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Summary

Segunda vez que la subo si la vuelven a bajar no la subirĂ© de nuevo. Los extras son con los ship: BillxAlfa. BillxBeta. Billx Macho comĂșn. Ya saben que son historias de un mundo paralelo donde Tom SubAlfa no existe y Bill se cruza con Gustav, Georg y FĂ©lix. Pero como aquĂ­ solo se consumen Toll pues serĂĄ TomxBill. CrĂ©ditos correspondiente a @Liagerald

Mi capricho Pt1


—Oye, ¿dónde están los lobos? —le preguntó Sarah, cansada de buscarlos entre la gente.

—La manada suele estar en el piso de arriba —respondiĂł la camarera en un volumen suficiente alto para hacerse oĂ­r mientras señalaba una parte del local con la cabeza—. Si no estĂĄn ocupados, claro.

—Vamos al piso de arriba —me dijo Sarah al oído.

Negué con la cabeza y cogí mi vaso largo antes de seguir a Sarah de nuevo entre la muchedumbre que bailaba. Me acabé la mitad de la copa antes de alcanzar las escaleras, notando el líquido frío, burbujeante y dulce bajando por la garganta y manchando las comisuras de mis labios. La gente iba y venía de la parte alta, bajando y subiendo, llegando a empujarnos en ocasiones, recibiendo tan solo miradas secas como respuesta y mås empujones de nuestra parte.

La sala superior no era mejor que la sala inferior, solo habĂ­a un poco menos de gente y sillones semicirculares alrededor de mesas con mucho alcohol.

OlĂ­a mĂĄs fuerte, eso sĂ­, y la luz dejaba de ser tan molesta y se convertĂ­a en una iluminaciĂłn suave y de un azul frĂ­o.

Sarah se detuvo a un lado, cerca de la barandilla metĂĄlica y echĂł otro rĂĄpido vistazo.

—AhĂ­ estĂĄn —me dijo, señalando con la cabeza a los sillones.

MirĂ© discretamente mientras bebĂ­a mĂĄs alcohol. Los lobos destacaban bastante porque, como habĂ­an dicho en la charla, eran muy altos, muy fuertes y bastante atractivos. Estaban rodeados de humanos que hacĂ­an todo lo posible por llamar su atenciĂłn. La mayorĂ­a estaban borrachos o colocados, buscando desesperadamente a un Lobo que hiciera sus sueños hĂșmedos realidad.

A mi me parecĂ­an estĂșpidos y patĂ©ticos.

—No te muevas, no quiero perderte de vista —me dijo Sarah antes de irse con su copa en la mano a uno de esos sillones.

A ella siempre le habían gustado los rubios, así que eligió a uno de los lobos con el pelo plateado y brazos mås grandes que mi cabeza que había en uno de los asientos pegados a la pared. Al parecer, era uno de los mås «demandados» y tendría bastante competencia, pero Sarah no había venido allí para conformarse con cualquiera. De eso no había duda.

Me terminé la copa y me moví de mi sitio para ir a dejarla sobre una de las mesas redondas. Había mucha gente alrededor de un moreno de pelo largo y barba corta, demasiado ocupados riéndose y tocåndole los brazos para darse cuenta de que me llevaba una de las botellas de vodka de la mesa. Allí no faltaba de nada, por supuesto, era la zona de la Manada.

EncontrĂ© un asiento libre en la esquina de uno de los sillones mĂĄs alejados y me sentĂ©. EmpecĂ© a beber directamente de la botella y a apoyar la cabeza en el respaldo mientras seguĂ­a el ritmo de la mĂșsica con los pies. A veces creĂ­ escuchar que alguien me hablaba, pero yo ignoraba a todo el mundo y seguĂ­a bebiendo. No habĂ­a ido allĂ­ a hacer amigos ni a buscar sexo. No era tan estupido como para intentarlo con los lobos.

—Eh, tĂș
 —volvĂ­ a oĂ­r a lo lejos antes de recibir un golpe en el hombro.

Giré el rostro con expresión seria y me encontré con uno de ellos, miråndome fijamente con sus ojos de un amarillo suave como el ocre. Era muy atractivo, por supuesto, pero todos lo eran; solo que este quizå fuera un poco mås grande, bastante mås peludo y mucho menos divertido que el resto.

—Esas botellas se pagan
 —me dijo con su voz grave y seria.

Estaba rodeado de otros humanos que le alababan como a un dios, intentando tocarle allĂ­ donde podĂ­an. Sobre su camisa blanca que hacĂ­a resaltar mĂĄs el tono tostado de su piel, abierta hasta casi el abdomen, mostrando un pecho abultado y fuerte repleto de un vello fino y negro, en contraste con la cadena plateada que colgaba de su robusto cuello de toro.

