¿Dónde se fue?
¿Te has puesto a pensar, que vas a hacer? Cuando estés viejo, ¿quién te cuidará?
Él no comprendió la mirada que le daba su padre.
¿Decepción?
¿Por qué?
Hizo lo que él quería, detuvo al villano que persiguen, se aseguró de que no volviera a hacer daño a los indefensos civiles.
Pero aun así recibe esa mirada de decepción.
Mira a su hermano mayor, al único que conoce desde su nacimiento, el único que parecía saber que él existía.
Jason le dedicó una sonrisa burlesca mientras fruncía el ceño.
¿Por qué hace eso?
Vuelve a mirar a su padre, pero él ya no lo mira, está mirando el cuerpo sin vida del criminal que persiguen, había puesto una bomba en un orfanato, por suerte Jason había estado lo suficientemente cerca como para desactivar la bomba en lo que ellos atrapaban el criminal.
Él solo hizo lo que creía que su padre quería, deshacerse del criminal.
Él solo hizo lo que la Liga de las sombras le habían enseñado.
—Red Hood llévate a Robin. — Dice su padre con la voz profunda y gruesa aún en su rol de héroe.
No lo vuelve a mirar, pasa al lado suyo chocando con su cuerpo levemente, lo suficiente para que Damian sea desplazado unos centímetros, y él con un nudo en la garganta observa como su padre carga el cadáver con suma delicadeza como si lo añorará.
Jason a sus espaldas bufa con burla, escucha sus pasos acercándose a él, siente que es tomado en brazos con brusquedad y siente que no está ahí, porque su padre no lo ve.
Él está y no lo está.
Lo mira intensamente sintiendo sus ojos picando, observa esperando que su padre soltara el cuerpo del criminal, que le dijera a Jason que se encargará de todo y que se lo llevara a casa, para hacer todas las cosas que su madre y él hacían en casa.
Pero no lo hizo.
Recordó entonces a su madre.
La extrañaba, había estado presente en su vida todos esos años, tal vez no dándole el amor más normal de todos, pero lo hacía.
Cada mañana lo despertaba con una caricia en su cabeza, cada que entrenaba le daba ánimos para seguir de pie y atacar al enemigo, cada tarde, almorzaban juntos hablando del día a pesar de que lo hubieran pasado juntos ya sea entrenando como estudiando, por las noches ella lo acostaba en su cama y le cantaba para dormir.
Creyó que ambos la pasaban bien.
Y entonces su abuelo murió y ella creyó que era mejor idea que conociera a su padre prometiendo volver.
No lo hizo
Y por más que preguntara, nadie era capaz de responderle que su madre había sido arrestada por sus crímenes.
Jason lo deja con rudeza sobre su moto. Le dice algo que él no entiende, aún sigue mirando a su padre, extiende una mano queriendo llamarlo, pero la voz no sale de sus labios y Jason se siente al frente suyo tapándolo.
—Vamos a casa, Damian. — Su hermano le susurra en una mezcla de pena y enojo.
Damian se aferra a la chaqueta de su hermano pegando su cara a ella, añorando aquellas épocas en su casa.
Recordaba que Jason siempre jugaba con él, siempre a su lado, haciéndole cosquillas cuando fallaba en el entrenamiento, fingiendo ser un soldado al servicio de su familia, fingiendo que en realidad no estaba siendo obligado a pasar el tiempo con él.
Sus ojos se sintieron acuosos y la máscara le empezó a incomodar, el movimiento constante de la motocicleta de su hermano no hacía más que impulsarlo a llorar recordándole que fue un movimiento similar el que sintió cuando su casa explotó, cuando su abuelo falleció debido a la traición de Jason y unos cuantos soldados.
Aferrando aún una mano en la chaqueta, movió la otra hasta lograr quitarse su máscara, no la necesitaba, no necesitaba ocultar quién era.
Inhaló el viento chocante y exhalo a los segundos, había leído que aquella era una buena forma para poder calmarse, pero no se sentía mejor.
