Capítulo 1
Antonia
Mi padrino, José Antonio, se había retirado al sanitario después de una hora en completo silencio. Aún visto de negro, el funeral fue hace unas horas y no dejo de pensar en como por culpa de un borracho perdí a mis padres, no dejo pensar en el golpe que recibió mi papá en su costado o en como dimos varias vueltas hasta que el coche terminó llantas arriba con el olor a gasolina y en la presión sobre mis piernas y en las sirenas de las autoridades, la sierra cortando el metal, el extinguidor apagando el fuego, las luces de los coches, las voces amortiguadas de los para médicos, el llegar al hospital y que me dijeran que mi papá había muerto de camino al hospital y mi maná falleció en cuanto le dijeron que estaba bien, a ella la mató un fuerte golpe en su cabeza y sólo luchó para decir dos cosas.
La primera, fue que localizaran a mi padrino y la segunda, que le alegraba saber que yo estuviera bien. No estoy nada bien y me siento mal al saber que fui la única sobreviviente del accidente mientras mis padres ahora están en una caja bajo tierra y sin garantía de poder verlos otra vez en mi vida.
-¿Cómo estás?
Miré a mi padrino y él se sentó a mi lado para sacar un pedazo de papel, con él secó unas lágrimas de las que ignoraba su salida, su mirada decía mucho y a la vez nada, se ve que le dolía la partida de mis padres.
-¿Tienes hambre?
-No mucha -apenas tengo voz.
-Tienes que comer algo, no haz probado bocado desde ayer
No quería comer nada, pero me llevó de la mano al vagón del comedor, ya era la hora del almuerzo y la señorita tomó nuestra orden, bueno las ordenes de mi padrino. Miré por la ventana el paisaje, ese en donde está terminando la ciudad vecina a la mía y comienza el campo de color amarillo y verde, ese en donde hay vacas, caballos, borregos y personas cortando las hiervas, ese campo en donde no hay ninguna tienda, coches y sin la mancha urbana. La señorita regresó con dos tazas blancas, una es de café humeante y la otra es de chocolate caliente.
- En un momento regreso con su comida, aquí tienen galletas de vanilla y chocolate
- Gracias señorita
- Gracias -susurré.
Se retiró, sentí la mirada de mi padrino así que lo miré, aún me arden los ojos por tanto llorar, mi estómago gruñe por el olor tan dulce del chocolate y la comida del resto de los pasajeros, quería llorar otra vez por todo lo que está pasando.
- La última vez que te vi fue en tu fiesta de tres años, lamento tener que verte de nuevo en estas circunstancias
- También lo lamento
Fue todo lo que dije. José Antonio me extendió las galletas, fue más por educación que por gusto la razón por las que tomé un par, las miré y luego sentí ese vacío irritante en mi estómago, le di una mordida a la galleta de chocolate y la mastiqué sin ganas de comer, con ayuda del chocolate caliente me la pasé. Un recuerdo de hace unos meses, cuando mamá hizo galletas con chispas de chocolate para toda la semana porque no había calculado bien las cantidades de todos los ingredientes así que papá y yo le ayudamos a deshacerse de algunas vendiéndolas en el trabajo y en la escuela, las risas nunca faltaron.
- ¿Tus padres te contaron algo sobre el lugar a dónde vamos?
- Sólo mi mamá, dijo que en su pueblo natal viven como si aún prevaleciera la revolución
Se rió suavemente y le dio un sorbo a su café, le di otra mordida a mi galleta y otro sorbo a mi chocolate.
- Cuándo éramos jóvenes, ahora es un poco moderno, aunque las viejas costumbres no se van
- Mamá me dijo que ustedes salían a montar en sus caballos -me duele mencionar a mi mamá.
- Tu madre era muy buena, ella fue la primera mujer en ganar una carrera de caballos y la primer mujer en hacerle frente al Presidente municipal de ese entonces
Levanté una ceja, pues mamá no tenía ninguna foto en los álbumes sobre eso y si me lo hubiera contado estaría orgullosa de mi mamá, pero me extraña tanto ya que nos contábamos todos, éramos muy buenas amigas.
- No sabía eso
- Bueno, muchas cosas no te dijo tu mamá porque fueron locuras que cometió siendo joven y auténtica, ella era libre en ese lugar... hasta que tus abuelos arreglaron el matrimonio de tus padres
- ¿Qué?
- Sus desayunos, buen provecho
- Gracias
- Gracias, señorita
La chica sonrió y se fue a atender a los otros comenzales, miré a mi padrino y él suspiró, creo que se arrepiente de haber dicho eso, pero ya no puede revertir el tiempo ni sus palabras.
