El documento policial
Revisé mis carpetas buscando un comienzo y, como siempre, los comienzos estaban perforados por grapas oxidadas.
Nadie te advierte que la vida también se encuaderna con alambres. En la pestaña “PERSONAL / URGENTE / ARCHIVADO” encontré el documento policial: Acta de Consentimiento para… (los puntos suspensivos son míos; el papel prefiere palabras que no entiendo). Al pie, una constelación de sellos: redondos, cuadrados, uno alargado con un escudo que parece un gallo soberbio o un pez triste.
Firmas: la mía, la de una mujer que estampó su rúbrica como si fuese una ola, y la de un hombre que dibuja iniciales con la agresividad de quien corta jamón. Debajo, la nota que nunca recordé haber escrito: Fritters para WattBuff.
Mi letra sin mí misma: pequeña, apretada, inclinada como si estuviera escapando del renglón. La sostuve a contraluz, esperando que revelara un mapa secreto, un teléfono, un destino. Nada. Solo la tinta acumulando la forma de un chiste que todavía no entiendo.
—¿Quién es WattBuff? —pregunté en voz alta, por si la sala sabía algo de electricistas o nombres de usuario.
El ventilador se ofendió. Puso un zumbido de oficina estatal y movió un par de papeles como un funcionario que te devuelve lo tuyo sin mirar. El resto del archivo respondió con un silencio celulósico, lleno de polvo y una dignidad que no merecen las carpetas azules.
Acta de Consentimiento, leo, como si por fin me explicaran en qué consisto. Párrafos que apuntan al cuerpo en tercera persona: la susodicha, la compareciente, la que dice llamarse. A veces sospecho que el lenguaje jurídico se inventó para no decir nuestros nombres y, si es inevitable, que al menos duela. Estoy clasificada, protegida, archivada. Soy una muñeca rusa: la persona dentro del expediente dentro del folio dentro de la caja dentro de mi propia casa.
En la esquina inferior derecha, un recuadro con la palabra Observaciones. Allí, la nota: Fritters para WattBuff.
Si fuera una película, ahora sonarían violines tensos o una cumbia muy triste. En cambio, suena mi nevera, que vibra como si tragara secretos.
Me pregunto si Fritters es una persona o un postre. Si WattBuff es un apellido o una clave de Wi-Fi. Si yo escribí eso en un momento de lucidez, delirio o hambre.
He aprendido que el absurdo es el punto fijo cuando todo lo demás se mueve: así que comienzo por ahí. Anoto hipótesis en el reverso de una multa vieja (otra reliquia de mi museo íntimo):
1. Fritters: buñuelos, frituras, promesa de aceite y azúcar.
2. WattBuff: medida de energía y músculo. O alguien que hace ejercicio iluminado.
3. Fritters para WattBuff: ofrenda calórica para un dios del gimnasio.
4. Alternativa: dos palabras que unieron su soledad por casualidad y ahora reclaman sentido.
Río sola. No por la brillantez de mis teorías, sino por su pobreza deliciosa. El humor, dicen, es una prótesis para caminar sobre pisos rotos. La mía tiene rueditas y hace ruido, pero me deja avanzar.
Vuelvo al acta. Me reconozco en los huecos. La compareciente consiente (¿cómo no?), la autoridad certifica que yo era yo, que yo dije sí, que yo estampé. Nadie pregunta a qué ritmo latía mi corazón durante la firma. Nadie registra que me tembló la mano izquierda. Nadie archiva el silencio que puse para no llorar en público. La burocracia es una comedia sin risas enlatadas: uno aprende a marcar casillas como quien aprende a respirar sin hacer ruido.
Hay fechas, sellos horarios, una tinta que se desparrama al final como si el lapicero hubiera sudado. Un detalle: un pelo atrapado entre las hojas, finísimo, casi transparente. ¿Será mío? ¿Será de la mujer de la ola? ¿Del pez triste del escudo? Lo ubico en una bolsita y escribo: Testigo 1. Me invento un juicio que me pertenece: el de la supervivencia.
