Mi capricho Pt1
âOye, ÂżdĂłnde estĂĄn los lobos? âle preguntĂł Sarah, cansada de buscarlos entre la gente.
âLa manada suele estar en el piso de arriba ârespondiĂł la camarera en un volumen suficiente alto para hacerse oĂr mientras señalaba una parte del local con la cabezaâ. Si no estĂĄn ocupados, claro.
âVamos al piso de arriba âme dijo Sarah al oĂdo.
NeguĂ© con la cabeza y cogĂ mi vaso largo antes de seguir a Sarah de nuevo entre la muchedumbre que bailaba. Me acabĂ© la mitad de la copa antes de alcanzar las escaleras, notando el lĂquido frĂo, burbujeante y dulce bajando por la garganta y manchando las comisuras de mis labios. La gente iba y venĂa de la parte alta, bajando y subiendo, llegando a empujarnos en ocasiones, recibiendo tan solo miradas secas como respuesta y mĂĄs empujones de nuestra parte.
La sala superior no era mejor que la sala inferior, solo habĂa un poco menos de gente y sillones semicirculares alrededor de mesas con mucho alcohol.
OlĂa mĂĄs fuerte, eso sĂ, y la luz dejaba de ser tan molesta y se convertĂa en una iluminaciĂłn suave y de un azul frĂo.
Sarah se detuvo a un lado, cerca de la barandilla metĂĄlica y echĂł otro rĂĄpido vistazo.
âAhĂ estĂĄn âme dijo, señalando con la cabeza a los sillones.
MirĂ© discretamente mientras bebĂa mĂĄs alcohol. Los lobos destacaban bastante porque, como habĂan dicho en la charla, eran muy altos, muy fuertes y bastante atractivos. Estaban rodeados de humanos que hacĂan todo lo posible por llamar su atenciĂłn. La mayorĂa estaban borrachos o colocados, buscando desesperadamente a un Lobo que hiciera sus sueños hĂșmedos realidad.
A mi me parecĂan estĂșpidos y patĂ©ticos.
âNo te muevas, no quiero perderte de vista âme dijo Sarah antes de irse con su copa en la mano a uno de esos sillones.
A ella siempre le habĂan gustado los rubios, asĂ que eligiĂł a uno de los lobos con el pelo plateado y brazos mĂĄs grandes que mi cabeza que habĂa en uno de los asientos pegados a la pared. Al parecer, era uno de los mĂĄs «demandados» y tendrĂa bastante competencia, pero Sarah no habĂa venido allĂ para conformarse con cualquiera. De eso no habĂa duda.
Me terminĂ© la copa y me movĂ de mi sitio para ir a dejarla sobre una de las mesas redondas. HabĂa mucha gente alrededor de un moreno de pelo largo y barba corta, demasiado ocupados riĂ©ndose y tocĂĄndole los brazos para darse cuenta de que me llevaba una de las botellas de vodka de la mesa. AllĂ no faltaba de nada, por supuesto, era la zona de la Manada.
EncontrĂ© un asiento libre en la esquina de uno de los sillones mĂĄs alejados y me sentĂ©. EmpecĂ© a beber directamente de la botella y a apoyar la cabeza en el respaldo mientras seguĂa el ritmo de la mĂșsica con los pies. A veces creĂ escuchar que alguien me hablaba, pero yo ignoraba a todo el mundo y seguĂa bebiendo. No habĂa ido allĂ a hacer amigos ni a buscar sexo. No era tan estupido como para intentarlo con los lobos.
âEh, tĂș⊠âvolvĂ a oĂr a lo lejos antes de recibir un golpe en el hombro.
Giré el rostro con expresión seria y me encontré con uno de ellos, miråndome fijamente con sus ojos de un amarillo suave como el ocre. Era muy atractivo, por supuesto, pero todos lo eran; solo que este quizå fuera un poco mås grande, bastante mås peludo y mucho menos divertido que el resto.
âEsas botellas se pagan⊠âme dijo con su voz grave y seria.
Estaba rodeado de otros humanos que le alababan como a un dios, intentando tocarle allĂ donde podĂan. Sobre su camisa blanca que hacĂa resaltar mĂĄs el tono tostado de su piel, abierta hasta casi el abdomen, mostrando un pecho abultado y fuerte repleto de un vello fino y negro, en contraste con la cadena plateada que colgaba de su robusto cuello de toro.
âÂżY por quĂ© mierdas piensas que no la he pagado? âle preguntĂ©, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos bajo mi vieja visera de beisbol.
No querĂa problemas con ningĂșn lobo, porque incluso el mĂĄs idiota sabĂa que eran una raza peligrosa, pero aquel en concreto tenĂa algo que me resultaba especialmente desagradable. QuizĂĄ fuera su aire prepotente, su mierda de ropa de empresario de Ă©xito, el enorme y absurdo vuelto que le hinchaba la entrepierna o su fuerte olor. El muy cabrĂłn apestaba a un sudor caliente y denso que se podĂa distinguir incluso en mitad de aquella atmĂłsfera cargada.
