Chapter 1
Un diario poético
Prólogo
Un diario poético es un viaje íntimo por la mente y el alma de quien siente demasiado.
Cada página es una confesión, un susurro, un grito ahogado en versos.
Aquí no hay ficciones, hay verdades que duelen, sueños que no se olvidan, y sentimientos que muchos han callado. plasma el dolor, el amor no correspondido, la lucha con la identidad, y el deseo de entender el mundo cuando el mundo ya no entiende nada.
Lee con calma. Siente con fuerza. Aquí, las
Palabras respiran.
Dedicatoria:
*Hoy te espero, como todos los días, entre letras… Y como todas las noches entre sueños.*
Dedicatoria:
Cómo llorar infinitas veces por amar, a llorar definitivamente por terminar… así es. Al parecer, llorarte entre poemas cortos era cortarme con aquel filo. escribirte un libro fue la forma de terminar un amor que siempre —y solo —fue mío.
Desde el nada a Támsin.
Soy un caminante… bueno, más bien un trotamundos que no se conforma con estar en un solo lugar. Me gusta recorrer los surcos, los olores, las vistas tan exquisitas que ofrece cada sitio: algún rincón remoto. Podría decir que viajo solo, pero no es cierto. Llevo conmigo mi libreto, mi gran amigo. A veces pienso que no es normal -pues es solo un libro - pero Luego recuerdo que los seres somos emociones, y él las tiene. Él lleva tatuado cada uno de mis sentimientos, con esa mina amarga que lo hace ser. Ese es su sentido: que escriban en el. Así da a conocer sus voces, entre rimas desahógantes de las que mi mente corre.
Me encuentro en Támsin, donde la naturaleza no tiene fin. Todo es tan verdoso, colorido de emociones y Felicidad. Ya llevo dos días recorriendo este hermoso lugar. Aquí, los habitantes hablan el idioma de la naturaleza; tienen sus propias hipótesis sobre la vida y sobre el tiempo. El cielo de Támsin es hermoso. El atardecer tiñe el cielo de un celeste rosado: tan bonito, tan oscuro, tan Claro. Al anochecer, se transforma en morado. ¿Cómo no amar este pueblo?¿Cómo dejarlo? En la playa, varias parejas de enamorados miran el cielo rosado y Los brillos azules de la arena suave. Cuando el cielo se tornó morado, todos se marcharon y quedé en mi soledad. Había dejado a mi compañero; al parecer, el agua no le hace bien. Caminé sobre la arena suave y Colorida, hasta tocar el agua. Cada vez me cubría más… Llegó a mi pecho, casi al cuello. Era como cuando el nudo se Forma y no logro escribir lo que siento.
Algo se acercaba por debajo del agua. No tuve miedo. Me mantuve en calma. Muy cerca de mi rostro, casi rozando nuestras narices, apareció una mujer tan hermosa como la luna. Sus ojos brillaban con un rosado como el cielo. Me saludó llamándome “viajero”. Su voz era tan hermosa Como escuchar Una espiral. Dijo mi nombre, mi edad, sabía los lugares que había recorrido… todo sitio que conectara con el mar. ¿Quién será? ¿Cómo sabía de dónde venía? Yo solo llegué aquí desde dimensiones que se cruzaron con la velocidad de la luz y el tiempo. Pero antes de poder preguntar, ella ya se había marchado. Regresé con mi amigo para contarle lo que había pasado. Y es que… los ojos de Támsin me habían mirado, y la voz de espiral me había nombrado. Sabía Quién soy, cuántos años tengo, y qué hago. Ahora no quería irme, pero era claro que soy un viajero… de tanto y tanto.
¿Pero quién era ella? ¿Cómo supo mi nombre, si a nadie se lo había contado? No tenía tiempo. Debía partir hacia San Cliero.
Cielo de vivos.
El idioma Cleriero es único, como todos los idiomas. La naturaleza aquí también es inmensa, aunque menos que en Támsin. Hay mares, cielos… Este, azul celeste. En la noche, se transforma en un azul oscuro. Vi ese cielo por doce días. No quería irme, pero tampoco volver. No quería alejarme más de Támsin, pero tampoco regresar, porque si lo hacía me quedaría solo por ver sus ojos, su cielo, su voz de espiral bajo el cielo morado… Esa belleza lunar y el azul del mar.
El cielo azul de Cliero y la luz de las luciérnagas eran una perfección junto a la de las estrellas: escarchitas divinas. Las lámparas hechas por los habitantes eran otra prueba de que, junto a la naturaleza, somos arte.
Cliero: cielo de vivos.
