Papi y mi amiga
¡Ay, joder! Si supierais cómo empezó todo esto, os pondría el corazón a mil y las manos... bueno, ya sabéis dónde. Me llamo Laura, tengo veinte años y estudio literatura en la uni, esa etapa donde todo parece inocente pero el deseo acecha en cada esquina. Mi mejor amiga es Ana, una rubia explosiva de mi misma edad que, a pesar de ser universitaria como yo, se emperra en vestirse como una colegiala salida de una fantasía prohibida. Falditas plisadas azul marino que apenas le cubren los muslos, medias negras hasta arriba que se pegan a su piel como una segunda capa de seda, y blusas blancas ajustadas que marcan sus pechos firmes y redondos, con los botones siempre a punto de saltar. Dice que le hace sentir “poderosa”, pero yo sé que es una provocadora nata. Y mi padre, Carlos... uf, él es el catalizador de todo. Cuarenta y cinco años, viudo desde hace unos años, con ese cuerpo atlético que aún mantiene del gimnasio, pelo castaño con toques plateados en las sienes, y una mirada oscura que te atraviesa como un rayo. Siempre insiste en recogernos de la uni porque “las calles son peligrosas para dos chicas solas”. Al principio, lo veía como un gesto paternal, pero pronto... ¡madre mía!, pronto se convirtió en algo que me ponía el coño en llamas solo de recordarlo.
Era un martes soleado, de esos que te hacen sudar bajo la ropa ligera. Ana y yo salimos de la última clase riendo a carcajadas por algún chiste tonto sobre profesores. Ella llevaba su uniforme colegial improvisado: la falda tan corta que, al caminar, se levantaba con la brisa, dejando ver el encaje de las medias que se clavaban en sus muslos suaves y bronceados. Yo, con mi vestido floreado hasta las rodillas, me sentía más recatada, pero no podía evitar mirarla y sentir un cosquilleo envidioso en el estómago... o más abajo. “¡Mira, ahí está tu papi!“, exclamó Ana con esa voz juguetona, señalando el coche negro aparcado en la entrada. Mi padre nos saludó con una sonrisa amplia, abriendo la puerta del pasajero para mí. “Subid, chicas. ¿Qué tal el día?“, preguntó con esa voz grave que siempre me hace sentir protegida... y ahora, algo más.
Me senté adelante, como de costumbre, y Ana se acomodó en el asiento trasero, cruzando las piernas con un suspiro dramático. “¡Uf, qué calor hace hoy, Carlos! ¿No te molesta si me relajo un poco?“, dijo ella, y juro que vi un brillo malicioso en sus ojos azules. Mientras mi padre arrancaba el motor, noté cómo ajustaba el retrovisor central, supuestamente para ver el tráfico, pero sus ojos se desviaron un segundo de más hacia atrás. Ana, la muy descarada, descruzó las piernas lentamente, abriéndolas solo un poquito, lo suficiente para que la falda se subiera y dejara ver el borde negro de sus medias contra la piel pálida de sus muslos internos. ¡Dios!, pensé, ¿lo está haciendo a propósito? Mi corazón latió más fuerte, y un calor sutil empezó a subir por mi vientre. Intenté ignorarlo, charlando sobre la clase, pero no podía dejar de mirar de reojo el retrovisor. Los ojos de mi padre volvían una y otra vez, como atraídos por un imán. Respiraba un poco más profundo, y noté cómo sus manos se apretaban en el volante. Ana sonrió inocentemente, pero su pierna derecha se movió un centímetro más, revelando un atisbo de encaje blanco bajo la falda. ¿Bragas? Mi boca se secó, y sentí un pulso entre mis piernas, como si mi cuerpo respondiera al morbo que flotaba en el aire. Al llegar a casa, bajamos del coche y Ana me guiñó un ojo. “Tu papi es un encanto, Laura. Siempre tan atento”. Yo asentí, pero dentro de mí, algo se había encendido. Esa noche, sola en mi cama, no pude evitar tocarme pensando en esa mirada robada, mis dedos deslizándose por encima de mis bragas húmedas, imaginando qué pasaría si eso escalara.
