Capítulo 1
1 Nada... Vacío interminable... Silencio...
Pero allí, en ese vasto vacío… había algo. ¿Alguien?
Y una voz —no de trueno, no de viento, no de pensamiento— resonó en la nada:
“SOY LA PALABRA. SOY EL ALPHA Y EL OMEGA.”
2 Y entonces… la luz brilló. No como explosión. Como despertar.
Y en ese despertar, el caos se inclinó. El vacío se ordenó.
3 Y surgieron las primeras luces con vida —no estrellas aún, sino presencias conscientes—, miríadas de seres majestuosos.
4 Y entre ellos, el Primogénito —la primera expresión viva de la Palabra—, eco perfecto de Su intención.
5 Y las primeras estrellas prendieron —no como lámparas, sino como semillas de tiempo.
6 Y entonces… el mundo. La luz y la oscuridad, no enemigas, sino ritmo sagrado.
7 La tierra palpitante dio paso a gigantes de fuerza inconmensurable, modeladores de continentes.
8 El agua guardó criaturas misteriosas, equilibrio de lo que la tierra no podía sostener sola.
9 Cuando cumplieron su labor, se durmieron. Se hicieron montañas. Raíces. Memoria en la piedra.
10 De su descanso surgieron seres más pequeños, frágiles, capaces de ternura.
11 Y la Palabra sabía que faltaba algo: una encarnación.
12 Formó a Tarel —el que Sostiene—, y a Sariel —la que Abraza—.
13 Y cuando abrieron los ojos, no conocían culpa, solo asombro.
14 Y así, sin templos ni leyes, comenzaron a caminar. Y la Palabra los miró… y sonrió por lo que ellos crearían.