Balas de carmin - Alfredo Garcia Frances

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Summary

Un thriller de acción trepidante entre Colombia, Miami y Madrid, violencia infinita y sexo que salpica al lector. Una bofetada al narcotráfico y el terrorismo de las FARC, una denuncia de los secuestros, un grito contra la violencia doméstica y a favor de la libertad sexual entre mujeres. Balas de Carmín narra el drama de las mujeres y hombres secuestrados por las FARC, la narcoguerrilla colombiana. Es la historia de una mujer y su lucha contra un destino trágico en las sierras y en las calles de Colombia y, también, una novela de amor. De amor entre mujeres inmersas en un mundo de violencia que amenaza con devorarlas. Narcos, guerrilleros y sicarios y una protagonista, Lany, que es lesbiana y nunca lo ocultará. Advertencias de contenido • Violencia extrema y asesinatos gráficos • Secuestros y tortura • Temas de narcotráfico y terrorismo • Violencia doméstica • Escenas de sexo explícito • Trauma psicológico • Lenguaje crudo • Contenido sensible no apto para menores de 18 años

Genre
Action/Lgbtq
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
37
Rating
n/a
Age Rating
18+

Primera Parte Colombia Capítulo 1


El paso del tiempo ha hecho que los recuerdos se difuminen, de igual manera que se desvanece la sierra bajo la espesa neblina grisácea que la sepulta. Mientras aguardo intento recordar y, en lo más hondo de mi alma, rebobino la verdadera película de mi vida. Según parece, igual les ocurre a quienes se encuentran en trance de muerte.

Me llamo Melania Bejarano, aunque todos me llaman Lany, tengo 23 años y me secuestraron al salir de la Universidad de los Andes en Bogotá, un día igual a todos, en el que nada hacía suponer que iba a comenzar el terrible infierno queestoy viviendo.

Llevo casi dos años secuestrada en estos montes y de Lany, la despreocupada muchacha raptada y vendida por una banda de delincuencia común a los guerrilleros de las FARC, desdichadamente para mí, ya apenas queda nada.

Está casi amaneciendo, la humedad, el frío y el miedo me hacen tiritar y me estremezco rechinando mis dientes; no he dormido un minuto en toda la noche pensando si voy a estar a la altura de lo que me toca vivir. En el campo flota un olor a tierra mojada, al café que prepara el ranchero, a la madera quemada de las fogatas y al aceite que impregna el revólver Colt Anaconda de 8 pulgadas que sostengo en las manos; muy pronto, a la hora de la verdad, vendrá un hijueputa que introducirá en el barrilete una bala calibre 44 Mágnum. Los dos kilos y medio que pesa esta arma tiran de mis manos hacia el suelo con más fuerza que una tractomula.

Sólo sus rugosas cachas de goma antideslizante impiden que resbale de mis entumecidos dedos hasta el suelo. Mi torturador ha elegido esta arma porque sabe que su peso y la exagerada longitud de su cañón hace imposible que, por sorpresa, la pueda voltear para hacerle tragar un tiro; así que este armatoste estúpido sólo sirve para lo que tengo quehacer, disparar una bala, mientras el propietario del arm permanece seguro a mis espaldas.

Un negro muy joven con uniforme de la guerrilla, sin hablar y con los ojos bajos, pone en mis manos una taza metálica de tinto; sostengo el revólver entre las rodillas y alcanzo a darle un sorbo antes de que con una manotada, el comandanteMolina, envíe el pocillo a volar por los aires. Mientrasempuño el arma de nuevo me queda en la boca el saborabrasador del café con ron y un regusto a metal que hace tiempo identifico con el odio.

Nunca antes odié pero no voy a parar hasta rellenarle el cuerpo de bala a Rubén Molina. Y él, que lo sabe, se cuida aunque, por maldad, no puede detenerse y necesita seguir jodiéndome.

Uno de los muchachos sale de una choza jalando de un hombre atado al que otro camuflado aviva hundiéndole la punta de su AK-47 en los riñones; el tipo, va de civil, sucio y roto y con las manos llagadas atadas con alambre de púas.

—¡Hágale, hágale! ¡Muévase, muévase! —grita el camuflado—, ¡camine...! Venga acá, venga acá...

Prácticamente lo arrastran de la soga mientras el tipo sin zapatos sólo mira donde poner los pies sin lastimarse; el compa que lo jala lo deja caer sentado sobre sus talones, de espaldas a nosotros.

—No me maten.... —murmura el hombre casi sin voz—, ¡por favor, no me maten!