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa, un juego que se repetía y se intensificaba como una melodía que sube de tono hasta volverte loca. El jueves, otra vez el mismo ritual: salimos de la uni, Ana con una falda aún más corta, medias con un ligero brillo que captaban la luz del atardecer. “¡Carlos, qué puntual eres!“, ronroneó ella al subir atrás, y esta vez, ni siquiera esperó a que arrancáramos. Se sentó con las rodillas juntas al principio, pero en cuanto el coche se movió, las abrió con un suspiro fingido de alivio. “¡Ay, estas clases me dejan las piernas muertas! Necesito estirarme”. La falda se arrugó hacia arriba, revelando no solo las medias, sino un triángulo de tela blanca y translúcida – sus bragas, joder, con un encaje que insinuaba el monte de Venus depilado debajo. Mi padre carraspeó, ajustando el retrovisor tres veces en un minuto, sus ojos oscuros clavados en esa visión prohibida. Noté cómo su pecho subía y bajaba más rápido, y un bulto sutil se formó en sus pantalones vaqueros. ¡Dios mío, está empalmado!, pensé, y mi propio coño respondió con un latido húmedo, empapando mis bragas de algodón simple. Intenté disimular, cruzando mis piernas para frotarlas disimuladamente, pero el roce solo me excitó más. Ana, la muy perra, movió las caderas como si se acomodara, abriendo un poco más, lo suficiente para que el aire del coche llevara un leve olor a su excitación – dulce, musgoso, como un secreto que me hacía salivar.
El viernes fue peor... o mejor, dependiendo de cómo lo mires. Lluvia fina fuera, el coche empañado por el calor interno. Ana subió atrás chorreando, “¡Estoy empapada!“, exclamó con doble sentido, y se quitó la chaqueta, dejando la blusa pegada a sus pechos, pezones duros marcándose como botones invitadores. Abrió las piernas con descaro esta vez, la falda subiéndose hasta casi la cintura, medias tensas como cuerdas de guitarra listas para ser tocadas. “Carlos, ¿te importa si me seco un poco? Hace tanto calor aquí dentro...“, murmuró, y pasó una mano por su muslo interno, rozando el encaje de las bragas ahora visiblemente húmedo. Mi padre no dijo nada, pero su mirada en el retrovisor era fuego puro, pupilas dilatadas, y noté cómo su mano derecha bajaba un segundo al regazo, ajustándose el paquete que ahora era obvio – grueso, duro, presionando contra la tela. Yo estaba en llamas: mis pezones erectos rozaban contra el sujetador, mi clítoris hinchado pedía atención, y tuve que morder mi labio para no gemir. El coche olía a deseo – a su perfume floral mezclado con el almizcle de nuestra excitación compartida. Cada bache en la carretera hacía que Ana botara ligeramente, sus muslos temblando, y juro que vi un dedo suyo rozar accidentalmente su coño por encima de las bragas. ¿O no fue accidental? Mi mano bajó disimuladamente a mi falda, presionando contra mi monte, sintiendo la humedad filtrarse. ¡Qué morbo, joder! Era tabú, era mi padre y mi amiga, pero eso solo lo hacía más irresistible.
El lunes fue el pico, el momento en que supe que esto no podía quedarse en miradas. Mi padre nos recogió temprano, el sol poniéndose tiñendo el coche de un naranja cálido. Ana, con medias nuevas de rejilla que acentuaban cada curva de sus piernas, se sentó atrás y, sin preámbulos, abrió las rodillas ampliamente. “¡Uf, Laura, tu papi conduce tan suave que me dan ganas de... relajarme del todo!“, dijo con una risita, y la falda se subió completamente, revelando bragas rojas de encaje que apenas cubrían su coño rasurado, labios hinchados visibles a través de la tela translúcida. Mi padre jadeó audiblemente, el retrovisor ajustado solo para esa vista, y noté cómo su polla se endurecía visiblemente, delineándose contra los pantalones. “Cuidado con el tráfico, chicas”, murmuró él, pero su voz era ronca, cargada de deseo. En un semáforo en rojo, Ana se inclinó hacia adelante, rozando mi hombro con su pecho, y susurró lo suficientemente alto para que él oyera: “¿Sabes, Laura? A veces me pregunto qué pasaría si alguien me pidiera lo que realmente quiere...“. Mi padre la miró por el espejo, ojos entornados, y respondió: “Pídeme lo que quieras, Ana. Siempre estoy aquí para ayudar”. ¡Joder! Ese diálogo me atravesó como un rayo directo al clítoris. Mi coño palpitaba, empapado, y en el asiento delantero, disimuladamente, subí mi vestido un poco, metiendo una mano por debajo para rozar mi clítoris por encima de las bragas, círculos lentos que me hicieron contener un gemido. Al llegar a casa, bajé temblando, pero esa noche, en mi habitación, me desnudé completamente, me tumbé en la cama y me masturbé furiosamente, dedos entrando y saliendo de mi coño chorreante, imaginando que era la polla de mi padre mientras Ana me lamía.
