales que estaban sentados en su sillón de mierda y no iba a llorar detrás de él como si no lo supiera.
—No —sentencié con un tono apenas controlado—. Ven tú...
El lobo tensó la mandíbula y dejó la mano bajo su enorme brazo musculoso, aspirando otra calada de humo y prendiendo la punta de su purito.
—Te he dicho que yo no espero por nadie... —me recordó—. Si lo quieres... ven
—terminó diciendo eso con la voz más grave y densa, casi como uno de esos gruñidos.
—Ah... —comprendí—. Yo soy el único que lo quiere. —Solté un jadeo y sonreí un poco antes de asentir—. Ya veo...
Fumé una calada del pitillo y, tranquilamente y sin dejar de mirarle, me metí la mano debajo del chándal para frotarme la polla. Oí otro gruñido más alto mientras el lobo parecía cada vez más enfadado.
—Tranquilo, no te voy a comer... —murmuré, recostando la cabeza en la pared mientras seguía masturbándome de una forma nada sutil—. Tienes un minuto o así para acercarte antes de que me corra, después me iré.
El lobo apretó tanto los dientes que debió joder la boquilla del purito. Me miraba con verdadero odio en los ojos, pero en sus pantalones aquel bulto ya estaba empezando a tomar una forma incluso más gruesa y alargada de lo que ya era.
No me privé de clavar la vista allí, perdiendo la sonrisa cuando noté aquella peste a sudor y la intensa excitación que la acompañaba. Le había dicho que tenía un minuto, pero quizá no llegara ni a los veinte segundos. Entonces él se movió, dando un paso fuerte para apartarse de la pared y sorprendiéndome un poco. Se quitó el purito de los labios y lo tiró con asco a un lado para quedarse frente a mí, pegando su frente a la mía y mirándome como si estuviera a punto de matarme.
—Espero que sepas lo que estás haciendo... —me dijo, apretando con fuerza los dientes de gruesos colmillos.
Sin más, me agarró fuerte de la muñeca que tenía medio metida dentro de los pantalones y tiró de mí hacia un lado, desequilibrándome y casi llegándome a tirar al suelo.
—¿¡Qué cojones t...!? —pero antes de que pudiera terminar, ya me tenía agarrado de la nuca y empujaba de mí hacia la oscuridad del callejón.
Traté de liberarle, porque eso no me estaba gustando nada, pero el lobo solo gruñó más, apretó más fuerte y tiró más rápido en dirección a la penumbra de la que llegaban tantos jadeos y sonidos. El lugar era oscuro, pero se diferenciaban sombras y posturas bajo la fina lluvia. Había un par de lobos allí con otros humanos, que estaban haciéndoles... un poco de todo, pero el que me tenía sujeto no se detuvo hasta alcanzar una esquina cubierta y tranquila. Me empujó contra la pared y se pegó mucho a mi espalda, encerrándome bajo su enorme cuerpo mientras no paraba de gruñir y frotarme la entrepierna completamente dura.
—¡Joder, me haces daño! —le dije.
Estaba tan enfadado como excitado. Una mezcla bastante confusa que me hacía apretar los dientes y jadear. Pero el lobo no estaba mucho mejor que yo, dándome la vuelta y tirando de mi muñeca para ponerme de frente a él. Antes de darme cuenta, ya tenía su rostro pegado al mío y sentí su lengua queriendo abrirse paso entre mis labios entreabiertos. Gemí por la sorpresa, y después gemí porque el muy gilipollas tenía una lengua enorme y gorda que te llenaba la boca. No sé cómo explicarlo, no era la técnica ni la forma en lo que lo hacía, solo el tamaño y la sensación de plenitud que me hacía sentir; por desgracia, fue el mejor beso que me habían dado nunca y me puso como una jodida perra.
El lobo me besaba y casi no me dejaba respirar, metiendo una mano por debajo de mi camiseta mientras sumergía la otra en el interior de mi chándal. Levanté una pierna y le rodeé la cadera, facilitándole el acceso a mi ano, que no dudó enacariciar con la punta de los dedos. Su tacto no era suave en absoluto, sus manos eran enormes y algo callosas, algo ásperas por momentos, pero las utilizaba de una forma casi delicada: solo apretaba lo suficiente y después las movía a otro lugar que quisiera explorar mientras no dejaba de meterme esa lengua con regusto a purito.
