0. De Rosas Y Girasoles

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Summary

Johnny ha tocado fondo. Atormentado por la culpa y aplastado por el desprecio de su padre, busca el final en un prado olvidado, bajo una luna que parece juzgarlo. Su decisión está tomada, hasta que una voz surgida de la nada le presenta una elección que desafía la lógica: morir en el olvido o vivir para cumplir un propósito más grande que él mismo. Al aceptar, su vida se fractura para siempre. De la mano de Roy, un enigmático mentor que puede transformarse en búho, Johnny es iniciado en los secretos de Nirvana, una realidad paralela donde las almas de los guerreros están ligadas a la energía del cosmos. Descubre que es un "Sir", el heredero de un linaje de poder inimaginable que ahora florece desde su pecho en forma de rosas y girasoles de pura energía. Pero este poder es un fuego de doble filo, alimentado por la misma angustia y furia que casi lo destruyen. Para sobrevivir a los brutales entrenamientos y a los enemigos que comienzan a acecharlo desde las sombras, Johnny no solo deberá aprender a luchar, sino también a sanar. Porque en esta guerra, sus recuerdos más dolorosos no son solo fantasmas del pasado, sino el campo de batalla donde se decidirá el destino de más de un mundo. De Rosas Y Girasoles © 2023 by Yoan Nieto Alias "Caliope Martins" is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Luna De Girasoles

Johnny

“Los recuerdos pueden destruir tanto nuestra piel, como el alma, las acciones a las que les damos poder”.

Según mi celular, ya eran las cinco treinta de la tarde. El arrullo de las cigarras ceñía un extraño tono de paz. Mi camisa moteada por el agua que derramaba aquellas tejas rojas. Estas me recordaban la frivolidad que había quedado al pasar la tormenta, como el silencio carcomía de a poco mi pecho.

Al fondo, la pradera comenzaba a dibujar en tonos amarillentos, casi anaranjados, el paisaje que restaba del atardecer.

La carretera agrietada, casi semihúmeda, se abría paso a la senda del prado. Mis pantorrillas helaban en la medida que el pasto se tejía con mi piel, como si de hilos tiraran de mí para no caminar más.

Como si intentaran devolverme, de disculparme. A mi lado, el rocío de una flor jugaba con mi pierna, sonriéndole en presencia de su olor, resquebrajaba la poca calma que traía.

—No puedo más…—, le dije mientras las lágrimas caían directo a sus pétalos, sentándome, comencé a acariciarla.

La helada marcaba el anochecer. Tiritando, el grisáceo casi púrpura en el que se pintaba el cielo, poco a poco me dejaban. Seducido, como si una fantasía descansara mis intentos de querer partirme la cabeza con una piedra; de querer entender qué sucedía con mi papá.

“¡Ya ni siquiera sirves para lavar los platos, tus notas son malas, no haces nada, qué egoísta te has convertido!…” “¿Acaso no te importa que ella muriera por tu culpa?”.

Esas malditas palabras se repetían sin cesar, tanto que aún veía su rostro imponente, contenido, como un león en jauría en busca de generar un peso que talvez era mío…

No. Claramente no lo era

—¿Acaso no le importo?—, dije tomando la piedra que estaba a mi lado, recordando las pastillas que traían en mi pantalón, comencé a buscarlas, las lágrimas no me permitían verlas bien.

No me sentía listo para morir en ese instante.

Alrededor, el suave perfume de la pradera disipaba algo de frustración en mi pecho. Focos de luz esparcidos en el cielo aparecían mientras marcaba las siete treinta en mi reloj.

Mirando el móvil, varias notificaciones aparecían, apenas activaba los datos. Las eliminé de la barra y lo dejé.

Intenté tocar el cielo con mis manos, el big bang, la gran colisión y explosión de estrellas, veía. Cerrando mis ojos intenté percibirlo todo, así como el suave tacto del frío plástico que recubría el medicamento.

Al abrir lento, baje la mirada, arrancando del suelo un girasol azulado, guardé las pastillas para arrancar uno de sus pétalos.

Su olor ardía mi nariz, las sensaciones adormilaban mi cuerpo, tanto, qué rendido caí en él pasto. Cerrando los ojos, una ligera gota bajaba hasta los huesos de mi mandíbula

“Qué asco puede ser, tener vida”.

