Bajo vigilancia
"Mi vida era normal… hasta que mi padre se convirtió en uno de los hombre más ricos del mundo."
Hola, mi nombre es... yudianny. Me dicen yudi,Tengo 17 años y soy de República Dominicana.
Claro, aquí empieza mi historia, pero antes de contarles cómo empezó todo, ¿por qué no hablamos un poco de mi vida mientras empaco para mudarme a otro país? Toda mi vida la he pasado aquí, en República Dominicana. Mi madre murió cuando tenía 2 años, no recuerdo nada de ella, solo tengo fotos y algunos videos. Desde entonces, mi padre se ha dedicado a cuidarme. Aunque mi padre dice que soy algo rebelde, tal vez lo dice porque, no sé, tal vez por aquella vez que me tatué la espalda baja, sin decirle. O la vez que decidí pintarme el pelo de blanco grisáceo, o tal vez porque me arrestaron 3 veces por exceso de velocidad. La verdad no iba tan rápido, como dicen. Bueno, tal vez sí, un poco, solo un poco.
Pero bueno, ya basta de mí. La cuestión es que todo cambió cuando a mi papá le ofrecieron un mejor trabajo en otro país. Ya saben, la típica oferta que nadie puede rechazar. Así que, sin más, nos mudamos, y ahí estaba yo, en medio de la nada, con mi vida empacada y mi cabeza llena de dudas. Mudarnos no fue lo que me molestó; lo que realmente me jodió fue el hecho de que mi padre no entendía ni una palabra de lo que sentía. Para él, todo era un “mejor futuro” y “un nuevo comienzo”. Pero para mí, ese futuro no era el mío, y ese nuevo comienzo me lo estaba imponiendo como si tuviera algo que ver conmigo.
Por supuesto, él no lo entendía. Para él, yo era solo una niña rebelde que no sabía apreciar lo que tenía. Pero no era eso, ¿saben? Solo quería que me viera como algo más que una hija que tiene que ser “protegida” de todo, porque créanme, no soy esa chica.
Así que aquí estaba, con la maleta llena de recuerdos de mi vida anterior. Recordaba mis clases de inglés, mis entrenamientos de kung-fu y esos días en los que todo parecía más sencillo. Y de repente, me encontré en un país nuevo, con un montón de gente que no conocía y una vida que no pedí.
Pero lo peor, lo que realmente me hizo sentir como si me estuvieran quitando todo, fue el tipo que papá asignó para que me cuidara. Como si no pudiera cuidar de mí sola. Su nombre: Dante. Él no tenía ni idea de lo que era vivir en mi mundo, y la idea de tener a alguien pegado a mí todo el tiempo… no sé, simplemente no me iba. Si me preguntan, no lo soportaba.
Al principio, me parecía solo un tipo frío y calculador, con esos ojos verdes avellana que parecían ver a través de mí. Lo odiaba, pero a la vez no podía negar que había algo de él que me hacía sentir... no sé... incómoda. Como si algo estuviera a punto de pasar, algo que no podía controlar. Y no me gustaba no tener el control.
Pero, bueno, esto no es todo. La historia de mi vida acaba de comenzar, y créanme, esto solo es el principio.
Aquí es donde empieza todo.
Cuando nos fuimos al aeropuerto, no me atreví a voltear a ver a mi papá. Estaba tan molesta por tener que dejar todo atrás que ni siquiera me molesté en fingir que me importaba.
Subimos al avión y, por supuesto, él tenía que agarrarme las manos como si fuera una niña de cinco años. Y ahí, con esa cara de “yo tengo la respuesta a todo”, suelta: “Esto es lo mejor para los dos, Yudi. Allá vas a poder hacer amigos, tal vez hasta conozcas algún chico que te cuide como yo lo hago.”
¿En serio? ¿Me está diciendo que voy a necesitar a algún idiota que me cuide? ¡Por favor! No soy una niña, papá, no necesito que nadie me cuide. Ni siquiera tú. Pero claro, eso no lo dije en voz alta. Solo me quedé callada, tragándome el veneno mientras él se acomodaba en su asiento, como si todo eso fuera normal.