Yo también le buscaba, inmerso en aquella peste y en un placer que no me esperaba sentir. Tocaba su enorme pecho bajo la abertura de la camisa, sus bíceps más grandes que mi cabeza, sus abdominales sobresalientes y marcados, e incluso su culo, que se merecería un párrafo propio de descripción. Al lobo parecía gustarle tanto como a mí, pero a la vez gruñía y se enfadaba cuando llegaba a algunas partes como el cuello o me acercaba demasiado a la entrepierna.
Yo le ignoraba, por supuesto, lo que solo le enfadaba más y le hacía besarme más fuerte y apretarme más contra la pared hasta casi ahogarme.
Aquello ya estaba superando con creces todos los sueños húmedos que había tenido sobre aquel momento, y eso que solo nos estábamos tocando el uno al otro como una panda de adolescentes salidos y desesperados. En algún momento el lobo se detuvo, separó su boca empapada en saliva y apartó la mano con la que había estado jugando con mi ano para meterme los dedos en la boca y mojarlosbien antes de devolverlos a su sitio. Apreté los dientes y solté un gruñido grave al notar como uno de ellos se adentraba en mi interior. Como ya había empezado el juego duro, no dudé en bajar la mano desde su pecho cálido y firme hacia el cinturón, desabrochando rápidamente la hebilla y el botón para alcanzar el gran premio.
Bien, creo que a esto sí he de dedicarle un párrafo propio. Su polla era enorme. Eso no era algo que no supiera ya, porque tampoco lo trataba de ocultar en esos pantalones de traje ceñidos, pero tocarla estando dura, resultaba incluso intimidante. Era del grosor de una lata de bebida energética Monster y, a ojo, debía medir unos veintidós o veintitres centímetros; por si eso no fuera poco, estaba empapada en líquido preseminal y apestaba tanto que nada más sacarla me llegó tal olor que me dejó sin aliento. Verla, era muy excitante; pensar que tela iban a meter hasta el fondo, asustaba un poco.
Por suerte, yo ya estaba tan jodidamente cachondo que no me paré a pensar en ello.
Cuando empecé a masturbarle de arriba abajo, centrándome más en la cabeza caliente y húmeda, el lobo jadeó más, me besó más fuerte y me metió el dedo por el culo más al fondo. Gemí en su boca, apreté los dientes cuando me metió un segundo dedo y volví a abrir los labios cuando utilizó su propio líquido preseminal para humedecerse la mano y meter incluso un tercero. Parecía mucho, pero ambos sabíamos que iba a necesitarlo si quería meterme aquella puta monstruosidad de polla. No estuve seguro de cuánto tiempo paso, porque me perdí entre los jadeos, las sensaciones y el fuerte olor que lo apestaba todo.
Solo fui consciente del momento en el que me cogió en brazos, sujetándome las piernas y levantándome en el aire hasta tenerme pegado a la pared a la alturasuficiente para que le fuera cómodo apretar la punta de su miembro contra mi ano dilatado.
—Ten cuidado... —le advertí con una mirada seca.
—Si tienes miedo, no haberme provocado... respondió, apretando un poco para empezar a sumergirse dentro de mí, muy, muy lentamente, casi como una tortura.
Abrí los labios y perdí el aliento. Era demasiado, era demasiado, no iba a poder, pero seguía adelante, joder, era mucho, no, no, y entonces: sí. El culo se me empezó a empapar de líquido pegajoso, caliente y apestoso, llegando a deslizarse gotas por entre mis nalgas solo por lo muchísimo que el lobo se mojaba sin parar a medida que se metía más y más dentro de mí. Cuando ya estuvo la mitad dentro, el resto no fue nada.
—¡¿Quieres meterla de una puta vez?! —le grité.
A lo que el lobo gruñó con fuerza y, con un movimiento de cadera, me la clavó hasta el fondo. Vi las jodidas estrellas. Tenía el culo al límite y completamente lleno. No es una sensación que se pueda comparar con nada exactamente, a noser que también te hayas follado a un lobo con la polla enorme; o, quizá, que hayas hecho fistingh y te hayan metido un brazo por el culo. Le golpeé el pecho duro y firme y eché la cabeza atrás, necesitando un par de segundos de respiraciones profundas para volver a mirarle a los ojos y jadear:
—Fóllame... bien duro.
Y eso hizo. Lo que pasó exactamente, no puedo recordarlo. Sé que era una sensación tan abrumadora que creía que en algún momento me daría algo. El lobo jadeaba, me besaba, me encerraba entre su cuerpo y la pared y no dejaba de agitar la cadera. Yo le rodeaba el cuello, tiraba de su camisa, le arañaba un poco la espalda y me agarraba de todo lo que podía mientras ahogaba gritos y jadeosque no estaba del todo seguro que fuera de placer.
