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La lluvia siempre ha tenido ese don de arruinarlo todo. O de hacerlo más complicado, al menos.
Y ahí estaba yo, corriendo entre charcos, con la camisa medio metida en el pantalón y los zapatos empapados, maldiciendo por lo bajo porque, por supuesto, el día que más necesitaba que el cielo me tuviera compasión, decidió abrirse en mil gotas que parecían burlarse de mí.
Eran casi las ocho y media, y tenía que haber estado en la oficina a las ocho. No era la primera vez que llegaba tarde, pero sí la primera que el jefe me había advertido que, si volvía a hacerlo, tendría que ir pensando en buscar otro trabajo. Y yo necesitaba ese trabajo. Mucho.
Así que corría. Corría con los auriculares puestos—sin música, porque el celular se había quedado sin batería— y una carpeta llena de papeles importantes que debía entregar esa mañana. Los llevaba presionados contra el pecho como si fueran un escudo contra el agua o contra el mundo, no lo sé.
Las calles estaban casi vacías, salvo por un par de paraguas que se movían rápido, como si todos supieran a dónde ir menos yo. El olor a tierra mojada se mezclaba con el del café recién hecho de una panadería que pasé sin mirar.
Mis pantalones estaban completamente empapados desde las rodillas hacia abajo, y cada paso sonaba con ese molesto chapoteo que te recuerda lo miserable que es salir sin paraguas.
—Genial, Denki, simplemente genial —murmuré entre dientes—. Otra mañana brillante en la vida del adulto funcional promedio.
Giré en la esquina, esquivé una bicicleta y casi me resbalé en el pavimento. La carpeta casi se me cayó, pero la sujeté a tiempo, riendo con ironía.
Estaba tan concentrado en no perder el equilibrio que no vi lo que venía de frente.
Y entonces pasó.
Un golpe seco, un choque de cuerpos, un instante de desorientación. Los papeles volaron como si la lluvia los hubiera estado esperando para arrastrarlos. Sentí el aire escaparse de mis pulmones y, por reflejo, me agaché enseguida, maldiciendo en voz baja.
—¡Maldición! —dije mientras trataba de recoger las hojas antes de que se empaparan por completo.
El suelo estaba frío y sucio, y el agua de los charcos ya había dejado manchas oscuras en las esquinas de los papeles. Extendí la mano para alcanzar uno que se había deslizado un poco más lejos, pero otra mano lo tomó al mismo tiempo.
Una mano cálida, firme, con los dedos ligeramente temblorosos por el frío.
—Perdón —dijo una voz.
Y mi mundo se detuvo.
Literalmente. El sonido de la lluvia se volvió un murmullo lejano, los coches pasaron a cámara lenta, y lo único que existía era esa voz. Esa voz que conocía demasiado bien, aunque habían pasado años desde la última vez que la escuché.
Mi corazón dio un vuelco doloroso, de esos que no sabes si son por sorpresa o por miedo.
No quise mirar. No debía mirar. Pero lo hice.
Primero vi la mano, todavía rozando la mía.
Luego seguí la línea de su brazo, el abrigo oscuro, el cabello rojo húmedo pegado a la frente... y finalmente, sus ojos.
Eijiro.
No podía ser.
Pero lo era.
El tiempo no le había cambiado tanto como me habría gustado creer. Su sonrisa —o al menos el intento de una— seguía teniendo ese aire torpe y sincero. Su mirada, ese brillo cálido que alguna vez me hizo sentir que podía confiar en alguien sin tener miedo a romperme.
Pero en ese momento, todo lo que sentí fue un nudo en la garganta y una oleada de recuerdos que me golpearon sin piedad.
Los días felices, las risas, las promesas, las palabras hirientes.
El final.
—Denki... —dijo mi nombre, con esa mezcla de sorpresa y algo más. Algo entre alegría y arrepentimiento.
Y fue suficiente para romperme por dentro.
—Yo... lo siento —balbuceé, aunque ni siquiera sabía por qué me disculpaba. Quizás por haber chocado con él.
Intenté concentrarme en los papeles. Uno, dos, tres... mi mente los contaba como si fueran una salida, una excusa para no pensar. Pero mis manos temblaban demasiado. Eijiro se agachó a mi lado, recogiendo las hojas con cuidado, y cada vez que sus dedos rozaban los míos, sentía una corriente eléctrica correrme por los brazos.