La palabra consentimiento me cansa. La giro como un trompo. ¿Qué quiere decir “yo consiento” si lo digo frente a una mesa, bajo una luz fría, con una lapicera prestada que patina como un patín roto? ¿Qué quiere decir “sí” cuando ya no hay “no” disponible? El papel no contempla esas preguntas. El papel es un animal herbívoro: todo lo come y nada digiere.
Entonces me asalta un flash. No una imagen completa, apenas una esquina iluminada de memoria: la mesa metálica, la silla con goma mordida, el olor a desinfectante barato y café viejo. Una risa. Alguien rio, o tal vez fui yo. El sonido rebotó en los azulejos y tuvo vergüenza de seguir. Fritters para WattBuff. ¿Lo dije o lo pensé? No sé. Lo que sí sé es que a veces la mente guarda recuerdos como el depósito de una tienda de segunda: por colores, por tallas, por caprichos. Y cuando uno pide algo exacto, te ofrecen un abrigo con tres botones menos. Igual abriga.
Me preparo un té. No por calmarme, sino por tener una taza entre las manos, que es una manera discreta de sostenerse. Mientras el agua hierve, observo el acta en la mesa como a un animal que podría escapar si dejo de mirarlo. En la sección Finalidad leo una frase con verbos infinitivos, impecables, como empleados puntuales: registrar, constatar, custodiar. Palabras que no se despeinan. Yo sí.
Vuelvo a la nota. Es mía, lo sé. Esa inclinación hacia la derecha, esa necesidad de abreviar, ese final que se hunde. Yo. Pero ¿para quién escribí? Si era un recordatorio, ¿por qué no usé mi lenguaje de recordatorios, que incluye flechas, asteriscos y la palabra mañana repetida como un conjuro? ¿A quién le debo Fritters? ¿A quién se los prometí?
La primera carcajada me asalta entre sorbos: imagino a WattBuff como un inspector que solo acepta sobornos en forma de buñuelos. Un Atlas sudoroso con apetito por la pastelería. “El sistema consume energía”, me digo, “que alguien le lleve azúcar”. Me río y toso. La risa escasea; cuando aparece, prende la luz de emergencia. A veces ilumina más lo que no quiero ver.
Decido inventariar aquello que sí sé, como si enumerar fuese un hechizo de cordura:
Tengo un acta con mi firma.
La nota Fritters para WattBuff escrita en el margen de Observaciones.
Un recuerdo incompleto de azulejos, desinfectante y risa.
Una mano que tembló y otra que sostuvo.
Una nevera con pretensiones narrativas.
Un pelo translúcido, testigo o souvenir.
El té se enfría. Lo bebo igual, para no agregar otro pendiente a la lista. Busco la fecha: 13/04, un abril con su impaciencia de lluvia. Me pregunto cuántos 13 archivados sostienen mi esqueleto: cumpleaños de gente que ya no veo, avisos de corte de luz, diagnósticos en hojas sin márgenes. Si mi vulnerabilidad tuviera un archivo —y lo tiene— estaría ordenado por el sistema decimal del llanto: de cero a diez, cuánto dolió, cuánto tardó en secarse, cuánto dejó marca en la cara. Imposible. Uno llora en unidades que no se pueden convertir.
El acto de leer mi nombre impreso me produce una extraña ajenidad. Compareciente: [mi nombre]. Lo pronuncio en silencio, como si practicara la voz de otra. Pienso en todas las veces que dije “presente” en lista, “sí” en ventanilla, “de acuerdo” en mostrador. Cada afirmación es un ladrillo en la pared de esta persona que soy y que, de vez en cuando, se queda mirando los huecos entre ladrillos buscando aire.
Me distrae un sello mal aplicado, como la huella de un planeta torcido. Se lee al revés: COPIA NO VÁLIDA. Qué ironía. Todo esto es válido y a la vez no lo es. Válido para el archivo, inválido para dormir. Válido para el procedimiento, inválido para la ternura. Tal vez por eso escribí la nota: un saboteo mínimo, una risita marginal, un Easter egg para mí del futuro. “Si te ríes, bienvenida”, me digo. “Si te duele, bienvenida también”.
Voy a la computadora. Tecleo WattBuff en la barra de búsqueda, no por confianza sino por deporte. Los resultados son anémicos, se parecen lo suficiente como para confundirme y no lo suficiente como para salvarme. Watt Buff, What buff?, Water buffal… (búfalo de agua). Cierro. La realidad insiste en la literalidad cuando una solo quiere un mito.