Támsin: cielo de ensueño
Me encantaba visitar las playas en mis recorridos. Así, me dirigí hacia las arenas suaves con los pies descalzos. Me senté cerca del agua, la cual iba y venía. Mi mente se puso a navegar; viajaba más que yo. El agua me llamó a sus adentros y yo respondí al llamado, sumergiéndome. Esta vez, el agua Cubrió hasta mi mentón.
El cielo azul y el mar parecían conectarse, como si se conocieran, como si fueran el uno para el otro: tan iguales, pero en distinta posición. Como si quisieran juntarse en algún momento, pero no en un tiempo terrestre, sino en el del espacio, ese que se mide en millones de años, de kilómetros y luz. Llevo mucho tiempo pensando en cómo hay más conexión entre las estrellas del cielo y las del mar, entre el azul y la guía lunar. ¿Será que el cielo es otro mar? ¿Otra vida con distinta realidad? bajé de mis pensamientos, pues algo se movía bajo el agua. Al asomarse, era la misma luna encantada, con su voz de espiral diciendo “hola”, y sus ojos: cielo de Támsin. Era encantadora.
Mi mundo se paralizó junto al universo. Se comenzaron a entrelazar miles de versos tan rápido como ella se fue… !otra vez! Ni siquiera pude deletrear una palabra. Mi amigo se reiría de mí, porque ella me deja sin habla. Es como cuando retienes la respiración y, al fin, logras soltarla. Aun así, preferiría verla y escucharla. Y más cuando me ve… siento que su mirada alcanza a ver mi alma. Es que sus ojos son esa conexión con el universo. Ahora tenía muchas más dudas, y en la cabeza se formaban ideas: ¿qué tal si buscaba la manera de adentrarme en las profundidades del agua para encontrarla? Algo me decía que allí habitaba, pues cada vez que visitaba Un lugar conectado con el mar, la encontraba. Pero nunca la vi tan claramente como en Támsin. Le conté a mi amigo sobre mi idea. Me respondió que no importaba si estaba en Támsin o en San Cliero: ella iría conmigo si había naturaleza. ¿Y por qué no la habría? Vaya que fallé en mi suposición.
Siempre me quedaba con lo que yo mismo sabía de cada lugar; nunca preguntaba, solo observaba. De igual modo, todos sabían quién era yo. Pero al contrario, yo no sabía nada de ellos. ¿Qué perdía con preguntar? ¿Por qué no lo hice desde el principio? Me acerqué a una habitante algo mayor. Le pregunté su nombre: itzá. Le Pregunté qué era San Cliero, además de ser “cielo de vivos”. Ella comenzó con una narración:
—San Cliero, san Cliero… ay, viajero! Esto es magia y unidad, tan único como los lugares que has dejado atrás. Somos el tiempo del recién; poco a poco Lo entenderás. Quizá más adelante, cuando camines divagante, te des Cuenta de que no querías irte tan Pronto, que cada uno de esos instantes en los que pensaste marcharte ahora los pensarás en volver. Donde tu preocupación nunca fue tan grande, pero nada será como ayer. Y, ya que te vas, recuerda que fuiste, y no te olvides por completo. Conocer algo te abre la visión, te hace confiar en otra realidad, asegurándote si es real la que siempre existió. Podría decirte que te quedes, para que no veas el tiempo de otra realidad… pero no puedo retenerte. Solo te puedo avisar.
Aquellas palabras resonaron con fuerza. ¿Pero de qué me prevenía? ¿Acaso estaba demente? ¿Podría existir alguien demente con tanta salud y tantos años de vida como los que hay aquí? Me acerqué a otro mayor, tanto como la anterior. Le pregunté Si acaso sabía de dónde surgí yo, !esa Pregunta tan repetitiva en mi mente!. Me dijo que pensara de dónde creo haber venido, que había dos opciones: una, vendría del solo; otra, vendría del todo. Con esto se marchó. ¿Era esa una respuesta? ¿Qué quería que interpretara con ello? Me fui pensativo hacia el agua. Miraba hacia allá, donde no se ve si se acaba. Allá, a lo lejos... ¿qué habrá? Todo está tan azul. La luna se veía al final, estrellas caían al mar. ¿Qué será? Tal vez vienen a amar, a encontrarse entre estrellas, aunque por amor morirán.
El agua burbujeó. Yo ya sabía quién vendría. Se acercó a mí, mirando hacia el mismo punto. Yo, sentado en la Playa; ella, con el agua hasta la cintura. Era tan afortunado de verla…
—¿Por qué me sigues? ¿Sabes de dónde surgí? —pregunté.
— Tú has de saberlo mejor. Viajero de tanto y tanto
—¿Quien eres tu?
—Tal vez debas encontrarte primero a ti mismo, antes de intentar Saber de mí. Nadie puede conocer si no Se conoce.—finalizo antes de irse.
