
«Durante casi tres años, no escribí una sola línea», dice la protagonista y narradora. Se llama Delphine, tiene dos hijos a punto de dejar atrás la adolescencia y mantiene una relación sentimental con François, que dirige un programa cultural en la televisión y está de viaje por Estados Unidos rodando un documental. Estos datos biográficos, empezando por el nombre, parecen coincidir difusamente con los de la autora, que con Nada se opone a la noche, su anterior libro, arrasó en Francia y en medio mundo. Si en esa y en alguna otra obra anterior utilizaba los recursos novelescos para abordar una historia real, aquí viste de relato verídico una ficción. ¿O no?
Delphine es una escritora que ha pasado del éxito apabullante que la puso bajo todos los focos al vértigo íntimo de la página en blanco. Y es entonces cuando se cruza en su camino L., una mujer sofisticada y seductora, que trabaja como negra literaria redactando memorias de famosos. Comparten gustos e intiman. L. insiste a su nueva amiga en que debe abandonar el proyecto novelesco sobre la telerrealidad que tiene entre manos y volver a utilizar su propia vida como material literario. Y mientras Delphine recibe unas amenazantes cartas anónimas que la acusan de haberse aprovechado de las historias de su familia para triunfar como escritora, L., con sus crecientes intromisiones, se va adueñando de su vida hasta bordear la vampirización…
Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea. Las expresiones estereotipadas deben interpretarse algunas veces al pie de la letra: no escribí ni una carta burocrática, ni una tarjeta de agradecimiento, ni una postal de vacaciones, ni una lista de la compra. Nada que exigiera un esfuerzo de redacción, que obedeciese a una preocupación formal. Ni una línea, ni una palabra. Ver un bloc, una libreta o una ficha me producía náuseas.
Poco a poco, el mismo gesto pasó a ser ocasional, vacilante, no lo ejecutaba ya sin aprensión. El simple hecho de empuñar una pluma se me hizo cada vez más difícil. Más adelante, me entraba pánico solo con abrir un documento de Word.
Buscaba la postura adecuada, la orientación óptima de la pantalla, estiraba las piernas bajo la mesa. Y luego permanecía así, inmóvil, durante horas, con los ojos clavados en la pantalla.
Tiempo después, empezaron a temblarme las manos en cuanto las acercaba al teclado. Rechacé sin distinción cuantas ofertas me propusieron: artículos, noticias de verano, prólogos y otras participaciones en obras colectivas. La simple palabra escribir en una carta o en un mensaje bastaba para que se me hiciera un nudo en el estómago.
No, ya no podía escribir.
Escribir, ni pensarlo.
Ahora sé que corrieron distintos rumores en mi entorno, en el mundillo literario y en las redes sociales. Sé que se dijo que no escribiría más, que había llegado a un punto final, que los fuegos de paja, o los de papel, siempre acaban apagándose. El hombre a quien amo se imaginó que a su contacto yo había perdido el arranque, o bien el instinto creador, y que por lo tanto no tardaría en abandonarlo.
Cuando los amigos, los conocidos y aun a veces los periodistas se aventuraron a preguntarme sobre ese silencio, barajé diferentes motivos o impedimentos, entre los cuales figuraban el cansancio, los desplazamientos al extranjero, la presión ligada al éxito o incluso el final de un ciclo literario. Pretextaba la falta de tiempo, la dispersión, la agitación, y salía del paso con una sonrisa cuya fingida serenidad no engañaba a nadie.
Hoy sé que todo eso es un puro pretexto. Todo eso no es nada. Con mis allegados, puede que alguna vez evocase el miedo. No recuerdo haber hablado de terror, cuando en realidad de terror se trataba. Ahora puedo admitirlo: la escritura a la que hacía tanto tiempo que me dedicaba, que tan hondamente había transformado mi existencia y tan preciada había sido para mí, me aterrorizaba.
La verdad es que en el momento en que hubiera debido volver a escribir, según un ciclo que alterna periodos de latencia, de incubación, con periodos de redacción propiamente dicha —ciclo casi cronobiológico que llevaba experimentando más de diez años—, en el momento digo en que me disponía a embarcarme en el libro para el que había tomado un buen número de notas y recogido abundante documentación, conocí a L.
Hoy sé que L. es la sola y única razón de mi impotencia. Y que los dos años que duró nuestra relación estuvieron a punto de hacerme callar para siempre.