Singulares: el pacto carmesí

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Summary

No todos los dones son para salvar, en un mundo donde algunos nacen con dones que rozan lo divino, la humanidad vive bajo una paz frágil. Cuando el miedo colectivo abre una grieta en la realidad, un poder imposible comienza a despertar, alimentado por algo tan antiguo como el cosmos. La agencia que vigila a los singulares se enfrenta a su mayor amenaza, mientras fuerzas de sangre, sueño y vacío chocan en una lucha que desdibuja los límites entre lo humano y lo primordial. Los singulares descubrirán que su enemigo más peligroso quizá no venga del exterior... sino de la sombra que todos comparten.

Genre
Action
Author
Avenax
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo I: el encargo.

En los pasillos blancos de la Agencia, dos hombres jóvenes caminaban y conversaban, tan absortos que ignoraron por completo la luz roja de las alarmas en las puertas.

Ambos vestían el uniforme de campo: traje blanco y negro.

—¿Me estás diciendo que una noche de películas con una chica no es una cita? —preguntó el más joven, Kal, de cabello blanco y piel pálida, con una sonrisa ladeada que rozaba la malicia.

—Por supuesto que no lo es —respondió Jack, de cabello negro y piel ligeramente más cálida que la de su compañero, el rostro imperturbable—. Una cita es más… íntima. Una cena, una salida al parque.

—Una noche de películas es íntima. No invitarías a alguien que no te importa a tu casa a ver películas.

—Lo que yo pienso —dijo Jack, y por primera vez su expresión cambió— es que sigues siendo un niño.

Su sonrisa era tan retorcida que habría asustado a cualquiera, excepto a Kal.

—¿Un niño? Solo eres un año mayor que yo, no tienes derecho a llamarme así. Y además ya soy mayor de edad… Bonita forma de cambiar de tema, por cierto.

—Por supuesto que sí —replicó Jack.

Ambos se detuvieron frente a una puerta negra, de la cual emanaba un aura que parece maldita.

—Bueno, llegamos. Veamos qué tiene el director para nosotros —dijo Kal.

La puerta se abrió con un susurro metálico. Tras ella se extendía una mesa enorme. Sentadas alrededor, tres figuras cuya sola presencia aumentaba la presión del aire.

A la derecha, una mujer de veintitantos con cabello largo y negro, piel pálida y varias cicatrices que cruzaban sus labios y brazos. Su mirada era tan penetrante que parecía hecha de pura oscuridad. En el pecho, una placa brillaba: RANGO AVANZADO: Iren Taduki.

En el extremo opuesto, otra mujer, algo mayor, vestía un blanco impecable que dejaba ver la piel donde el uniforme solía cubrir. Contaba lentamente las cuentas de un rosario. Símbolos imposibles —curvas y ángulos que la mente se negaba a comprender— marcaban su piel; incluso en las comisuras de sus labios reposaba un par de signos en forma de pez. Su placa decía: RANGO AVANZADO: Lin Lin.

En el centro, un hombre que parecía haber visto el mismísimo infierno . Un parche oscuro cubría su ojo izquierdo, de donde emanaba una energía repugnante. Su cabello, negro con un par de mechones blancos, caía sobre un rostro curtido; a la mano derecha le faltaba el meñique. La mirada que alzó hacia ellos era la de un abismo abisal.

En su pecho relucía una placa: RANGO: ABSOLUTO.

—Al fin llegan, Kal, Jack —dijo con voz grave—. Tenemos un singular rebelde. Clase: Verdad Onírica. Rango avanzado. Habilidad desconocida. Ubicación: sector tres. Vayan de inmediato, aseguren la zona y capturen al objetivo. Creemos que están listos para un rango avanzado.

—Puede considerarlo hecho, director —respondió Kal.

—No pierdan el tiempo. Muévanse —ordenó el hombre.

La noche en el sector tres olía a lluvia detenida.

Kal y Jack avanzaban entre edificios viejos donde la luz de las farolas titilaba como si temiera encenderse.

Una neblina densa se arremolinaba en las calles, demasiado espesa para ser natural.

—Velo de Hipnos… —murmuró Jack, ajustando el cierre de su traje—. El informe tenía razón.

Un susurro inhumano atravesó el aire. La niebla se expandió de golpe.

Kal sintió cómo el mundo se congelaba: las gotas de lluvia quedaron suspendidas, las luces dejaron de parpadear, incluso el sonido de su propia respiración se volvió un eco lejano.

Solo la figura al final de la calle se movía: un hombre envuelto en un manto gris, ojos brillando como lunas veladas.

—El tiempo es un lago inmóvil —su voz se filtró como un sueño—. Y yo soy la piedra.