El cielo, rozagante y con voz de espiral, me había prometido seguirme, y por eso decidí continuar. Caminos hermosos se abrían ante mí, bajo cielos de mil colores, pero nadie respondía a la pregunta que ardía en mi pecho: ¿quién soy yo? Algunos decían que era la mezcla de todos los celestes, y que algún día lo comprendería. Yo sentía que todos me conocían, pero ninguno quería decírmelo.
Pertenezco al gris caótico.
Llegué a un sitio donde la naturaleza era cada vez más escasa. ¿Qué sucedía? el final. ¿Qué clase de remoto era este? ¿Qué clase de desastre? No había casi naturaleza, era tan escasa que parecía nula. Pasó alguien sin fortuna. Tenía rayas, golpes, marcas. Su rostro, pálido y sin ganas. ¿Qué pasaba? Me sentía tan Confundido… Esto no era la mitad de Támsin. Ni siquiera daba la talla. Corazones frustrados intentaban desahogarse; otros callaban, ahogándose entre lágrimas.
Mi mundo había cambiado repentinamente. Escuchaba a todos. No podía preguntarles de dónde surgí: me tocaba descubrir de dónde surgieron ellos. ¿Cómo iba yo a saberlo? Algunos quedaban satisfechos con las respuestas que les daba; otros se alejaban. No entendía qué pasaba. Algo me decía “sigue”; algo me decía “basta”; otras veces, “devuélvete”, vete”, haz tu marcha”. Pero, ¿qué pasaba si los dejaba? ¿Y si no seguía? ¿Y si me quedaba? Tal vez en el siguiente lugar habría otros más rotos que necesitaran de una magia, una escucha, una calma. Mi mundo ya no era colorido: se tornaba tan gris como el cielo de este lugar llamado Catsua. El gris caótico llenaba mi alma. Aunque había mar, no lo busqué. Estaba hecho de lágrimas:
tan salado,
tan amargo,
tan doloroso,
que ninguna alma podía habitarlo. Pero ese era mi recorrido: visitar el mar de cada lugar. Poco a poco me costaba más y más hacer lo que me gustaba. Cuando llegué allí, estaba ella. Era mi amada.
—¿Qué haces aquí, en ese mar? Lleva Muchas cargas.—pregunté.
—Vine por ti. Vamos a buscar calma. Regresa. No puedes hacer nada.
—No puedo irme, aunque mi corazón te ama. No puedo dejar un mundo roto en llamas.
—¿Ves de lo que te hablaba la anciana? No seas terco. De la tristeza te contagias.
—¿Con que así se llama? ¡Tristeza! Vaya… Tal vez aquí fue donde siempre perteneció mi alma: en el gris caótico, donde se escucha y no se habla; donde muchos están vivos, pero pocos sanan; donde algunos se llaman vivos, pero están muertos en vida; donde la sonrisa es escasa; donde morimos internamente para convertirnos en nada. Sal de ese mar, morirás.
—Igual moriré si te quedas aquí. Yo Moriré junto a ti.
—¿Qué somos? ¿Qué son? ¿Qué es el ser? ¿Qué siente el ser? Reflexionamos sobre tanto… para seguir haciendo lo mismo. ¿Quién entendería las noches de insomnio del otro mejor que él mismo? A veces me llena de paz estar así. Pero. No hay que creer en eso: en cualquier momento se ríe de ti haciéndote sufrir. Aquí hay tantos que se destruyen a sí mismos con la supuesta idea de sentirse mejor. Intentan escapar de su mente mientras la pronuncian. No se dan cuenta de que la mente es una cárcel perpetua de la que nunca se puede escapar. Son tan débiles algunos que fingen estar bien. Pasa el mañana, queda el hoy. Para algunos, no hay otro día: se les acabaron. Y otros desearían no tener otro. Es tan contradictorio todo…
Mi amada se fue, dejándome solo. Su voz resonaba en mi cabeza, sus ojos me iluminaron por míseros segundos, comparados con lo que intentaron opacar: la tristeza y la depresión, reinas de las opacaciones, pero no de flores ajenas, sino de la propia flor.