âTe he visto cogerla ârespondiĂł, apretando un poco los dientes y dedicĂĄndome una breve mueca de desprecio.
âOh⊠âasentĂâ. AsĂ que tienes a seis personas para ti solo, manoseĂĄndote y riĂ©ndose de todas las idioteces que dices, pero tĂș tienes tiempo para mirarme robando una botella de mierda.
âLo que haga o no haga con mi tiempo es cosa mĂa, humano⊠âdijo con una voz mĂĄs grave y enfadada, soltando esa Ășltima palabra casi como si fuera un insulto.
ResoplĂ© y puse una sonrisa prepotente en los labios. Entonces me levantĂ©, bebĂ un par de tragos mĂĄs de alcohol y dejĂ© la botella vacĂa sobre la mesa.
El lobo me miraba por el borde superior de los ojos, respirando mĂĄs pesadamente e hinchando su pecho definido y musculoso. Los hombres y mujeres que le rodeaban tambiĂ©n me estaban mirando, entre sorprendidos y quizĂĄ tambiĂ©n un poco asustados. No me importĂł, les dediquĂ© a todos un corte de manga con ambas manos y me alejĂ© dando pasos hacia atrĂĄs hasta girarme en direcciĂłn a la puerta de emergencias donde ponĂa «EXIT».
Salir al aire fresco fue como una liberaciĂłn, incluso aunque el callejĂłn apestara a meados, era mucho mejor que el asqueroso aire del local. Me saquĂ© la cajetilla de tabaco de mi chaqueta negra y me puse uno en los labios, apoyando la espalda en la pared de ladrillos antes de encenderlo con el zippo. Aun tenĂa que hacer tiempo hasta que Sarah le comiera la verga a algĂșn lobo, o cogiera o lo que mierdas se suponĂa que habĂa ido a hacer allĂ dentro. PodĂa haberme ido, y lo hubiera hecho de haber sabido que en menos de dos minutos la puerta de emergencias se abrirĂa.
No quise mirar, concentrado en ladear el rostro hacia el final del callejĂłn que daba a la calle. Sin embargo, me dejĂ© el cigarro en los labios y metĂ la mano en el bolsillo, sintiendo el fiable tacto de mi navaja. La persona dio un par de pasos lentos y pesados, cerrĂ© un momento los ojos y respirĂ© mĂĄs fuerte. Yo nunca querĂa problemas, pero siempre acababa hasta el cuello de mierda; creo que haber
enfadado a un puto lobo debĂa estar en el top tres de mi lista personal de grandes errores. Y eso que era una lista difĂcil de superar.
El lobo se puso delante y, como era ya era evidente que habĂa venido por mĂ, le dediquĂ© una mirada por el borde de los ojos. Era el del sofĂĄ, evidentemente, con su camisa abierta, su cinturĂłn de cuero negro y sus pantalones de traje azul marino bien apretados contra unos muslos de caballo. De pie parecĂa incluso mĂĄs peligroso que sentado, porque debĂa medir casi dos metros y tenĂa una espalda y unos brazos musculosos que la tela blanca apenas era capaz de contener.
Me miraba fijamente con una expresión muy seria de su rostro fuerte y masculino. Cuando movió la mano, apreté con fuerza el mango de mi navaja y estuve a solo un instante de sacarla; pero el lobo solo cogió una caja metålica del bolsillo trasero de su pantalón y la abrió con un suave «click» entre el ruido de los jadeos y otros sonidos mås sórdidos que llegaban desde la oscuridad tras el contenedor de basura.
El lobo sacó un purito largo y fino y se lo puso en los labios antes de utilizar una cerilla para encenderlo, tiñendo su rostro de una luz anaranjada y titilante antes de soplar la llama y apagarlo. Devolvió la caja al bolsillo sin dejar de mirarme y después se cruzó de brazos, sacåndose el cigarro de la boca junto con una bocanada de humo azulado.
âLa botella vale cincuenta dĂłlares âme dijo.
FumĂ© una calada del cigarro, fingiendo una calma que en ese momento no sentĂa, y soltĂ© el humo.
âPues vaya puto timo âmurmurĂ©.
âEs el precio ârespondiĂł, ladeando un poco la cabezaâ. Lo hubieras sabido si la hubieras pedido en la barra y no la hubiera robado.
Me encogĂ de hombros y girĂ© el rostro para mirarle de frente. Estaba a un par de pasos. Si me atacaba, tenĂa tiempo para correr lo suficiente lejos; y si no, le clavarĂa la navaja en el primer lugar que encontrara.
