CAPÍTULO 01
«LA DAMA EN LA JAULA»
Hubo una época, no hace mucho tiempo, en la que se creía que la vida en el West End de Londres era un mundo encantado, repleto de elegantes palacios y grandes fiestas. El año era 1888, y para la familia Cushing, la fantasía se tejía con seda y protocolos.
En el Gran Salón de los Marqueses de Ashford, se celebraba el cumpleaños de la tía abuela Elroy, la matriarca y la figura de autoridad que había conocido, según los rumores más famosos, a la mismísima Reina Victoria I.
Pero el ruido de los violines y el murmullo de los invitados apenas se colaba en la alcoba de Lady Marian Cushing.
Sentada en su escritorio, bajo el pesado terciopelo de las cortinas, Marian estaba inmersa en una lectura más oscura que cualquier rincón de la mansión: el Evening Standard. La noticia, titulada "Otra Atrocidad del Carnicero de Whitechapel," contrastaba brutalmente con el mármol y los candelabros que la rodeaban.
Escribía en una pequeña libreta de tapas negras gastadas, sus hojas ya despegadas por el uso, anotando detalles, nombres de callejones y las pocas palabras que la policía se dignaba a compartir. El suave golpe de su tacón contra el suelo de madera era el único eco en la enorme, lujosa, y vacía habitación.
Estaba concentrada en su misión, ignorando la danza que celebraba su encarcelamiento social.
—Deberías dejar tus cosas de misterio y salir a socializar. Y, si puedes, a conocer a alguien —dijo una voz ácida desde el umbral.
Jane, su hermana, entró sin tocar, como si la privacidad fuera una invención de los poetas. Era innegablemente hermosa, con rizos rojizos y ojos verdes oliva. Jane era cínica, pero no cruel, y ahora su rostro reflejaba frustración.
—Conocer a hombres vanidosos y prejuiciosos... No, gracias. Yo paso —contestó Marian sin alzar la vista de su cuaderno.
—¡Por favor, Mírian! Ya has rechazado a más de veinte hombres en una semana —dijo Jane con enojo.
—Pues vaya, ya tengo un récord —Marian cerró su libreta y la dejó caer sobre la mesa antes de levantarse de la silla. Su postura era de acero, mientras que Jane era de seda.
—¡¿Por qué eres así?! —Jane refunfuñó—. Sabes que yo no puedo casarme si no lo haces tú primero.
—Pues es una lástima. Además, eso es estúpido. Deberías casarte con quien quisieras y cuando quisieras.
Se acercó a la estantería. No para guardar un libro, sino para guardar su cuaderno de investigación. Su secreto de la infancia: la promesa que se hizo sobre la tumba de su abuelo. Su motor y su maldición.
—Te reclamo porque eres la mayor —Jane le arrebató el cuaderno de las manos antes de que pudiera esconderlo.
—Por favor, al menos ¿quieres intentar conocer a alguien esta noche?
Marian rodó los ojos y soltó un suspiro de cansancio; siempre era lo mismo. —Bien, solo si así te callas. —Ahora fue ella quien le arrebató el cuaderno de vuelta, su toque tan suave como el de su hermana, pero con una firmeza subyacente. —Aunque no prometo nada.
—Gracias, muchas gracias, Marian. —Jane, incapaz de contener su emoción, la abrazó, a pesar de saber que a Marian no le gustaba el contacto físico.
—Ya basta —la apartó suavemente, volviendo a su fachada de indiferencia—.
Jane caminó a la salida, pero se detuvo abruptamente y se giró. —Y una cosa más... Por el amor de Dios o de lo más grande del universo, no hables de muertos, mutilaciones o lo que sea. Sé más... o mejor dicho, no seas menos tú, solo por hoy.
—Pides mucho y ofreces poco —dijo Marian cruzándose de brazos, con una sonrisa irónica.
Jane no dijo nada, simplemente salió. Marian se acercó al espejo, mirando su reflejo: la aristócrata de vestido impecable, la hija perfecta... pero con una mente que viajaba a la niebla y la sangre. Acomodó la falda de su enorme vestido, suspiró y salió de la habitación. No iba a unirse a la celebración, sino a buscar su coartada para planear su viaje a Whitechapel.