¿Podría alguien sentir tanto y al mismo tiempo nada? Pues sí. Quiero ver de nuevo esos ojos de Támsin. Ya se marchó. Dijo que moriría por mí. Debo salir de aquí por ella. Mi amigo está tan agotado, tan lleno de lo mismo… pero de lo distinto. ¿Quién soy yo? ¿Quién era? ¿Qué o quién define el “quién soy yo”? Estoy entendiendo a los poetas moribundos que habitan en Catsua. Así los llaman: poetas moribundos, muertos en vida, también suelen decirles. Tantos de Tantos poetas… Ahora no soy el único de tanto y tanto. Escribo con tanta tristeza. Mi amigo ya no tiene espacio. Comencé otro libreto nuevo, pero sigo llevando a mi amigo en mi pequeña mochila. Ya ha pasado tanto tiempo. La tierra ha dado una vuelta entera al sol…y ella no ha vuelto. La clamo entre letras, la lloro, la extraño, la pienso. ¿Dónde estará? ¿La buscaré acaso? No, no puedo irme. Caminé, divagante como cada instante, conociendo el bajo mundo del arte: alimentar a los hambrientos sin saciarlos por completo. He visto cómo siempre vuelven a él, pidiendo más para calmar un poco su hambre. Pienso y pienso en cómo salir de aquí… cuando los pensamientos son tan intrusivos que me han llevado a imaginarme en el mar de lágrimas, sumergiéndome hasta el final… sin salir más. Pero eso no quiero. Aún tengo esperanzas. Debía hacerlo. Tenía fuerza de voluntad… bueno, una de esas chispas tan pequeñas, pero capaces de generar un gran fuego. Así caminé a las afueras de la ciudad. Llegué a la salida. No miré atrás. Traspasé esa barrera, volviendo al anterior remoto: Matsuin. Aquí todo es regular, todo tan natural. Guardé en silencio mis tristezas, las que traía del último lugar. Caminé entre risas y parloteos. Fui directo al mar: ni tan salado ni tan dulce. Solo era y estaba. Esperé bajo su cielo blanco como la nada, y de noche, bajo su cielo oscuro como el todo… y nunca llegó la amada a la que lloro, que añoro y deseo como nunca a ningún tesoro. Caminé de vuelta, muy atrás. Nada. Ella no llegaba a ningún mar. Ni los multicolores celestes la lograban llamar. Ni nombrándola como “ojos de Támsin”, voz de espiral.
En busca de los ojos de Támsin.
Seguí y llegué a Nautur. Tenía un cielo tan rojo como el peligro, el amor y la pasión. Su mar reflejaba el color de su cielo, tan vivo, tan fulgente. La nombré de nuevo, pero nada… ni siquiera su voz. Se acercó un anciano, escuchando mi clamor.
—Joven viajero, preso del amor, el cual te lanza a la máxima felicidad y a la máxima tristeza. No la busques más, ya lo hiciste durante mucho, incluso luchaste por ella. Si vuelve, entonces sí quería que la buscaras y la encontraras.
—¿Por qué todos saben quién soy yo y yo no sé quién soy?—expresé entre Gritos.
—Todos saben quién eres tú, porque eres tan distinto para cada uno. Eres tus acciones, tus malos actos, tus tratos, amoríos, amistades, entre más. Porque Juzgan por los valores que están escritos, que debemos cumplir. Porque ¡sí!, se los saben todos y cada uno, pero nadie está dispuesto a cumplirlos al pie de la letra. Solo a juzgarse entre sí como el gran acto de la hipocresía. Para Los demás que ven desde lo externo y creen desde su crianza y costumbres, eres distinto. Si quieres encontrarte, hazlo entre tus silencios, tus lágrimas y la búsqueda de fuerza de voluntad, entre tu conciencia. No busques que Los demás te digan quién eres y quién debes ser. Cada uno te dará algo diferente que el otro no va a querer ni le va a gustar. Solo sé tú, ¡poeta!
—¿Poeta? Yo no soy poeta. No estoy moribundo como aquellos de Catsua que dicen ser necesitados del arte. Unos que llaman poetas que escriben tanto, divagan y lloran con sus letras. Unos que creen que nadie los entenderá más que su cuadernillo y no hablan con nadie más. Me dijeron que lo hacen con ellos mismos, como cada ser de cualquiera de los artes. No entendí lo que me daban a interpretar, pero ha de ser parte del aislamiento de la verdad. Otros que daban vida a lienzos con brillos oscuros como versos, cuando morían por dentro, pero fui testigo de cómo alegraban a los demás aquellos tan perdidos que venían a buscar de los cuadernillos, lienzos, melodías y más.
—La poesía sabe perfectamente quién eres, mejor que cualquiera, incluso que tú. Si fueras del arte de los lienzos, quizá él te conocería mejor que la poesía. Y si fueras más de las melodías, esta sería quien mejor te conocería. Se trata de cada una de esas cosas que te hacen sentir en paz, que conectan tu cuerpo, tu corazón y tu mente.
—¿Y cómo la encuentro?
—La tienes en tu mochila.
Saqué todo de mi mochila y no la encontré. Para cuando terminé de buscar, el anciano no estaba. ¿Acaso había jugado con mis dudas? Seguí cielo tras cielo, mar tras mar, hasta volver a Cliero. Azul sano y de paz. Pero me di cuenta de que en todo mi recorrido de vuelta, en vez de buscar a los ojos de Támsin, también la busqué a ella: la poesía. ¿Cómo sería? ¿Dónde estaba o qué la definía? ¿Cuál era su sentido o por qué sabía quién era yo? Volví al mar. Caminé hasta sus ríos de agua dulce.
