Prólogo

Érase una vez, en el reino encantado de Valdor, un rey, Teobaldo, y su reina, Ismene, quienes dieron a luz a una hija, a la que llamaron Aurora.
La princesa creció en el lujo del palacio, envuelta en el amor de sus queridos padres, quienes la consideraban la niña de sus ojos. Un solo de sus vestidos valía más que todas las magnificencias de cualquier señor provincial, por poderoso que fuera.
Ella florecía en belleza, gracia y talentos, en medio de placeres, respeto y esperanzas: ya inspiraba amor; su pecho se formaba; ¡y qué pecho! Blanco, firme, tallado como el de una diosa de la fertilidad; ¡y qué ojos! ¡Qué párpados! ¡Qué cejas doradas! ¡Qué llamas brillaban en sus dos pupilas, eclipsando el centelleo de las estrellas!, como decían los poetas del Reino. Las criadas que la vestían y desvestían caían en éxtasis al mirarla por delante y por detrás; y todos los hombres habrían querido estar en su lugar.
Estaba comprometida con el príncipe Adán, heredero del reino de Cerúlea: ¡qué príncipe! Tan apuesto como ella, lleno de dulzura y encanto, brillante de ingenio y ardiente de amor; ella lo amaba como se ama por primera (o casi) vez, con idolatría, con pasión. La boda fue preparada: era una pompa, una magnificencia inaudita; había fiestas, espectáculos continuos de trovadores; y todo Valdor compuso versos para ella, de calidad variable.
Ella habría alcanzado el momento de su felicidad, si una amenaza siniestra, una sombra que planeaba sobre su honor y reputación, no hubiera pesado tan gravemente sobre su radiante futuro...
Nota: este prólogo está en gran parte inspirado en un pasaje de Cándido (1759) de Voltaire (Historia de la Vieja).