Prologo
NESS
Estar sola en la calle de madrugada debería ser lo más imprudente, lo más temible. Pero a estas alturas, me daba más miedo estar en casa que enfrentarme a la oscuridad.
El aire fresco me golpeaba como agujas, colándose por cada hueco de mi ropa, debí haberme puesto un abrigo, pero mi cabeza está en otro lado. Caminaba sin rumbo fijo, los auriculares puestos, la música tan alta que borraba todo rastro de sonido exterior. Dejaba que la ciudad siguiera dormida mientras yo buscaba calma en medio del ruido dentro de mi cabeza. Era extraño cómo el silencio de las calles se sentía más pacífico que todo lo que sucedía en mi propio hogar.
Prefería esto: el sonido de la fuerte música en mis oídos, las luces intermitentes de los postes, las luces apagadas de las casas, la sensación de que el mundo entero estaba en pausa. Prefería esto a escuchar a mi hermano pequeño llorando sin consuelo, a la niñera rogándole que se calme, a mi madre gritando desde el baño para que mi padrastro se metiera con ella a la tina, como si nada más existiera. O a Eliot entrando en mi cuarto, contándome sus jugadas del partido con una emoción que parecía ignorar todo lo demás. Aunque bueno, eso último no me molestaba tanto… en el fondo me gustaba verlo feliz. Me aferraba a esos momentos como si fueran la prueba de que aún quedaba algo rescatable.
A veces desearía poder ignorar los problemas como ellos.
Y aunque el dramatismo reina en mi cuerpo, la confusión nubla mi mente.
—¡Boo! —unas manos se cerraron sobre mis hombros y solté un grito ahogado, el corazón dándome un salto en el pecho. Me hice para adelante con miedo.
—¡Tarado! —le grité entre risas, arrancándome los auriculares de golpe. Notando el cambio de color en su cabello, no diré nada hasta que él lo mencione.
—Tranquila, Ness. Soy yo —la risa de Jasper retumbó detrás de mí cuando me soltó.
Lo miré de reojo, fulminándolo con la mirada, aunque la curva traicionera de mi boca delataba una sonrisa.—Vuélveme a hacer eso y te entierro vivo —bromeé, señalándolo en el pecho con el dedo.
—Uy, qué miedo —fingió estremecerse, exagerando con un gesto dramático que me sacó una risa involuntaria.
Lo observé de arriba abajo, frunciendo el ceño. No pude aguantarme las ganas de hablar sobre su nuevo look—Te ves ridículo con ese pelo. ¿Te lo volviste a teñir? —le di un manotazo ligero en la cabeza. No hablaba enserio, el castaño le lucia bien, pero no me iba a perder la oportunidad para molestarlo un poco.
Jasper se pasó la mano por el cabello como si fuera un trofeo.—¿Te gusta? Es castaño. —Su sonrisa era descarada.
—No. Te odio cuando no eres pelirrojo. Ese es tu mejor color.
Su tono natural p precioso, pero Jasper tenía la maldita costumbre de cambiarlo de vez en cuando. Aunque el pelirrojo nunca desaparecía del todo, siempre se colaba por algunos mechones, ya que el mismo se lo pintaba, evidentemente mal.
—Me aburre verme igual —replicó, encogiéndose de hombros—. Y a ti te encanta criticarme, ¿o no?
No pude evitar sonreír. Tenía razón. Caminamos lado a lado, sin prisa, como si por un instante el mundo nos perteneciera, aunque ninguno supiera hacia dónde íbamos. El silencio entre nosotros no era incómodo, era casi un pacto, una tregua que nos regalaba un respiro.
—¿Qué haces aquí sola? —preguntó después de unos segundos, mirándome de reojo mientras pateaba una lata vacía. —Me hubieras llamado y salíamos un rato.
—No podía dormir. Estaba harta.
—¿De qué?
—De todo. —respondí con dramatismo, porque me salía natural.