—¿Y por quĂ© mierdas piensas que no la he pagado? —le preguntĂ©, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos bajo mi vieja visera de beisbol.

No querĂ­a problemas con ningĂșn lobo, porque incluso el mĂĄs idiota sabĂ­a que eran una raza peligrosa, pero aquel en concreto tenĂ­a algo que me resultaba especialmente desagradable. QuizĂĄ fuera su aire prepotente, su mierda de ropa de empresario de Ă©xito, el enorme y absurdo vuelto que le hinchaba la entrepierna o su fuerte olor. El muy cabrĂłn apestaba a un sudor caliente y denso que se podĂ­a distinguir incluso en mitad de aquella atmĂłsfera cargada.

—Te he visto cogerla —respondió, apretando un poco los dientes y dedicándome una breve mueca de desprecio.

—Oh
 —asentí—. AsĂ­ que tienes a seis personas para ti solo, manoseĂĄndote y riĂ©ndose de todas las idioteces que dices, pero tĂș tienes tiempo para mirarme robando una botella de mierda.

—Lo que haga o no haga con mi tiempo es cosa mĂ­a, humano
 —dijo con una voz mĂĄs grave y enfadada, soltando esa Ășltima palabra casi como si fuera un insulto.

Resoplé y puse una sonrisa prepotente en los labios. Entonces me levanté, bebí un par de tragos mås de alcohol y dejé la botella vacía sobre la mesa.

El lobo me miraba por el borde superior de los ojos, respirando mås pesadamente e hinchando su pecho definido y musculoso. Los hombres y mujeres que le rodeaban también me estaban mirando, entre sorprendidos y quizå también un poco asustados. No me importó, les dediqué a todos un corte de manga con ambas manos y me alejé dando pasos hacia atrås hasta girarme en dirección a la puerta de emergencias donde ponía «EXIT».

Salir al aire fresco fue como una liberaciĂłn, incluso aunque el callejĂłn apestara a meados, era mucho mejor que el asqueroso aire del local. Me saquĂ© la cajetilla de tabaco de mi chaqueta negra y me puse uno en los labios, apoyando la espalda en la pared de ladrillos antes de encenderlo con el zippo. Aun tenĂ­a que hacer tiempo hasta que Sarah le comiera la verga a algĂșn lobo, o cogiera o lo que mierdas se suponĂ­a que habĂ­a ido a hacer allĂ­ dentro. PodĂ­a haberme ido, y lo hubiera hecho de haber sabido que en menos de dos minutos la puerta de emergencias se abrirĂ­a.

No quise mirar, concentrado en ladear el rostro hacia el final del callejón que daba a la calle. Sin embargo, me dejé el cigarro en los labios y metí la mano en el bolsillo, sintiendo el fiable tacto de mi navaja. La persona dio un par de pasos lentos y pesados, cerré un momento los ojos y respiré mås fuerte. Yo nunca quería problemas, pero siempre acababa hasta el cuello de mierda; creo que haber

enfadado a un puto lobo debĂ­a estar en el top tres de mi lista personal de grandes errores. Y eso que era una lista difĂ­cil de superar.

El lobo se puso delante y, como era ya era evidente que había venido por mí, le dediqué una mirada por el borde de los ojos. Era el del sofå, evidentemente, con su camisa abierta, su cinturón de cuero negro y sus pantalones de traje azul marino bien apretados contra unos muslos de caballo. De pie parecía incluso mås peligroso que sentado, porque debía medir casi dos metros y tenía una espalda y unos brazos musculosos que la tela blanca apenas era capaz de contener.

Me miraba fijamente con una expresión muy seria de su rostro fuerte y masculino. Cuando movió la mano, apreté con fuerza el mango de mi navaja y estuve a solo un instante de sacarla; pero el lobo solo cogió una caja metålica del bolsillo trasero de su pantalón y la abrió con un suave «click» entre el ruido de los jadeos y otros sonidos mås sórdidos que llegaban desde la oscuridad tras el contenedor de basura.

El lobo sacó un purito largo y fino y se lo puso en los labios antes de utilizar una cerilla para encenderlo, tiñendo su rostro de una luz anaranjada y titilante antes de soplar la llama y apagarlo. Devolvió la caja al bolsillo sin dejar de mirarme y después se cruzó de brazos, sacåndose el cigarro de la boca junto con una bocanada de humo azulado.

—La botella vale cincuenta dólares —me dijo.

