La hermana secreta
Min Koyang no solo era uno de los raperos más famosos de Corea. También era un Alfa con fama de frío, reservado y con cara de “no me hables que no tengo ganas”. El mundo creía conocerlo. El público pensaba que detrás de su voz rasposa y su mirada letal había un hombre predecible: música, trabajo, fama y silencio. Nada más.
Lo que nadie sospechaba era que bajo esa fachada perfecta existía un secreto cuidadosamente enterrado. Un secreto que Koyang había protegido con uñas, dientes y, en más de una ocasión, con amenazas veladas.
El gran secreto tenía nombre: Min Dina, su hermana menor.
Ella no era una sombra ni un eco silencioso. Todo lo contrario. Dina era una tormenta con piernas, una Omega con más carácter que paciencia y con la curiosa habilidad de salirse siempre con la suya, ya fuera contra un Alfa, un Beta… o incluso un gato callejero. La vida le había dado pocas cosas fáciles, pero la lengua afilada y la capacidad de discutir hasta convencer al más terco venían de fábrica.
Koyang solía excusarse con la misma frase cuando alguien insinuaba que guardaba demasiadas cosas en privado:
—El mundo no está listo para tu carácter.
Y quizá tenía razón.
Durante años, las fans y los medios especularon que el apellido Min debía de estar repartido en cualquier otra familia coreana, pero jamás imaginaron que había una hermana oculta en Jeonju. Mientras tanto, Dina crecía lejos del radar mediático, con una vida mucho menos glamurosa, pero igual de intensa: estudiar medicina.
Claro que no podía elegir una especialidad tranquila como pediatría o dermatología. No. Dina eligió emergencias. Decía que no había nada más emocionante que la adrenalina de salvar una vida en el último segundo. Una vocación noble, sí, aunque también peligrosa, sobre todo para una Omega de temperamento explosivo.
El problema apareció cuando los sueños chocaron con la realidad. No importaba cuán buenas fueran sus calificaciones ni cuánto empeño pusiera, conseguir un puesto en un hospital importante se volvió un reto casi imposible. La frustración se acumulaba día tras día, y sus padres —que tenían la sutileza de un elefante en una tienda de porcelana— no tardaron en lanzar indirectas muy directas.
—Hija, ¿por qué no pruebas en Lumen Entertainment? —dijo su madre con tono casual, como quien sugiere cambiar de shampoo.
Dina la miró como si acabara de proponerle saltar de un puente sin paracaídas.
—¿En serio? ¿Allí trabaja Koyang?
—No es para vigilarte —se defendió su padre, intentando sonar convincente.
—Claro, porque ustedes nunca hacen nada para controlarme, ¿verdad? —ironizó, cruzándose de brazos.
La verdad era que sus padres tenían un punto: Lumen necesitaba médicos internos, y Dina necesitaba una oportunidad. Después de pensarlo demasiado, terminó cediendo. No quería incomodar a Koyang ni enfrentarse a uno de sus sermones de hermano mayor sobreprotector, pero también sabía que, al no ser reconocida públicamente como su hermana, la probabilidad de cruzárselo era mínima.
¿Qué podía salir mal?
Spoiler: absolutamente todo.
La mañana de la entrevista, Dina se levantó antes del amanecer. Se vistió con ropa cómoda pero formal, se recogió el cabello con precisión quirúrgica y desayunó como si fuera su última comida en libertad. Sus padres la acompañaron hasta la puerta con un gesto solemne, prometiendo —otra vez— no decirle nada a Koyang.
—Ni una palabra, ¿me escucharon? —advirtió ella, señalándolos con un dedo acusador.
—Hija, confía en nosotros —respondieron al unísono.
Dina entrecerró los ojos, desconfiada.
—¿Confiar? Claro... como cuando prometieron no contarle a Koyang que salí con aquel Alfa del vecindario y, a los cinco minutos, ya me estaba llamando para darme un sermón de dos horas.
Ellos desviaron la mirada, culpables. Ella bufó, rodó los ojos y se subió al taxi rumbo a la estación.
El trayecto de Jeonju a Seúl se le hizo eterno. Conocía la ruta de memoria, pero la calma era lo único que nunca conseguía. La ansiedad le apretaba el pecho con pensamientos inevitables: ¿y si me lo encuentro en un pasillo? ¿y si alguien nos reconoce? ¿y si Koyang hace una de sus escenas públicas de hermano mayor? Peor aún: no podía reaccionar como siempre, pellizcándole el brazo o lanzándole una ironía. Si alguien la veía tratarlo con tanta familiaridad, no solo el secreto volaría en pedazos, también ella acabaría linchada por los STELLARS.