Después de todo, pasaron dos horas... o tres, no sé, con esta actitud, pero me había quedado dormida en el avión. Y, para ser honesta, eso de salir tan temprano no era lo mío. No me importaba cuántas veces mi papá me dijera que “era por el bien de los dos” o que “este cambio sería lo mejor para mí”, porque yo no estaba comprando nada de eso. Estaba cansada, con el cerebro frito, y solo quería que todo esto terminara.
Cuando llegamos a nuestro destino, mi papá me despertó con la brillante idea de decirme que “ya era hora de bajar”. Como si fuera tan fácil. Abrí los ojos, medio atontada, y ahí estaba él, con esa sonrisa de “todo va a estar bien”. Pero no dije nada. Nos levantamos, agarramos nuestras maletas, y fuimos a la zona de recogida.
Y fue ahí cuando lo vi. Un hombre, vestido con un traje negro, saliendo de un carro elegante. Miré el carro, luego a él, y me quedé helada. ¿Chofer? Pensé, ¿esto es una broma?
“Soy su chofer”, dijo, con la misma voz plana y calculada que usan los que creen que lo saben todo. Lo miré con cara de incredulidad. ¿Este viejo está de jubilación o qué? En serio, parecía que no hacía falta un chofer para nosotros. Ni en mis peores sueños pensé que acabaríamos en una de esas historias de “familia rica con chofer y todo”.
Mi papá, claro, no podía estar más feliz. Sus ojos brillaban de emoción. Y ahí estaba yo, solo pensando si en algún momento este circo iba a detenerse.
Vámonos, Martín, así fue como mi padre llamó al fósil, digo, al chofer. El tipo ya estaba bien mayor, no tenía la culpa de que yo no quisiera estar ahí, pero en serio, todo me molestaba. Y lo peor es que no me importaba que él fuera solo un “chofer” que estaba haciendo su trabajo. Es solo que... ¿por qué yo tenía que estar aquí? ¿Por qué tenía que dejar mi vida atrás por el capricho de mi padre? No es que me importara demasiado, pero la idea de estar en un lugar donde no conocía a nadie, con un montón de personas que ni siquiera entendían lo que sentía, me estaba volviendo loca.
El fósil... perdón, Martín, tenía la misma cara de siempre, esa de estar acostumbrado a hacer de todo, pero ¿quién le daba esa confianza para tratarme como si estuviera en mi lugar? Mi lugar estaba en Dominicana, no en un maldito carro de lujo con un tipo al volante que ni siquiera parecía querer estar allí.
Pero claro, mi papá solo sonreía, porque estaba tan contento con su “nuevo comienzo” que ni veía lo que estaba pasando.
Al subir al auto, mi padre recibió una llamada que, al parecer, era de su jefe. Seguramente quería saber cómo nos había ido en el viaje hasta aquí. Mi padre, como si nada, le dijo que todo estaba bien, que ya nos dirigíamos a nuestra casa. Pero en realidad… lo que pasaba era mucho más grande de lo que yo me imaginaba.
Cuando colgó, le pregunté quién era. Y sí, sin duda, era su jefe. No me sorprendió, aunque algo en su tono me hizo arquear una ceja.
El carro empezó a ir más lento, hasta que nos detuvimos frente a lo que parecía ser... una mansión. Martín avisó que habíamos llegado y, como por arte de magia, las puertas se abrieron.
Y ni se imaginan mi cara cuando vi esa casa. ¡Era una mansión de verdad! Grande, elegante, como sacada de una película. Por un momento me quedé en shock. ¿Yo? ¿Viviendo ahí? No lo podía creer.
Pero, por más impresionante que fuera, eso no cambiaba el hecho de que yo quería estar en Dominicana. Allá tenía mis amigas, mis conocidos… y, sobre todo, la tumba de mi madre. Y eso... eso no lo podía dejar atrás tan fácil.
