Muerte Con Sabor A Oportunidad
La base olía a sangre.
Y a algo más que Sylryk no supo definir.
Lo que antes había sido un lugar lleno de gente ahora era polvo y silencio.
Puertas abiertas a los lados. Papeles, bebidas y armas tiradas en el centro. Maderas arrancadas. Arañazos en las paredes que no parecían obra de manos humanas.
Algo lo había destruido todo.
Solo quedaban dos personas.
—Crrr… —la puerta chirrió cuando Sylryk la empujó.
Kero estaba apoyado en la pared; respiraba a duras penas.
La camisa le había quedado pegada al cuerpo por la sangre. Sus dedos buscaron la pistola con torpeza.
—Tenemos que salir —dijo Kero con la voz rota.
—Vamos —contestó Sylryk, seco.
No había calma. Solo observar, moverse, proteger. (Instinto puro.)
La sala central estaba hecha trizas.
En la sombra, algo que no respiraba como un hombre se movía con lentitud.
Kero, acorralado, intentó levantarse y apuntar de nuevo. La mano le tembló; la mira no se mantuvo quieta.
Un movimiento corto y preciso.
La cosa lo atravesó.
Kero cayó de lado con un ruido seco.
La sangre brotó y manchó la tela en segundos. Sus dedos buscaron la pistola de nuevo y no la cerraron. Quedó inmóvil junto a Sylryk.
Sylryk se dejó caer de rodillas. Se inclinó sobre Kero y palpó el cuello con manos que no dejaban de temblar. Buscó un pulso que no estaba.
La visión se volvió confusa: los bordes nublados, las luces del techo convertidas en manchas. Sintió que perdía el control. Intentó sostener la imagen… y no pudo.
Volvió la atención a la sangre, al frío húmedo en la palma. El sabor en la boca era amargo. Apoyó la frente contra el hombro de Kero y dijo su nombre casi sin voz.
—Kero. No te vayas.
Nada respondió.
La figura caminó hacia ellos sin prisa, el ruido de sus pasos seco sobre el suelo quebrado. Hablaba en voz baja, como quien enumera un experimento. Sylryk escuchó cada sílaba con la cabeza embotada, en ese lapso en que todo pasa y se borra.
—Has tomado un camino equivocado —dijo el intruso, cortando la oscuridad—. No estás atado a eso. Decide.
Sylryk giró la cabeza. Vio a la cosa a mitad de camino; el intruso se plantó frente a él y lo miró. La calma del intruso no era sorpresa: era interés medido. Sylryk devolvió la mirada con frialdad contenida. No hubo súplicas. No hubo pánico. Solo una mirada firme.
Dentro de su cabeza apareció un pensamiento claro, como si alguien lo hubiera susurrado al oído:
Te mataré. Sé que te mataré; no sé cuándo, pero lo haré.
Una promesa seca que calentó por un instante su sangre. No hubo tiempo para reaccionar.
El intruso sonrió, con la serenidad de quien cierra un experimento.
—Sé que eres hábil; espero no equivocarme contigo —murmuró—. Te daré una segunda oportunidad.
Las palabras fueron una sentencia.
Sylryk intentó moverse, extender la mano hacia Kero, pero su cuerpo falló. Cayó hacia adelante; la frente le chocó con la tierra y el polvo.
Lo último que recuerda con claridad: el peso frío del amigo junto a su cara, y la repetición de una palabra que se clavó como una espina:
Decide.
Todo se apagó.
Despertó boca arriba en una habitación lateral. La luz de una lámpara le dio en la cara. Estaba en una cama, muros de piedra, puerta entreabierta. La pistola no estaba; en su lugar colgaba una túnica raída en un gancho. Al incorporarse, la memoria le dio imágenes sueltas: la mesa, la forma, la caída. Kero fue apenas un latido.
Cada intento por ordenar la escena le clavaba un dolor sordo en la nuca. (Como si la memoria tuviera puntas.)
Abrió la puerta. Desde afuera llegaron pregones, ruedas, voces. El mercado latía con fuerza. Entre el bullicio, un murmullo distinto: quejas, susurros. Ese ruido le provocó una mezcla de culpa y curiosidad que no supo explicar.
En la mesa central, un anciano lo esperaba con una cuchara en la mano. Tenía los ojos duros de quien ha visto demasiado.
—Te dejaron aquí —dijo sin rodeos—. Llegaste hecho trapo. ¿Puedes andar?
Sylryk buscó palabras; la memoria se le enredó. Asintió despacio.
El anciano dejó la cuchara y se acercó un paso, evaluándolo.
—Debe ser confuso, y no pienso responder tus preguntas —continuó—. Eres uno de los llegados. Aparecen en montón y traen problemas. A veces sirven. A veces son solo basura. Nadie espera milagros. Come. Luego sal y aprende a moverte sin morir.
Sylryk trató de rescatar el hilo del recuerdo. Solo le salió una sílaba, como un eco:
—Kero… —dijo, débil.
El anciano no mostró sorpresa.
—No te voy a dar consuelo —dijo—. Saber de dónde vienes no ayuda ahora. Termina esa sopa para que puedas salir y buscar respuestas.
Añadió, antes de sumergir la cuchara otra vez:
—Un consejo: evita los lugares cómodos. Los cómodos se vuelven trampas. No creas lo que suena demasiado ordenado.
Sylryk tragó la sopa sin ganas. Cada intento por recuperar memoria le provocaba un latigazo en la nuca. Fragmentos venían en ráfagas: el disparo, la mano extendiéndose, la voz que habló. Palabras sueltas se pegaron en su pensamiento:
…no estás atado a eso…
…decide.
—¿Por qué me trajeron? —preguntó al final, con voz áspera.
El anciano encogió los hombros.
—A veces alguien cae y alguien lo recoge. A veces sirves. A veces no. Aprende a caminar. Luego preguntas.
Sylryk se incorporó. La puerta al exterior estaba abierta; la luz le dio en la cara. Quedó ciego un segundo. Cuando la vista volvió, notó algo: su cuerpo parecía más joven de lo que sentía.
Buscó un reflejo. No había espejo. Un panel metálico torcido de un puesto le sirvió. Lo arrastró y se miró.
El rostro que el metal devolvía era joven y duro. Pómulos marcados. Ojos oscuros, cansados pero sin arrugas. Manos jóvenes. Pecho aún
El dolor en la nuca subió. Al intentar agarrar la imagen de Kero, esta se deshizo. Las piezas del pasado se escaparon entre sus manos. Intentó poner nombres y no pudo. La memoria se cerró, pequeña y fría.
—No lo entiendo —dijo con voz rota—. No lo recuerdo.
No era miedo al daño; era miedo al vacío. Si perdía aquello, ¿qué quedaba?
El eco final fue breve y seco, casi un mandato:
Decide.
Sylryk apoyó la frente contra el metal frío. La palabra lo punzó. Dio un paso atrás. Se ajustó la túnica con manos que dudaban. Y se alejó.