Día 1. La fiesta de Halloween
Daniel Reguera sabía que estaba viviendo el momento más embarazoso de su vida y que todo era culpa de la maldita Victoria Vivas, la mujer que llevaba atormentándolo desde la universidad.
Tenía un pie metido en una enorme calabaza que a Rosa, la becaria que llevaba dos semanas trabajando con ellos, le había costado tres días tallar para que se pareciera a un conejo. Nadie había entendido qué pintaba un conejo en Halloween, pero la chica era rara y nadie le llevó la contraria cuando lo sugirió.
Su otra pierna luchaba por mantener el equilibrio mientras la apoyaba en el marco de la puerta. Sus manos estaban llenas del caramelo derretido de las manzanas caramelizadas a medio enfriar que había traído su jefe y, de las que había insistido que todos los empleados de la oficina tenían que comer al menos dos.
Pero lo peor era lo que llevaba puesto, y cómo lo llevaba puesto. Daniel era estricto para algunas cosas, como sus rutinas en el gimnasio o su alimentación, pero terriblemente vago para otras, como la compra de un disfraz para la fiesta temprana de Halloween que su jefe había decidido realizar el día uno de octubre porque quería ahorrarse la subida de precios de los adornos, la comida y la bebida de la semana de antes.
—Quitar la tirita de golpe —había dicho mientras colgaba el cartel anunciándola cuando todavía todo el mundo estaba sudando a mares y soñando con la playa a causa de los estragos del calor del verano.
Sí, Daniel había tenido dos meses para elegir un disfraz y había acabado cogiendo una sábana vieja de su casa y haciéndole dos agujeros para poder ver cuando se la pusiera por encima. El problema de ese tipo de disfraces es que solo salen bien cuando se llevan a cabo en la ficción. En la vida real, la sábana se mueve hacia todos lados por mucho que se la intente sujetar con pinzas o cuerdas, y es lo suficientemente incómoda como para tener que estar recolocándola a cada momento.
Inicialmente, Daniel había planeado llevar pantalones con el disfraz. Es más, llegó con los pantalones puestos a la oficina, pero las risitas constantes de Victoria Vivas y sus comentarios sobre lo ridículo que iba con aquellos vaqueros desgastados asomándose por debajo de la sábana mientras Daniel luchaba con el caramelo derretido de las manzanas de la mujer de su jefe, lo habían obligado a ir al baño a quitárselos. No se lavó las manos antes de hacerlo. Victoria siempre lo ponía muy nervioso y acababa haciendo cosas tan tontas como desabrocharse los pantalones con las manos pringosas. Manipular las sábanas con aquella sustancia en los dedos, que se parecía más al pegamento que al caramelo derretido, lo único que hizo es que las manchas empezaran a pegarse entre ellas cada vez que Daniel se movía.
Se dio cuenta del desastre y, dejando sus pantalones a un lado, corrió al lavabo para limpiar los restos del caramelo en la sábana. Lo único que le faltaba era darle más material a Victoria para que se riera de él.
No llegó a abrir el grifo porque escuchó la chillona voz de su jefe llamándolo. Daniel sabía que, si quería mantener su trabajo, no era bueno hacerle esperar. Salió tan rápido del baño que su sábana se agitó y, una de las partes que cubría su muslo, se quedó pegada a su espalda. Sin dejar de andar y todavía más nervioso, Daniel se volvió para intentar cubrirse antes de que la cosa fuera a peor y dejara expuesta su ropa interior.
La catástrofe llegó cuando tropezó con la cuidada calabaza de Rosa. La joven la había dejado justo al lado de la puerta de la entrada de la oficina, pero alguien la había movido unos pocos centímetros, por lo que invadía parte del espacio destinado al paso de personas.