—¿Cómo has estado? —preguntó, su voz más suave, como si temiera asustarme.
No respondí.
No podía.
Mi pecho pesaba, el aire me costaba, y todo lo que quería era salir corriendo.
—Denki, espera, no te vayas todavía. —Su tono cambió, más urgente ahora, más real—. Hace tanto que no...
—No. —La palabra me salió más brusca de lo que pretendía. Tomé los papeles de su mano, incluso el que él aún no había soltado. Nuestros dedos se rozaron una última vez, y esa chispa —esa maldita chispa— me hizo retroceder un paso.
Me puse de pie de golpe, apretando la carpeta contra el pecho como si fuera un escudo.
—Con permiso —repetí, sin mirarlo a los ojos.
Y corrí.
Corrí sin pensar, sin mirar atrás, con la lluvia golpeándome el rostro y el corazón latiendo tan rápido que parecía que iba a salirse del pecho.
Sentía la garganta cerrada, el estómago revuelto y una mezcla extraña de rabia y tristeza que me hacía querer gritar.
Escuché su voz detrás de mí, llamándome. Pero no me detuve. No podía detenerme.
Corrí hasta doblar la esquina, hasta perderlo de vista, hasta que mis piernas me dolieron y el aire me faltó. Me apoyé contra una pared, respirando con dificultad, dejando que las gotas de lluvia se mezclaran con las que me resbalaban de los ojos.
No sabía si estaba llorando o si solo era el agua, pero en ese momento daba igual.
Habían pasado años desde la última vez que lo, desde que todo se derrumbó, desde que juré que no volvería a cruzar su mirada. Y sin embargo, bastó un segundo, un simple accidente, para que todo lo que había intentado enterrar volviera con una fuerza brutal.
Me reí, sin humor. El sonido salió roto.
—Increíble... justo hoy —susurré al aire, mirando el cielo gris que seguía llorando conmigo.
Los autos pasaban, la ciudad seguía viva, indiferente a mi pequeño colapso emocional.
Guardé los papeles como pude, arrugados, manchados, inservibles probablemente, y seguí caminando. No corrí más. Ya no tenía sentido.
Cada paso pesaba más que el anterior. Cada esquina me recordaba algo de él.
Intenté pensar en otra cosa. En el trabajo, en el jefe, en cualquier cosa que no fuera él. Pero la mente es cruel, y cada intento de distraerme solo me llevaba de vuelta a esa voz, a esa mirada, a esa sensación de vacío.
Cuando por fin llegué al edificio, estaba completamente empapado. El guardia me miró con una mezcla de lástima y sorpresa, pero no dije nada. Subí las escaleras porque el ascensor tardaba demasiado, y cada paso resonaba como una cuenta regresiva hacia otro tipo de desastre.
En mi escritorio, dejé caer los papeles sobre la mesa. El reloj marcaba las nueve y diez. Ya estaba perdido.
Suspiré y me dejé caer en la silla, pasando una mano por mi cabello húmedo. La computadora parpadeaba con una notificación nueva, pero no tuve fuerzas para abrirla.
Solo cerré los ojos un momento.
Y lo vi. Otra vez. Su rostro, su sonrisa, sus ojos.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que el ruido de la oficina me devolviera a la realidad. Mis compañeros hablaban, los teléfonos sonaban, alguien reía al fondo. Todo seguía igual, pero yo no.
Porque verlo, aunque solo fuera por un instante, había sido como abrir una herida que nunca terminó de cerrar.
Saqué una hoja arrugada de la carpeta. Tenía una mancha de barro en la esquina y la tinta corrida por el agua. No servía de nada, pero la miré un rato, sin saber qué buscaba en ella.
Posteriormente la doblé despacio, la guardé en el bolsillo interno de mi chaqueta y respiré hondo.
—No otra vez —me dije en voz baja.
Porque si algo había aprendido de todo aquello, era que a veces el pasado no se repara: se sobrevive.
Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Y, por alguna razón, no dejaba de pensar que, aunque había corrido lo más rápido que pude, una parte de mí todavía seguía ahí, en esa esquina, agachado entre papeles mojados y con su voz diciendo mi nombre.








