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Truco, trato o flechazo

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Summary

¿Es posible que las calabazas talladas y los adornos de Halloween sean el ambiente romántico perfecto para que dos compañeros de trabajo que se odian empiecen a gustarse? Daniel Reguera y Victoria Vivas llevan odiándose desde la Universidad, y lo peor que les podía haber pasado a los dos era acabar trabajando juntos en la misma oficina. Sus personalidades no pueden ser más distintas, pero, tras una fatídica fiesta de Halloween en la que Daniel acaba humillándose frente a todos, ambos empiezan a darse cuenta de que quizás el odio que sienten el uno por el otro esconde una química explosiva que ninguno ha querido admitir durante años. ¡Disfruta esta divertida novela corta de amor entre murciélagos de plástico, manzanas de caramelo y fantasmas de papel!

Status
Complete
Chapters
13
Rating
5.0 1 review
Age Rating
13+

Día 1. La fiesta de Halloween

Daniel Reguera sabía que estaba viviendo el momento más embarazoso de su vida, y que todo era culpa de la maldita Victoria Vivas, la mujer que llevaba atormentándole desde la universidad.

Tenía un pie metido en una enorme calabaza que a Rosa, la becaria que llevaba dos semanas trabajando con ellos, le había costado tres días tallar para que se pareciera a un conejo. Nadie entendía qué pintaba un conejo en Halloween, pero la chica era rara y nadie le llevó la contraria cuando lo sugirió.

Su otra pierna luchaba por mantener el equilibrio mientras la apoyaba en el marco de la puerta. Sus manos estaban llenas del caramelo derretido de las manzanas caramelizadas a medio enfriar que había traído su jefe. El orondo superior había insistido en que todos los empleados de la oficina tenían que acabarse al menos dos.

Pero lo peor era lo que llevaba puesto o, más bien, cómo lo llevaba puesto. Daniel era estricto para algunas cosas, como sus rutinas en el gimnasio o su alimentación, pero terriblemente vago para otras, como la compra de un disfraz para la fiesta temprana de Halloween que su jefe había decidido realizar el día uno de octubre porque quería ahorrarse la subida de precios de los adornos, la comida y la bebida de la semana de antes.

—Quitar la tirita de golpe —había dicho mientras colgaba el flyer en el panel de anuncios cuando los empleados todavía estaban sudando a mares y soñando con la playa a causa de los estragos del calor del verano alargado.

Sí, Daniel había tenido dos meses para elegir un disfraz y aun así había acabado recortando dos agujeros para los ojos a una sábana vieja de su casa que encontró en el fondo de su armario.

El problema de ese tipo de disfraces de fantasma es que solo salen bien cuando se llevan a cabo en la ficción. En la vida real, la sábana no se mantiene en su sitio por mucho que se la intente sujetar con pinzas o cuerdas, por lo que hay que estar recolocándola a cada momento.

Inicialmente, Daniel había planeado llevar pantalones bajo el disfraz. Es más, llegó con pantalones a la oficina, pero las risitas constantes de Victoria Vivas y sus comentarios sobre lo ridículo que iba el fantasma con aquellos vaqueros desgastados lo habían obligado a ir al baño a quitárselos.

Victoria siempre lo ponía muy nervioso, y acababa haciendo cosas tan tontas como desabrocharse los pantalones con las manos pringosas manzanas dulces de la mujer de su jefe. Manipular las sábanas con aquella sustancia en los dedos, que se parecía más al pegamento que al caramelo derretido, hizo que la sábana empezara a plegarse sobre sí misma cada vez que Daniel se movía.

Se dio cuenta del desastre y, dejando sus pantalones a un lado, corrió al lavabo para limpiar los restos del caramelo de su disfraz. No quería ofrecerle en bandeja más material a Victoria para que se riera de él.

No llegó a abrir el grifo porque escuchó la chillona voz de su jefe llamándolo desde la oficina. Daniel sabía que, si quería mantener su trabajo, no era bueno hacerle esperar. Salió tan rápido del baño que la sábana se agitó y una mancha de caramelo que cubría la tela sobre su muslo se quedó pegada a su espalda. Sin dejar de andar, y aún más nervioso, Daniel se volvió para intentar cubrirse antes de que la cosa fuera a peor y su ropa interior quedara expuesta.

La catástrofe llegó cuando tropezó con la cuidada calabaza de Rosa. La joven la había colocado justo al lado de la puerta de la entrada de la oficina, pero alguien la había movido unos pocos centímetros hacia el interior, lo suficiente como para que no fuera difícil encontrarse con ella si no se prestaba atención.

