Encuentro
Hace ya casi 100 días que había dejado de escribir.
No había perdido el amor que siento por Dios. Sólo me había alejado de todo lo que me hacía mal y volví al borde del pozo, a recordar cómo eran los tiempos en aquel lugar oscuro y frío.
Estuve allí mirando hacia el interior del pozo, hacia el interior de esos recuerdos, ¿hacia mi interior?
Solo sé que estaba allí, en la orilla, pensando, con los brazos sobre las rodillas y mi cara apoyada en ellos, pensando...
Pensaba en todo lo que me había sucedido, las palabras vacías que habían tocado mi cuerpo los días previos. Las voces que aún resonaban en mi cabeza y el murmullo que salía del pozo, invitándome a volver a las tinieblas.
Pero no hice nada, solo me quedé allí, contemplando la noche, en silencio, con lágrimas que desbordaban mis ojos y rodaban por mis mejillas. De vez en cuando miraba las estrellas para ver si por esas cosas del destino podía ver o entender alguna cosa, y solo pensaba...
Pensaba en todas las personas que conocí, las que se fueron sin avisar, las que murieron, las que están por venir. Pero, no me daba cuenta que había alguien que estaba ahí, hacía muchos años que sentía que alguien estaba conmigo, pero no quería asumir esa verdad.
¿Por miedo quizás?
A veces lo sentía lejos, en otras ocasiones era como si fuera parte de mí. Lo que sí sé es que ya nos habíamos habituado el uno al otro y esa noche sentí más que nunca, que no estaba sola. Había alguien más conmigo, de la misma manera, abatido, afligido, melancólico e incapaz de pronunciar palabra.
Armé una fogata a la vera del pozo y me senté cerca del calor, con las piernas estiradas, los brazos haciendo de sostén mientras miraba las estrellas y me preguntaba: ¿Será capaz de hablar? ¿Por qué se queda a mi lado?
Después de unos minutos en esa posición dije en voz alta, por si me escuchaba:
—¿Sabes lo triste que es vivir ahí adentro? ¿Te imaginas? Las noches, los días, son todos iguales. No hay forma de ver el sol, ni de sonreír. Estás sumido en tus pensamientos y nada cambia, todos los días son iguales.
Suspiré y miré al horizonte como tratando de conversar con ese alguien, miraba a través de las llamas, cuando de repente siento en mi interior una voz que dice:
—Sí, lo sé.
Me quedé mirando fijamente un punto en la distancia como si pudiera verlo a él. En voz baja y con cara de extraño me pregunté: ¿Lo sabe?
Y otra vez esa voz: —Sí, lo sé. Estuve ahí.
Quedé en silencio mirando hacia la nada, solo estaba el sonido de las llamas y el vacío del pozo, no podía comprender cómo es que sabía esas cosas. Se supone que cuando estás en el pozo estás solo, no hay nadie a tu lado, la soledad te carcome por dentro, por fuera, de arriba a abajo, no hay manera de que pudiera saber eso, porque jamás se lo conté a nadie.
De hecho, no recuerdo ni cómo salí del pozo y por donde anduve, solo sé que estoy aquí, hablando con nadie, con ese alguien que creo está ahí, pero en realidad no hay nadie. Y mi mente se llena de dudas otra vez: ¿Lo sabe? ¿Cómo es posible? ¿Estuvo ahí? ¿Dónde?
Mientras estaba exhorta y pensando mil cosas a la vez, volvió a hablar:
—¿No te acuerdas? Estuve ahí, no estabas sola en el pozo, yo estuve siempre a tu lado, incluso desde antes que llegaras a este mundo. ¿Extraño no? Puedes oírme, pero no puedes verme ¿verdad? ¿Sabes quién soy?
Volví a mirar hacia las estrellas y me dije:
—Perfecto, ya enloqueciste, no solo estas triste y deprimida, sino que ahora hablas con alguien que no está, lo que me faltaba.
Volvió a hablar:
—Me ofendes. Sí, estoy aquí. Hace años que estoy aquí, de hecho, me has escrito muchas canciones, me has hablado, me has hecho mil preguntas, siempre estuvimos juntos. No lo recuerdas porque este pozo consume tus pensamientos, sentimientos y recuerdos. Es la función de los pozos, chuparte el alma, arrastrarte hasta lo más profundo. Pero él y yo te sacamos de ahí hace varios años y tratamos de que fueras feliz. Hasta te dimos un nuevo nombre, ¿no te acuerdas?
Bajé la mirada hacia el punto a la distancia y comencé a reír:
—¿Nuevo nombre? —le dije—. Sí, cómo no. No solo estoy a oscuras en este lugar, donde se supone que “te chupan el alma” —le dije irónicamente, mientras hacía comillas con mis dedos—. Sino que ahora resulta que me conoces y me diste nuevo nombre.
Comencé a reír y me dije a mi misma:
—Listo, esta era la confirmación que necesitabas para saber que estás loca.
Me paré de repente y con voz firme, pero riéndome por dentro le dije, mientras le hacía gestos con las manos:
—No eres real. Este lugar es como un espejismo, que te hace ver y escuchar cosas. No eres real y si lo fueras podría verte.