Mi padre se acercó a mí con una sonrisa tentativa, como si tratara de suavizar el golpe de la realidad. Martin estaba descargando las maletas del carro, y yo me quedaba allí, parada, mirando el lugar que ahora sería mi "hogar".—Creo que un recorrido por la mansión te haría sentir mejor —dijo mi padre, con una calma forzada.
Obvio, me negué. No quería nada de eso. Todo lo que necesitaba era descansar, sentarme en silencio, sumergirme en las fotos de mamá que aún guardaba. Las fotos que me hacían sentir su presencia, aunque solo fuera por un segundo.Pero entonces, Rosa apareció. Una de las trabajadoras de la mansión, ahora convertida en parte de mi vida de manera involuntaria. Ella sonrió, como si estuviera de vuelta en su propio mundo.—Es importante que te familiarices con el lugar —insistió, con una voz suave pero firme.
Suspiré, no tenía manera de negarme. Había algo en su tono que me decía que no iba a darme respiro.—Está bien —dije, resignada, y seguí su paso mientras mi padre observaba desde la distancia, como si quisiera asegurar que yo no me perdiera de nada.
Rosa me llevaba tomada por el brazo, un poco incómodo para mi gusto, como si de alguna manera intentara mantenerme conectada con el lugar. Me guiaba por la mansión con una sonrisa en el rostro, mostrándome todo como si fuera parte de un plan bien ensayado. La cocina era inmensa, más grande que cualquier cosa que hubiera visto antes, con encimeras de mármol y una isla central que parecía sacada de una revista. La gran sala no se quedaba atrás, llena de muebles lujosos que no me parecían tener la más mínima personalidad.
—Aquí es donde se reciben a los invitados —comentó Rosa mientras avanzábamos hacia el siguiente espacio, sin esperar respuesta de mi parte.Lo que más me sorprendió fue el jardín. Un lugar vasto, rodeado de una enorme variedad de flores: rosas de todos los colores, tulipanes que asomaban con orgullo, y un montón de otras plantas que ni siquiera podía identificar. Todo era tan... perfecto, pero de alguna manera vacío.
Y luego, me llevó a la parte trasera de la mansión, donde una piscina enorme me dejó sin palabras. El agua azul brillaba bajo el sol, y a pesar de que me esforzaba por no dejarme impresionar, no pude evitar pensar que quizás, tal vez, ese era el único lugar que podría llamarse mío en toda esta casa.
—Es hermosa, ¿verdad? —dijo Rosa, como si me hubiera leído la mente.—Sí... —respondí sin mucha emoción, pero el tono de mi voz traicionaba mi interés.Después de unos minutos, Rosa me condujo hasta mi habitación. Al abrir la puerta, la luz entró a raudales, iluminando todo el espacio: paredes en tonos pastel, una cama grande con sábanas suaves y alfombras delicadas. Era bonita, sin duda, pero demasiado colorida y... exagerada para mi gusto.
—Es muy bonita, pero... —murmuré, mirando alrededor.Rosa me observó, esperando quizás una reacción más entusiasta.—Creo que haré algunos pequeños retoques —agregué, casi sin pensarlo, mientras tocaba con los dedos el borde de una almohada decorativa.
Justo en ese momento, Martín entró acompañado de mi padre y las maletas. Mi padre se acercó a mí y me entregó una tarjeta. Al ver mi expresión de confusión, sonrió y me explicó que esa tarjeta era mía, que podía usarla para comprar lo que quisiera, y que ya no tendría que pedirle la suya.
Cuando se giraba para irse, se detuvo un momento y me dijo que iríamos a inscribirme en mi nuevo instituto. Por un instante, me sentí muy feliz. Con esa tarjeta nueva, podría comprarme una moto. Pero mi felicidad duró poco: mi padre añadió que Martín sería quien me llevaría y también quien me recogería a diario.
¡Oh, por Dios! Le supliqué que me dejara ir sola, al menos después de aprender cómo regresar a casa, pero se negó. Me recordó mi historial de excesos de velocidad en mi país, y con eso, dejó claro que no habría discusión.