El singular rebelde levantó la mano. Las farolas se quebraron en silencio.

Kal reaccionó primero.

Su garganta vibró con un tono bajo, casi un gemido.

Lamento Corrupto, parte de la clase Cantos de Vacío, se deslizó en ondas invisibles.

La niebla tembló; el rebelde parpadeó como si algo tirara de sus párpados.

Al mismo tiempo, una bruma tenue, apenas perceptible, surgió alrededor de Kal: su habilidad pasiva, Eco Umbrío, drenaba lentamente la energía de quien lo escuchara, debilitando músculos y reflejos.

—Bonito truco, pero yo… —la voz del rebelde se quebró un instante.

Jack aprovechó. Su cuerpo se iluminó con un resplandor interno, la piel delineada por un fulgor dorado: Fulgor Vital.

Su brazo se endureció como cristal vivo: Piel de Aurora.

Con un salto imposible, descargó un golpe directo.

El rebelde apenas giró la muñeca. El tiempo alrededor de Jack se ralentizó; el puño atravesó solo niebla.

Kal elevó la resonancia de su canto.

Resonancia de Aniquilación: una vibración que hacía crujir el aire. Las ventanas del callejón estallaron.

El manto de niebla se resquebrajó en destellos de azul.

Jack no se detuvo. Sus venas centellearon con una luz bifásica, latido doble: Corazón Bifásico. La energía extra le permitió forzar el movimiento aun en el tiempo ralentizado. Con el brazo que brillaba como una lanza solar, lanzó su nuevo ataque: Estrella Incandescente, un golpe que condensaba toda su vitalidad en un estallido breve.

El rebelde retrocedió, sorprendido. La niebla titiló, el Velo de Hipnos vaciló.

El sonido volvió de golpe: lluvia, cristales cayendo, sirenas a lo lejos.

—Interesante —susurró el hombre, sonriendo bajo el manto—. Pocos resisten mi sueño.

A su alrededor, la niebla volvió a compactarse.

Pero antes de que pudiera cerrar el círculo, un silbido metálico cortó el aire: una baliza luminosa lanzada desde el techo cercano.

Refuerzos de la Agencia.

El rebelde miró a Kal y Jack, ojos fríos, y su cuerpo se deshizo en bruma que el viento arrastró.

Silencio. Solo el goteo constante de la lluvia.

Jack bajó el brazo, la luz de su piel desvaneciéndose.

—Eso… no fue nada divertido.

Kal exhaló, el tono de su canto apagándose.

—Fue una presentación.

Ambos sabían que aquello apenas era un aviso de lo que estaba por venir.

La niebla a su alrededor se disipó un instante… solo para arremolinarse de golpe con un chasquido seco.

Una voz resonó detrás de ellos, más cercana de lo que debería:

—La función apenas comienza.

El singular rebelde emergió de la bruma como si nunca se hubiera ido.

Sus ojos, dos espejos de luna, destellaron con un brillo violáceo.

El suelo tembló.

—Cicatriz de Morfeo —susurró.

El aire se rasgó.

De las grietas brotaron filamentos oscuros, como sueños arrancados del cuerpo: eran cortes de pura ilusión que podían herir la mente tanto como la carne.

Uno de los refuerzos gritó cuando una de esas líneas lo atravesó; no sangró, pero su mirada se vació, cayendo inconsciente.

—¡Dispersión! —ordenó Jack, encendiendo su Piel de Aurora para repeler un filamento.

Kal entonó el Lamento Corrupto, pero la Cicatriz de Morfeo no solo frenaba el tiempo, también deformaba la percepción.

Los otros dos agentes dispararon proyectiles de contención; la niebla los tragó como si cayeran en agua profunda.

Una nueva ráfaga de filamentos los alcanzó.

Uno cayó de rodillas, ojos en blanco.

El otro se desplomó sin un sonido.

Jack frunció el ceño.

—No podemos seguir así.

El rebelde se deslizó entre la bruma, cada paso multiplicando su figura en espejismos.

Kal intentó la Resonancia de Aniquilación, pero las ilusiones absorbieron las ondas.

—Son solo niños jugando a cazadores —la voz del singular se fragmentaba en ecos—. Yo soy la pesadilla de la que no se despierta.

Jack se interpuso, Corazón Bifásico latiendo con un pulso doble.

—Pues la pesadilla va a recibir una patada de realidad.

El rebelde sonrió y volvió a extender la mano.

La niebla se cerró como un puño sobre ellos.

Por un instante, Kal sintió que el tiempo se partía en mil espejos.

—¿Dónde diablos está el capitán? —murmuró Jack entre dientes.

Mientras tanto…

En un bar del distrito bajo, el capitán descansaba con dos mujeres del lugar

Reía con un tono relajado, de esos que parecen no tomarse nada en serio.