—Nadie lo va a matar—intenta calmarlo el guerrillero.

El hombre, del miedo tan tenaz que tiene, comienza a gemir cuando ve que el muchacho se hace a un lado con prudencia.

—¿Quién dijo que no lo matamos? —ríe Molina dirigiéndose a los guerrilleros concentrados para ver el espectáculo—.¡Hoy toca barrer y barremos! Lo dicen las órdenes del secretariado de las FARC, ¡este man perdió el año! Y hoy nos deja...

—Por Dios, ¡no me maten! —solloza el preso esperando lorafagueen en cualquier momento—. Por favor, ¡no me hagan daño, muchachos...!

—Quihubo, doctor Bejarano, ¿cómo vamos de ánimo...? — me acerca Molina al preso empujándome por la espalda—. ¡Aquí, le traigo una sorpresita para endulzarle la partida! Bueno, mona, aliste el arma...

—¿Una muchacha...? —exclama el civil ahora con voz orgullosa—. ¿Es que en las FARC no hay hombres con güevas...? ¿Tienen que traer una vieja para matarme...? ¡Pues pilas, muchacha, si la obligan a bajarme, por Dios, hágalo ya...! Usted sabe, si me van a matar... ¡acabemos!

—¡Hágale! —alienta Molina metiendo la bala en el tambor del arma—. No pierdan más tiempo... ¡Píquelo, Lany...!

—¡Por Dios Bendito! —se agita tembloroso el condenado—. ¡No puede ser...!

—Me temo que si, Bejaranito —ríe Molina—. ¡A usted, Doctor, lo va a bajar su propia hijita...! ¡No se me voltié, hombre...! Que aquí la mona se me impresiona, ¡no se lo ponga tan p’arriba...!

—¿Lany...? —hundió los hombros el doctor Bejarano— . ¿Eres tú, nena...?

—Si, papá, soy yo... —avancé dos pasos hacia él levantando el arma—. Hasta que me encontraste...

—¡Lany, perdóname! —gimió destrozado mi padre—. Yo hice lo que pude para encontrarla... Pero, ¡hágale, mijita, a lo que vinimos...! Debe hacerlo si la obligan... usted es inteligente, ¡tiene que seguir adelante, siempre adelante! ¡Máteme, sálvese y rece por mí...!

—¿Que cree que he estado haciendo desde que supe esto? —respondí pasito—. Todos nacemos para morir, papá... Es su vida o la mía y usted, como Judas, ya me negó tres veces. ¡Hace dos años que me mató negándose a pagar mi rescate! Por favor, ¡la bendición, papá!

—¡Perdóname si puedes, perdóname, hija mía! —se irguiómi padre—. Que Dios la bendiga, nena...

Ahí, en ese momento, se me enfrió la sangre para siempre; me di cuenta de que si vivía tras matarlo, nunca más sería yo misma. Aun así, sujeté el revólver con ambas manos, apunté a su nuca y suavemente tiré del gatillo. Después del estruendo del tiro y el brutal retroceso que casi me arranca el arma me estremecí. Será la humedad, pensé, sintiendo arder el metal del arma.

Yo, hoy lo entiendo, fui peligrosa siempre. Peligrosa para mí porque era imposible obviar los antecedentes familiares que impulsaban a la autodestrucción y al suicidio a mis más próximos allegados. Pero, sobre todo, desde niña era peligrosa para aquellos a los que yo catalogaba como enemigos. Por supuesto, después de que me negara, tantas o más veces que San Pedro a Jesucristo, me fue fácil eliminar a mi papá de mi lista de amigos. Así, cuando tuve que elegir entre su vida y la mía, dar el siguiente paso no fue dificultoso. La opción era evidente y lo maté.

A lo mío lo llaman reacción sicótica maníaca esquizoafectiva. Días después pensé mucho en Edipo, propietario del copyright del más famoso complejo mundial; incluso adapté una versión del mismo a mi sexualidad ya que, si Edipo mató a su padre y se acostó con su madre, yo, lesbiana, al matar a mi papá, no sería más que una Edipa, deseosa de tirar con mamá. Mentiras de los putos loqueros que cada uno opina una cosa diferente. Simplemente ya no quería a mi padre, me vi en la necesidad, tuve que elegir y salvé mi culo.

Mi papá quedó meado, sin media cabeza y con un revoltijo de sesos, sangre y huesos desperdigados delante de él. Mientras contemplaba la escena, oí la risa de Molina y, dejando caer el arma, me acerqué, lo miré a los ojos sonriendo y me alejé despacio.