—Hola, río de Cliero. Mientras tú corres sin descanso y con libertad, el mar se encuentra en su posición. Sigues siendo el mismo libre, y yo el mismo viajero.
—No. —respondió la misma anciana Llamada Itzá apareciendo de la nada—Ni tú ni el río son los mismos.
—¿De qué habla, anciana Itzá?
—Tan cambiantes somos… Tú no sientes lo mismo que la primera vez al ver este río. Tus emociones son distintas, tus pensamientos… Y quizá las aguas del río son más dulces que las de antes, o incluso tenga más piedras. Tal vez esta no sea la misma agua que corrió ese efímero momento que lo visitaste. Ya decía Heráclito..
—¿Quién es Heráclito?
—No sabes ni quién eres, y ya quieres Saber quién es él. Me voy, viajero de tanto y tanto..
—¡Espere! ¿Sabe usted dónde están los ojos de Támsin?
—Ay, viajero… ¿sabes al menos quién es ella?
—Ella… ella es una clase de etéreo junto a lo idílico.
—Tú vives en una kalopsia.
¿Dónde estaría esa tal poesía la cual me nombró el anciano? Tal vez estaba más cerca que los ojos de Támsin, o tal vez está junto a ella. Un grito de confusión se escuchó a gran alcance, el cual provenía de mí. Odiaba sentirme así. Igualmente, ella nunca dijo quererme, solo aceptó quedarse. Pero si lo hacia, era porque me quería. Me quiero rendir, pero no puedo. Está surgiendo el deseo de escribir, y ya no puedo escribir, por más que no sea ella. Y si no escribo, no me sentiré libre de tanto que acontece rumbo al pensamiento grave de mi mente. ¿Qué podía hacer más que devolverme a Catsua? Tal vez aquellos moribundos me dijeran quién es aquella poesía y dónde está. Caminé otra vez de regreso, como un Bucle del vaivén. Ahora mi vida era un “ciar”. Pasé cielo tras cielo, mar tras mar, y por fin llegué a la entrada de Catsua, con dudas entre viendo de nuevo ese cielo gris, caótico de paz y tristeza. Unos se sorprendieron al verme de nuevo. Uno de tantos se acercó a mí:
—Viajero, has vuelto, y yo ya me voy. Me has ayudado a curar, y si me quedo aquí volveré a ser igual.
—Me da una grata emoción verte así. Lástima que no me puedo ir.
—¿A qué viniste tú, filántropo?
—Vine a buscarla a ella, la poesía”. ¿La conoces?
—Yo te diré quién es. Mira a tu alrededor, mira a cada uno de esos moribundos. Tu alrededor te inspira, busca de tanto y tanto que hay, que te hace escribir ahora: pues en ese instante, momento, lugar, está tú poesía. Tú eres un Gaman, ahora necesitas dolce far niente. Ya que viste todo a tu alrededor, vámonos hacia más allá de Catsua.
—¿Pero no es más triste?
—No. Después de aquí están los desniveles lugares. No es tan bueno ser tan positivo, ni bueno ser tan negativo. Todo es un equilibrio.
Seguí a aquel. Su nombre era Mauril. Él me llevaría a la poesía. El cielo era hermoso, una iridiscencia con varios de los colores celestes anteriores.
—¿Por qué escribías? —pregunta Mauril mientras camina.
—No lo sé. Solo me hacía sentir bien… y Ser.
—¿Y por qué lo haces ahora?
—Por lo mismo. Solo que ahora por pensar en ella también. Cuando no puedo escribir por mí, porque son tantas cosas que se vuelve todo tan inefable… Cuando ella llegó fue coup de foudre, creí que en nosotros se había creado un raabta, pero se ha ido y no estoy seguro. Pero ella siempre es un eunoia, y dum spiro spero.
—Semper ad meliora. Antes de que veas la poesía, vamos a los mares. Nos dirigimos a las aguas saladas de este lugar, el cual no sabía su nombre. Aquel hombre hablaba sabiamente y tranquilo. No pude creerlo: él era ese mismo que lloraba lagunas y gritaba su propia muerte, el que intentaba sumergirse en el salado mar.
—Gracias por ayudarme a entender los desniveles de la vida. Ya no quiero Irme. Todo es dificultad. Tenemos el mismo propósito y camino, ad astra per Aspera. — dijo Mauril.
—Es increíble cómo los pensamientos pueden cambiar, las acciones y todo nuestro ser; en cómo podemos centrarnos en algo y quedarnos con esa idea.
—Sí, amigo. Debo irme a buscar mi destino, piwkenyeyu.
—Pero y ella?
