Capítulo 1: No nos dejes caer
“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!”
— Isaías 14:12
Caía.
Gritaba sin voz, porque, de todas maneras, ya nadie podría escucharlo.
Su rostro estaba torcido de rabia, no de miedo. Apretaba los dientes como si pudiera morder al que lo había expulsado.
Jamás pediría perdón por ello. Solo cayó.
Y mientras caía, lloró, y fue un llanto sin lágrimas suaves o melancólicas. Lloró con furia, con la dignidad hecha polvo y el orgullo ardiendo en cada momento.
Sus alas, antes magníficas e inconmensurables, comenzaron a deshacerse en el aire, pluma por pluma, hasta volverse ceniza suspendida en la luz.
Cerró los ojos ante la inminente pérdida. No sabía si no quería ver, o se estaba entregando a la resignación.
Y la caída cambió.
Dejó de sentirse como un castigo.
El estruendo violento del aire se convirtió en silencio.
El descenso seguía, pero ahora era un flotar espeso, como en medio de un sueño del que no se puede despertar.
El mundo celestial quedó atrás, y fue remplazado por otro.
Él, que había sido fuego. Él, que había sido verbo. Ahora flotaba. Caía.
Y pronto, tocaría tierra.
Despertó con el murmullo de una voz. O al menos tuvo la sensación.
No podía abrir los ojos. La oscuridad se le pegaba a los párpados como el lodo a los pies.
Pero había un sonido diferente a lo celestial, una voz cálida, humana y mal modulada. Un sonido tosco, demasiado terrenal para sus oídos acostumbrados al coro.
No sabía lo que estaba pasando, pero algo no era como siempre, no era él mismo.
Una sensación de frío le recorrió el cuerpo, que ahora sentía pequeño y frágil. Ya no era el ente incorpóreo a voluntad. No el ser portentoso de luz que se alzaba por encima de todo, que pensaba estar al nivel de su creador.
Ya no era la columna de luz que había sido; ahora era un cuerpo diminuto que no lograba reconocerse.
En medio de esa ensoñación sintió un calor tibio y localizado que lo envolvía y lo alzaba del suelo. Un calor irregular, intermitente, torpe y, aun así, se sentía como un consuelo.
Unas manos toscas y ásperas lo llevaban con cuidado, por un camino que no conocía.
Apenas pudo abrir los ojos, y no recobraba la claridad. La luz no los llenaba por completo, solo tenía una visión borrosa, que no terminaba de aclararse.
Era un día soleado, y, sin embargo, el sol no terminaba de alumbrar. Quedaba ahogado en un cielo entre marrón y grisáceo, atravesado por cables y humo.
Y su oído, también despierto a medias no era capaz de entender el mundo a su alrededor. Una maraña de voces superpuestas, rugidos de máquinas, música hecha para torturar el alma, y lo más cercano: la respiración nerviosa de aquel humano, el latido dentro del pecho en el que reposaba.
¿Qué es esto?
Se preguntó. Y, aunque todavía no lo sabía, tendría que acostumbrarse a ello.
La puerta se abrió con un chirrido lastimero, dejando el paso hacia un pasillo oscuro. Luego, el crujido metálico de unas escaleras quejumbrosas. Y al final, un lugar cerrado que olía a humanidad… y a humedad.
El humano lo depositó con cuidado sobre una superficie blanda, un cojín sucio que colocó en el suelo como cama improvisada, y se alejó unos pasos.
Lucifer abrió por fin los ojos.
Tardó un momento en entender lo que veía.
Una temblorosa luz artificial que irradiaba desde un foco parpadeante. Las paredes color turquesa manchadas en parte, y una en particular con el color descamado. Una cortina sucia hacía de puerta en el baño, un fregadero de metal opaco en el que reposaban algunos platos sin lavar.
El aire olía a encierro, cigarro viejo, sudor de pies y restos de comida en descomposición.
Un miserable cuarto en un edificio que amenazaba con desmoronarse. Un rincón del mundo donde el aire fresco parecía un lujo también.
El lugar más indigno.