Fumé una calada del cigarro, fingiendo una calma que en ese momento no sentía, y solté el humo.

—Pues vaya puto timo —murmurĂ©.

—Es el precio —respondió, ladeando un poco la cabeza—. Lo hubieras sabido si la hubieras pedido en la barra y no la hubiera robado.

Me encogí de hombros y giré el rostro para mirarle de frente. Estaba a un par de pasos. Si me atacaba, tenía tiempo para correr lo suficiente lejos; y si no, le clavaría la navaja en el primer lugar que encontrara.

—CreĂ­a que era gratis —le mentí—. Para que la gente se emborrachara y fuera mĂĄs fĂĄcil de llevar a ese lado —hice un gesto vago con la cabeza hacia la parte mĂĄs oscura de la que salĂ­an los gemidos, gruñidos, arcadas, jadeos y demĂĄs mĂșsica celestial.

—¿Crees que necesitamos que los humanos se emborrachen para cogerlos? — preguntó antes de llevarse el purito a los labios y fumar otra calada—. Vienen aquí porque buscan un buen Macho


Asentí y me pasé la lengua por los dientes.

—Pues que bien


Al lobo no pareció gustarle mi respuesta ni mi tono indiferente, porque puso una media sonrisa cerrada y asqueada. Con el purito de vuelta en los labios, dio un paso hacia un lado, acercåndose y empezando a ponerme nervioso. Pensé en salir corriendo ya, pero cuando miré hacia la luz de las farolas sobre la acera a lo lejos, el lobo ya me había cerrado el paso, apoyando el hombro en la pared e interponiéndose.

—Pareces nervioso
 —murmuró, como si se riera de mí—. Tranquilo, no te voy a comer


Tan cerca, no me quedó otra que levantar un poco la cabeza para mirarle a los ojos. Yo era alto, pero el cabrón seguía sacåndome veinte centímetro de altura y casi doblåndome en el ancho del cuerpo. Pero eso ni siquiera era lo peor, lo peor es que aquella puta peste que le rodeaba se hizo incluso mås densa y fuerte, entrando por mis fosas nasales y haciéndome perder por un segundo la respiración. Era asqueroso, yo sabía que era asqueroso, pero por alguna razón, cuanto mås lo respiraba, mås me estaba empezando a gustar.

No, quizå «gustar» no era la palabra. Mås bien era algo similar a «atraer».

HabĂ­a algo jodidamente sucio y primitivo en aquella peste que me estaba nublando los sentidos. El corazĂłn me latĂ­a mĂĄs rĂĄpido, ya no sabĂ­a si por el miedo o porque aquellos ojos de un suave amarillo me estaban mirando como si fuera un puma salvaje a punto de echarse sobre una presa.

—Pues quĂ© bien
 —repetĂ­, pero tuve que tragar saliva al final porque tenĂ­a la boca seca y pastosa.

El lobo fumó del cigarro, prendiendo la punta de un anaranjado intenso antes de soltar el humo azulado directamente a mi cara. De no haber sido un lobo, ya le habría dado un puñetazo en la cara.

—SĂ­, quĂ© bien —murmurĂł con un marcado tono de desprecio en la voz y sin sacarse el purito de los labios.

Entonces se produjo un momento de silencio y tensión que se alargó hasta que el lobo volvió a darle una calada al purito para echar el humo a la cara. Yo conocía el lenguaje de la calle y sabía que me estaba provocando con aquello, menospreciåndome e insultåndome sin necesidad de decir nada. Pero me encontraba en una situación complicada, por muy enfadado que estuviera con el muy bastardo, seguía siendo un jodido lobo enorme y muy peligroso; así que me tragué mi orgullo y le dije:

—Mira, no quiero problemas. He venido con una amiga y solo estoy esperando a que termine. La semana que viene te pagarĂ© los cincuenta dĂłlares —era una mentira, por supuesto, porque yo no iba a volver por allĂ­ en mi puta vida.

—No quiero cincuenta dólares —respondió en voz baja..

Asentí, cogí una bocanada de aire y miré al frente, hacia la pared de ladrillos sucia, antes de seguir fumando un cigarro que casi se había consumido entre mis dedos. Si a esos bastardos les iba la mierda del control y esas cosas que habían dicho en la charla, quizå si le dejaba ganar y le ignoraba, se diera por satisfecho y se fuera. Esperé hasta terminarme el cigarro y arrojé la colilla hacia un charco no muy lejano, pero el lobo seguía allí, a mi lado, con su peste y su enorme cuerpo bloqueåndome la salida.