âCreĂa que era gratis âle mentĂâ. Para que la gente se emborrachara y fuera mĂĄs fĂĄcil de llevar a ese lado âhice un gesto vago con la cabeza hacia la parte mĂĄs oscura de la que salĂan los gemidos, gruñidos, arcadas, jadeos y demĂĄs mĂșsica celestial.
âÂżCrees que necesitamos que los humanos se emborrachen para cogerlos? â preguntĂł antes de llevarse el purito a los labios y fumar otra caladaâ. Vienen aquĂ porque buscan un buen MachoâŠ
Asentà y me pasé la lengua por los dientes.
âPues que bienâŠ
Al lobo no pareciĂł gustarle mi respuesta ni mi tono indiferente, porque puso una media sonrisa cerrada y asqueada. Con el purito de vuelta en los labios, dio un paso hacia un lado, acercĂĄndose y empezando a ponerme nervioso. PensĂ© en salir corriendo ya, pero cuando mirĂ© hacia la luz de las farolas sobre la acera a lo lejos, el lobo ya me habĂa cerrado el paso, apoyando el hombro en la pared e interponiĂ©ndose.
âPareces nervioso⊠âmurmurĂł, como si se riera de mĂâ. Tranquilo, no te voy a comerâŠ
Tan cerca, no me quedĂł otra que levantar un poco la cabeza para mirarle a los ojos. Yo era alto, pero el cabrĂłn seguĂa sacĂĄndome veinte centĂmetro de altura y casi doblĂĄndome en el ancho del cuerpo. Pero eso ni siquiera era lo peor, lo peor es que aquella puta peste que le rodeaba se hizo incluso mĂĄs densa y fuerte, entrando por mis fosas nasales y haciĂ©ndome perder por un segundo la respiraciĂłn. Era asqueroso, yo sabĂa que era asqueroso, pero por alguna razĂłn, cuanto mĂĄs lo respiraba, mĂĄs me estaba empezando a gustar.
No, quizå «gustar» no era la palabra. Mås bien era algo similar a «atraer».
HabĂa algo jodidamente sucio y primitivo en aquella peste que me estaba nublando los sentidos. El corazĂłn me latĂa mĂĄs rĂĄpido, ya no sabĂa si por el miedo o porque aquellos ojos de un suave amarillo me estaban mirando como si fuera un puma salvaje a punto de echarse sobre una presa.
âPues quĂ© bien⊠ârepetĂ, pero tuve que tragar saliva al final porque tenĂa la boca seca y pastosa.
El lobo fumĂł del cigarro, prendiendo la punta de un anaranjado intenso antes de soltar el humo azulado directamente a mi cara. De no haber sido un lobo, ya le habrĂa dado un puñetazo en la cara.
âSĂ, quĂ© bien âmurmurĂł con un marcado tono de desprecio en la voz y sin sacarse el purito de los labios.
Entonces se produjo un momento de silencio y tensiĂłn que se alargĂł hasta que el lobo volviĂł a darle una calada al purito para echar el humo a la cara. Yo conocĂa el lenguaje de la calle y sabĂa que me estaba provocando con aquello, menospreciĂĄndome e insultĂĄndome sin necesidad de decir nada. Pero me encontraba en una situaciĂłn complicada, por muy enfadado que estuviera con el muy bastardo, seguĂa siendo un jodido lobo enorme y muy peligroso; asĂ que me traguĂ© mi orgullo y le dije:
âMira, no quiero problemas. He venido con una amiga y solo estoy esperando a que termine. La semana que viene te pagarĂ© los cincuenta dĂłlares âera una mentira, por supuesto, porque yo no iba a volver por allĂ en mi puta vida.
âNo quiero cincuenta dĂłlares ârespondiĂł en voz baja..
AsentĂ, cogĂ una bocanada de aire y mirĂ© al frente, hacia la pared de ladrillos sucia, antes de seguir fumando un cigarro que casi se habĂa consumido entre mis dedos. Si a esos bastardos les iba la mierda del control y esas cosas que habĂan dicho en la charla, quizĂĄ si le dejaba ganar y le ignoraba, se diera por satisfecho y se fuera. EsperĂ© hasta terminarme el cigarro y arrojĂ© la colilla hacia un charco no muy lejano, pero el lobo seguĂa allĂ, a mi lado, con su peste y su enorme cuerpo bloqueĂĄndome la salida.
Entonces se moviĂł. CreĂ que al fin habĂa pasado todo y me concentrĂ© en mirar al frente y no parecer «agresivo»; sin embargo, el lobo solo se metiĂł una mano en el bolsillo y se acercĂł el poco espacio que quedaba entre nosotros, pegando su pecho abultado y abierto contra mi hombro. No pude evitar chasquear la lengua y girar el rostro hacia la oscuridad del callejĂłn, tratando de no ahogarme con aquella peste a sudor.