La calabaza se volcó y Daniel, en un intento por no caer al suelo, atravesó la corteza anaranjada con su zapatilla blanca, desperdigando la escasa pulpa que quedaba en el interior, y destruyendo el trabajo de la becaria. Al volver a poner su peso sobre esa misma pierna, resbaló y perdió el equilibrio, y la única forma que encontró de no caerse y de no manchar nada más con sus manos pringosas fue colocar su otro pie sobre el marco de la puerta. Eso hizo que su sábana, pegajosa, arrugada y con una forma totalmente antinatural, se deslizara casi por completo hacia su espalda, dejando cubierta únicamente su cara por la parte sin agujeros.

Daniel se quedó en calzoncillos, con una camiseta interior de tirantes de color blanco, y con una sábana tapándole la cara.

Una ola de risas cubrió la oficina.

—No sabía que la fiesta venía con espectáculo incluido —escuchó que decía la voz de Victoria mientras él intentaba cubrirse de nuevo con la sábana y sacar el pie de la calabaza.

Cuando consiguió recolocarse los agujeros sobre los ojos, los cuarenta invitados a la fiesta lo estaban mirando. Ninguno intentó disimular sus carcajadas. Ya hacía un buen rato que la fiesta había empezado, y el alcohol estaba a punto de acabarse.

Su jefe parecía estar pasándoselo tan bien con la torpeza de Daniel que hasta se había olvidado de que lo había llamado.

Daniel, con las mejillas al rojo vivo bajo la sábana, intentó recomponer como pudo los pedazos de la calabaza de Rosa.

—Lo siento —murmuró mientras le entregaba a la joven los restos de su obra.

Ella, que también parecía demasiado divertida por lo que había ocurrido, encogió los hombros y le respondió con voz gangosa que le daba igual mientras la cogía y la dejaba sobre una mesa.

Daniel se disculpó brevemente con ella y avisó de que iba al baño a limpiarse. Pero, en su lugar, bajó por las escaleras con la intención de regresar a su casa e intentar olvidarse de lo que había pasado bajo una ducha helada.

Cuando llegó al aparcamiento, se dio cuenta de que tenía las llaves del coche en los pantalones, y que estos seguían en el baño de la oficina.

—¡Mierda! —soltó, calculando mentalmente si ese mes se podía permitir coger un taxi hasta su casa para no tener que soportar otro momento vergonzoso.

—¿Buscas esto? —escuchó la irritante voz de Victoria mientras recordaba que su cartera y su móvil también estaban en sus pantalones.

Daniel se volvió y vio a la radiante mujer a la que tanto odiaba. Tenía el pelo teñido de rojo. Le caía sobre los hombros y acababa en el sugerente corsé negro del disfraz de vampiro que llevaba. Un disfraz que Daniel maldijo por hacerla aún más atractiva de lo que ya era. Sujetaba entre su dedo pulgar e índice los vaqueros de Daniel. Él concluyó que pesaban demasiado como para cogerlos así, y que la mujer estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por demostrarle lo que le asqueaba tener que tocarlos.

—Gracias, Victoria —murmuró, acercándose hacia ella y recuperando sus pantalones.

—Gracias a ti por deleitarnos con lo que había debajo de ellos —dijo Victoria mientras se daba la vuelta y soltaba una risita.

Daniel la vio alejarse y volvió a maldecir que su enemiga fuera tan guapa. Hurgó en los bolsillos de los pantalones hasta que encontró las llaves. Cuando las sacó, un trozo de papel cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y leyó unas palabras que no supo cómo interpretar.

“Estás mucho más guapo sin pantalones. V.”

Daniel arrugó la nota y la tiró con rabia all suelo del aparcamiento. Se subió en el coche, todavía con las manos pringosas y la sábana en una posición extraña. Mientras conducía de vuelta a su casa, no hacía más que recordar la nota. Cada vez que pensaba en ella, el corazón se le aceleraba.

—No, Daniel —se dijo—. Por nada del mundo te empieces a plantear que le gustas a esa bruja, y que ni se te pase por la cabeza que puedas empezar a sentir algo por ella. Llamar la atención de alguien así acaba en desastres como el de esta noche.

Pero, aunque se repitió esas palabras una y otra vez, no pudo evitar que su respiración se acelerara al recordar el seductor disfraz de vampiro que su enemiga había llevado aquella noche, ni su falsa sonrisa encantadora cuando le había entregado sus pantalones.

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