Entonces se movió. Creí que al fin había pasado todo y me concentré en mirar al frente y no parecer «agresivo»; sin embargo, el lobo solo se metió una mano en el bolsillo y se acercó el poco espacio que quedaba entre nosotros, pegando su pecho abultado y abierto contra mi hombro. No pude evitar chasquear la lengua y girar el rostro hacia la oscuridad del callejón, tratando de no ahogarme con aquella peste a sudor.

Estaba nervioso, algo asustado y muy enfadado, pero también había algo mås. Algo que acompañaba a esa sensación de peligro, una extraña necesidad, una

excitaciĂłn que no entendĂ­a por un lobo que estaba empezando a odiar mĂĄs que a nadie en el mundo. Seguramente fuera el alcohol que habĂ­a bebido, que me estaba confundiendo tanto junto con aquella peste y le estaban mandando mensajes errĂłneos a mi verga ya bastante dura.

Él se sacĂł el purito de los labios, golpeĂł el borde con el pulgar y volviĂł a echarme el humo a la cara, acercando su rostro y dejĂĄndolo flotar lentamente en el aire nocturno. Una Ășltima muestra de desprecio y superioridad con la que, quizĂĄ, ya se quedarĂ­a contento. Sin embargo, se quedĂł asĂ­ un poco mĂĄs, con la cabeza gacha y resaltando su gran tamaño, me dijo:

—Vamos al callejón.

GirĂ© el rostro al momento, dedicĂĄndole una mirada por el borde superior de los ojos. Él no parecĂ­a contento ni sonreĂ­a con superioridad como si me lo hubiera propuesto solo para humillarme un poco mĂĄs. En realidad, parecĂ­a molesto con la idea, casi tanto como yo. Pero ahĂ­ estĂĄbamos, mirĂĄndonos fijamente y en silencio y, por un instante, la idea me puso terriblemente caliente. QuizĂĄ Ă©l lo notĂł, no sĂ© cĂłmo porque mi expresiĂłn seguĂ­a siendo tan seria y firme como antes, porque empezĂł a jadear un poco entre los labios y, apretando la mandĂ­bula con fuerza, repitiĂł:

—Vamos


Tardé unos segundos, y fue solo ese momento en el que me agarré a mi orgullo, lo que me impidió girarme directo al callejón; justo el momento en el que sentí una vibración en los pantalones y saqué la mano con la sujetaba mi navaja para buscar el viejo teléfono.

—Mi amiga me está llamando —dije con un tono muy calmado para el torbellino de emociones que sentía por dentro.

—Tu amiga puede esperar —gruñó, produciendo un leve y bajo gorgoteo desde la garganta.

—No es de las que esperan —neguĂ©, saliendo de la pared y girando lentamente en direcciĂłn a la luz. Fue un momento de tensiĂłn, porque el lobo no dejaba de mirarme fijamente, visiblemente enfadado y con la mandĂ­bula muy tensa.

—Yo tampoco
 —me dijo cuando pasĂ© por su lado. Aunque no estuve seguro de si fue una advertencia o un aviso.

Le echĂ© una Ășltima mirada por el borde de los ojos y soltĂ© un breve «Ahm » antes de irme. Estaba claro que no iba a volver y me sentĂ­ mucho mĂĄs seguro ahora que sabĂ­a que podrĂ­a huir corriendo. AsĂ­ que me tomĂ© la licencia de dar un par de pasos marcha atrĂĄs y decir:

—Pues quĂ© bien
 —antes de sonreĂ­r como un cabrĂłn.

Ya me daba igual. No iba a volver por allí y no iba a volver a ver jamás a aquel puto lobo. O eso era lo que creía


A la semana siguiente, Sarah quiso regresar, y después de pasarme seis días pelåndomela como un mono pensando en el pedazo de bulto en la entrepierna del lobo peludo y soñando con ese callejón, solo pude decir que sí.

—¡Dos de vodka con Coca-Cola! —le gritó Sarah a la camarera.

Después se volvió a ajustar la falda y se giró hacia mí, aunque en realidad lo que quería era mirar hacia el balcón del piso superior donde estaba la manada en sus sillones. No se veía mucho, pero ella puso una expresión de preocupación seguida de otra de desprecio.

—Hay una zorra ahĂ­ arriba que lleva una blazer sin nada debajo —me informĂł. EchĂ© un rĂĄpido vistazo.

—TĂș llevas un top sin nada debajo —le recordĂ©.

—¿Debería quitármelo?

—QuizĂĄ deberĂ­as intentar acariciarle el brazo antes de enseñarle las tetas —le sugerĂ­.

