Relatos desde El Cairo y más allá

All Rights Reserved ©

Summary

Jean Parker llega al Gran Museo Egipcio con el ánimo bajo y la arena pegada a la piel. Solo iba a un evento, saludar a Patrick y volver a lo suyo… hasta que aparece un fragmento enigmático —el Benben— y las miradas comienzan a pesar. Entre pasillos, jeroglíficos y susurros, la calma se tensa: protocolos, egos, rumores. Jean, cansado pero atento, vuelve a encenderse. Porque en El Cairo, las vitrinas muestran historia, pero lo importante siempre se mueve entre las arenas. ¿Listo para entrar?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I. Rodeados de arena: La llegada a Egipto.

El calor me invadía. El sol frente a mí, la sensación de mi ropa pegada al cuerpo, me hacía pensar: ¿qué diablos estoy haciendo aquí? Además, esta arena por todos lados se metía por cualquier pequeña hendidura de la ropa. Nada más “placentero” que todo lo demás… Pero, aun así, me tocaba estar en este lugar: El Cairo, la ciudad más poblada de Egipto y de África, conocida como “la madre de todas las ciudades”.

Como arqueólogo que busca aventuras, debería estar feliz por la cantidad de misterios que oculta este sitio. Pero, la verdad, el calor y la arena hacían que mi entusiasmo bajara montones. Aunque también estaba el hecho de que solo había venido para presenciar un evento de egiptología y los nuevos descubrimientos presentados por el Gran Museo Egipcio (GEM).

No debí haber aceptado venir; debía oponerme más o recomendar a otro colega. Tenía planeado ir a la Amazonía para mi investigación sobre Manoa, la ciudad de oro y esmeraldas, que es mi campo de especialización. Aunque conozco algunas cosas de Egipto, no se comparan con lo anterior. Además, ya tenía pistas para iniciar esa investigación en la selva.

Unas voces me sacaron de mis pensamientos:

—Señor Jean, ¡hemos llegado a El Cairo! Esto es realmente increíble. Debe estar tan fascinado como nosotros de poder asistir a este evento, donde se mostrarán varias reliquias egipcias con tantas historias por contar. ¡Qué fascinante viaje!

Eran mis dos compañeros, Estiven Parra y Salomón Díaz. Dos nuevos investigadores: uno arqueoastrónomo y el otro, epigrafista. Se habían graduado hace pocos años, con algunas experiencias en Europa, pero sin mucha práctica de campo. Como castigo por estar distraído en aquella reunión de colegas donde se hablaba de este evento (estaba inmerso en unos documentos sobre la Amazonía y tribus que podrían ayudarme con mi investigación), me obligaron a venir con ellos para que sumaran experiencia. Los superiores decían:

—Parker, tú ya tienes experiencia. Deberías acompañarlos, así no entran tan crudos en alguna incursión en solitario. Además, quién sabe lo que puedan encontrar; Egipto tiene muchas cosas por descubrir.

Suspiré y puse mi mejor cara de entusiasmo:

—Claro, muchachos, debe ser fascinante —respondí con menos convencimiento del que aparentaba.

—Primero debemos ir con un colega que conozco en el museo. Su nombre es Patrick Adams, técnico de laboratorio y arqueoastrónomo reconocido en Egipto. Él nos dará nuestras credenciales para el evento y nos permitirá entrar sin problemas. Además, me dijo que podría mostrarnos algunas cosas en privado. Es un tanto peculiar.

—¿Entonces —preguntó Estiven, con una risa socarrona— como su apellido?

—Sí, algo así. Entendía su reacción: Estiven hacía alusión a la serie de Los Adams, bastante popular en el mundo, donde los personajes eran un tanto diferentes. A mi colega le encantan las estrellas y los artefactos históricos. Su energía es intensa, siempre entusiasta, y le fascinan las teorías algo descabelladas porque cree que todo puede ser posible con un poco de inventiva; además, ve escenarios que no cualquiera imagina, siempre me decía. Me agrada; nos llevamos bien. Estudié con él una especialización en objetos perdidos egipcios hace algunos años y desde entonces seguimos en contacto.

—Pero antes de ir al museo —continué—, pasemos por el hotel donde nos hospedaremos. Debo tomar un baño refrescante y ponerme algo más cómodo para este lugar; debe haber algo que ayude un poco con este calor y con esta arena que entra por todos lados. —Agitando la mano y moviendo los pies, decidí ir en busca de un taxi para dirigirnos Steigenberger Hotel El Tahrir Cairo.