- Pero si mis padres se veían muy felices en la boda
- Eso es porque tus padres estaban muy enamorados el uno del otro, pero al inicio tu madre no quería perder su libertad ni casarse sin amor, una de las condiciones fue olvidarse de montar a caballo y eso implicó deshacerse de todas las fotos que tenía con su yegua y no decirle nada a nadie, pues en ese entonces era mal visto que una dama se comportara cómo una salvaje, eso en palabras de tu abuela paterna
Iba a hablar, pero el silbato del tren me interrumpió, el checador anunció la próxima estación, San Benito de los Laureles y después de unos cuantos kilómetros llegamos a la estación del pueblo.
- Este era un pueblo minero, aún existenten las minas aunque están cerradas y no dejan pasar a nadie, con el último terremoto se volvieron inestables y si eres observadora verás que sus actuales actividades económicas son la ganadería, la agricultura y algunos todavía se dedican a la producción de joyería
- ¿Cómo sabes eso?
Me sonrió de lado.
- Lo sé porque de joven iba y venía en mi caballo, era un día y medio de viaje -lo miré y se rió un poco-, también lo sé porque estudié Agropecuaria, Veterinaria y Geología
Y yo apenas tengo una idea de lo que quiero estudiar. Él comenzó a comer, le di una mirada a mis flautas bañadas en salsa roja, queso añejo, cebolla morada, silantro y aguacate. Tomé la cuchara, no quería comer nada en estos momentos, pero bajo la presión social no tengo otra opción más que comerme lo que pidieron para mí. Miré mi sopa de verduras con una pierna de pollo, recogí un poco del caldo caliente y lo llevé a mi boca, lo tragué y sentí algo de confort así que seguí comiendo hasta que me terminé mi comida, para cuando lo noté ya estábamos muy lejos de San Benito de los Laureles.
- ¿Mejor?
- Si, un poco -me limpié la boca y me terminé mi taza de chocolate tibio.
José Antonio me sonrió y se limpió con la servilleta rosa al lado de su plato, él se dedicó a mirar por la ventana y yo también, el pasto verde, los árboles, las aves y la calma en el campo se sienten bien y me siento mal por eso, sentirme bien cuando nada ha estado bien desde el accidente.
- Antes de que lleguemos a San Miguel de los Cascos tengo que decirte como funcionan las cosas por allá
Asentí antes de mirarlo a los ojos.
- Mira, hasta hace un par de décadas era un pueblo demasiado conservador en el que las niñas no iban a la escuela y los niños sí, las mujeres no podían trabajar, votar ni dar opinión alguna. Ahora es un pueblo equitativo aunque hay costumbres que no cambian, no te voy a llevar a mi rancho para que seas una sirvienta más, aunque si tienes que ayudar las labores domésticas y te voy a enseñar a montar a caballo, cambiar cables, fusibles, a sobrevivir en el bosque y otras cosas que nunca pensaste vivir en la ciudad, así que vete olvidando de la ropa de ciudad porque constantemente vamos a trabajar en la tierra y en el lodo.
Hizo una pausa cuando el silbato se hizo escuchar y después la voz del checador en los bagones de enfrente.
- ¡Santa Cecilia, próxima parada en Santa Cecilia!
- Todavía falta para llegar
- Entonces seré una campesina
- No del todo, pero debes aprender las costumbres de ese pueblo, allá todos los Domingos sin falta hay que ir a misa, la gente es muy reservada así que no creo que puedas tener amigos en mucho tiempo, los únicos que tienen coches son los más ricos del pueblo así que el resto usamos caballo, burros y mulas para transportarnos
- Pero dijiste que tienes un rancho, ¿por qué no tienes un coche?
- Porque prefiero salir a montar, me resulta más cómodo y puedo admirar mejor el paisaje que me ofrece el pueblo, cuando lleguemos lo verás y te va a gustar, sino mal recuerdo te gustaban los caballos
- Si... Todavía me gustan, pero no sé montar la última vez que estuve cerca de un caballo fue en el circo
- Te enseñaré a montar cuando te sientas lista, termina tu comida, después de Santa Cecilia bajamos a San Miguel de los Cascos
Asentí y seguí comiendo, quiero dormir.
. . .
Después de casi una hora el Ferrocarril 118 se detuvo en la estación de San Miguel de los Cascos, tomé mi pequeña maleta mientras que mi padrino carga con la maleta grande que es donde llevo mi ropa. Nos bajamos del Ferrocarril y avanzamos por la estación hasta llegar a una carrera harada por caballos ni tan jóvenes ni tan viejos, el cochero es un joven mucho más grande que yo.