Como me pasaba con ese lobo, era todo muy confuso y había una mezcla de emociones que pasaban de unextremos al otro a la velocidad del rayo. Se corrió por primera vez en menos de diez embestidas. Lo supe porque gruñó más alto y sentí el calor denso de su corrida en mi interior; después llegó a la segunda, inmerso en una especie de enfado repleto de gruñidos graves; de la tercera sí me acuerdo porque noté otra de aquellas oleadas calientes dentro de mí y fue cuando empezó a morderme en la parte baja del cuello; y no se detuvo hasta alcanzar la cuarta.
Entonces todo cesó. El lobo abrió la boca babada, tragó saliva y levantó el rostro sudado hacia el cielo del callejón. Frunció el ceño e interrumpió sus jadeos acelerados para poner una breve mueca de incomodidad mientras su polla, por si ya fuera poco,empezó a hincharse dentro de mí. Una inflamación de esas proporciones para un novato... sí, era como querer pilotar una nave espacial cuando no sabías nimontar en bicicleta. Por suerte, estaba tan jodidamente relajado y flipado que no opuse resistencia alguna y, lentamente, las paredes de mi recto se adaptaron a aquella nueva necesidad.
Ninguno de los dos dijo nada. Simplemente nos quedamos allí, con las frentes sudadas y pegadas, recuperando el aliento, tan pegados que compartíamos el vaho caliente, con los ojos cerrados y sin mirarnos. Como si hubiéramos cometidoun crimen y ahora tuviéramos un oscuros secreto que jamás le contaríamos a nadie. En parte, eso podría ser bastante cierto, porque estaba seguro de que el lobo sabía tan bien como yo que aquella follada había fluido demasiado rápido entre el odio y la excitación. No había amor ni cariño allí. Solo dos hombres que no se gustaban, pero que, por algún motivo, se atraían muchísimo el uno al otro.
Así que, cuando la inflamación terminó y abrí lentamente los ojos, me encontré con los suyos, de un ocre suave y casi brillante en la penumbra que nos rodeaba. Como casi siempre, solo parecía serio y enfadado, incluso después de haberse corrido cuatro veces. No se me ocurrió otra cosa que darle un par de palmadas en la mejilla y decir:
—Buen chico. Ahora, bájame.
Apartó los brazos tan rápido que casi me precipité de culo al suelo mojado, por suerte, tuve buenos reflejos y me apoyé contra la pared, apretando mis piernas temblorosas y con los pantalones por las rodillas ante de recibir el golpe. Levanté la mirada con una expresión seria.
—Como vuelvas a hacer eso, te quemo el puto coche —le advertí.
El lobo ya se estaba metiendo su enorme polla flácida dentro de los pantalones y abrochándose el cinturón sin dejar de mirarme desde lo alto con una de sus caras de desprecio.
—Creo que no entiendes que solo te he hecho un favor... —murmuró—. No te imaginas la suerte que has tenido conmigo, así que deberías ser un humano agradecido y tener un poco de respeto.
Preferí incorporarme y subirme los pantalones antes de recobrar el orgullo y la dignidad, aunque con lo dilatado que tenía el ano y lo empapado y pegajoso que tenía el culo después de la tremenda follada que me había echado, pareciera difícil.
—Que yo recuerde, solo estaba fumando tranquilamente cuando tú te echaste sobre mí —le dije, sacándome un cigarro para ponerlo en los labios y encenderlo en mitad de la penumbra, iluminando mi rostro y el pecho del enorme lobo con una luz breve y anaranjada—. Fuiste tú... —solté el humo y puse el dedo índice y anular en su pecho con la misma mano con la que sostenía el pitillo—, quien se acercó...
El lobo apretó la mandíbula gruesa, alzó la cabeza con orgullo y elevó el pectoral en una postura muy orgullosa.
—Eso no volverá a pasar jamás —juró, a mí y, quizá, a sí mismo.
—Claro que no —asentí—. Hasta nunca, grandullón —y me fui, dejándole con la palabra en la boca y gruñendo como un gilipollas.
Yo sonreía y fumaba en dirección a la luz y a la salida. Miré el móvil para comprobar que Jennie ya me había llamado un par de veces y puse los ojos en blanco. Le mentí cuando percibió mi peste a lobo, le dije que no había follado, solo que me había juntado mucho a uno en el sofá. También le dije que no volvería jamás al Luna Llena. También mentí.