Era un viernes por la tarde, el sol filtrándose por las cortinas de mi dormitorio, tiñendo todo de un dorado cálido que hacía que el aire pareciera cargado de promesas. Ana y yo estábamos estudiando para un examen de literatura –o al menos fingiendo–, tumbadas en mi cama king size con libros esparcidos como excusas para no hablar de lo que realmente nos quemaba por dentro. Ella, fiel a su estilo colegial travieso, llevaba esa faldita plisada gris que apenas le cubría los muslos, medias negras de nailon que se pegaban a su piel como una invitación al pecado, y una blusa blanca desabotonada lo justo para que se asomaran los encajes de su sujetador push-up, realzando sus pechos firmes y redondos. Yo, con mi vestido ligero de algodón floreado, corto hasta las rodillas pero suelto, sentía el roce de la tela contra mis pezones cada vez que me movía, recordándome lo sensible que estaba después de días de insinuaciones en el coche. “¡Ay, Laura, este capítulo es un tostón! ¿No preferirías hablar de algo más... excitante?“, murmuró Ana con esa sonrisa pícara, cruzando las piernas y dejando que la falda se subiera un centímetro, revelando el borde de sus medias. Reí nerviosa, pero mi coño dio un latido traicionero, humedeciéndose al imaginar lo que mi padre había visto por el retrovisor.
De pronto, sentí un apretón en la vejiga –demasiado café durante el día–. “Voy al baño un segundo, no te muevas”, le dije, levantándome de la cama y dejando la puerta de la habitación entreabierta por costumbre, solo una rendija que permitía ver el interior sin ser vista. Caminé por el pasillo, el vestido rozándome los muslos internos, y entré al baño, pero algo me hizo volver antes de lo esperado. ¿Un ruido? ¿Intuición? No sé, pero al acercarme de nuevo a la puerta, mi corazón se aceleró como un tambor de guerra. Ahí estaba mi padre, Carlos, entrando en la habitación con esa excusa tonta de “chicas, ¿necesitáis algo?“. Vestido con su camisa ajustada que marcaba sus músculos del pecho y brazos, y pantalones vaqueros que no ocultaban su presencia masculina. Ana lo miró con ojos entornados, mordiéndose el labio inferior. “¡Carlos! Justo te estaba pensando...“, ronroneó ella, sentándose en el borde de la cama y abriendo un poquito las piernas, como en el coche. Mi padre se acercó, su mirada bajando a esas medias negras que brillaban bajo la luz. “Ana, siempre tan... acogedora”, murmuró él, su voz grave enviando un escalofrío por mi espina dorsal incluso desde la rendija. Extendió una mano y rozó el borde de sus medias, dedos fuertes trazando la línea donde el nailon se encontraba con la piel suave de su muslo interno. Ana suspiró, arqueando la espalda ligeramente, y él se inclinó para besar su cuello, labios calientes presionando contra esa vena que latía rápida. “Pídeme lo que quieras, Ana... lo que sea”, susurró mi padre, evocando esa frase que me había hecho mojarme tantas veces en mis fantasías solitarias.
¡Dios mío! Me quedé paralizada en la puerta, espiando por esa rendija como una voyeur adicta, el corazón martilleándome en el pecho mientras el calor subía por mi vientre. ¿Mi padre y mi amiga? Era tabú, era malo, pero joder, era excitante. Vi cómo sus manos subían por las medias de Ana, rasgándolas ligeramente en la pasión, el sonido del nailon rompiéndose como un gemido ahogado. Ella gimió bajito, “¡Sí, Carlos... tócame más!“, y le desabotonó la camisa, revelando su pecho velloso y musculoso. Mi padre la empujó suavemente contra la cama, subiéndole la falda plisada hasta la cintura, arrugándola como un trofeo conquistado. Ahí estaban sus bragas blancas de encaje, empapadas en el centro, marcando los labios hinchados de su coño. Él las apartó a un lado con un dedo, exponiendo su sexo rosado y brillante, y Ana se quitó las bragas por completo, tirándolas al suelo con un gesto impaciente. “¡Fóllame, por favor!“, suplicó ella, y mi padre se bajó la cremallera de los vaqueros, sacando su polla dura como una roca. ¡Ay, madre! Era gruesa, venosa, palpitante, con venas azules marcadas que serpenteaban por el tronco ancho, la cabeza roja e hinchada goteando pre-semen cristalino que brillaba como una promesa de placer. Medía al menos veinte centímetros, curvada ligeramente hacia arriba, lista para penetrar y llenar. La frotó contra el coño de Ana, untándola con sus jugos, y luego la clavó de una estocada profunda, un sonido húmedo y chapoteante llenando la habitación como un beso obsceno.
