Prólogo
—Que depresiva vista y, a la vez, tan enigmática. De alguna manera, puedo escuchar el canto de todas esas voces lamentándose, justo al ritmo de las llamas que adornan esta ciudad ¿Cuántos habrán muerto aquí?, ¿miles?, ¿millones? —digo sin poder reconocer si mi propia voz, creo que estoy llena de melancolía o de ira—. Quizás esto sea parte de los sentimientos que nacen de mi falsa yo; aun así, creo comprender que ambas queremos acabar con este segundo de nuestras largas vidas.
A veces creo que la humanidad tiende a romantizar todos los aspectos de su existencia, como el amor, el odio, la valentía, el arrepentimiento, la curiosidad, la locura, la vida y la muerte, siendo algo tan humano, que no importa en lo que nos convirtamos, siempre seguirá formando parte de todos nosotros…
¿No es así?
—Sabes, a veces pienso que soy una cobarde. Que, quizás… Debió morir en aquella habitación, para evitar… Este dolor que ha estado conmigo toda mi vida, y que no parece parar de crecer. —Aprieto el puño mientras los recuerdos cobran vida.
»Ha sido un largo camino para, algún día, ser feliz, y ahora no sé si… Sí… Podre dejar este segundo atrás, o si estará allí, siguiéndome como una sombra. —Por un momento dudo en dar un paso más, dejando caer la mirada al suelo cansada de todo esto, solo para encontrarme con el reflejo de una mujer de larga cabellera empapada que cubría su pálido rostro en medio de un estanque de sangre. Cierro los ojos, solo para pasar mis manos por la cabeza, buscando arreglar mi imagen al deslizar los dedos para desenredar tanto el cabello como las ideas.
Sé que lo experimentaste, pero la inmortalidad es un concepto difícil de entender, si llegaras a vivir por cientos de miles de millones de años, siendo testigo del último rastro de la historia, hasta el día en que las últimas estrellas desaparecieran, nunca dejarías de pensar en todo lo que has llegado a sentir; cuestionándote si todo lo que has hecho ha valido la pena y, es curioso, porque aún no lograrías entender que, todo el dolor sanará con el tiempo.
Podrás negarlo debido a que te has vuelto apática, desmotivada y carente de toda moralidad, queriendo alejarte a todos para no sentir el mismo dolor otra vez, pero la realidad es que te has vuelto más susceptible a las emociones a través de los años, porque ahora conoces su peso, y no sabes si quieres continuar o solo desaparecer.
Trágicamente, la inmortalidad es más difícil de lo que puedes entender, su peso no tiene igual, no todos tienen la voluntad para superar la pérdida, el rechazo, el abandono y el olvido, sé que es tentador escapar a la monotonía hasta el día en que la muerte toque tu puerta para partir. Pese a ello, cuestiono todos esos pensamientos de ti, sé que ambas fuimos testigos de momentos desafiantes, especiales e irremplazables, que ninguna quisiera olvidar, por el significado que le han dado las personas que estuvieron allí, y sé que ha valido la pena sufrir tanto para conocerlas.
—Me pregunto, sí, ¿realmente soy un monstruo por escoger este camino? O sí, por el contrario, siempre había sido así y es ahora que me estoy dando cuenta —dejo escapar un largo suspiro tras mis palabras—. Da igual, está escrito en nuestra sangre las decisiones que tomamos. —Alzo mi mirada, buscando entre los escombros lo único que necesito en este momento.
Escalo con las manos ensangrentadas, buscando alcanzar la cima del rascacielos derrumbado que alguna vez fue el castillo inexpugnable del hombre que juré asesinar; sujetando con los dientes el arma que estando tan sedienta de violencia como yo. En la cima se divisa toda la ciudad influenciada por el odio, donde no hay horizonte libre del caos ardiente; aun así, pese a su locura, reconozco que él, tiene razón, tarde o temprano, los humanos descubrirán el secreto de la inmortalidad, mientras nuestros Emperadores de Sangre solo buscarán convertirse en dioses para alzarse en la cima del mundo.
Apenas lo veo, empuño el arma que clama su sangre:
— ¡Deon! —grito queriendo que se escuche por toda la ciudad. Él giró su cabeza en mi dirección, sin dirigirme la mirada, solo abriendo la boca ligeramente—. ¡Hoy, voy a reclamar tu miserable existencia! —Apunto mi ira hacia él, dispuesta a dar el último paso para culminar mi venganza.