Lucifer intentó incorporarse y notó por primera vez lo que era ahora. Una pata delantera, pelo anaranjado, vibrisas largas, uñas retraídas. Sintió el movimiento de una cola, el peso diminuto de su cuerpo y su respiración felina.
El asco lo atravesó con violencia.
Se sentía la criatura más patética, como si estuviera hecho de polvo y trapo.
Su mente seguía ahí, vasta y aún radiante en su centro. La misma que luchaba por entender cómo era posible que aquel cuerpo, aquella prisión, pudiera contenerla.
No recordaba el instante exacto de la transformación. Solo la caída. Y luego, el tacto de unas manos humanas.
Ahora, estaba ahí, encerrado en esa compacta prisión de carne y pelo. Rodeado de miseria, mugre y hambre.
Se arrastró torpemente hacia el suelo frío y observó al humano.
Un joven flaco, ojeroso, de cabello revuelto y mirada buena. La de un ingenuo, llena de compasión y falta de la malicia de un depredador.
Lucifer dejó de arrastrarse, suspiró entrecerrando los ojos.
El joven volvió con un trapo en la mano. Se quedó mirando al gato con el ceño fruncido
—No sé si estás enfermo, o solo muy sucio... pero hueles horrible.
Lucifer lo observó en silencio, con los ojos entrecerrados.
—Voy a tener que bañarte primero. No puedo tenerte así en la cama.
Las palabras le parecieron una blasfemia.
Lucifer, señor de la mañana, portador de luz, ángel expulsado con alas de fuego… sintió vergüenza.
No la misma de la condena y el juicio. Sino la que viene de sus propias limitaciones, las que venían con esa forma corpórea.
Intentó levantarse para huir y conservar algo de su dignidad perdida, pero su cuerpo no cooperó. Todo se sentía pesado. Su cola se movía con voluntad propia. Su estómago, peor aún, gruñía.
—Pero primero, el baño —repitió el humano con una voz suave, casi apenada.
Lucifer pensó en fulminarlo. Por un segundo, recordó un fragmento de canto. El vestigio de un poder inmenso…
Pero ya no estaba.
Solo quedaba el temblor del agua tibia corriendo por un lavabo despostillado, y unas manos torpes que se acercaban con una toalla vieja.
El portador de la luz cerró los ojos.
—Me lo vas a pagar, pensó.
Y se dejó hacer.
Después del humillante ritual del baño, el humano lo secó con torpeza, envolviéndolo en una toalla tiesa. Lo sostuvo unos minutos contra su pecho, murmurando cosas que a Lucifer no le importaron entender. Luego, lo depositó de nuevo en el suelo.
El chico desapareció unos segundos y volvió con una bolsa arrugada en la mano.
—No es gran cosa, pero al menos es algo —dijo, y rasgó el paquete con los dientes.
Un sobre de alimento húmedo barato de marca genérica y sabor atún de origen dudoso.
El aroma llenó su nariz, algo artificial y asqueroso.
Lucifer lo miró con horror.
¿Cómo voy a comer eso?
pensó, con un desprecio profundo.
¿Qué clase de castigo es este?
Y, sin embargo, su estómago rugió.
Y lo hizo con una desesperación animal que él no podía controlar.
El hambre era tan intensa que le quemaba por dentro como leña seca ardiendo en fuego.
El chico dejó un platito en el suelo y se apartó.
Lucifer miró la masa tibia de textura sospechosa. Dudó por un instante.
Después, se inclinó y finalmente probó.
Y por primera vez en toda su existencia (desde antes de la rebelión y del tiempo), comió por necesidad.
Con vergüenza, furia y lágrimas que no brotaron, pero le calentaron los ojos desde dentro, presionando sus sienes.
El sabor era asqueroso, la sensación, insoportable, pero no más que su propia necesidad de alimento.
Antes de ir a dormir, el joven cerró la única ventana grande del departamento con un cerrojo improvisado. La vieja mosquitera crujió al bajar. Miró por un momento hacia la calle, hacia la maraña de cables sobre su ventana y los techos de lámina que temblaban con el viento.
—No quiero que te me escapes —murmuró, más para sí que para el animal.