Una de ellas le contaba una anécdota de trabajo, la otra jugaba con el borde de su vaso.

Él escuchaba, sonriendo apenas, como si el mundo a su alrededor fuera solo ruido de fondo.

La pantalla de noticias al fondo cambió a un informe urgente:

“Actividad singular no autorizada en el sector tres. Agencia en operativo…”

El capitán apenas alzó una ceja.

A su alrededor, clientes murmuraban.

—Siempre esos singulares… —dijo un hombre, apartando la vista con disgusto.

—Cada pelea suya nos cuesta vidas y calles enteras —añadió una mujer.

—Plaga —sentenció otro, apretando el vaso con fuerza.

El capitán dejó su copa.

La sonrisa no desapareció del todo, pero en sus ojos cruzó un destello fugaz, como una chispa en la oscuridad.

Se inclinó hacia las mujeres.

—Cambio de planes, chicas.

Su voz era tranquila, casi despreocupada, pero con una firmeza que no admitía réplica.

—Tengo que encargarme de algo.

Mientras se incorporaba, los murmullos de miedo y resentimiento seguían creciendo.

—Deberían encerrarlos a todos.

—No importa si dicen que nos protegen, traen la destrucción.

El capitán avanzó hacia la puerta con las manos en los bolsillos, su andar sin prisa.

A simple vista parecía un hombre cualquiera, solo un cliente que había decidido marcharse.

Pero en la breve rigidez de su mandíbula, en el modo en que sus ojos se entornaron, había un atisbo de algo más profundo:

una inquietud que no mostraba a nadie, una preocupación que prefería esconder bajo esa fachada despreocupada.

La niebla se cerraba como una fosa sin salida.

Jack y Kal apenas podían respirar.

Los tres refuerzos yacían inmóviles, atrapados en la Cicatriz de Morfeo.

El rebelde avanzó con paso lento, saboreando la victoria.

—Dos principiantes jugando a héroes —dijo, su voz multiplicándose en mil ecos—.

Cuando sea libre, este mundo será un silencio eterno.

Kal sintió el cuerpo entumecido, la garganta seca.

Jack se irguió a su lado, Piel de Aurora destellando débilmente.

Un sonido agudo cortó la bruma.

¡Ssssht!

Algo silbó en el aire.

El rebelde se detuvo justo a tiempo para esquivar un proyectil carmesí que se incrustó en el suelo.

La niebla retrocedió en ondas.

—Vaya, vaya —murmuró una voz nueva, perezosa, casi burlona—.

¿Así reciben a los novatos de mi equipo?

De entre el humo emergió un hombre de andar despreocupado.

No vestía el uniforme de la Agencia; su ropa era la de un civil que parecía haber salido de un paseo nocturno: chaqueta oscura, camiseta gris, pantalón negro sin distintivos.

Pero lo que primero atrapaba la vista era su cabello, rojo intenso, como si cada hebra hubiese sido teñida en sangre fresca.

Sus ojos, de un ámbar profundo con destellos dorados, ardían como brasas a medio apagar.

La luz de las farolas parpadeó al reflejarse en ellos.

Sus brazos estaban descubiertos hasta el codo.

Cicatrices antiguas y recientes se entrecruzaban en un mapa de heridas: cortes finos, marcas circulares, líneas que parecían escrituras indecifrables.

Las manos, delgadas y fuertes, llevaban las mismas cicatrices; algunas aún rosadas, otras blanquecinas.

—Capitán… —susurró Kal, con un hilo de alivio en la voz.

El recién llegado se encogió de hombros.

—Salí a tomar aire y me encuentro con que mi equipo casi se convierte en puré.

No me hagan quedar mal.

El rebelde rió con desdén.

—¿Otro peón de la Agencia? Perfecto, más presas para el sueño eterno.

El capitán se erguio de forma imponente entre el contraste de la luz de la luna y la oscuridad.

—Te doy la oportunidad de rendirte, arrepentirte de tus pecados como en esa vez que robaste por primera vez y te sentiste mal pero responde en los siguientes.... 3 segundos.

La única respuesta la dió el viento con ese sonido que rompía el silencio, el rebelde solo se limito a mirar con desprecio.

El capitán se llevó una mano a la boca, como si disimulara un bostezo.

Cuando la bajó, una gota de sangre resbalaba de su muñeca.

No parecía herido; se había cortado a propósito.

La sangre se desprendió y flotó en el aire, retorciéndose en filamentos rojos.

En un susurro, pronunció:

—Lanzas Carmesíes.

De la gota surgieron tres dardos de pura sangre endurecida que se dispararon a una velocidad imposible.