Di media vuelta y me senté de espaldas al fuego con las piernas colgando hacia el interior del pozo. Miraba fijamente el interior y podía sentir el vacío, el silencio, y ese algo que me llamaba desde el interior: “ven, ven...” Y yo solo pensaba:
«¿Real? Esto no es real. ¿Qué persona en su sano juicio habla con la nada?»
Agaché mi cabeza en señal de frustración y me quedé allí en silencio, SOLA, tratando de no pensar, de no escuchar. Y efectivamente, no lo volví a escuchar, pero...
Sentí en mi hombro derecho una mano, un calor, vi un reflejo como el de las estrellas. Levanté mi rostro y miré hacia un lado y al otro, pero no había NADIE.
Pensaba, «estoy loca de verdad. ¿Qué es lo que quiero ver?» Me decidí a volver al lado de la fogata, pensando en que el tiempo hubiera sido suficiente para que ese alguien se hubiera ido.
Me di vuelta, con la esperanza de que fuera real y estuviera ahí, pero no. En verdad no había nadie.
Me acerqué al fuego, miré a las estrellas y volví a sentarme, tomé una ramita y comencé a picar las demás ramas que estaban en el fuego.
De repente otra vez ese destello, pero ahora era más intenso, lo sentía detrás de mí, pero me dio miedo, así que no lo miré, solo seguía jugando con la ramita.
—Deja eso —me dijo.
Hice caso omiso, pensando «no te escuché». Y cada vez lo sentía más cerca mío. Ahora eran dos manos las que tenían agarrados mis hombros y sentí un calor cerca de mi oreja derecha, la más sensible que tengo. Y su voz...
—Soy real. Y estoy aquí, ¿tienes la esperanza de verme no?
Me quedé helada, sin poder hablar, sin moverme. Solo miraba al fuego con miedo, mucho miedo. Después de todo no sabía qué o quién era. Se sienta a mi lado y me dice:
—Pues bien, mírame.
—¡Ajá! —pensé yo— sí, claro.
—Mírame.
—No. Te tengo miedo.
—No voy a hacerte daño, ¿querías verme? ¿Querías que fuera real? Pues, mírame.
Hice un intento por mirarlo y le dije:
—Ah, sí, que lindo.
—Vamos mírame de verdad. Pasaste años en la oscuridad tratando de ver las estrellas y cuando tienes una tan cerca ¿te la vas a perder? Mírame.
Comencé a reír —Claro, ahora resulta que eres una estrella.
—¡Ya basta! Querías verme, aquí estoy.
Comenzamos a discutir: que sí, que no, hasta que se paró y su voz fue más contundente.
—Basta León, mírame.
En ese instante volteé para verlo y allí estaba, era real, muy real. Era una figura humana vestida de blanco con un aura azul como el de las estrellas cuando tintinean intensamente. Lo miraba atónita pensando: «¿León?» Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así. La última vez que alguien me llamó así fue cuando... Dios... No, no puede ser, seguramente es este lugar. ¿Cómo sabe mi nombre?
Me miró a los ojos y me dijo:
—Recuerda que te he dado un nuevo nombre, tú eres León. ¿Ahora si me recuerdas?
Mientras salía de mi asombro le dije en voz baja como si se lo estuviera susurrando: —¿Dios...?
—No —dijo enseguida— soy parte de él. Mi misión es cuidar de ti y guiarte a tu destino.
Se volvió a sentar a mi lado y me dijo: —Soy el Espíritu Santo.
—¿El Espíritu Santo? —le dije, mientras lo miraba asombrada— ¿Y por qué el Espíritu de Dios me cuidaría? ¿A qué destino me vas a llevar? No estoy entendiendo nada, ¿no se supone que el Espíritu es parte de la trinidad y vive en el reino de los cielos junto a Dios? —comencé a balbucear y mover las manos— es que... bueno... yo...
—¡Hey! Espera un poco, son demasiadas preguntas para alguien que recién me recuerda —dijo entre risas—. Te contaré todo, quédate tranquila, lo único que debes saber por ahora que este lugar no es seguro. Descansa, yo te cuidaré esta noche y mañana cuando el sol salga, nos iremos de aquí y en el camino te iré contando.
Luego de que todo esto pasara, me dio su manto y me recosté. No podía dejar de pensar: ¿Qué era todo esto? ¿Acaso un sueño? ¿Un mal sueño? ¿Alguien estaría jugando conmigo?
Solo sé que tenía más dudas que certezas, pero quizás, después de todo obtendría las respuestas que tanto buscaba, ¿o no era esa la razón por la que llegué hasta aquí?
Sí, buscaba alejarme de todo y todos, pero él vino conmigo. ¿Me siguió? ¿O influyó en mi decisión de venir hasta aquí? Cada minuto que pasa estoy más confundida, más perdida, ya no sé qué pensar.
Quizás él tenga razón y descansar sea la mejor idea. Pero... ¿Cómo lograría conciliar el sueño? ¿Dormir en un sueño? Cada vez que pienso en sus palabras más me pierdo, ¿cuidarme? ¿Guiarme? ¿Mi destino? ¿Siempre estuvo ahí? ¿Dios?
Supongo que el viaje hasta aquí y todos estos hechos me agotaron, será mejor cerrar los ojos y dormir. Giré para verlo a ver si todavía seguía ahí, me miró y me sonrió. Me di vuelta enseguida y como en un suspiro, queriendo que no se fuera, le dije:
—Buenas noches.
—Buenas noches, León.