Prólogo: La tierra de nadie
Buenos Aires — Octubre de 2026
La noche era fría, el viento seco. La luz de los faroles iluminaba calles que ya no reconocían los propios vecinos.
Cuando todo empezó, nadie recordaba un silencio tan intenso; algo se había instalado en la tierra, invasivo y ajeno, ocupando plazas, barrios y despachos. En el Congreso, se volvió cálculo; en los barrios, desconfianza. Los que detentaban el poder sentían ojos sobre ellos. Ojos que registraban cada paso.
El país afrontaba días difíciles. En los noticiarios, el presidente Javier Gastón Freiheit repetía frases huecas: “Todo está en orden, en crecimiento, con integridad moral”. A su sombra, la vicepresidente Victoria Inés Cruz D’Albano asentía con gesto firme, traje oscuro, mirada inmóvil. Conservaba la calma de manera inalterable. Algunos la admiraban; otros la temían. Nadie sabía lo que pensaba realmente. Pero todos percibían que ella no jugaba el mismo juego que Freiheit.
En otra parte de la ciudad, sin cámaras ni flashes, empezaba a germinar una voz nueva. Entre bibliotecas, salones de reunión, lugares donde los murmullos encontraban eco, se oían palabras que hablaban de soberanía, patria, traición y fuego. La voz era joven, pero firme, clara; había aprendido de derrotas y no de glorias. No firmaba con nombre ni partido: solo decía B.I.N.
Se decía también algo más: Ella no sabe quién soy en realidad. Pero sabrá que se le está vigilando y escuchamos.
En aquel clima de simulacros, desmemoria y represión blanda, el país comenzó a dividirse en dos. No por ideologías, sino por lo no dicho, por el aire entre las palabras, por las cosas que ya nadie se atrevía a mirar de frente.
La historia que aquí comienza no es una guerra. Tampoco es exactamente una historia de amor. Es una grieta muda entre dos cuerpos que no debieron encontrarse. Una espera larga, como el invierno. Una promesa apenas pronunciada. Un gesto que, por sí solo, fue suficiente para alterar el rumbo de lo inevitable.
Y si alguien pregunta por nombres, fechas o banderas, que lo haga. Pero esta historia, en realidad, empezó con una flor.