El singular rebelde se desvió por poco; uno de los dardos rozó su hombro, abriendo una herida que no sangraba, sino que se ennegrecía.

El capitán sonrió apenas, sus ojos ámbar brillando.

—Segundo aviso.

Se hizo un corte más profundo en el antebrazo.

La sangre formó un arco líquido que se tensó como un arco de guerra.

—Arco de Hematite.

El proyectil se condensó en una flecha casi transparente y salió disparado, silbando como un alarido.

La niebla del Velo de Hipnos se agitó violentamente, forzada a abrir un pasillo.

El rebelde chasqueó la lengua, sus ilusiones temblando.

—Interesante… pero la niebla nunca duerme.

El capitán inclinó la cabeza, su voz bajando a un tono que, pese a la ligereza, cargaba un filo oculto.

—Ni yo.....por qué está noche creo que bebi de más

Con un movimiento fluido, extendió las palmas hacia el suelo.

La sangre que aún manaba de sus cortes se derramó y, como viva, se expandió en un charco que rodeó al rebelde.

Las sombras de la niebla se tiñeron de escarlata.

—Marea Carmesí.

El líquido se elevó en un latido, como un océano súbito, intentando ahogar al enemigo.

El rebelde retrocedió, su control del tiempo tambaleándose.

Jack y Kal sintieron de pronto que el aire volvía a moverse.

El hechizo del Velo se rompía a jirones.

El capitán lanzó una última mirada a sus pupilos, una chispa de auténtica preocupación asomando entre la indiferencia fingida.

—Pónganse de pie —ordenó con calma—.

Esto todavía no ha terminado.

El singular rebelde se tambaleó, logro por poco escapar de esa marea carmesí que le parecía repugnante con toda esa sangre, sin duda era una clase repulsiva, pero todavía sonreía con los labios manchados de su propia ilusión.

—No importa… siempre seremos los que miren desde arriba —murmuró, la voz deshaciéndose en ecos.

Kal y Jack se prepararon para el golpe final, pero una ráfaga carmesí los obligó a apartarse.

El capitán avanzó despacio, la chaqueta civil empapada en la sangre que él mismo controlaba.

La bruma se estremeció.

Con un movimiento rápido, giró la muñeca.

La costura interior de su chaqueta se rasgó y una placa metálica cayó colgando de una cadena, golpeando su pecho con un sonido seco.

La luz de las farolas la hizo brillar, grabada con caracteres rojos:

RANGO ABSOLUTO — ARTHUR

El rebelde se detuvo, la arrogancia de su sonrisa quebrándose por primera vez al darse cuenta de que a la aparición de quién considero solo uno más sus posibilidades de ganar se redujeron a cero.

Arthur no sonrió.

Se hizo un corte profundo en el antebrazo; la sangre brotó a borbotones y, antes de tocar el suelo, se alzó en cuchillas vivas.

—Te di la oportunidad de rendirte —dijo, su voz tan baja que parecía un gruñido.

—La desperdiciaste.

La sangre se retorció en el aire, formando un enjambre de lanzas.

Con un solo gesto descendieron, perforando el cuerpo del singular en un estallido escarlata.

El grito se ahogó en su propia niebla.

Kal apartó la mirada.

Jack apretó los dientes, inmóvil.

El rebelde cayó de rodillas, su torso atravesado por las cuchillas carmesí.

De su boca brotó un último hilo de risa amarga.

—Ellos… siempre… tendrán miedo…

Arthur chasqueó los dedos.

La marea de sangre se cerró como un mar sobre la presa.

Cuando retrocedió, no quedaba más que un charco oscuro que lentamente se disipó en vapor.

Silencio.

En la distancia, las sirenas de la Agencia rompieron el aire.

Pero lo primero en llegar fueron los gritos de la multitud que observaba desde la barricada, teléfonos en alto, algunos transmitiendo en directo.

—¡Dios mío… lo mató!

—¿Viste lo que hizo con su sangre?

—Son monstruos… todos ellos…

En bares y salas de estar, las pantallas repitieron la escena desde decenas de ángulos.

Nadie comentaba que Kal y Jack habían protegido el sector.

Solo había miradas de terror, murmullos que hervían en odio.

Arthur limpió la sangre de sus manos con un paño oscuro.

Sus ojos ámbar recorrieron a la multitud sin expresión.

—Trabajo terminado —dijo, apenas audible.

Se volvió hacia sus aprendices.

—Recuerden —su voz recobró una calma peligrosa—: este es el precio. El miedo no se disipa… solo cambia de dueño.

Kal y Jack guardaron silencio.

Las sirenas se acercaban, y con ellas, la certeza de que aquella noche no traería agradecimientos, solo un miedo más profundo.