—Eso no funciona —negó ella, muy convencida de sus palabras.

La camarera nos sirvió las copas y se llevó el dinero con una råpida sonrisa tan falsa como el rubio de su pelo. Le di un par de buenos tragos y eructé un poco antes de seguir a Sarah al piso superior. Atravesamos a la misma gente que bailaba y empujamos a los mismos cuerpos sin rostro que subían y bajaban las escaleras hasta llegar al piso superior. Llegar allí fue como si la semana no hubiera pasado. No porque el lugar fuera el mismo, sino porque los lobos estaban en los mismos asientos rodeados de, juraría, las mismas mujeres y hombres.

—Ten el telĂ©fono a mano por si te llamo —me dijo Sarah antes de salir precipitada a la esquina, donde estaba su rubiazo de ojos azules y brazos mĂĄs grandes que mi cabeza.

No tardé demasiado en caminar por las mesas en busca de una botella de vodka frío y abierto. Cuando levanté la mirada hacia el final de aquella parte elevada del local, miré unos ojos atentos y una expresión muy seria a lo lejos. Me bebí un par de buenos tragos y solté el aire, dejando la botella de camino en la primera mesa que encontré. Había tomado una decisión:

irĂ­a allĂ­, me comeria al lobo subnormal, se me quitarĂ­a el calentĂłn y no volverĂ­a jamĂĄs. Ya no era cuestiĂłn de orgullo, era solo necesidad.

Así que le hice una breve y råpida señal con la cabeza hacia la salida de emergencia y me saqué un cigarro que encendí incluso antes de salir. Me quedé con la espalda apoyada en la pared, fumando bastante råpido porque estaba nervioso e impaciente. Cuando oí el crujido de la puerta, moví al instante la mirada para ver al lobo, con el pelo mås largo pero, aun así, bastante corto, tanto como para que no hubiera diferencia entre la patilla y la barba, uniéndose en solo una gran circunferencia de pelo negro. Me miró con expresión muy seria y dio un par de pasos, pero no hacia mí, sino hacia la pared de enfrente a dónde yo estaba.

Como la primera vez, parecía enfadado y se sacó la caja metålica de puritos para ponerse uno en los labios y encenderlo con una cerilla. Aquella semana se había puesto una camisa igual de ceñida, pero de color beige claro muy similar a sus ojos, junto con unos pantalones de traje marrones que apenas podían contener ese enorme bulto con el que había estado tan obsesionado.

—¿Vamos o quĂ©? —le preguntĂ© con un tono seco.

El lobo no dejĂł de mirarme mientras entreabrĂ­a los labios y dejaba escapar una voluta de humo azulado. No dijo nada, solo cruzĂł los brazos y siguiĂł fumando frente a mĂ­.

—No tengo toda la puta noche y no te lo voy a preguntar dos veces —le asegurĂ©, porque todo ese jueguito del estĂșpido prepotente y silencioso me tocaba mucho los huevos.

TodavĂ­a sin decir nada, moviĂł una mano solo lo suficiente para indicarme con un dedo que me acercara. Eso me jodiĂł. MuchĂ­simo. Ya habĂ­a tentado mucho a mi orgullo yendo allĂ­ aquella noche para cogerme al lobo, como para que aĂșn por encima el muy bastardo se pusiera digno. Yo era muy guapo y tenĂ­a buen cuerpo. Era mejor que cualquiera de los otros estĂșpidos que estaban sentados en su sillĂłn de mierda y no iba a llorar detrĂĄs de Ă©l como si no lo supiera.

—No —sentenciĂ© con un tono apenas controlado—. Ven tĂș


El lobo tensĂł la mandĂ­bula y dejĂł la mano bajo su enorme brazo musculoso, aspirando otra calada de humo y prendiendo la punta de su purito.

—Te he dicho que yo no espero por nadie
 —me recordó—. Si lo quieres
 ven— terminĂł diciendo eso con la voz mĂĄs grave y densa, casi como uno de esos gruñidos.

—Ah
 —comprendí—. Yo soy el Ășnico que lo quiere. —SoltĂ© un jadeo y sonreĂ­ un poco antes de asentir—. Ya veo


Fumé una calada del cigarro y, tranquilamente y sin dejar de mirarle, me metí la mano debajo del chåndal para frotarme la verga. Oí otro gruñido mås alto mientras el lobo parecía cada vez mås enfadado.

—Tranquilo, no te voy a comer
 —murmurĂ©, recostando la cabeza en la pared mientras seguĂ­a masturbĂĄndome de una forma nada sutil—. Tienes un minuto o algo para acercarte antes de que me corra, despuĂ©s me irĂ©.