—¿Quién? ¿La poesía? Búscala en donde quieras. Si quieres, empieza por la música. La música es quien une a todos los demás artes.
—¿Quieres decir que la poesía es un arte?
—¿Quién crees que es? —preguntó con mueca de burla.
—No lo sé.
Pasó menos tiempo del que esperaba. Se fue sin decir nada; absolutamente nada de aquella poesía que sabía de mi yo. Me mintió igual que el anciano de la anterior ocasión. Desorientado, sin visión, me encuentro yo tratando de entender desde cuándo comenzó este torbellino que me llevó a la emoción y consigo un sentimiento de incomprensión. ¿Quiénes son ellas? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy? Volví a Catsua y hablé con los de las melodías. Unos hacían que mi corazón la recordara. Mi corazón se estremeció, agonizaba. Otros me llevaron entre veleros de viajes, y tan solo por escuchar, poco a poco se transmitió esa onda musical. Me acerqué y hablé con uno de ellos:
—Me han dicho que esto es arte.
—Sí, se llama música. Unos tocan instrumentos, otros cantan.
—¿Y por qué lo hacen?
—El desahogo del arte. Aquí me siento libre, desahogado, expreso lo que siento. Y ves como todo esto es un caos… pues la música es mi Seijaku. Le Cuento a mi yo cómo estoy.
—¿El arte te ordena qué hacer?
—Yo diría que me hace ser, me define. ¡Yo soy músico!
Aquel hombre se fue saltando de alegría, anunciando que es un músico. Fui a otra parte, donde un joven hacía siluetas, paisajes y muchas bellezas más, unas tan tristes, otras tan alegres. Me preguntaba como hacía tantas bellezas si su mundo era la tristeza absoluta, creo que cada quien maneja de mejor manera su locura y tristeza.
—¿También eres parte de aquel arte?
—Sí, soy un artista. Un pintor. Alguien que le fascina dibujar, y más: lo Necesito como respirar.
—¿Por qué lo haces?
—Porque es mi forma de hablar. Y más que con los demás, conmigo mismo. Así desahogo lo que siento. ¡Yo soy un Pintor!
Otro que gritaba quién era. Fui a unos que hacían muchos movimientos. Se divertían. Eran los llamados bailarines. No entendía. Cada uno de ellos transmitía una emoción en mí. Cada una de las cosas que hacían cambiaban mis emociones. Otros que bailaban a un ritmo tan triste como la desolación. Me respondían todos casi lo mismo: sus emociones, sus desahogos Y su necesidad al arte como cárcel de libertad. Fui con unos que eran llamados escultores. Tallaban cosas y les daban una forma única y especial. Uno de ellos hizo una figura y me la dio. ¡Eran Los ojos de Támsin! Al menos podría verla aquí… pero ¿cómo supo de ella? No iba a preguntar. Estaba tan feliz.. la guardé en mi mochila. Seguí más adelante. ¿Qué eran? actores de teatro. Parece que el arte es una clase de “quién soy yo”. A pesar de que me fascinó toda clase de arte, no me sentí conectado a hacerlo. Solo prefería ver y escuchar. Mi lista estaba casi tachada. Faltaban esos de los que tanto hablaba:
—Hola, poetas moribundos.
—¿Moribundos?
—¿Así no suelen llamarse? —pregunté con obviedad.
—Lo dices por dos o tres ignorantes que no supieron hablarte de nuestro arte. Tú eres poeta, y no intentamos atacarte con palabras como estas. ¿No has pensado que los moribundos son aquellos que no desahogan sus penas? El mar es de sus lágrimas, no de los poetas que escribimos las nuestras.
—Yo no soy poeta. No tengo ninguno de los artes. Ni siquiera sé qué es ser uno de esos.
—Todo aquel que escribe poesía.
—¿Qué dices? ¿La poesía no es una chica?
—No… o no lo había pensado así. Saca tu libreta. Mira qué hay allí. Ahora toma La mía y ve de lo que se habla aquí.
Había sentimientos y emociones, había lágrimas reflejadas en gotas que quedaron en la hoja, y risas escritas, amores. Era tan igual y distinta. Lo que yo escribía era lo mismo: amigo de emociones y de viajes. Vi la realidad. Yo también hablo conmigo mismo. Ya entendí qué es el arte, qué es la poesía y por qué soy poeta.
—Ahora te pregunto yo a ti, viajero poeta de tanto y tanto: ¿por qué escribes?
—Escribir para mí es el alivio de la cárcel perpetua de la mente. Es ese lloro en silencio y cómo me entiendo a mí mismo. Podría nadie entender mi lamento, pero aquel cuadernillo lo entendería todo. El me acompaña y no me deja solo. Esta mina es parte de nosotros, ellos dos se complementan, y yo lo complemento todo. Ya sé quién Soy: soy un poeta. De dónde surgí no tengo idea, pero ¡mira! ¡He aquí que es ella, llamándome desde el mar! ¡Mi Bella!