Estaba nervioso, algo asustado y muy enfadado, pero tambiĂ©n habĂa algo mĂĄs. Algo que acompañaba a esa sensaciĂłn de peligro, una extraña necesidad, una
excitaciĂłn que no entendĂa por un lobo que estaba empezando a odiar mĂĄs que a nadie en el mundo. Seguramente fuera el alcohol que habĂa bebido, que me estaba confundiendo tanto junto con aquella peste y le estaban mandando mensajes errĂłneos a mi verga ya bastante dura.
Ăl se sacĂł el purito de los labios, golpeĂł el borde con el pulgar y volviĂł a echarme el humo a la cara, acercando su rostro y dejĂĄndolo flotar lentamente en el aire nocturno. Una Ășltima muestra de desprecio y superioridad con la que, quizĂĄ, ya se quedarĂa contento. Sin embargo, se quedĂł asĂ un poco mĂĄs, con la cabeza gacha y resaltando su gran tamaño, me dijo:
âVamos al callejĂłn.
GirĂ© el rostro al momento, dedicĂĄndole una mirada por el borde superior de los ojos. Ăl no parecĂa contento ni sonreĂa con superioridad como si me lo hubiera propuesto solo para humillarme un poco mĂĄs. En realidad, parecĂa molesto con la idea, casi tanto como yo. Pero ahĂ estĂĄbamos, mirĂĄndonos fijamente y en silencio y, por un instante, la idea me puso terriblemente caliente. QuizĂĄ Ă©l lo notĂł, no sĂ© cĂłmo porque mi expresiĂłn seguĂa siendo tan seria y firme como antes, porque empezĂł a jadear un poco entre los labios y, apretando la mandĂbula con fuerza, repitiĂł:
âVamosâŠ
Tardé unos segundos, y fue solo ese momento en el que me agarré a mi orgullo, lo que me impidió girarme directo al callejón; justo el momento en el que sentà una vibración en los pantalones y saqué la mano con la sujetaba mi navaja para buscar el viejo teléfono.
âMi amiga me estĂĄ llamando âdije con un tono muy calmado para el torbellino de emociones que sentĂa por dentro.
âTu amiga puede esperar âgruñó, produciendo un leve y bajo gorgoteo desde la garganta.
âNo es de las que esperan âneguĂ©, saliendo de la pared y girando lentamente en direcciĂłn a la luz. Fue un momento de tensiĂłn, porque el lobo no dejaba de mirarme fijamente, visiblemente enfadado y con la mandĂbula muy tensa.
âYo tampoco⊠âme dijo cuando pasĂ© por su lado. Aunque no estuve seguro de si fue una advertencia o un aviso.
Le echĂ© una Ășltima mirada por el borde de los ojos y soltĂ© un breve «AhmâŠÂ» antes de irme. Estaba claro que no iba a volver y me sentĂ mucho mĂĄs seguro ahora que sabĂa que podrĂa huir corriendo. AsĂ que me tomĂ© la licencia de dar un par de pasos marcha atrĂĄs y decir:
âPues quĂ© bien⊠âantes de sonreĂr como un cabrĂłn.
Ya me daba igual. No iba a volver por allĂ y no iba a volver a ver jamĂĄs a aquel puto lobo. O eso era lo que creĂaâŠ
A la semana siguiente, Sarah quiso regresar, y despuĂ©s de pasarme seis dĂas pelĂĄndomela como un mono pensando en el pedazo de bulto en la entrepierna del lobo peludo y soñando con ese callejĂłn, solo pude decir que sĂ.
âÂĄDos de vodka con Coca-Cola! âle gritĂł Sarah a la camarera.
DespuĂ©s se volviĂł a ajustar la falda y se girĂł hacia mĂ, aunque en realidad lo que querĂa era mirar hacia el balcĂłn del piso superior donde estaba la manada en sus sillones. No se veĂa mucho, pero ella puso una expresiĂłn de preocupaciĂłn seguida de otra de desprecio.
âHay una zorra ahĂ arriba que lleva una blazer sin nada debajo âme informĂł. EchĂ© un rĂĄpido vistazo.
âTĂș llevas un top sin nada debajo âle recordĂ©.
âÂżDeberĂa quitĂĄrmelo?
âQuizĂĄ deberĂas intentar acariciarle el brazo antes de enseñarle las tetas âle sugerĂ.
âEso no funciona ânegĂł ella, muy convencida de sus palabras.