El lobo apretó tanto los dientes que debió joder la boquilla del purito. Me miraba con verdadero odio en los ojos, pero en sus pantalones aquel bulto ya estaba empezando a tomar una forma incluso mås gruesa y alargada de lo que ya era. No me privé de clavar la vista allí, perdiendo la sonrisa cuando noté aquella peste a sudor y la intensa excitación que la acompañaba. Le había dicho que tenía un minuto, pero quizå no llegara ni a los veinte segundos. Entonces él se movió, dando un paso fuerte para apartarse de la pared y sorprendiéndome un poco. Se quitó el purito de los labios y lo tiró con asco a un lado para quedarse frente a mí, pegando su frente a la mía y miråndome como si estuviera a punto de matarme.

—Espero que sepas lo que estás haciendo
 —me dijo, apretando con fuerza los dientes de gruesos colmillos.

Sin mås, me agarró fuerte de la muñeca que tenía medio metida dentro de los pantalones y tiró de mí hacia un lado, desequilibråndome y casi llegåndome a tirar al suelo.

—¿¡QuĂ© mierdas t
!? —pero antes de que pudiera terminar, ya me tenĂ­a agarrado de la nuca y empujaba de mĂ­ hacia la oscuridad del callejĂłn. TratĂ© de liberarle, porque eso no me estaba gustando nada, pero el lobo solo gruñó mĂĄs, apretĂł mĂĄs fuerte y tirĂł mĂĄs rĂĄpido en direcciĂłn a la penumbra de la que llegaban tantos jadeos y sonidos. El lugar era oscuro, pero se diferenciaban sombras y posturas bajo la fina lluvia. HabĂ­a un par de lobos allĂ­ con otros humanos, que estaban haciĂ©ndoles
 un poco de todo, pero el que me tenĂ­a sujeto no se detuvo hasta alcanzar una esquina cubierta y tranquila. Me empujĂł contra la pared y se pegĂł mucho a mi espalda, encerrĂĄndome bajo su enorme cuerpo mientras no paraba de gruñir y frotarme la entrepierna completamente dura.

—¡Demonios, me haces daño! —le dije.

Estaba tan enfadado como excitado. Una mezcla bastante confusa que me hacía apretar los dientes y jadear. Pero el lobo no estaba mucho mejor que yo, dåndome la vuelta y tirando de mi muñeca para ponerme de frente a él.

Antes de darme cuenta, ya tenía su rostro pegado al mío y sentí su lengua queriendo abrirse paso entre mis labios entreabiertos. Gemí por la sorpresa, y después gemí porque el muy bastardo tenía una lengua enorme y gorda que te llenaba la boca. No sé cómo explicarlo, no era la técnica ni la forma en lo que lo hacía, solo el tamaño y la sensación de plenitud que me hacía sentir; por desgracia, fue el mejor beso que me habían dado nunca y me puso como una jodida perra.

El lobo me besaba y casi no me dejaba respirar, metiendo una mano por debajo de mi camiseta mientras sumergía la otra en el interior de mi chåndal. Levanté una pierna y le rodeé la cadera, facilitåndole el acceso a mi ano, que no dudó en acariciar con la punta de los dedos. Su tacto no era suave en absoluto, sus manos eran enormes y algo callosas, algo åsperas por momentos, pero las utilizaba de una forma casi delicada: solo apretaba lo suficiente y después las movía a otro lugar que quisiera explorar mientras no dejaba de meterme esa lengua con regusto a purito.

Yo también le buscaba, inmerso en aquella peste y en un placer que no me esperaba sentir. Tocaba su enorme pecho bajo la abertura de la camisa, sus bíceps mås grandes que mi cabeza, sus abdominales sobresalientes y marcados, e incluso su culo, que se merecería un pårrafo propio de descripción. Al lobo parecía gustarle tanto como a mí, pero a la vez gruñía y se enfadaba cuando llegaba a algunas partes como el cuello o me acercaba demasiado a la entrepierna. Yo le ignoraba, por supuesto, lo que solo le enfadaba mås y le hacía besarme mås fuerte y apretarme mås contra la pared hasta casi ahogarme.