—No da más asco como esas pastillas, aunque, quién sabe, ¿deberías tomarlas?—, Entono, preocupación en su voz.

Un denso calor se expandió hasta mis brazos, como una inyección agitada de querer gritar y correr contenido.

De pronto todo se hizo oscuro, el color absorbido, el ambiente de la pradera había muerto, mi faringe ardía, mis pensamientos parecían una sopa

Mi corazón se aceleraba a punto de paro, consigo alguien cerca tocaba mis hombros. Intenté moverme, pero grilletes tiraban de mis brazos y piernas.

Gritando por ayuda, solo pensaba en que ya me había tomado las pastillas, y este era mi sufrimiento.

—No estás muerto aún, así que observa al frente porque…—, haciendo una pausa dedos completamente helados elevaban mi rostro—, ¿Una luna azul?, ¿como esa de girasoles?

Disparado me senté, la flor aún estaba en mi posesión, la pradera existía nuevamente, mi camisa pesaba del sudor, mi boca era arena y vidrio agrietado, sebosa y grasosa a más no poder.

Limpiándome el rostro, mire a la luna, tragando casi polvo, mis manos, temblorosas. Tomé el girasol con todas mis fuerzas y lo lancé

Intentando pararme el color que las flores alrededor emanaba, comenzó a cambiar, a amostazarse, la luna parecía inyectarse un rojo tan denso, que mis piernas intentaban huir de su luz

Mi cuerpo no reaccionaba, permanecía de pie, apenas a unos cuantos centímetros de donde estaba

El amargo sabor de la hiel, mezclarse con mi saliva, y la sangre que aún mantenía, me evocaban a la inconstante necesidad de arrancarme la piel, de romperme de alguna manera, a ver si podía siquiera reaccionar algún músculo. Intentando gritar todo el contenido en mi boca salía obstruyendo mi garganta

Cerrando los ojos con fuerza, rogaba porque el dolor del entumecimiento cesara, la luz quemarme las retinas, la boca escupiendo poco a poco los trozos de mi corazón muerto por huir

Lo único que pedí se hizo, pues el silencio y el negro eterno me engulló de tal manera, que al caer en el suelo, cierto tipo de líquido humedecía mi cuerpo en completa quietud, secándose de a poco, como piedrecitas molestaban mis muslos, mis manos dolieron al mantenerme por mucho tiempo afincado

Mirando hacia arriba, la luz de las estrellas iluminaba de a poco lo que parecía ser una caverna, o un cuarto lleno de tierra

—¿Qué eliges? —, dijo el vacío. El brillo azulado del girasol a mi lado me levantó, tomándolo, subí mi mano en busca de quien había dicho eso

—¡¿Quién habla?! — Grité, pegándome lo que parecía ser una helada pared, su tacto era casi aporcelanado de tan baja temperatura que quemaba

—¿Seguro que no prefieres morir? —, dijo suave, tanto que sonó burlesco —. ¿De verdad quieres vivir esto?

—¿Quién eres?—, pregunté tocando una piedra que subí de a poco para intentar llegar al fin de la pared, esta me dejó ver al menos unos centímetros de tocar el encabezamiento hacia lo que parecía ser las afueras de más vacío

—Mi amo es el único que lo sabrá… Yo solo opero ante sus órdenes —, contestó la voz con un tono más grueso y duro —. ¿Dime quién eres tú?, ¿cómo osas usurpar el cuerpo de mi sir?

—¿Qué demonios es un sir…? —, dije mirando al cielo

La voz calló por completo, el calor subía por todo mi cuerpo, tragando seco intenté de nuevo

—¿En dónde estamos? —pregunté, tratando de escalar, más la pared era tan lisa que apenas me podía mantener de pie. Mirando al fondo del cuarto, el azul del girasol definía un poco el ambiente que existía—. Si no soy un sir… o como se diga que estás buscando, ¿puedo volver?

—Nirvana decidirá por usted…—, declarando con firmeza, hizo silencio, segundos después retomó lo que decía—¿Desea vivir a pesar de la gran responsabilidad que tendrá desde ahora?

—¿De qué hablas?

—¡Conteste! ¿Desea vivir a pesar de la gran responsabilidad que tendrá desde ahora?