A falta de dioses, prendo la lámpara. La luz cae sobre la mesa y el acta parece un escenario. Entra mi dedo índice, actor secundario. Señala la línea donde dice que “la compareciente manifiesta comprender…” y se detiene ahí, como a mitad de una escalera. ¿Comprendí? Sí, lo suficiente para firmar. No, lo suficiente para vivir tranquila. A veces la comprensión es un vale de descuento: sirve en caja y se vence rápido.
Me pongo seria —o intento— y copio la nota en una hoja nueva, grande, limpia. La escribo despacio, como si la caligrafía pudiera convocar significado:
FRITTERS PARA WATTBUFF
La miro. Me mira. Repito en voz baja, modulando cada sílaba como si practicara un idioma que desconozco de mí. No pasan cosas extraordinarias: el techo no se abre, nadie me llama por teléfono, no aparece un manual. Pero noto un efecto raro: al escribirlo grande, la frase deja de ser un mensaje secreto y se vuelve título. ¿Título de qué? No lo sé, pero me siento menos perdida cuando una frase se hincha y me cede una esquina.
Regreso al acta. Leo otra vez y a distinta velocidad, como si cambiar el tempo pudiera revelar la trampa: registrar, constatar, custodiar… Elijo una palabra que no está: reconciliar. Nadie te reconcilia con lo que firmaste. A lo sumo te facilitan una copia. Lo demás corre por cuenta de una: raspar, reescribir, hacer chistes internos para no morder a nadie.
El segundo flash llega tarde, como un autobús nocturno: recuerdo el bolígrafo. Era de plástico translúcido, con una bolita que bailaba adentro. Cuando lo tomé, la bolita sonó: clac. Al firmar, escuché el clac como un ritmo. Fui marcando mi nombre por sílabas, cla-c, cla-c, y de pronto me di cuenta de que, si me concentraba, podía llevar la respiración a juego. Ridículo y útil. Como casi todo lo que me ha salvado.
Tal vez Fritters para WattBuff fue eso: la clave rítmica para sobrevivir la escena. Un mantra absurdo. Una contraseña para un candado sin puerta. Un guiño a la parte de mí que baila con lo que queda.
Yo misma me concedo el beneficio de la duda. También me concedo el derecho de no resolverlo hoy. Guardo el acta en un sobre nuevo —los milagros domésticos existen— y escribo por fuera: CAPÍTULO 1. Es un gesto ridículo, sí, pero útil: si la vida se obstina en archivar por duplicado, yo también puedo hacerlo. Doblo el papel con cuidado, como se dobla un mapa hacia un lugar que todavía no existe.
Antes de cerrar la carpeta, recorto la esquina donde está la nota original. Un pequeño rectángulo con mi letra minúscula: Fritters para WattBuff. Lo pego en la pared, al costado de la lámpara, al alcance de mis ojos cansados. Quiero que me mire mientras trabajo, como un santo pagano que no pide ofrendas y, sin embargo, vive de buñuelos.
Apago la lámpara. La nevera suspira. El ventilador, magnánimo, deja de juzgar. En la oscuridad, la frase sigue ahí, fosforescente por pura terquedad mental. No sé si esto es una historia, una autopsia o una risa tardía. Pero tengo un título, una pared y un té frío. A veces con eso alcanza para empezar.
Mañana —que es la manera cobarde de decir después— revisaré las otras carpetas: Correspondencia, Médico, No Abrir (abrir). Buscaré huellas, repetiré mi nombre, volveré a reír a destiempo. Haré inventario de mis sombras con la misma paciencia con que se hace fila en una oficina pública: sabiendo que, tarde o temprano, alguien dirá “siguiente” y me tocará pasar.
Por hoy, guardo el expediente. Me quedo con la frase adherida a la pared y una certeza provisional: la vulnerabilidad tiene su propio archivo… y su chiste interno. Y si mañana no encuentro nada, siempre puedo amasar buñuelos. Quién sabe: tal vez WattBuff solo tenía hambre. Y tal vez yo, también.