Aquello ya estaba superando con creces todos los sueños hĂșmedos que habĂ­a tenido sobre aquel momento, y eso que solo nos estĂĄbamos tocando el uno al otro como una panda de adolescentes salidos y desesperados. En algĂșn momento el lobo se detuvo, separĂł su boca empapada en saliva y apartĂł la mano con la que habĂ­a estado jugando con mi ano para meterme los dedos en la boca y mojarlos bien antes de devolverlos a su sitio. ApretĂ© los dientes y soltĂ© un gruñido grave al notar como uno de ellos se adentraba en mi interior. Como ya habĂ­a empezado el juego duro, no dudĂ© en bajar la mano desde su pecho cĂĄlido y firme hacia el cinturĂłn, desabrochando rĂĄpidamente la hebilla y el botĂłn para alcanzar el gran premio.

Bien, creo que a esto sí he de dedicarle un pårrafo propio. Su verga era enorme. Eso no era algo que no supiera ya, porque tampoco lo trataba de ocultar en esos pantalones de traje ceñidos, pero tocarla estando dura, resultaba incluso intimidante. Era del grosor de una lata de bebida energética Monster y, a ojo, debía medir unos veintidós o veintitres centímetros; por si eso no fuera poco, estaba empapada en líquido preseminal y apestaba tanto que nada mås sacarla me llegó tal olor que me dejó sin aliento. Verla, era muy excitante; pensar que te la iban a meter hasta el fondo, asustaba un poco. Por suerte, yo ya estaba tan jodidamente caliente que no me paré a pensar en ello.

Cuando empecĂ© a masturbarle de arriba abajo, centrĂĄndome mĂĄs en la cabeza caliente y hĂșmeda, el lobo jadeĂł mĂĄs, me besĂł mĂĄs fuerte y me metiĂł el dedo por el culo mĂĄs al fondo. GemĂ­ en su boca, apretĂ© los dientes cuando me metiĂł un segundo dedo y volvĂ­ a abrir los labios cuando utilizĂł su propio lĂ­quido preseminal para humedecerse la mano y meter incluso un tercero. ParecĂ­a mucho, pero ambos sabĂ­amos que iba a necesitarlo si querĂ­a meterme aquella puta monstruosidad de verga.

No estuve seguro de cuĂĄnto tiempo paso, porque me perdĂ­ entre los jadeos, las sensaciones y el fuerte olor que lo apestaba todo. Solo fui consciente del momento en el que me cogiĂł en brazos, sujetĂĄndome las piernas y levantĂĄndome en el aire hasta tenerme pegado a la pared a la altura suficiente para que le fuera cĂłmodo apretar la punta de su miembro contra mi ano dilatado.

—Ten cuidado
 —le advertí con una mirada seca.

—Si tienes miedo, no debiste haberme provocado
 —respondió, apretando un poco para empezar a sumergirse dentro de mí, muy, muy lentamente, casi como una tortura.

AbrĂ­ los labios y perdĂ­ el aliento. Era demasiado, era demasiado, no iba a poder, pero seguĂ­a adelante, joder, era mucho, no, no, y entonces: sĂ­. El culo se me empezĂł a empapar de lĂ­quido pegajoso, caliente y apestoso, llegando a deslizarse gotas por entre mis nalgas solo por lo muchĂ­simo que el lobo se mojaba sin parar a medida que se metĂ­a mĂĄs y mĂĄs dentro de mĂ­. Cuando ya estuvo la mitad dentro, el resto no fue nada.

—¡¿Quieres meterla de una puta vez?! —le gritĂ©.

A lo que el lobo gruñó con fuerza y, con un movimiento de cadera, me la clavó hasta el fondo. Vi las jodidas estrellas. Tenía el culo al límite y completamente lleno. No es una sensación que se pueda comparar con nada exactamente, a no ser que también te hayas cogido a un lobo con la verga enorme; o, quizå, que hayas hecho fistingh y te hayan metido un brazo por el culo. Le golpeé el pecho duro y firme y eché la cabeza atrås, necesitando un par de segundos de respiraciones profundas para volver a mirarle a los ojos y jadear:

—Cogeme
 bien duro.

Y eso hizo. Lo que pasĂł exactamente, no puedo recordarlo. SĂ© que era una sensaciĂłn tan abrumadora que creĂ­a que en algĂșn momento me darĂ­a algo

El lobo jadeaba, me besaba, me encerraba entre su cuerpo y la pared y no dejaba de agitar la cadera. Yo le rodeaba el cuello, tiraba de su camisa, le arañaba un poco la espalda y me agarraba de todo lo que podía mientras ahogaba gritos y jadeos que no estaba del todo seguro que fuera de placer.

Como me pasaba con ese lobo, era todo muy confuso y habĂ­a una mezcla de emociones que pasaban de un extremos al otro a la velocidad del rayo.