Gimieron al unísono, “¡Ahhh... síiiii!“, y él empezó a bombear, saliendo y entrando con un ritmo que hacía que la cama crujiera, sus bolas golpeando contra el culo de Ana. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, medias rasgadas colgando como banderas de rendición, y arañó su espalda, dejando marcas rojas. El olor a sexo flotaba hasta mí –musgoso, salado, adictivo–, mezclándose con el perfume floral de Ana y el almizcle masculino de mi padre. Yo no podía moverme, pero mi cuerpo traicionero respondía: mis pezones se endurecieron como diamantes contra el vestido, y un torrente de humedad empapó mis bragas. Sin pensarlo, subí la falda de mi vestido con una mano temblorosa, revelando mis bragas de algodón simples ahora translúcidas por mis jugos. Presioné los dedos contra el tejido, sintiendo mi clítoris hinchado y sensible, palpitando al ritmo de sus embestidas. ¡Joder, qué calor! Círculos lentos al principio, rozando ese nudo de placer, imaginando que era la polla de mi padre frotándose contra mí. Mis rodillas flaquearon, y tuve que apoyarme en la puerta, gimiendo en silencio mientras mis dedos aceleraban, la humedad filtrándose por los bordes de las bragas, goteando por mis muslos internos. “¡Más fuerte, Carlos! ¡Dame todo!“, jadeaba Ana, y él la volteó de perrito, follándola desde atrás, su polla entrando y saliendo con sonidos squelch-squelch que me volvían loca. Vi cómo sus jugos corrían por las medias rasgadas, y mi propio coño se contraía, anhelando ser llenado. Toqué más rápido, presionando el clítoris hasta que estrellas explotaron detrás de mis ojos, al borde del orgasmo, mordiéndome el labio para no gritar.
El clímax de ellos llegó como una tormenta: Ana arqueó la espalda, gritando “¡Me corroooo!“, su coño convulsionando alrededor de la polla de mi padre, fluidos salpicando las sábanas. Él rugió, embistiendo una última vez profunda, llenándola con chorros calientes de semen que desbordaban y corrían por sus muslos. Jadeaban, sudados, y en ese momento, mis dedos me traicionaron –o me liberaron–, rozando justo en el punto perfecto, mi humedad chorreando como un río. Estaba excitadísima, temblando, el coño latiendo vacío pero ansioso. No pude más. Empujé la puerta, entrando con el vestido subido y las bragas empapadas.
Ahí estaban ellos, mi padre Carlos y mi amiga Ana, jadeando sobre la cama revuelta, sus cuerpos sudados brillando bajo la luz tenue del atardecer que se filtraba por la ventana. Ana, con su falda colegial arrugada alrededor de la cintura y las medias rasgadas como trofeos de guerra, me miró con ojos azules entornados, mordiéndose el labio hinchado. Mi padre, su polla aún dura y goteando semen mezclado con los jugos de ella, se incorporó ligeramente, su pecho musculoso subiendo y bajando. “¿Laura? ¿Qué...?“, murmuró él, pero su voz era ronca, cargada de ese deseo prohibido que había visto en el retrovisor tantas veces. Ana sonrió maliciosa, extendiendo una mano hacia mí. “Ven, Laura... pídeme lo que quieras. Únete a nosotros, sé que lo has estado deseando”. Mi corazón latió fuerte, el tabú me pinchaba como una espina dulce, pero el calor entre mis piernas era insoportable. Temblando, avancé, dejando caer las bragas al suelo, mi coño rasurado expuesto y brillante de humedad. “Sí... quiero todo”, susurré, y en ese momento, el mundo se redujo a piel, gemidos y placer puro.