Después de que todos se fueron, decidí darme un baño. Lo último que recuerdo después de salir fue lanzarme a la cama. La verdad, no sé en qué momento me quedé dormida.
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Esa misma noche, mientras Yudi dormía profundamente, Jorge planeaba su próximo gran movimiento.
—Mañana mismo pondremos todo en marcha. Necesitamos que ganes su confianza, así que debes infiltrarte —decía Jorge con voz firme.
—¿Y cómo se supone que haga eso? —respondió otra voz al otro lado del teléfono, dudosa.
—¿Y si sospecha? —insistió la voz.
Jorge hizo una pausa. Su mirada seguía fija en la noche, como si pudiera ver más allá de lo evidente.
—No te preocupes, yo me encargaré de todo. Solo debes estar listo para actuar cuando te lo indique —respondió con calma, pero con una firmeza que no dejaba espacio para dudas.
Jorge colgó el teléfono con determinación y se quedó en silencio unos segundos, como si planeara su próxima jugada en un tablero de ajedrez.
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A la mañana siguiente, me desperté con el sonido insistente del timbre. Me levanté con pereza, aún medio dormida, y al abrir la puerta me encontré con Martín, puntual como un reloj, listo para llevarme al instituto.
—Buenos días —dijo, con esa sonrisa perfecta que a veces me parecía más falsa que sincera.
Rodé los ojos.
—Buenos no sé, pero días sí.
Él soltó una pequeña risa, tomó mi mochila y caminó hacia el auto. Yo lo seguí, preguntándome qué tan aburrido sería el primer día… sin saber que todo estaba a punto de cambiar.
Al llegar al instituto, todo era como lo imaginaba: un lugar grande y elegante. Pero, ¿cómo no lo sería? Mi padre se había convertido en uno de los hombres más ricos del país. Cuando entramos, fuimos directo a la dirección. Obvio, mi padre no pudo acompañarme; estaba en su trabajo desde temprano, como siempre. Así que me tocó ir a inscribirme con Martín.
Cuando entramos a la oficina de la directora, yo estaba mascando chicle, y la señora me dijo que lo botara. No sé qué se creía, así que sí, lo boté... pero debajo de su escritorio. Así tendría un recordatorio mío.
Aunque no me gusta que me reten, siempre he tenido buenas notas, así que me aceptaron de inmediato. Martín y yo salimos de ahí, y justo cuando pensaba que me llevaría de vuelta a casa, me dijo que mi padre había dado órdenes claras: si me aceptaban, debía dejarme ahí. Me enojé. No quería quedarme tan rápido, pero no tenía opción.
El fósil de Martín se fue sin darme chance de convencerlo. Así que decidí dejar mi enojo atrás y darlo todo en este primer día.
Así que tuve que volver a la dirección porque no tenía idea a quién hablarle. Y tampoco era como si pudiera preguntarle a alguien que no fuera la directora.
Yudi: Buenas, disculpe… quiero saber dónde queda el aula a la que debo ir.
Directora: Me sorprende lo lejos que puede llegar una actitud cuando no hay una verdadera intención detrás.◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇
Eso fue lo que la directora le dijo a Yudi mientras sacaba la goma de máscara de debajo de su escritorio, como si tuviera todo el tiempo del mundo para ignorar la pregunta.
Yudi no dijo nada, ni bajó la guardia, ni siquiera se dejó intimidar por sus palabras. Solo la miró.
La directora levantó la vista, con una ceja arqueada y una media sonrisa que no llegaba a los ojos.
Directora: Llegas tarde, preguntas poco y caminas como si este lugar te quedara chico. ¿Siempre has sido así, o es parte del personaje que decidiste traer hoy?
Yudi seguía en silencio. Sus ojos eran tranquilos, pero su postura hablaba claro: no tenía interés en jugar al juego de los juicios apresurados.
Yudi: Solo quiero saber a qué aula debo ir.
La directora suspiró, como si concederle esa información fuera una gran molestia. Abrió una carpeta, buscó su nombre, y garabateó algo en un papel.