La camarera nos sirviĂł las copas y se llevĂł el dinero con una rĂĄpida sonrisa tan falsa como el rubio de su pelo. Le di un par de buenos tragos y eructĂ© un poco antes de seguir a Sarah al piso superior. Atravesamos a la misma gente que bailaba y empujamos a los mismos cuerpos sin rostro que subĂan y bajaban las escaleras hasta llegar al piso superior. Llegar allĂ fue como si la semana no hubiera pasado. No porque el lugar fuera el mismo, sino porque los lobos estaban en los mismos asientos rodeados de, jurarĂa, las mismas mujeres y hombres.
âTen el telĂ©fono a mano por si te llamo âme dijo Sarah antes de salir precipitada a la esquina, donde estaba su rubiazo de ojos azules y brazos mĂĄs grandes que mi cabeza.
No tardĂ© demasiado en caminar por las mesas en busca de una botella de vodka frĂo y abierto. Cuando levantĂ© la mirada hacia el final de aquella parte elevada del local, mirĂ© unos ojos atentos y una expresiĂłn muy seria a lo lejos. Me bebĂ un par de buenos tragos y soltĂ© el aire, dejando la botella de camino en la primera mesa que encontrĂ©. HabĂa tomado una decisiĂłn:
irĂa allĂ, me comeria al lobo subnormal, se me quitarĂa el calentĂłn y no volverĂa jamĂĄs. Ya no era cuestiĂłn de orgullo, era solo necesidad.
AsĂ que le hice una breve y rĂĄpida señal con la cabeza hacia la salida de emergencia y me saquĂ© un cigarro que encendĂ incluso antes de salir. Me quedĂ© con la espalda apoyada en la pared, fumando bastante rĂĄpido porque estaba nervioso e impaciente. Cuando oĂ el crujido de la puerta, movĂ al instante la mirada para ver al lobo, con el pelo mĂĄs largo pero, aun asĂ, bastante corto, tanto como para que no hubiera diferencia entre la patilla y la barba, uniĂ©ndose en solo una gran circunferencia de pelo negro. Me mirĂł con expresiĂłn muy seria y dio un par de pasos, pero no hacia mĂ, sino hacia la pared de enfrente a dĂłnde yo estaba.
Como la primera vez, parecĂa enfadado y se sacĂł la caja metĂĄlica de puritos para ponerse uno en los labios y encenderlo con una cerilla. Aquella semana se habĂa puesto una camisa igual de ceñida, pero de color beige claro muy similar a sus ojos, junto con unos pantalones de traje marrones que apenas podĂan contener ese enorme bulto con el que habĂa estado tan obsesionado.
âÂżVamos o quĂ©? âle preguntĂ© con un tono seco.
El lobo no dejĂł de mirarme mientras entreabrĂa los labios y dejaba escapar una voluta de humo azulado. No dijo nada, solo cruzĂł los brazos y siguiĂł fumando frente a mĂ.
âNo tengo toda la puta noche y no te lo voy a preguntar dos veces âle asegurĂ©, porque todo ese jueguito del estĂșpido prepotente y silencioso me tocaba mucho los huevos.
TodavĂa sin decir nada, moviĂł una mano solo lo suficiente para indicarme con un dedo que me acercara. Eso me jodiĂł. MuchĂsimo. Ya habĂa tentado mucho a mi orgullo yendo allĂ aquella noche para cogerme al lobo, como para que aĂșn por encima el muy bastardo se pusiera digno. Yo era muy guapo y tenĂa buen cuerpo. Era mejor que cualquiera de los otros estĂșpidos que estaban sentados en su sillĂłn de mierda y no iba a llorar detrĂĄs de Ă©l como si no lo supiera.
âNo âsentenciĂ© con un tono apenas controladoâ. Ven tĂșâŠ
El lobo tensĂł la mandĂbula y dejĂł la mano bajo su enorme brazo musculoso, aspirando otra calada de humo y prendiendo la punta de su purito.
âTe he dicho que yo no espero por nadie⊠âme recordĂłâ. Si lo quieres⊠venâ terminĂł diciendo eso con la voz mĂĄs grave y densa, casi como uno de esos gruñidos.
âAh⊠âcomprendĂâ. Yo soy el Ășnico que lo quiere. âSoltĂ© un jadeo y sonreĂ un poco antes de asentirâ. Ya veoâŠ
FumĂ© una calada del cigarro y, tranquilamente y sin dejar de mirarle, me metĂ la mano debajo del chĂĄndal para frotarme la verga. OĂ otro gruñido mĂĄs alto mientras el lobo parecĂa cada vez mĂĄs enfadado.
âTranquilo, no te voy a comer⊠âmurmurĂ©, recostando la cabeza en la pared mientras seguĂa masturbĂĄndome de una forma nada sutilâ. Tienes un minuto o algo para acercarte antes de que me corra, despuĂ©s me irĂ©.