La calabaza se volcó y Daniel, en un intento por no caer, atravesó la corteza anaranjada con su zapatilla blanca, desperdigando la escasa pulpa que quedaba en el interior, y destruyendo el trabajo de la becaria. Al volver a poner su peso sobre esa misma pierna, resbaló y perdió el equilibrio, y la única forma que encontró de no caerse y de no manchar nada más con sus manos pringosas fue colocar su otro pie sobre el marco de la puerta. Eso hizo que su sábana, pegajosa, arrugada y con una forma totalmente antinatural, se deslizara casi por completo hacia su espalda, dejando cubierta únicamente su cara por la parte que no tenía los agujeros.
Daniel se quedó en calzoncillos, con una camiseta interior de tirantes de color blanco, y con la cara cubierta por la sábana.
Una ola de risas cubrió la oficina.
—No sabía que la fiesta venía con espectáculo incluido —escuchó que decía la voz de Victoria mientras intentaba cubrirse de nuevo con la sábana y sacar el pie de la calabaza.
Cuando consiguió recolocarse los agujeros sobre los ojos, los cuarenta invitados a la fiesta lo estaban mirando. Ninguno intentó disimular sus carcajadas. Ya hacía un buen rato que la fiesta había empezado, y el alcohol estaba a punto de acabarse.
Su jefe parecía estar pasándoselo tan bien con la torpeza de Daniel, que hasta se había olvidado de que lo había llamado.
Daniel, con las mejillas al rojo vivo bajo la sábana, intentó recomponer como pudo los pedazos de la calabaza de Rosa.
—Lo siento —le murmuró a la joven mientras le entregaba los restos de su obra.
Ella, que también parecía demasiado divertida por lo que había ocurrido, encogió los hombros y le respondió con voz gangosa que le daba igual mientras la cogía y la dejaba sobre una mesa.
Daniel se disculpó brevemente con ella y avisó de que iba al baño a limpiarse, pero, en su lugar, bajó por las escaleras con la intención de regresar a su casa e intentar olvidarse de lo que había pasado bajo una ducha helada.
Cuando llegó al aparcamiento, se dio cuenta de que tenía las llaves del coche en los pantalones, y que estos seguían en el baño de la oficina.
—¡Mierda! —dijo, calculando mentalmente si ese mes se podía permitir coger un taxi hasta casa para no tener que soportar otro momento vergonzoso.
—¿Buscas esto? —escuchó la irritante voz de Victoria mientras se daba cuenta que su cartera y su móvil también estaban en sus pantalones.
Daniel se volvió y vio a la radiante mujer a la que tanto odiaba. Tenía el pelo teñido de rojo. Le caía sobre los hombros y acababa en el sugerente corsé negro del disfraz de vampiro que llevaba. Un disfraz que Daniel maldijo por hacerla aún más atractiva de lo que ya era. Sujetaba entre su dedo pulgar e índice los vaqueros de Daniel. Él pensó que pesaban demasiado como para sujetarlos así, y se dio cuenta de que la mujer estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por demostrarle lo que le asqueaba tener que tocarlos.
—Gracias, Victoria —murmuró él, acercándose hacia ella y recuperando sus pantalones.
—Gracias a ti por deleitarnos con lo que había debajo de ellos —dijo ella mientras se daba la vuelta y soltaba una risita.
Daniel la vio alejarse y volvió a maldecir que su enemiga fuera tan guapa. Hurgó en los bolsillos de los pantalones hasta que encontró las llaves. Cuando las sacó, un trozo de papel cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y leyó unas palabras que no supo cómo interpretar.
“Estás mucho más guapo sin pantalones. V.”
Daniel arrugó la nota y la tiró en el suelo del aparcamiento. Se subió en el coche, todavía con las manos pringosas y la sábana en una posición extraña. Mientras conducía de vuelta a su casa, no hacía más que recordar la nota. Cada vez que pensaba en ella, el corazón se le aceleraba.
—No, Daniel —se dijo—. Por nada del mundo te empieces a plantear que le gustas a esa bruja, y que ni se te pase por la cabeza que puedas empezar a sentir algo por ella. Llamar la atención de alguien así acaba en desastres como el de esta noche.
Pero aunque se repitió esas palabras una y otra vez, no pudo evitar que el corazón se le siguiera acelerando cada vez que recordaba la nota.