Las palabras intentaron salir, pero no sabía cómo formularlas, en mi pecho el dolor pulsátil explotaba mi cabeza en migraña, ¿qué se suponía que diría?, ¿Y si todo salía mal por elegir incorrectamente?

—No hay mala decisión. Si dice que no, quedará en este pasaje y no volverá a la realidad. Si dice que sí, solo deberá aceptar una responsabilidad no mortal—, dijo la voz —. Puedo oír sus pensamientos, es su decisión lo que quiera hacer

Mi mente se hizo un río, moviendo el brazo izquierdo, pude sentir que mis huesos se hacían panelas de hielo a punto de partirse, la cabeza parecía explotarme… No sabía que hacer, por una parte, podría acabar con todo esto y quedar aquí, en silencio eterno y eventualmente morir, aunque también podía aceptar. Y era posible tener otra realidad, algo que sí me diera una necesidad de vivir

Además, Marcelo me odiaría si muriese en este momento, creo que no podría dejarlo así como así. Creo que es lo mejor

—Acepto. Ahora devuélveme mi vida—, dije elevando el girasol con dificultad, este, comenzaba a brillar en total fulgor—. Devuélvemela por favor

La voz no respondió, por un momento nada pasó, así que sentándome miré a la flor. Esta poco a poco iluminó mi cuerpo, que, como arena, la punta de mi zapato se desintegraba

Desvaneciendo lo que restaba de zapato, hasta llegar a mis tobillos, el frío junto a las lágrimas calaban la arena fina y brillosa que caía

Mis huesos de a poco se sentían flojos, por lo que, recogiendo algo de lo que quedaba en el suelo con mis manos, mi rostro se calentaba, dentro de mi pecho una tercera mano intentaba escaparse, una que tal vez podía detener todo esto

Pero la decisión estaba tomada; solo me restaba llorar en silencio

Cerrando los ojos por último momento, me entregué a la completa oscuridad.

Cuando cayó el último pedazo de polvo en la bóveda, el pitido incómodo de un auto me hizo abrir los ojos. Notando mi habitación desde mi cama, mire a la ventana, el auto se había ido a toda velocidad, según su motor se desvanecía en silencio. Sentándome, miré mi alrededor: Todos los pósters de los 80, mis cuadernos apilados y el bolso tirado como había estado siempre me dejaron sin que decir

Corriendo hacia la puerta note que era tarde, la una de la mañana decía mi teléfono. Cerré de nuevo mientras me dejaba caer hasta llegar al suelo, ya no había sensación de sudor recorriendo mi cuerpo, ni rastro de dolor en mis huesos

Apagando la luz pude observar el cielo: La luna, el dulce olor del girasol, todo seguía en su lugar. Solo había sido un mal sueño

Caminando de nuevo a mi cama, solté el girasol en la mesa para tirarme con una tonta sonrisa en mi rostro. Nada más importaba ahora, indiferente a la flor, nada más me interesaba en estos momentos

“Los recuerdos pueden destruir tanto nuestra piel, como el alma, las acciones a las que les damos poder”.

Según mi celular, ya eran las cinco treinta de la tarde. El arrullo de las cigarras ceñía un extraño tono de paz. Mi camisa moteada por el agua que derramaba aquellas tejas rojas. Estas me recordaban la frivolidad que había quedado al pasar la tormenta, como el silencio carcomía de a poco mi pecho.

Al fondo, la pradera comenzaba a dibujar en tonos amarillentos, casi anaranjados, el paisaje que restaba del atardecer.

La carretera agrietada, casi semihúmeda, se abría paso a la senda del prado. Mis pantorrillas helaban en la medida que el pasto se tejía con mi piel, como si de hilos tiraran de mí para no caminar más.

Como si intentaran devolverme, de disculparme. A mi lado, el rocío de una flor jugaba con mi pierna, sonriéndole en presencia de su olor, resquebrajaba la poca calma que traía.

—No puedo más…—, le dije mientras las lágrimas caían directo a sus pétalos, sentándome, comencé a acariciarla.

La helada marcaba el anochecer. Tiritando, el grisáceo casi púrpura en el que se pintaba el cielo, poco a poco me dejaban. Seducido, como si una fantasía descansara mis intentos de querer partirme la cabeza con una piedra; de querer entender qué sucedía con mi papá.

“¡Ya ni siquiera sirves para lavar los platos, tus notas son malas, no haces nada, qué egoísta te has convertido!…” “¿Acaso no te importa que ella muriera por tu culpa?”.