El lobo apretĂł tanto los dientes que debiĂł joder la boquilla del purito. Me miraba con verdadero odio en los ojos, pero en sus pantalones aquel bulto ya estaba empezando a tomar una forma incluso mĂĄs gruesa y alargada de lo que ya era. No me privĂ© de clavar la vista allĂ, perdiendo la sonrisa cuando notĂ© aquella peste a sudor y la intensa excitaciĂłn que la acompañaba. Le habĂa dicho que tenĂa un minuto, pero quizĂĄ no llegara ni a los veinte segundos. Entonces Ă©l se moviĂł, dando un paso fuerte para apartarse de la pared y sorprendiĂ©ndome un poco. Se quitĂł el purito de los labios y lo tirĂł con asco a un lado para quedarse frente a mĂ, pegando su frente a la mĂa y mirĂĄndome como si estuviera a punto de matarme.
âEspero que sepas lo que estĂĄs haciendo⊠âme dijo, apretando con fuerza los dientes de gruesos colmillos.
Sin mĂĄs, me agarrĂł fuerte de la muñeca que tenĂa medio metida dentro de los pantalones y tirĂł de mĂ hacia un lado, desequilibrĂĄndome y casi llegĂĄndome a tirar al suelo.
â¿¥QuĂ© mierdas tâŠ!? âpero antes de que pudiera terminar, ya me tenĂa agarrado de la nuca y empujaba de mĂ hacia la oscuridad del callejĂłn. TratĂ© de liberarle, porque eso no me estaba gustando nada, pero el lobo solo gruñó mĂĄs, apretĂł mĂĄs fuerte y tirĂł mĂĄs rĂĄpido en direcciĂłn a la penumbra de la que llegaban tantos jadeos y sonidos. El lugar era oscuro, pero se diferenciaban sombras y posturas bajo la fina lluvia. HabĂa un par de lobos allĂ con otros humanos, que estaban haciĂ©ndoles⊠un poco de todo, pero el que me tenĂa sujeto no se detuvo hasta alcanzar una esquina cubierta y tranquila. Me empujĂł contra la pared y se pegĂł mucho a mi espalda, encerrĂĄndome bajo su enorme cuerpo mientras no paraba de gruñir y frotarme la entrepierna completamente dura.
âÂĄDemonios, me haces daño! âle dije.
Estaba tan enfadado como excitado. Una mezcla bastante confusa que me hacĂa apretar los dientes y jadear. Pero el lobo no estaba mucho mejor que yo, dĂĄndome la vuelta y tirando de mi muñeca para ponerme de frente a Ă©l.
Antes de darme cuenta, ya tenĂa su rostro pegado al mĂo y sentĂ su lengua queriendo abrirse paso entre mis labios entreabiertos. GemĂ por la sorpresa, y despuĂ©s gemĂ porque el muy bastardo tenĂa una lengua enorme y gorda que te llenaba la boca. No sĂ© cĂłmo explicarlo, no era la tĂ©cnica ni la forma en lo que lo hacĂa, solo el tamaño y la sensaciĂłn de plenitud que me hacĂa sentir; por desgracia, fue el mejor beso que me habĂan dado nunca y me puso como una jodida perra.
El lobo me besaba y casi no me dejaba respirar, metiendo una mano por debajo de mi camiseta mientras sumergĂa la otra en el interior de mi chĂĄndal. LevantĂ© una pierna y le rodeĂ© la cadera, facilitĂĄndole el acceso a mi ano, que no dudĂł en acariciar con la punta de los dedos. Su tacto no era suave en absoluto, sus manos eran enormes y algo callosas, algo ĂĄsperas por momentos, pero las utilizaba de una forma casi delicada: solo apretaba lo suficiente y despuĂ©s las movĂa a otro lugar que quisiera explorar mientras no dejaba de meterme esa lengua con regusto a purito.
Yo tambiĂ©n le buscaba, inmerso en aquella peste y en un placer que no me esperaba sentir. Tocaba su enorme pecho bajo la abertura de la camisa, sus bĂceps mĂĄs grandes que mi cabeza, sus abdominales sobresalientes y marcados, e incluso su culo, que se merecerĂa un pĂĄrrafo propio de descripciĂłn. Al lobo parecĂa gustarle tanto como a mĂ, pero a la vez gruñĂa y se enfadaba cuando llegaba a algunas partes como el cuello o me acercaba demasiado a la entrepierna. Yo le ignoraba, por supuesto, lo que solo le enfadaba mĂĄs y le hacĂa besarme mĂĄs fuerte y apretarme mĂĄs contra la pared hasta casi ahogarme.