En la zona de taxis, fuera del aeropuerto, era un caos total. Había una cantidad considerable de autos; muchos se me acercaban con un inglés atropellado: “Low price, sir, low price”, decían, y me tomaban de la mano. Esto es realmente sofocante, pensé. Con voz fuerte les dije a mis compañeros que no se alejaran de mí: esto podría ser bastante confuso.

En ese momento recordé lo que me había dicho alguna vez mi colega Patrick: Cuando vayas a Egipto, ten en cuenta que algunos taxistas no usan taxímetro y te darán un precio elevado. Mejor, antes de llegar, reserva un servicio de traslado privado; va a ser un poco más caro, pero es lo más seguro. ¡Bendita la hora de recordar aquello! Cuando se programó el viaje, lo único en lo que pensé fue en exigir un buen hotel; lo demás no se me pasó por la cabeza. La verdad era que no quería venir. ¿Y ahora qué debo hacer?

Voces alrededor: “Sir, go to center, faster, faster, ¡low price!”. No me dejaban pensar. ¿Debía pagar a alguno de estos lo que me pidiesen? Entonces escuché las voces de mis compañeros. Salomón decía: “Mira, Estiven, hay coches blancos y otros de colores; supongo que debe ser el servicio de Uber. Esto está en todo el mundo”. Eso desbloqueó otro recuerdo: Patrick también mencionó aquella vez que existe Uber o Careem; desde el móvil vas al punto de recogida y evitas regateos o acoso.

Pero no tenía configurado mi servicio de Uber aquí. Espera… coches blancos. Sí, él también dijo que los taxis tradicionales son blancos con rayas negras: son los taxis oficiales. Con esto en mente, les grité a los muchachos: “¡Rápido, vamos a aquel coche blanco con rayas negras!”. Con una elasticidad felina sorteé aquella multitud de taxistas.

Llegamos al auto blanco. El chófer, distraído, se percató y, como una acción normal, tomó las maletas de mis compañeros; la mía la guardó en el baúl del coche. Ingresamos y me habló en un inglés algo mejor: “¿A dónde nos dirigimos?”. Le dije, con algo de molestia: “Al Steigenberger Hotel El Tahrir Cairo”. El sudor en todo mi cuerpo se había duplicado tras aquel enfrentamiento con la horda de taxistas al acecho.

De camino hacia el hotel, mis compañeros hablaban en la parte de atrás sobre lo intenso que fue aquel momento; decían que parecía una escena de un juego de disparos de esta época. Yo era poco fan de esos juegos en mi juventud, pero resultaba gracioso verlos discutir el tema: salían anécdotas bastante cómicas. En esas, me habló el conductor:

—¿Es usted investigador? Varios han llegado a Egipto por el evento. La ciudad está algo movida por eso. Es bueno para nuestro comercio, pero también están los que pueden ser muy malos y cobrar de más en cada lugar.

Sorprendido, respondí:

—¿Cómo sabe que soy un investigador y no un turista más? Vengo con dos jóvenes; podría pasar por una familia que llega a ver las grandes cosas de este país. Además, es normal en muchos lugares querer cobrar más por ser turista; hay que ser precavidos, creo yo.

El taxista sonrió un poco y me respondió:

—Sí, tiene razón sobre los que quieren sacar partido de la situación. Y sé que es investigador porque lo parece. Los jóvenes de atrás sí pasarían por turistas: su entusiasmo y energía lo demuestran. Los investigadores son un poco más cautos; no muestran tanto y analizan las cosas, como usted. Supongo que es porque ya han tenido varios casos, e investigar no es del todo placentero. Aquí, muchos investigadores conocidos hablan de eso en los bares cuando pasan a tomar un trago.

Asentí y dije:

—Es verdad, a veces es bastante estresante buscar lo desconocido. Pero no crea que mi poca energía lo engañe: me encanta investigar y develar algunos secretos. Solo que ahora no quería venir; tuve que hacerlo como un tipo de castigo. Mi verdadera investigación quería hacerla en la selva amazónica. Soy de Colombia y me fascina buscar mitos y leyendas de mi país. Pero ahora estamos en Egipto y estoy seguro de que encontraré algo con lo que renovar mi energía investigativa. Además, mi mayor enemigo es este calor, y la arena por casi todos lados no ayuda tanto; pero podré sobrevivir —sonreí con ciertas ganas—.

—Tiene razón —respondió el taxista—: el calor, la arena y la gran cantidad de gente no son una buena combinación. Pero es fascinante ver a alguien de Colombia por estos lugares. No digo que no vengan, sino que pocos de esa región asisten a este tipo de eventos. Tu país debe ser más placentero; además, como dices, la selva no tiene tanto calor ni arenas. Pero también tendrá sus dificultades.