Corrí a sus brazos dejando mi mochila, donde mis amigos estuvieran a salvo. El mar ya no era mortal no estaba lleno de lágrimas y era extraño.
—Viajero, lo has logrado. Ahora sabes quién eres, poeta de tanto y tanto.
—Ojos de Támsin, mi reina y mi encanto. Causas un sentimiento tan inefable. Ahora que lo pienso, es la primera vez que te digo algo sobre lo que siento cuando te tengo a mi lado. Le di un beso que gritara cuánto la aprecio y cuánto la he extrañado. Un beso tan único como los cielos que he dejado. Así me quedé por un rato.
Entre sueños por mi kalopsia.
Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que estaba soñando. Estaba en mi cama y abrazando la figura tallada de los ojos de Támsin. Era la misma chica que me ha gustado durante cinco años. ¿Me arriesgaré en la realidad? Quizá Sí me fui, quizá nunca estuve aquí. Esa pieza de ella en mis manos no era normal, siempre la busqué. Empecé por párrafos y letras. Ella me convirtió en poeta y, más que mi musa, es mi poema. Es mi poesía, por la que iba y volvía. La amaré día y noche, como amé los multicolores celestes. Lástima que, en mi realidad, no me quiere como en mi sueño. No le importo, ni siquiera me nota a pesar de saber de mi existencia. Verla congelaba mi mundo y confirmaba su eunoia. Mi mente viajaba, como aquel sueño de playa; su mirada me condenaba al cielo más azul y bello como Cliero, y al Infierno de su desprecio, tan rojo vivo Como Nautur.
Ella: mi definición de arte y perfección.
Ese día escribí miles de cartas, pero ninguna me parecía suficiente… las despedazaba. Cuando por fin obtuve una, me arrepentí y la quemé, para que el fuego desvaneciera todo el amor que en ella se había escrito. Pero tuve, de nuevo, la osadía de escribir una más.. o quizá más que una. Si el fuego pudiese reñirme, me llamaría más que un poeta: un indeciso de mis letras. Pero no lo era… era indeciso de entregarle mis sentimientos, lo más valioso que tenía: una hoja y miles de gotas de mina que se desahogaban.
Me aproximé a ella. Mi corazón a mil por hora, mis manos temblaban, mi voz se cortaba. Me arrepentía en el último momento, así varias veces, hasta que la valentía me llevó a estar frente a ella y entregarle la carta que tanto demoré, que dañé, que quemé… pero he aquí que estoy. Le escribí el más grande agradecimiento por ser mi poema, la Creadora de un poeta que vive entre letras, que cuando escribe, la piensa como dueña de su creación y de cada emoción—momentánea o duradera—Me llené de satisfacción por cómo recibió mi mensaje… pero más tarde, otros labios fueron sellados con los suyos, y se dañó mi ilusión.
Poco a poco, volverá a olvidarse de quién soy yo. De todas formas, lo único que quiero de ella es un abrazo. Un abrazo que me diga que ella es mi musa, y que, aunque no estuvo cerca, siempre estuvo entre mis letras. Cuando mis ojos se iluminaban una y otra vez. Cuando mi sonrisa era tan grande. Cuando mi corazón se sobresaltaba, y mi mente era presa de recordarla, de imaginarla. Cuando mis noches eran tormentas y mis recuerdos pedían a gritos una voz de calma. Cuando entre lágrimas se escribían miles de palabras que no quitaban el pensamiento, sino que lo llenaban aún más. Ella fue la razón de la calma… y luego, la razón para buscar más calma. Pero aunque lo intente, nunca obtendré el abrazo que mi yo espera desde hace tanto tiempo. No sé qué le cuesta, si entre sus brazos se cobijan unas cuantas personas que nunca la quisieron como yo. Conmigo es tan cruel… y aun así, mi yo la adora, la entiende, y la corona como la musa creadora. Allí, entre mis letras, la amé. Me dio ese abrazo Nanai, para calmar lo que ella misma provocó, la paz se apoderó de mi ser y no encuentro la manera de explicar lo que se sintió. Desearía olvidarla, pero también lo contrario. olvidarla sería olvidar todo lo creado: mi mundo de letras que viajan. Porque no hay musa que se compare a ella. Es y será.
Quisiera tener la valentía para Tampo, pero soy adicto a su forma de dar dolor, hiriendo mi corazón. Ese día llegué a casa y solo pude pensar en mi cama. El mundo dio vueltas, y yo, de nuevo, con ella. Pero esta era una escena que ya había escrito. Creo que era para realizarse. Estábamos frente a un gran lago. El cielo libre, lleno de estrellas. La luna llena. Esta era la realidad. Mi sueño, por fin, se hizo realidad. Su cabello, ahora rojizo, se convirtió en mi cafuné mientras el viento soplaba una brisa refrescante.