Aquello ya estaba superando con creces todos los sueños hĂșmedos que habĂa tenido sobre aquel momento, y eso que solo nos estĂĄbamos tocando el uno al otro como una panda de adolescentes salidos y desesperados. En algĂșn momento el lobo se detuvo, separĂł su boca empapada en saliva y apartĂł la mano con la que habĂa estado jugando con mi ano para meterme los dedos en la boca y mojarlos bien antes de devolverlos a su sitio. ApretĂ© los dientes y soltĂ© un gruñido grave al notar como uno de ellos se adentraba en mi interior. Como ya habĂa empezado el juego duro, no dudĂ© en bajar la mano desde su pecho cĂĄlido y firme hacia el cinturĂłn, desabrochando rĂĄpidamente la hebilla y el botĂłn para alcanzar el gran premio.
Bien, creo que a esto sĂ he de dedicarle un pĂĄrrafo propio. Su verga era enorme. Eso no era algo que no supiera ya, porque tampoco lo trataba de ocultar en esos pantalones de traje ceñidos, pero tocarla estando dura, resultaba incluso intimidante. Era del grosor de una lata de bebida energĂ©tica Monster y, a ojo, debĂa medir unos veintidĂłs o veintitres centĂmetros; por si eso no fuera poco, estaba empapada en lĂquido preseminal y apestaba tanto que nada mĂĄs sacarla me llegĂł tal olor que me dejĂł sin aliento. Verla, era muy excitante; pensar que te la iban a meter hasta el fondo, asustaba un poco. Por suerte, yo ya estaba tan jodidamente caliente que no me parĂ© a pensar en ello.
Cuando empecĂ© a masturbarle de arriba abajo, centrĂĄndome mĂĄs en la cabeza caliente y hĂșmeda, el lobo jadeĂł mĂĄs, me besĂł mĂĄs fuerte y me metiĂł el dedo por el culo mĂĄs al fondo. GemĂ en su boca, apretĂ© los dientes cuando me metiĂł un segundo dedo y volvĂ a abrir los labios cuando utilizĂł su propio lĂquido preseminal para humedecerse la mano y meter incluso un tercero. ParecĂa mucho, pero ambos sabĂamos que iba a necesitarlo si querĂa meterme aquella puta monstruosidad de verga.
No estuve seguro de cuĂĄnto tiempo paso, porque me perdĂ entre los jadeos, las sensaciones y el fuerte olor que lo apestaba todo. Solo fui consciente del momento en el que me cogiĂł en brazos, sujetĂĄndome las piernas y levantĂĄndome en el aire hasta tenerme pegado a la pared a la altura suficiente para que le fuera cĂłmodo apretar la punta de su miembro contra mi ano dilatado.
âTen cuidado⊠âle advertĂ con una mirada seca.
âSi tienes miedo, no debiste haberme provocado⊠ârespondiĂł, apretando un poco para empezar a sumergirse dentro de mĂ, muy, muy lentamente, casi como una tortura.
AbrĂ los labios y perdĂ el aliento. Era demasiado, era demasiado, no iba a poder, pero seguĂa adelante, joder, era mucho, no, no, y entonces: sĂ. El culo se me empezĂł a empapar de lĂquido pegajoso, caliente y apestoso, llegando a deslizarse gotas por entre mis nalgas solo por lo muchĂsimo que el lobo se mojaba sin parar a medida que se metĂa mĂĄs y mĂĄs dentro de mĂ. Cuando ya estuvo la mitad dentro, el resto no fue nada.
âÂĄÂżQuieres meterla de una puta vez?! âle gritĂ©.
A lo que el lobo gruñó con fuerza y, con un movimiento de cadera, me la clavĂł hasta el fondo. Vi las jodidas estrellas. TenĂa el culo al lĂmite y completamente lleno. No es una sensaciĂłn que se pueda comparar con nada exactamente, a no ser que tambiĂ©n te hayas cogido a un lobo con la verga enorme; o, quizĂĄ, que hayas hecho fistingh y te hayan metido un brazo por el culo. Le golpeĂ© el pecho duro y firme y echĂ© la cabeza atrĂĄs, necesitando un par de segundos de respiraciones profundas para volver a mirarle a los ojos y jadear:
âCogeme⊠bien duro.
Y eso hizo. Lo que pasĂł exactamente, no puedo recordarlo. SĂ© que era una sensaciĂłn tan abrumadora que creĂa que en algĂșn momento me darĂa algo
El lobo jadeaba, me besaba, me encerraba entre su cuerpo y la pared y no dejaba de agitar la cadera. Yo le rodeaba el cuello, tiraba de su camisa, le arañaba un poco la espalda y me agarraba de todo lo que podĂa mientras ahogaba gritos y jadeos que no estaba del todo seguro que fuera de placer.
Como me pasaba con ese lobo, era todo muy confuso y habĂa una mezcla de emociones que pasaban de un extremos al otro a la velocidad del rayo.