Entré en la cama gateando, mis rodillas hundiéndose en las sábanas manchadas de sexo, y ellos me recibieron como si fuera lo más natural del mundo. Mi padre me agarró por la nuca con esa mano fuerte que siempre me había protegido, atrayéndome a un beso profundo, su lengua invadiendo mi boca con sabor a Ana –dulce, salado, adictivo–. ¡Dios, qué morbo! Sentí su polla rozando mi muslo, aún caliente y venosa de follarse a mi amiga, y un chorro de humedad escapó de mi coño. Ana se acercó por detrás, sus pechos presionando contra mi espalda, y me quitó el vestido por completo, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras pidiendo atención. “Mmm, Laura, qué rica estás”, ronroneó ella, lamiendo mi cuello mientras sus dedos bajaban a mi coño, rozando mi clítoris hinchado con círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Mi padre, sin dejar de besarme, metió una mano entre mis piernas, uniéndose a ella, sus dedos gruesos abriendo mis labios vaginales, sintiendo lo mojada que estaba. “Estás chorreando, hija... tan caliente por vernos”, murmuró contra mis labios, y yo gemí, “¡Sí, papá... tócame más!“. Ana bajó la cabeza a mis tetas, lamiendo un pezón con la lengua plana, chupándolo fuerte hasta que sentí un rayo directo al coño, mientras mi padre metía un dedo dentro de mí, luego dos, bombeando lento pero profundo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. El aire olía a nosotros –a sudor, a coño excitado, a semen fresco–, y no pude evitar tocarme el clítoris yo misma, uniéndome a sus manos, frotando frenética mientras besaba a Ana ahora, nuestras lenguas enredándose en un beso lesbiano que me ponía aún más cachonda. ¡Tócate conmigo, siente cómo mi coño se contrae alrededor de sus dedos, imaginando que son los tuyos!
El deseo escaló como una llama devoradora, y mi padre me tumbó de espaldas, abriéndome las piernas con rodillas firmes. “Ahora te voy a follar, Laura... como has soñado”, gruñó, posicionando su polla gruesa en mi entrada, la cabeza roja presionando contra mis labios húmedos. Ana se colocó a mi lado, besándome el cuello y tocándome las tetas, sus dedos pellizcando mis pezones mientras él empujaba adentro. ¡Ay, madre! Sentí cómo me llenaba centímetro a centímetro, su tronco venoso estirándome, rozando las paredes internas de mi coño con un placer que me hizo gritar. “¡Papá... síiiii, más profundo!“, jadeé, y él embistió fuerte, saliendo y entrando con un ritmo chapoteante, mis jugos salpicando cada vez que sus bolas golpeaban mi culo. Ana me besaba la boca, ahogando mis gemidos, su mano bajando a mi clítoris para frotarlo en círculos rápidos, sincronizados con sus embestidas. El tabú me volvía loca –era mi padre follándome mientras mi amiga me tocaba–, y mi coño se contraía alrededor de su polla, sintiendo cada vena, cada pulso. “Cambiemos”, murmuró Ana, y se posicionó sobre mi cara, su coño chorreante de semen bajando hacia mi boca. Lamí ansiosa, saboreando la mezcla salada de ellos, mi lengua entrando en ella mientras mi padre seguía follándome, ahora más rápido, sus manos agarrando mis caderas. Ana gemía encima de mí, “¡Laura, lame más... pídeme lo que quieras!“, y yo la toqué con los dedos, metiéndolos en su coño mientras ella frotaba el mío. Luego, cambio de nuevo: mi padre sacó su polla de mí, brillante de mis jugos, y la metió en Ana desde atrás, follándola de perrito mientras yo me ponía debajo, lamiendo sus bolas y su polla cada vez que salía. Nos tocábamos las tetas mutuamente, dedos enredados en coños ajenos, el sonido de carne contra carne llenando la habitación como una sinfonía obscena. ¡Joder, qué excitante! Imagina esa polla entrando y saliendo, fluidos goteando en tu boca... ¿no te hace querer frotarte más fuerte?
El clímax nos golpeó como un tsunami, múltiples olas de placer que nos barrieron a los tres. Mi padre me puso a cabalgarlo, su polla clavada profunda mientras yo botaba arriba y abajo, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo, rozando mi punto G con cada bajada. “¡Córrete en mí, papá!“, grité, y Ana se unió, de perrito al lado, mi mano en su coño mientras él alternaba embestidas entre nosotras –una en mí, una en ella, polla chorreante pasando de un coño al otro. Gemíamos en coro, “¡Síiiii... más... fóllanos!“, cuerpos sudados chocando, fluidos salpicando las sábanas. Ana se corrió primero, su coño convulsionando en mi mano, chorros calientes mojando mis dedos mientras gritaba mi nombre. Eso me empujó al borde: montando a mi padre, mi clítoris rozando su pubis, exploté en un orgasmo que me hizo temblar entera, mi coño apretando su polla como un puño, jugos chorreando por sus bolas. “¡Me corroooo!“, aullé, y él rugió, embistiendo una última vez en mí, llenándome con chorros de semen caliente que desbordaban y corrían por mis muslos. Ana nos besó a ambos, lamiendo el semen de mi coño mientras nos derrumbábamos en un enredo de brazos y piernas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.