Directora: Aula 3B. Tercer piso, al fondo. Y procura no dejar la misma impresión por allá… aunque ya me imagino que eso es mucho pedir.
Yudi: …Gracias.
Y se fue sin mirar atrás, con la sensación de haber sido observada como un bicho raro, de esos que la gente intenta clasificar sin entender de dónde vienen.◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇El tercer piso parecía sacado de una revista de arquitectura. El piso brillante, los ventanales enormes y el silencio perfecto me hicieron sentir que cualquier paso en falso sería un escándalo. No había olor a desinfectante ni ese aire cargado de otras escuelas; todo aquí olía a orden, a limpieza cara, a control.
Cuando llegué frente a la puerta del aula 3B, respiré hondo. Podía escuchar el murmullo de voces al otro lado. No sabía qué me esperaba, pero tampoco tenía muchas opciones. Empujé la puerta con suavidad.
¡Pum!
Choqué con alguien. O mejor dicho, alguien chocó conmigo al salir.
—¡Ey! Perdón, no te vi —dijo un chico de rulos perfectamente acomodados y camisa impecable. Me miró un segundo como si intentara adivinar mi historia solo con los ojos.
—Todo bien —respondí, sin darle mucha más atención.
Él asintió y se fue.
Yo entré.
Las miradas no tardaron en caer sobre mí, aunque fingían no hacerlo. Las sillas eran modernas, los escritorios de un material que no sabría nombrar, pero claramente caro. Incluso la luz parecía diseñada para favorecer a quien estuviera dentro del aula.
—Buenos días —dije, sin elevar demasiado la voz.
La profesora, sentada detrás de un escritorio con una tablet en la mano, levantó la vista. Llevaba un blazer beige, gafas doradas y una expresión que no mostraba ni simpatía ni rechazo.
—Buenos días. Toma asiento, por favor.
Asentí y caminé por el pasillo central. Había un asiento vacío junto a una chica de cabello negro lacio y audífonos colgando del cuello. Me senté sin decir una palabra. Ella me miró de reojo, rápido, como si quisiera asegurarse de que yo no era una amenaza. Después volvió a su libreta.
Saqué mi cuaderno y un bolígrafo. No tenía idea de qué tema estaban dando. Escribí mi nombre en la primera hoja. Eso era todo lo que podía ofrecer por ahora.
Lo peor de no saber de qué hablaban en clase fue darme cuenta de que algunos no me quitaban los ojos de encima. No entendía por qué me miraban tanto… ¿sería mi ropa? Incluso llegué a notar algunos susurros. Al parecer, todos ya sabían quién era yo. Con razón nadie se molestó en pedirme que me presentara.
Cuando sonó el timbre, recogí mis cosas y, mientras lo hacía, unas chicas se acercaron a mí. Una se llamaba Karla y la otra, Sol. Me preguntaron si quería comer con ellas. Acepté. No tenía nada más que hacer y aún me quedaban unas cuantas horas allí.
Karla era muy amigable, y sus rizos me encantaban. Tenía una piel morena hermosa que me dejó impactada… no por el color, sino por lo bella que se veía. En cambio, Sol era todo lo contrario: rubia, de ojos cafés, pero igual de amigable. Creo que podríamos llevarnos bien.
Mientras íbamos camino al comedor, Karla y Sol comenzaron a hacerme preguntas: qué cosas me gustaban, qué me interesaba, si tenía algún hobby. No pensé que tendríamos tanto en común… para mi sorpresa, también les gustaban las motos. Me contaron que había un lugar donde podían correr y me emocioné de inmediato. Les dije que me encantaría, aunque como no conocía nada del país, todo sería completamente nuevo para mí.
Ellas se rieron, y de pronto se les ocurrió la idea de pasar por mí esa misma noche. Obvio, les dije que no podría… mi padre me mataría si llegaba a enterarse. Pero insistieron con una sonrisa cómplice: “¡Podrías escaparte!”
¿Mala idea? Sí. Pero aún así… les dije que sí. En ese momento no estaba pensando con claridad, o tal vez sí, pero no me importó. Al terminar el día en el instituto, les pasé mis redes sociales para que pudiéramos seguir hablando.