—Genial, mi vida en peligro antes de empezar —murmuró mirando por la ventana.
El viaje no fue precisamente tranquilo. A medio camino, un grupo de Alfas y Betas aburridos decidió que molestar a una Omega solitaria era la mejor forma de entretenerse. Dina intentó ignorarlos, pero su paciencia era tan corta como una mecha mojada.
—Dejen de fastidiar antes de que me arrepienta —gruñó, sin apartar la vista de su libro.
Ellos rieron. Mala idea.
Minutos después, un Alfa lucía el labio partido, un Beta tenía el ego destrozado, y Dina se acomodaba el cabello como si nada hubiera pasado.
—Se los advertí —dijo, regresando a su asiento con una sonrisa satisfecha.
Cuando finalmente bajó en Seúl, lo hizo con la misma elegancia que siempre: espalda recta, pasos firmes y una actitud que gritaba “soy peligrosa, no me toquen”. Tomó un taxi directo al enorme edificio de Lumen Entertainment. La torre de cristal se alzaba imponente frente a ella, reflejando el sol de la mañana. Dina tragó saliva.
—Diosa Luna, dame paciencia... porque fuerza ya tengo suficiente —susurró antes de empujar la puerta giratoria.
En recepción, una Beta sonriente la atendió con amabilidad y le indicó la sala de entrevistas. Los pasillos brillaban impecables, con aroma a café caro, perfumes lujosos y la inconfundible presencia marcada de Alfas poderosos. Dina respiró hondo, ajustó su bolso al hombro y golpeó tres veces la puerta indicada.
—Pase —respondió una voz masculina desde adentro.
Al abrir, se encontró con una oficina amplia, decorada con madera oscura y ventanales que dejaban entrar la luz. Detrás del escritorio, un Alfa de porte imponente la observaba con atención calculada.
—Buenos días. Tú debes ser Min Dina, ¿verdad?
—Así es. Buenos días, es un honor estar aquí —respondió ella, inclinando la cabeza con respeto.
El Alfa asintió, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
—Cuéntame, ¿por qué quieres trabajar aquí?
Una pregunta simple, pero la tensión de la sala la hacía sentir como si estuviera en medio de una cirugía a corazón abierto.
—Como puede ver, sé trabajar bajo presión. Mis notas siempre estuvieron entre las mejores y... —hizo una pausa, incómoda al notar la intensidad con que la miraba.
—¿Sucede algo? —preguntó él, arqueando una ceja.
Dina dudó un instante, pero lo suyo nunca había sido callarse.
—Quizá suene arrogante, pero he estado a cargo de varios Alfas. Y no porque sea Omega, sino porque me hice respetar.
El Alfa esbozó una media sonrisa.
—¿Y por qué pensarías que eso es algo negativo?
—Porque no he visto un solo Omega en todo este edificio.
El comentario la delató: estaba nerviosa, pero su lengua siempre iba un paso adelante de su prudencia. El hombre rió suavemente y apoyó los codos en el escritorio.
—Es cierto. No solemos contratar Omegas. Sin embargo, valoramos la inteligencia, la astucia y la fortaleza. El problema es que, hasta ahora, ninguno ha soportado la presión. Siempre terminan renunciando.
Las palabras golpearon fuerte, pero en lugar de asustarla, avivaron la chispa en sus ojos.
—Estoy dispuesta a intentarlo —dijo con firmeza. —Además, escuché que necesitan urgentemente un médico.
El Alfa inclinó la cabeza, divertido.
—¿Sabes para quién trabajarás?
Dina se tensó. Ahí estaba la trampa.
—Ehm... no. Pero no me importa.
El hombre sonrió más amplio, con un brillo divertido en la mirada.
—Pobre Dina —pensó él—. No sabes en lo que te estás metiendo.
No porque deseara algo malo para ella, sino porque el destino tenía un sentido del humor retorcido. El lugar donde sería enviada no solo pondría a prueba su carácter... también pondría en jaque el secreto mejor guardado de los Min.
El Alfa se levantó y le extendió la mano.
—Muy bien, Min Dina. Empiezas de inmediato.
Ella estrechó su mano, sin sospechar que aquel instante sería el primero de muchos en una historia que estaba a punto de cambiarlo todo.
Y, como siempre, la primera piedra del desastre tenía un nombre muy familiar: Min Koyang.