Esas malditas palabras se repetían sin cesar, tanto que aún veía su rostro imponente, contenido, como un león en jauría en busca de generar un peso que talvez era mío…

No. Claramente no lo era

—¿Acaso no le importo?—, dije tomando la piedra que estaba a mi lado, recordando las pastillas que traían en mi pantalón, comencé a buscarlas, las lágrimas no me permitían verlas bien.

No me sentía listo para morir en ese instante.

Alrededor, el suave perfume de la pradera disipaba algo de frustración en mi pecho. Focos de luz esparcidos en el cielo aparecían mientras marcaba las siete treinta en mi reloj.

Mirando el móvil, varias notificaciones aparecían, apenas activaba los datos. Las eliminé de la barra y lo dejé.

Intenté tocar el cielo con mis manos, el big bang, la gran colisión y explosión de estrellas, veía. Cerrando mis ojos intenté percibirlo todo, así como el suave tacto del frío plástico que recubría el medicamento.

Al abrir lento, baje la mirada, arrancando del suelo un girasol azulado, guardé las pastillas para arrancar uno de sus pétalos.

Su olor ardía mi nariz, las sensaciones adormilaban mi cuerpo, tanto, qué rendido caí en él pasto. Cerrando los ojos, una ligera gota bajaba hasta los huesos de mi mandíbula

“Qué asco puede ser, tener vida”.

—No da más asco como esas pastillas, aunque, quién sabe, ¿deberías tomarlas?—, Entono, preocupación en su voz.

Un denso calor se expandió hasta mis brazos, como una inyección agitada de querer gritar y correr contenido.

De pronto todo se hizo oscuro, el color absorbido, el ambiente de la pradera había muerto, mi faringe ardía, mis pensamientos parecían una sopa

Mi corazón se aceleraba a punto de paro, consigo alguien cerca tocaba mis hombros. Intenté moverme, pero grilletes tiraban de mis brazos y piernas.

Gritando por ayuda, solo pensaba en que ya me había tomado las pastillas, y este era mi sufrimiento.

—No estás muerto aún, así que observa al frente porque…—, haciendo una pausa dedos completamente helados elevaban mi rostro—, ¿Una luna azul?, ¿como esa de girasoles?

Disparado me senté, la flor aún estaba en mi posesión, la pradera existía nuevamente, mi camisa pesaba del sudor, mi boca era arena y vidrio agrietado, sebosa y grasosa a más no poder.

Limpiándome el rostro, mire a la luna, tragando casi polvo, mis manos, temblorosas. Tomé el girasol con todas mis fuerzas y lo lancé

Intentando pararme el color que las flores alrededor emanaba, comenzó a cambiar, a amostazarse, la luna parecía inyectarse un rojo tan denso, que mis piernas intentaban huir de su luz

Mi cuerpo no reaccionaba, permanecía de pie, apenas a unos cuantos centímetros de donde estaba

El amargo sabor de la hiel, mezclarse con mi saliva, y la sangre que aún mantenía, me evocaban a la inconstante necesidad de arrancarme la piel, de romperme de alguna manera, a ver si podía siquiera reaccionar algún músculo. Intentando gritar todo el contenido en mi boca salía obstruyendo mi garganta

Cerrando los ojos con fuerza, rogaba porque el dolor del entumecimiento cesara, la luz quemarme las retinas, la boca escupiendo poco a poco los trozos de mi corazón muerto por huir

Lo único que pedí se hizo, pues el silencio y el negro eterno me engulló de tal manera, que al caer en el suelo, cierto tipo de líquido humedecía mi cuerpo en completa quietud, secándose de a poco, como piedrecitas molestaban mis muslos, mis manos dolieron al mantenerme por mucho tiempo afincado

Mirando hacia arriba, la luz de las estrellas iluminaba de a poco lo que parecía ser una caverna, o un cuarto lleno de tierra

—¿Qué eliges? —, dijo el vacío. El brillo azulado del girasol a mi lado me levantó, tomándolo, subí mi mano en busca de quien había dicho eso

—¡¿Quién habla?! — Grité, pegándome lo que parecía ser una helada pared, su tacto era casi aporcelanado de tan baja temperatura que quemaba

—¿Seguro que no prefieres morir? —, dijo suave, tanto que sonó burlesco —. ¿De verdad quieres vivir esto?