Al llegar a casa con Martín, pregunté por mi padre, pero Rosa me dijo que aún no había llegado. Subí a mi habitación, tomé el teléfono y comencé a hablar con mis nuevas amigas. Creamos un grupo solo para nosotras y lo llamamos A todo dar, hahaha. Les conté que esta noche habría carrera, y se emocionaron por mi decisión.
Así que comencé a prepararme. Bajé a la sala y le pedí a Martín que me llevara a hacer algunas compras… ya saben, noche de chicas. Compré un traje de motocicleta negro, de cuero, ceñido al cuerpo, perfecto para lo que tenía en mente. Después fui por el casco. Vi uno negro mate que me encantó, así que lo compré sin pensarlo.
Lo más difícil sería conseguir la moto sin que Martín se enterara. Así que le escribí a Karla para que me enviara su ubicación. En menos de unos minutos estábamos en su casa. Claro que el señor Martín no dejaba de preguntarme quién era la chica, y otras cosas más. “Solo para mantener a su padre informado”, decía él. Qué fastidio.
Karla salió al portón en cuanto escuchó el auto. Llevaba un casco en la mano y una sonrisa que me hizo saber que no estaba bromeando con lo de la carrera. Me bajé del carro fingiendo tranquilidad, mientras Martín seguía mirándome como si fuera a tomar nota de cada segundo.
—¿Esa es tu amiga? —me preguntó con desconfianza.
—Sí, es Karla. Solo me quedaré un rato aquí, vamos a hacer tarea.
Martín frunció el ceño, miró la casa y luego a mí.
—Tu padre no me perdonaría si algo te pasa —dijo con tono seco—. En media hora te llamo. Y si no respondes, vengo por ti.
—Sí, sí, entendido —dije, disimulando mi emoción.
Martín finalmente arrancó el auto y se fue. En cuanto giró la esquina, Karla me miró divertida.
—¿Tarea, eh?
—Lo primero que se me ocurrió —le respondí riendo.
Me llevó por un pasillo lateral de su casa, hasta llegar a un pequeño garaje. Ahí estaba… negra, brillante, con detalles en rojo y una presencia que imponía. Era una moto deportiva, de esas que solo había visto en revistas o en películas. Me acerqué con cuidado, pasé los dedos por el asiento, por el tanque de gasolina. Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo. Era perfecta.
—¿Lista para tu primera noche salvaje? —dijo Karla, dándome las llaves.
—Más que lista.
Me cambié en su habitación. Cuando salí con el traje puesto, Karla silbó.
—Dios santo… vas a robar más miradas que la moto.
Sol apareció con su casco en mano y una chaqueta roja.
—Ya está todo listo. En media hora empieza la carrera.
Me puse el casco, ajusté los guantes, y sentí el poder subir por mi espalda cuando encendí la moto. El rugido del motor fue como un latido que me sacudió por dentro. Esa noche, no era la hija de nadie. No era la chica nueva. Esa noche… era libre.
Con lo difícil que es encontrar este traje y este casco cuando no sabes dónde están las cosas, tuve que pasar dos horas buscando para que Martín no sospechara. La carrera empezaba a la ocho y media y yo... estaba lista.
Las chicas y yo decidimos irnos antes. Ellas querían enseñarme la pista. Al llegar, una de las chicas se acercó a nosotras. Se hacía llamar Lorena. Karla se bajó de la moto y la abrazó antes de presentármela.
—Oye —dijo Karla—, esta es la chica de la que te hablaba. Se llama Yudi.
Lorena me dio una mirada rápida, con una sonrisa burlona.
—Parece una chica rebelde... y ya tenemos muchas por aquí. ¿Pero ya le dijiste?
—¿Qué no me dijiste? —pregunté, cruzándome de brazos.
Karla soltó una risa seca.
—Las chicas corremos, pero no competimos. Los chicos dicen que no estamos hechas para esto.