- Antonia él es Luis, es quien se encarga de los caballos junto a Pedro, Luis ella es mi ahijada, a partir de hoy vivirá en el rancho con nosotros
- Es un gusto Antonia, escuché lo de tus padres, lo siento mucho
- Gracias, Luis
- Patrón, le ayudo con eso y usted señorita, deben estar cansados del viaje
- Gracias Luis, por favor dame tu maleta Antonia
Le extendí mi pequeña maleta a mi padrino para que se las diera a Luis antes de ayudarme a subir a la carrera, me acomodé a un lado de Luis y mi padrino en el lugar vacío, Luis hizo que los caballos gallparan camino arriba, lejos del pueblo y más cercano a la naturaleza, el viejo casco de una hacienda nos recibió y el nombre del rancho en él. Las Lomas, al entrar entendí porque pues hay colinas por dónde mire y el camino de piedra volcánica nos guía hacia una casa que pudo ser del Virreinato, pues por fuera es muy grande y los establos también, puedo ver muchas cabezas de ganado desde aquí.
- Es bonito -dije.
- Este lugar lo sentirás como un hogar muy pronto, aquí está bien Luis, guarda la carrera y a los caballos cuando los dejes en el establo
- Si patrón, oiga me dijo Doña Licha que de cenar va a hacer ese pan que tanto le gusta para recibir a Antonia, y también me dijo Don Martín que cuando usted llegara le ayude con el del 13 para ponerlo a raya
- Ay ese caballo... Iré a acomodar a Antonia a su cuarto y después voy con Martín, dile que no saque al caballo hasta que no esté ahí personalmente, soy el único al que medio le hace caso
Bajamos de la carrera con mis maletas en más manos de mi padrino, vimos a Luis irse hacia el establo casi contiguo a la casa.
- ¿Pasamos?
Asentí, la puerta de madera y cristal fue abierta por una joven de casi la edad de Luis, es bonita, delgada y viste como una vaquera sin exagerar en nada como las películas lo hacen.
- Antonia, ella es Vanesa, es la hija de Doña Licha, nuestra cocinera
- Hola -apenas sonreí.
- Hola Antonia
Sin pedirme perdón o permiso me abrazó y sin pensarlo sentí que era lo que más necesitaba. Vanesa besó mi frente antes de retirarse y acomodarse el mechón rebelde tras su oreja.
- Iré a dejar a Antonia a su cuarto, ¿Está listo?
- Si señor, lo hice tan acogedor como de podía, Antonia tienes una vista maravillosa desde ese cuarto, le va a gustar ver el amacer desde la ventana
Asentí antes de seguir a mi padrino por las escaleras hasta y después por un largo pasillo tapizado con ladrillos de adobe y lámparas eléctricas, llegamos a una puerta de madera color rosa pastel, color que desentona con el pasillo.
- No sabía si te gusta el rosa, si quieres lo podemos cambiar
- No, así está bien
Sonreí y después tomé la perilla de la puerta para girarla, entré a un cuarto con alfombra azul rey y dibujos de caballos corriendo, también repisas vacías, un escritorio, una cómoda, mesa de noche y base de la cama hechos de madera, el colchón se ve cómodo y las colchas me invitan a recostarme para no despertar hasta mañana.
- Bienvenida a casa Antonia
Miré a mi padrino y dejó mis maletas en la que de ahora en adelante será mi cama tomé asiento en ella y mi padrino jalo la silla para sentarse enfrente de mí con las manos entrelazadas, me miró a los ojos y empezó:
- Antonia... De ahora en adelante vivirás aquí y de daré tiempo para que te acostumbres y explores tanto la casa como el rancho, hay reglas. La primera es que debes granjearte la comida y la segunda es que no acerques al corral número 13
- ¿Por qué?
- El caballo que Martín quiere domar, es hijo de una difunta yegua y no se ha dejado montar por nadie, apenas me hace caso porque sabe quién manda aquí, pero ha dejado mal a Pedro y a Luis porque no se deja domar. Ese caballo es peligroso así que no te acerques, ¿Estamos?
- Si padrino
- Bueno, te dejo para que desempaques y descanses, Vanesa te buscará para cenar, ¿Tienes hambre o sed?
- No padrino, gracias
- Bueno, cualquier cosa con Vanessa, te voy más tarde
Asentí y cuando se fue, lentamente me giré a la maleta pequeña de la cual saqué una foto de mis padres y la puse sobre la mesa de noche antes de acostarme en la cama para llorar otra vez.