—¿Quién eres?—, pregunté tocando una piedra que subí de a poco para intentar llegar al fin de la pared, esta me dejó ver al menos unos centímetros de tocar el encabezamiento hacia lo que parecía ser las afueras de más vacío

—Mi amo es el único que lo sabrá… Yo solo opero ante sus órdenes —, contestó la voz con un tono más grueso y duro —. ¿Dime quién eres tú?, ¿cómo osas usurpar el cuerpo de mi sir?

—¿Qué demonios es un sir…? —, dije mirando al cielo

La voz calló por completo, el calor subía por todo mi cuerpo, tragando seco intenté de nuevo

—¿En dónde estamos? —pregunté, tratando de escalar, más la pared era tan lisa que apenas me podía mantener de pie. Mirando al fondo del cuarto, el azul del girasol definía un poco el ambiente que existía—. Si no soy un sir… o como se diga que estás buscando, ¿puedo volver?

—Nirvana decidirá por usted…—, declarando con firmeza, hizo silencio, segundos después retomó lo que decía—¿Desea vivir a pesar de la gran responsabilidad que tendrá desde ahora?

—¿De qué hablas?

—¡Conteste! ¿Desea vivir a pesar de la gran responsabilidad que tendrá desde ahora?

Las palabras intentaron salir, pero no sabía cómo formularlas, en mi pecho el dolor pulsátil explotaba mi cabeza en migraña, ¿qué se suponía que diría?, ¿Y si todo salía mal por elegir incorrectamente?

—No hay mala decisión. Si dice que no, quedará en este pasaje y no volverá a la realidad. Si dice que sí, solo deberá aceptar una responsabilidad no mortal—, dijo la voz —. Puedo oír sus pensamientos, es su decisión lo que quiera hacer

Mi mente se hizo un río, moviendo el brazo izquierdo, pude sentir que mis huesos se hacían panelas de hielo a punto de partirse, la cabeza parecía explotarme… No sabía que hacer, por una parte, podría acabar con todo esto y quedar aquí, en silencio eterno y eventualmente morir, aunque también podía aceptar. Y era posible tener otra realidad, algo que sí me diera una necesidad de vivir

Además, Marcelo me odiaría si muriese en este momento, creo que no podría dejarlo así como así. Creo que es lo mejor

—Acepto. Ahora devuélveme mi vida—, dije elevando el girasol con dificultad, este, comenzaba a brillar en total fulgor—. Devuélvemela por favor

La voz no respondió, por un momento nada pasó, así que sentándome miré a la flor. Esta poco a poco iluminó mi cuerpo, que, como arena, la punta de mi zapato se desintegraba

Desvaneciendo lo que restaba de zapato, hasta llegar a mis tobillos, el frío junto a las lágrimas calaban la arena fina y brillosa que caía

Mis huesos de a poco se sentían flojos, por lo que, recogiendo algo de lo que quedaba en el suelo con mis manos, mi rostro se calentaba, dentro de mi pecho una tercera mano intentaba escaparse, una que tal vez podía detener todo esto

Pero la decisión estaba tomada; solo me restaba llorar en silencio

Cerrando los ojos por último momento, me entregué a la completa oscuridad.

Cuando cayó el último pedazo de polvo en la bóveda, el pitido incómodo de un auto me hizo abrir los ojos. Notando mi habitación desde mi cama, mire a la ventana, el auto se había ido a toda velocidad, según su motor se desvanecía en silencio. Sentándome, miré mi alrededor: Todos los pósters de los 80, mis cuadernos apilados y el bolso tirado como había estado siempre me dejaron sin que decir

Corriendo hacia la puerta note que era tarde, la una de la mañana decía mi teléfono. Cerré de nuevo mientras me dejaba caer hasta llegar al suelo, ya no había sensación de sudor recorriendo mi cuerpo, ni rastro de dolor en mis huesos

Apagando la luz pude observar el cielo: La luna, el dulce olor del girasol, todo seguía en su lugar. Solo había sido un mal sueño

Caminando de nuevo a mi cama, solté el girasol en la mesa para tirarme con una tonta sonrisa en mi rostro. Nada más importaba ahora, indiferente a la flor, nada más me interesaba en estos momentos