Se corriĂł por primera vez en menos de diez embestidas. Lo supe porque gruñó mĂĄs alto y sentĂ el calor denso de su corrida en mi interior; despuĂ©s llegĂł a la segunda, inmerso en una especie de enfado repleto de gruñidos graves; de la tercera sĂ me acuerdo porque notĂ© otra de aquellas oleadas calientes dentro de mĂ y fue cuando empezĂł a morderme en la parte baja del cuello; y no se detuvo hasta alcanzar la cuarta. Entonces todo cesĂł. El lobo abriĂł la boca babada, tragĂł saliva y levantĂł el rostro sudado hacia el cielo del callejĂłn. FrunciĂł el ceño e interrumpiĂł sus jadeos acelerados para poner una breve mueca de incomodidad mientras su verga, por si ya fuera poco, empezĂł a hincharse dentro de mĂ. Una inflamaciĂłn de esas proporciones para un novato⊠sĂ, era como querer pilotar una nave espacial cuando no sabĂas ni montar en bicicleta. Por suerte, estaba tan jodidamente relajado y encantado que no opuse resistencia alguna y, lentamente, las paredes de mi recto se adaptaron a aquella nueva necesidad.
Ninguno de los dos dijo nada. Simplemente nos quedamos allĂ, con las frentes sudadas y pegadas, recuperando el aliento, tan pegados que compartĂamos el vaho caliente, con los ojos cerrados y sin mirarnos. Como si hubiĂ©ramos cometido un crimen y ahora tuviĂ©ramos un oscuros secreto que jamĂĄs le contarĂamos a nadie. En parte, eso podrĂa ser bastante cierto, porque estaba seguro de que el lobo sabĂa tan bien como yo que aquella cogida habĂa fluido demasiado rĂĄpido entre el odio y la excitaciĂłn. No habĂa amor ni cariño allĂ. Solo dos hombres que no se gustaban, pero que, por algĂșn motivo, se atraĂan muchĂsimo el uno al otro.
AsĂ que, cuando la inflamaciĂłn terminĂł y abrĂ lentamente los ojos, me encontrĂ© con los suyos, de un ocre suave y casi brillante en la penumbra que nos rodeaba. Como casi siempre, solo parecĂa serio y enfadado, incluso despuĂ©s de haberse corrido cuatro veces. No se me ocurriĂł otra cosa que darle un par de palmadas en la mejilla y decir:
âBuen chico. Ahora, bĂĄjame.
Apartó los brazos tan råpido que casi me precipité de culo al suelo mojado, por suerte, tuve buenos reflejos y me apoyé contra la pared, apretando mis piernas temblorosas y con los pantalones por las rodillas ante de recibir el golpe. Levanté la mirada con una expresión seria.
âComo vuelvas a hacer eso, te quemo el puto auto âle advertĂ.
El lobo ya se estaba metiendo su enorme verga flĂĄcida dentro de los pantalones y abrochĂĄndose el cinturĂłn sin dejar de mirarme desde lo alto con una de sus caras de desprecio.
âCreo que no entiendes que solo te he hecho un favor⊠âmurmurĂłâ. No te imaginas la suerte que has tenido conmigo, asĂ que deberĂas ser un humano agradecido y tener un poco de respeto.
PreferĂ incorporarme y subirme los pantalones antes de recobrar el orgullo y la dignidad, aunque con lo dilatado que tenĂa el ano y lo empapado y pegajoso que tenĂa el culo despuĂ©s de la tremenda cogida que me habĂa echado, pareciera difĂcil.
âQue yo recuerde, solo estaba fumando tranquilamente cuando tĂș te echaste sobre mĂ âle dije, sacĂĄndome un cigarro para ponerlo en los labios y encenderlo en mitad de la penumbra, iluminando mi rostro y el pecho del enorme lobo con una luz breve y anaranjadaâ. Fuiste tĂș⊠âsoltĂ© el humo y puse el dedo Ăndice y anular en su pecho con la misma mano con la que sostenĂa el cigarroâ, quien se acercĂłâŠ
El lobo apretĂł la mandĂbula gruesa, alzĂł la cabeza con orgullo y elevĂł el pectoral en una postura muy orgullosa.
âEso no volverĂĄ a pasar jamĂĄs âjurĂł, a mĂ y, quizĂĄ, a sĂ mismo.
âClaro que no âasentĂâ. Hasta nunca, grandullĂłn ây me fui, dejĂĄndole con la palabra en la boca y gruñendo como un bastardo.
Yo sonreĂa y fumaba en direcciĂłn a la luz y a la salida. MirĂ© el telĂ©fono para comprobar que Sarah ya me habĂa llamado un par de veces y puse los ojos en blanco. Le mentĂ cuando percibiĂł mi peste a lobo, le dije que no habĂa cogido, solo que me habĂa juntado mucho a uno en el sofĂĄ. TambiĂ©n le dije que no volverĂa jamĂĄs al Luna Llena. TambiĂ©n mentĂ.