En ese momento se me ocurrió la idea más loca. Obvio, tenía que competir. Y no solo eso… tenía que ganar.
Le pregunté a Karla si hacían apuestas. Y claro que hacían. Este era el momento perfecto para demostrar que nosotras también podíamos.
Mi plan era simple: apostar la cantidad más alta posible para asegurarme un lugar en la carrera. Nadie rechazaría una buena suma de dinero.
Sol, en cambio, no estaba muy de acuerdo. Dijo que los chicos eran muy rudos, y que Lucas siempre ganaba.
Después de escucharla, Karla empezó a dudar. Pensaba que era una mala idea… como si tampoco creyera que podía ganar.
Parecía que se les había olvidado de dónde vengo.
Yudi: No me importa quién sea ese tal Lucas. Vamos a ver quién es más tiguere, él o yo.
Karla, Sol y Lorena: ¿Más qué?
Yudi: Tiguere. Me refiero a quién tiene más calle, él o yo.
Lorena: Creo que todavía no entendemos muy bien...
Yudi: Ya lo verán. Solo necesito entrar a esa carrera.
Sol: Vas a necesitar una buena cantidad para eso.
Yudi: ¿Sesenta mil está bien?
Las chicas se quedaron en silencio, sorprendidas. Era una cifra altísima. Obvio que nadie se negaría. Nunca nadie había apostado tanto. Pero eso no importaba. Porque iba a ganar. No estaba dispuesta a perder.
Los rumores corrieron rápido. Para cuando llegamos a la zona donde se reunían los corredores, los chicos ya sabían.
Un grupo de ellos nos miraba desde lejos, con sonrisas burlonas y ojos llenos de curiosidad. Uno de ellos, alto, con chaqueta de cuero y una mirada arrogante, se adelantó. Tenía esa actitud de "yo mando aquí". Supuse que era Lucas.
Lucas: ¿Quién fue la valiente que apostó sesenta mil?
Yudi (cruzándose de brazos): Fui yo. ¿Algún problema?
Las risas estallaron entre los chicos. Algunos se miraron como si acabaran de escuchar el mejor chiste de la noche.
Chico 1: ¡Eso sí que es confianza!
Chico 2: ¿Y con qué piensas correr? ¿Con una bicicleta?
Lucas (con una sonrisa lenta): No suelo competir con novatas… pero por sesenta mil, haré una excepción.
Yudi: No te preocupes, vas a desear no haberlo hecho.◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇
Un silencio breve se hizo. No esperaban esa respuesta. Algunos de los chicos soltaron un "uff" en tono de burla, pero otros empezaban a verla con otros ojos.
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Chico 3: Esta tipa tiene huevos, loco.
Lucas: Veremos si eso te alcanza cuando estés comiéndote el polvo.
El rugido de los motores llenaba el ambiente, mezclado con música urbana y el murmullo de apuestas y comentarios. Luces de neón, humo de escape, risas y tensión. Pero nada de eso tocaba a Yudi.
Se había alejado un poco del bullicio. Estaba junto a la moto que Karla le había prestado, una máquina negra mate con detalles rojos, rápida, agresiva. Justo lo que necesitaba.
Yudi se recogió el cabello en una coleta alta. Sus dedos se movían con precisión mientras ataba su bandana gris en la muñeca, como un pequeño recordatorio de su barrio, de sus raíces. Respiró hondo. Cerró los ojos por un segundo y recordó las tardes entrenando kung-fu en Santo Domingo, la velocidad de sus piernas, la disciplina que aprendió. Esto no era tan distinto. Esto también era una pelea.
Sol se le acercó con cara de preocupación.
Sol: ¿Estás segura de esto?
Yudi (sin mirarla): Más que nunca.
Se colocó el casco, ajustó los guantes, se montó en la moto como si lo hubiera hecho toda la vida. No era solo velocidad. Era orgullo. Era rabia contenida. Era demostrar que podía, aunque todos pensaran que no.
Karla se le acercó antes de que encendiera el motor.
Karla: ¿Tienes una estrategia?