Se corriĂł por primera vez en menos de diez embestidas. Lo supe porque gruñó mĂĄs alto y sentĂ­ el calor denso de su corrida en mi interior; despuĂ©s llegĂł a la segunda, inmerso en una especie de enfado repleto de gruñidos graves; de la tercera sĂ­ me acuerdo porque notĂ© otra de aquellas oleadas calientes dentro de mĂ­ y fue cuando empezĂł a morderme en la parte baja del cuello; y no se detuvo hasta alcanzar la cuarta. Entonces todo cesĂł. El lobo abriĂł la boca babada, tragĂł saliva y levantĂł el rostro sudado hacia el cielo del callejĂłn. FrunciĂł el ceño e interrumpiĂł sus jadeos acelerados para poner una breve mueca de incomodidad mientras su verga, por si ya fuera poco, empezĂł a hincharse dentro de mĂ­. Una inflamaciĂłn de esas proporciones para un novato
 sĂ­, era como querer pilotar una nave espacial cuando no sabĂ­as ni montar en bicicleta. Por suerte, estaba tan jodidamente relajado y encantado que no opuse resistencia alguna y, lentamente, las paredes de mi recto se adaptaron a aquella nueva necesidad.

Ninguno de los dos dijo nada. Simplemente nos quedamos allĂ­, con las frentes sudadas y pegadas, recuperando el aliento, tan pegados que compartĂ­amos el vaho caliente, con los ojos cerrados y sin mirarnos. Como si hubiĂ©ramos cometido un crimen y ahora tuviĂ©ramos un oscuros secreto que jamĂĄs le contarĂ­amos a nadie. En parte, eso podrĂ­a ser bastante cierto, porque estaba seguro de que el lobo sabĂ­a tan bien como yo que aquella cogida habĂ­a fluido demasiado rĂĄpido entre el odio y la excitaciĂłn. No habĂ­a amor ni cariño allĂ­. Solo dos hombres que no se gustaban, pero que, por algĂșn motivo, se atraĂ­an muchĂ­simo el uno al otro.

Así que, cuando la inflamación terminó y abrí lentamente los ojos, me encontré con los suyos, de un ocre suave y casi brillante en la penumbra que nos rodeaba. Como casi siempre, solo parecía serio y enfadado, incluso después de haberse corrido cuatro veces. No se me ocurrió otra cosa que darle un par de palmadas en la mejilla y decir:

—Buen chico. Ahora, bájame.

Apartó los brazos tan råpido que casi me precipité de culo al suelo mojado, por suerte, tuve buenos reflejos y me apoyé contra la pared, apretando mis piernas temblorosas y con los pantalones por las rodillas ante de recibir el golpe. Levanté la mirada con una expresión seria.

—Como vuelvas a hacer eso, te quemo el puto auto —le advertí.

El lobo ya se estaba metiendo su enorme verga flĂĄcida dentro de los pantalones y abrochĂĄndose el cinturĂłn sin dejar de mirarme desde lo alto con una de sus caras de desprecio.

—Creo que no entiendes que solo te he hecho un favor
 —murmuró—. No te imaginas la suerte que has tenido conmigo, así que deberías ser un humano agradecido y tener un poco de respeto.

Preferí incorporarme y subirme los pantalones antes de recobrar el orgullo y la dignidad, aunque con lo dilatado que tenía el ano y lo empapado y pegajoso que tenía el culo después de la tremenda cogida que me había echado, pareciera difícil.

—Que yo recuerde, solo estaba fumando tranquilamente cuando tĂș te echaste sobre mĂ­ —le dije, sacĂĄndome un cigarro para ponerlo en los labios y encenderlo en mitad de la penumbra, iluminando mi rostro y el pecho del enorme lobo con una luz breve y anaranjada—. Fuiste tĂș
 —soltĂ© el humo y puse el dedo Ă­ndice y anular en su pecho con la misma mano con la que sostenĂ­a el cigarro—, quien se acercó


El lobo apretĂł la mandĂ­bula gruesa, alzĂł la cabeza con orgullo y elevĂł el pectoral en una postura muy orgullosa.

—Eso no volverá a pasar jamás —juró, a mí y, quizá, a sí mismo.

—Claro que no —asentí—. Hasta nunca, grandullĂłn —y me fui, dejĂĄndole con la palabra en la boca y gruñendo como un bastardo.

Yo sonreía y fumaba en dirección a la luz y a la salida. Miré el teléfono para comprobar que Sarah ya me había llamado un par de veces y puse los ojos en blanco. Le mentí cuando percibió mi peste a lobo, le dije que no había cogido, solo que me había juntado mucho a uno en el sofå. También le dije que no volvería jamås al Luna Llena. También mentí.

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