Frente a mí ella, uno de los más grandes artes.
El cielo se tornó en la Noche estrellada de Vincent van Gogh. Ella era mi Mona Lisa, solo que, en vez de pintarla, la escribía, detallando como un lienzo cuidadoso. Sus ojos miraban mucho más allá. Paralizaba mi cuerpo, me estremecía. No podía durar mucho viéndola.
—Musa creadora, creo que vivo en una Kalopsia, pero no quiero salir de ella y enfrentar una realidad que devora. Todos viven en ella… y yo sueño en mi realidad, porque hay sueños, y sueños dentro de sueños. Tal vez no logres entenderlo, pero es bueno y más que eso, excelente el hecho de que me dejes hablarte, acariciarte, adorarte… Ya que nunca me dejas hablar. Yo no quiero sacarte de mi corazón Jamás. Es una clase de capricho, quizá. No lo entiendo yo, tampoco lo entenderás tú… Solo gracias por existir y darme la vida al escribir.
Me desperté.
¿Pero qué pasaba?!
¿Qué clase de juego era ese que me brindaba? ¿Estaba enloqueciendo solo por una mirada? Mi furia era tanta que decidí olvidarla. Y no por los sueños tan reales, sino porqué ni siquiera le importaba. ¿Por qué la quería? ¿Por qué la soñaba? Es absurdo… pero allí estaba. Al menos pude decirle cosas que sentía. En mi realidad no digo nada. Mi amigo era testigo de todo en mi sueño de poeta viajero, en el cual existían dos libretos. En mi realidad tengo varios… tatuados con el nombre de ella.
Estaba en ese conticinio, leyendo mis escritos. No me había dado cuenta cuánto me dolieron muchas cosas. Recordé sonrisas y lágrimas. Y llegó mi risa, y mi llanto irónico. Cada sueño lo disfruté sabiendo que lo eran… hasta que ya no soñé. Y no porque la olvidé, sino porque fingí, por obligación, que la había olvidado. Porque mi amor por ella es inmarcesible.
Tal vez solo fuiste una intelequia. Te quiero odiar, pero no tengo razón. Mátame con tu desprecio, haz desequilibrio con tu mirada, mueve mi corazón con tu presencia y tu voz.. Pero por favor, nunca te vayas. Soy capaz de resistir ver cómo otros brazos te acobijan y otros labios se sellan con los tuyos… menos mal no puedo ver si te abrazan en la madrugada, la cual fue para darnos un beso cuando se asomó la estrella del alba. Pero solo fue en mi sueño. Ese sueño que mi realidad aclama. Tu nombre se tatuó en mi ser como un poema.
Musa creadora, ahora no solo de un Poema, sino de toda una historia. En mi realidad me ignoras, o me hablas Cuando te dignas. Y aunque me privas de tus silencios y tus ruidos, no puedes hacerlo en mis sueños, donde se sincronizan nuestros corazones, donde somos uno y me amas como te amo. Eviterno es el amor que te tengo. Tan único. Tan real. Soy un poeta viajero de tanto y tanto… Que viajo entre sueños, letras y dimensiones para poder amarte, ya que no puedo en la realidad. Te amaré aeternum, y lo mismo tardaré en olvidar.
Fin
DEDICATORIA:
Entre el olvido que nace del dolor y el recuerdo que persiste por todo lo que lograste hacerme sentir y por todo lo que, con tu presencia, lograste borrar, elijo recordar. Recordar cada instante en que te pensé, te imaginé, te soñé… y te idealicé.
Lloré, sufrí, y aún así te amé como nadie jamás podrá hacerlo. Eras, y sigues siendo, la idea perfecta. La que mi mente forjó, y mi alma abrazó. Y aun sabiendo que todo fue una ilusión, sigues habitando mi pensamiento como lo desconocido habita el misterio: única, insondable, mi eterna incógnita. Mi musa creadora, ojos de Támsin y de todos mis mundos que te esperan, que te sueñan, que aún te añoran.
Aquí termina este diario… Pero no la búsqueda, ni el temblor de los versos que aún me habitan. Si llegaste hasta aquí, gracias por caminar conmigo entre sombras, fuego y tinta. Gracias por leer lo que ni yo entendía del todo hasta escribirlo. Quizá no soy más que un eco, una voz prestada, una pregunta disfrazada de poema. Pero si algo de mí rozó tu alma, entonces este diario ha valido la pena. Te dejo con mis palabras, como quien deja una flor en la orilla del abismo.
Hasta el próximo temblor.
Irene Caicedo. Aj – un poeta creado
Un diario poético