—Es verdad —dije, sorprendido—, cada investigación tiene sus incomodidades. Es usted un buen conversador.

—He vivido por más de treinta años como taxista en este país. He llevado a muchos investigadores y turistas entusiastas por lo desconocido. Algo tuve que aprender en todos estos años —sonreía, como recordando su labor—.

Luego de unos minutos más, el auto paró.

—Hemos llegado al hotel Steigenberger Hotel El Tahrir Cairo. Son 400 libras egipcias el viaje. Espero haya sido de su agrado.

Un poco confundido, respondí:

—Disculpé, no pude cambiar moneda en el aeropuerto. ¿Cuánto es en dólares?

—Unos ocho dólares —contestó.

Entonces tomé uno de diez y se lo entregué:

—Muchas gracias. Sí, fue un viaje tranquilo.

Nos ayudó a bajar las maletas y nos dejó en la entrada del hotel. No pude ignorar la cara de mis camaradas: estaban asombrados. Hasta yo me sorprendí de que hubiesen pagado la estancia aquí. Simplemente me alegré: podría tomar un baño y relajarme un poco del calor y la arena.

—Entremos —les dije a mis compañeros.

Con las energías un poco renovadas por la llegada al hotel, nos acercamos a la recepción. Nos atendía una chica; en su placa decía Nora. Afiné mi inglés y pregunté:

—Buen día, tengo una reserva de dos habitaciones a nombre de Jean Parker.

La señorita, atenta, me respondió:

—Buen día, señor. Deme unos segundos, miro en el sistema… Sí, efectivamente tiene dos habitaciones reservadas a su nombre: una personal con espacio para estudios y otra un poco más pequeña para dos personas. ¿Me puede dar una identificación para corroborar datos y darles las tarjetas de acceso? También veo en el sistema que tiene un mensaje del señor Patrick Adams: menciona que, apenas llegue, pueda llamarlo a este número para pasar por usted.

Sorprendido por el buen servicio, les pedí a mis compañeros sus pasaportes para poder darle a la recepcionista los datos de cada uno. Luego de unos minutos, me devolvió los documentos; se los entregué a mis colegas. Entonces la señorita me dijo:

—Señor Jean, bienvenido al hotel. Estas son sus tarjetas de acceso. Las habitaciones están en el séptimo piso: 707, la personal, y 704, la grupal; una frente a la otra. Puede seguir, y espero que su estancia sea lo mejor posible. Si necesita algo, no dude en marcar la extensión de recepción.

Agradecí por el buen trato y la amabilidad. Tomé las tarjetas, les entregué una a mis compañeros, tomé la mía y nos pusimos en marcha hacia las habitaciones.

Ya en el séptimo piso, llegamos y me detuve para decirles a mis compañeros:

—En una hora y media nos vemos en recepción. Tómense un baño, alístense para el evento y lleven solo lo necesario; no carguen mucho. Yo haré lo propio.

Asintieron y entraron a su habitación. Yo hice lo mismo. Al entrar, la habitación era bastante espaciosa: una cama grande, una mesa mediana con cuatro sillas y dos muebles. Increíble que pagaran por esto, pensé. Dejé mi maleta en un sofá y me adentré al baño para darme una buena ducha.

Luego de unos minutos, más fresco, encendí un poco el aire acondicionado para refrescar la habitación y me alisté: pantalones cortos de expedición y una camisa simple de color negro. También me puse una ligera chaqueta con algunos bolsillos; parecía boy scout, pero era bastante cómoda. Miré la hora: faltaba media hora para reunirme con mis compañeros. Decidí llamar a recepción y me respondió Nora. Le pregunté si podía llamar a mi colega Patrick y mencionarle que ya estaba en el hotel y que podría pasar en treinta minutos. La recepcionista, muy atenta, asintió. Colgué el teléfono y seguí alistando lo que llevaría al evento.

Llegada la hora, y con todo listo, me dispuse a salir con un pequeño bolso al hombro con algunas cosas que podrían servir. Sé que voy a un simple evento donde no requiero sino mi atención, pero no está de más llevar algo, pensé.

Salí de mi habitación y toqué en la de mis colegas. No contestaron. Extraño, pensé, pero una voz me sacó de mis pensamientos.

—Los señores de esa habitación salieron hace unos minutos y tomaron el ascensor —me dijo un trabajador del hotel.

Le agradecí la información. No me había acordado de que les dije que nos encontraríamos en recepción. No sé en qué estaba pensando; supongo que no tenía muchas ganas de esto. Me dispuse a tomar el ascensor y bajar para encontrarme con ellos.