Jasper asintió, como si no necesitara más explicación, como si de verdad entendiera lo que no decía. Sacó un cigarrillo de la chaqueta y encendió el encendedor. La pequeña llama iluminó su rostro por un instante, dándole una seriedad extraña. El humo lo envolvió enseguida, lento, pesado, como si quisiera tragarse la calma que yo buscaba.
—Sabes que odio ese olor —dije, arrugando la nariz.
—Lo sé. Y tú sabes que no me importa. —me respondió con esa sonrisa burlona que me sacaba de quicio… y al mismo tiempo me hacía sentir acompañada.
Rodé los ojos, no pude evitar pensar que, en medio de todo lo que me desesperaba de él, esa terquedad era lo que más lo hacía ser Jasper.
—¿Cuándo te llevarán? —preguntó de pronto, en un susurro, como si nombrarlo en voz alta lo hiciera insoportable.
—En dos días —contesté en el mismo tono, tragando saliva. Un nudo me apretaba la garganta—Me están obligando a dejar todo. No me dieron opción. A veces siento que nadie me escucha.
—Yo sí te escucho —dijo sin mirarme, con esa calma peligrosa que usaba para ocultar la rabia—. Y sé que todo esto te jode.
Me atreví a mirarlo de reojo. —¿Entonces harías algo por mí?
Él levantó una ceja, desconfiado.—¿Qué clase de “algo”? —giró la cabeza hacia mí, curioso. Claramente mis ideas no le hacían gracia mayormente. Aunque varias veces había seguido mis locuras, mayormente teníamos consecuencias.
—Llévame a algún lugar. Lejos. Solo dos días. Antes de que todo cambie. —suplique.
Jasper frunció el ceño, se quitó el cigarro de los labios y lo aplastó contra el suelo con la suela de la zapatilla, casi con rabia.—¿Quieres escaparte conmigo ahora?
—Ajá.
—¿Y volver como si nada justo antes de tu vuelo?
—Exacto. Quiero desaparecer un par de días. No le voy a decir a nadie dónde voy. Solo… —mi voz se quebró un poco— solo quiero sentir que todavía tengo el control de algo. De mí, aunque sea.
Se quedó quieto, evaluándome con esos ojos verdes que siempre parecían esconder una burla. Pero detrás, lo sabía, había algo más, un brillo que no se atrevía a mostrar. Metió las manos en los bolsillos y desvió la mirada hacia la calle oscura.
—Tu padrastro me mata si se entera —murmuró a regañadientes.
—Que lo intente. Igual nunca le agradamos —me encogí de hombros, desafiante. Nunca había tenido una relación cercana con mi padrastro, él nunca se ha acercado a mi para otra cosa que no fuera un regaño, y yo no he podido aceptar la idea de que alguien ocupe el lugar de mi padre.
Jasper soltó una carcajada seca, sacudiendo la cabeza. —Estás loca.
Siguió caminando unos pasos en silencio, ahora pateando una piedrita que rebotó en el asfalto hasta desaparecer. El tiempo se estiró como si quisiera jugar conmigo, hasta que finalmente suspiró exagerado.—Está bien. Pero no quiero dramas.
Un calor extraño me recorrió el pecho, y sin poder evitarlo, lo abracé por la espalda, casi saltando encima de él.—¡Gracias, gracias, gracias!
—Ya, pesada —río, empujándome un poco—. Más te vale que este escape valga la pena.
—Créeme, lo hará. —respondí con una sonrisa que sentí hasta en los huesos. Finalmente, un poco de euforia en mí, ya estaba cansada de permanecer en mi cuarto como un preso.
Seguimos caminando bajo las luces amarillas de la calle. El viento frío nos azotaba, pero por primera vez en mucho tiempo no me importó. Era como si el mundo nos regalara un pequeño descanso. Como si, aunque fuera por una noche, lo roto pudiera esperar.