—Eres raro, pero bonito, te vas a adaptar—Dijo con esperanza — Seguro los vecinos se quejan si te oyen maullar o rasguñar. Y si el casero se entera…
No terminó la frase. Solo suspiró.
Volvió a mirar al gato, ya enrollado sobre sí mismo en una esquina del colchón. Su pelaje anaranjado tenía un brillo extraño, como si guardara un rastro de fuego bajo la piel. Los ojos entrecerrados despedían odio puro, pequeño pero afilado, como un cuchillo diminuto.
El gato bufó, apenas un sonido. Y el humano lo interpretó como un estornudo.
—Mandarino.
—Te vas a llamar Mandarino.
Lucifer se quedó inmóvil, incrédulo ante la ridiculez que había sido pronunciada.
¿Mandarino?
El portador de la luz.
El primero de los caídos.
El ángel más antiguo.
¿Mandarino?
Por un instante pensó en invocar fuego, hacer temblar los muros, romper las leyes de la física y el lenguaje. Pero su cuerpo era un gato esponjado, su magia dormía bajo costras de hambre, y la toalla con la que lo habían secado aún olía a humedad rancia.
Soltó un suspiro seco.
El chico no lo notó. Estaba de espaldas apagando la luz.
—Buenas noches, Mandarino.
El cuarto quedó en penumbra.
Lucifer cerró los ojos.
Mañana lo mato
Pensó antes de quedarse dormido.
El humano se levantó antes del amanecer.
Se movía con la torpeza propia de un mortal medio dormido, arrastrando los pies mientras rebuscaba entre sus cosas.
Lucifer lo observaba desde la cama, aún sin moverse, como si no le mereciera ni la atención.
El chico se puso un pantalón negro, una camisa de color rojo deslavado con cuello raído y un logotipo visible en el pecho derecho, nada menos que el emblema de una tienda de conveniencia.
Se colgó una mochila al hombro.
—No tardo mucho, Mandarino —dijo mientras le dejaba un platito con más de esa infame comida húmeda— Pórtate bien. Voy a ganar dinero para que comas chido, ¿va?
Dejó un puñado de croquetas en un platito de plástico, un recipiente hondo con agua y se acercó a acariciarlo. El gato no reaccionó. Ni un ronroneo, ni un movimiento.
Lo miró sin parpadear mientras la puerta se cerraba frente a él con un clic seco.
Finalmente, se levantó tras un momento de ausencia silenciosa.
El departamento era más feo de lo que había parecido la noche anterior. Las paredes respiraban humedad, el piso frío soltaba un quejido bajo sus patas, y había manchas en los rincones que parecían tener vida propia.
Empezó a explorar.
Primero, lo básico: el sofá manchado, el refrigerador ruidoso, una silla coja, y muebles que parecían suplicar por su propio descanso, como si vivieran en agonía.
Luego buscó una salida.
La puerta cerrada, una rendija demasiado angosta. Las ventanas principales aseguradas en un intento desesperado de cautiverio bien intencionado. Un cuidado que todo gato desprecia.
Y entonces la vio, no tan lejos de su alcance.
Una ventana pequeña, mal encajada, arriba de la regadera. Una con la abertura suficiente para dejarlo pasar.
El gato trepó con una agilidad que no reconocía del todo como suya pero que agradecía que fuera parte de ese cuerpo, y en cuestión de segundos, estuvo afuera.
Afuera, el aire lo golpeó, no era caliente, pero no terminaba de ser frío.
Trepar los muros fue cuestión de instinto. Subió por las paredes exteriores, deslizándose por las cornisas, deteniéndose brevemente en las ventanas ajenas, donde ruidos y olores escapaban y exponían la vida en el interior de cada muro.
Finalmente llegó al techo. A las jaulas del tendido. Un lugar de nadie, su nuevo punto panóptico.
Y desde ahí, no contempló la vastedad del mundo, sino la abrumadora miseria que se extendía como una inconmensurable pradera de concreto y acero.
Se quedó quieto contemplando el horizonte delineado de techos de lámina, tanques de gas, cables colgando como venas abiertas, y una nube de gases que pretendía ser cielo.
Entrecerró los ojos.
No era el infierno.
Pero definitivamente se le parecía.