Yudi (con una sonrisa ladeada): Ganar.
Giró la llave. El motor rugió. Yudi ya no era una chica nueva en la pista. Era una amenaza.
Yudi se colocó en la línea de salida, con el casco puesto, los guantes ajustados y la mirada firme tras la visera oscura. A su alrededor, los otros corredores ya estaban listos. Motores encendidos. El suelo vibraba con la potencia de cada máquina.
Los ojos se giraron hacia ella.
Algunos la miraban con burla, como si fuese un chiste de último minuto que alguien se había tomado demasiado en serio.
"¿Quién la invitó?" parecía preguntarse uno con una ceja alzada.
Otros la observaban con curiosidad. Habían escuchado los rumores. La chica nueva. La que apostó sesenta mil sin pestañear. Una parte de ellos no podía evitar respetar eso.
Lucas, unos metros más allá, le echó una mirada de reojo. No dijo nada, pero la forma en que apretó los labios decía más que cualquier palabra: no la veía como una amenaza. No todavía.
Un corredor más joven, con casco rojo y chaqueta desgastada, se inclinó hacia el de al lado y murmuró:
Chico 1: "Esa va a ser la primera en salirse de la pista."
Chico 2: "O la primera en dejar a Lucas atrás."
Una mezcla de risas ahogadas y miradas tensas flotaban en el aire. Nadie sabía exactamente qué esperar de ella. Pero todos estaban mirando.
Y Yudi… sonreía debajo del casco. Porque le encantaba que la subestimaran.
Los motores rugían como bestias impacientes. El aire estaba cargado de humo, calor y algo más: tensión. La clase de tensión que se cuela en los huesos, que hace que incluso los espectadores contengan la respiración sin darse cuenta.
Yudi tenía las manos firmes en el manubrio, el cuerpo inclinado hacia adelante, lista para lanzarse como un disparo. El casco le nublaba un poco la visión periférica, pero no le importaba. Lo único que veía era el camino frente a ella.
Un chico al borde de la pista levantó una bandana blanca, el improvisado banderín de arranque. La música bajó de volumen. Todo quedó en un silencio raro, eléctrico.
Uno.Dos.Tres.
La bandana cayó.
El estruendo fue inmediato. Motores explotando al unísono, neumáticos chillando contra el pavimento, humo saliendo en espirales frenéticas.
Yudi salió como un rayo, sin pensarlo demasiado, dejándose llevar por el instinto y la adrenalina. Al principio, los otros la rodearon como si quisieran encerrarla, como si su presencia fuera un error que había que empujar hacia un costado.
Pero ella no se achicó. Mantuvo el control. Se coló entre dos motos como si las líneas no existieran, como si cada hueco fuera hecho a su medida.
El viento le golpeaba el cuerpo, la velocidad le erizaba la piel. El rugido de los motores, los gritos del público, el zumbido de la pista… Todo se mezclaba en una sinfonía salvaje.
Lucas iba al frente, pero no por mucho.
Yudi no estaba allí para decorar. Había entrado para ganar. Y en ese preciso instante, lo sabían todos.
Mientras todos estaban pendientes de la carrera, celebrando la adrenalina y el rugido de los motores, alguien más observaba desde las sombras. Oculto entre la gente, apartado de las luces y el bullicio, tenía los ojos fijos en Yudi.
Un auricular en el oído. Un pequeño micrófono en la manga. La mirada calculadora.
Voz 1 (en susurros): Hola. Soy yo. La tengo en la mira… y creo que ya tengo algo que te va a gustar.
Una pausa. Un leve sonido de interferencia. Luego, una respuesta firme del otro lado.
Voz 2: Muy bien. ¿A qué hora nos vemos?
Voz 1: ¿Te parece a las diez?
Voz 2: Bien, pero no tardes. Mañana debo trabajar, y necesito eso ya.
Voz 1: Entendido. Cuenta con eso.
La comunicación se cortó. Y mientras la multitud gritaba por la carrera, nadie se dio cuenta de que Yudi acababa de convertirse en el blanco de algo o alguien.