Seguía sintiendo la garganta seca, el pecho doloroso y los ojos más acuosos de lo que ya estaban, el viento no hacía que las lágrimas se borraran como los libros románticos, solo los hacía peor, sus ojos ardían más.
El vehículo de dos ruedas se detuvo y por la inercia chocó por completo en la espalda de su hermano.
Él se baja de la motocicleta y sin verlo siguió su rumbo hacia el piso superior de la mansión que habitaban.
Todo el subsuelo no era más que una cueva llena de trofeos de su padre y gadgets que su padre había creado para derrotar al mal.
Miró a su alrededor deteniéndose en la computadora de la cueva, una superinteligente a la que no había tenido tiempo de acceder, después de todo no era más que su tercer mes en la mansión y la segunda vez que hace su trabajo como Robin.
Se sienta en la silla acolchada al frente de la computadora.
La prendió y se encontró con el buscador, pero no era el común que cualquier computadora tenía, estaban hablando del mayor héroe de la ciudad, era uno especial, uno encriptado.
Movió el cursor hacia el buscador, dio un clic y empezó a escribir el nombre del villano con el que se enfrentaron.
Presiona tecla por tecla temblando al terminar de poner las seis letras, tiembla más cuando presiona la tecla “ENTER”.
El buscador tarda unos segundos en mostrar distintas fotos del criminal.
Su corazón se detiene dos segundos ante la imagen de su padre —en su forma civil— siendo acorralado por miles de paparazzis mientras tomaba de la mano del criminal que apenas tapaba su rostro con un sombrero enorme.
El fondo de la imagen era la del Manicomio Arkham de donde el villano había escapado.
Negó con la cabeza, volviendo a sentir que su corazón latía, pero acelerado, mientras su piel se sentía hormigueante como si miles de arañas subieran por todo su cuerpo.
Busco el enlace de la imagen, dio dos clics al pie de la imagen y la página volvió a cargar.
«EL EXCÉNTRICO MILLONARIO BRUCE WAYNE EN UNA RELACIÓN FURTIVA CON EL CRIMINAL DESQUICIADO JOKER»
Mira el título, lee el subtítulo, lee el primer párrafo del reportaje, luego el segundo y el tercero, lee todo lo de la página mientras sus ojos seguían lagrimeando y su corazón se ahogaba.
Cerró la página, apago el computador y subió el ascensor hacia el piso superior, siendo recibido por el amable mayordomo.
Al parecer al único al que le importa, pues le entrega un pañuelo y le ofrece galletas y hablar para que se sienta mejor, pero Damian quiere ir a su habitación y el agradable anciano no se opone.
Sube las escaleras con rapidez y se encierra con llave en su lúgubre habitación mirando a su alrededor.
Porque esa habitación no se siente acogedora ni suya.
Sabe a ciencia cierta que ni Jason, ni él son los primeros hijos de su padre.
Sabe que existieron otros dos.
El primero se distanció por completo de su padre luego de la muerte de Jason y siguió así aun cuando Jason volvió a la vida, él parecía querer ignorar todo lo que sucediera en Gotham, incluyéndolo.
Y luego estaba el tercero, quien no vivía en Gotham solo porque Damian estaba ahí.
De él podría decir que sabe más.
Recuerda haberlo visto en alguna que otra fiesta al lado de su abuelo, con la mirada apagada y ausente de lo que sea que pasara a su alrededor.
Damian había querido jugar con él en su tiempo, rogándole a su abuelo verlo, aunque sea una sola vez, así sea para saludarlo y despedirlo, pero él se negó diciéndole que a su “jida” le gusta su soledad.
Él entendió siempre haciéndole caso a todo lo que le decía a su abuelo, quedándose con la duda y la incomodidad, pues presentía que su jida en realidad no lo quería.
Y cuando llegó a Gotham no le quedó duda.
—¡ES SU NIETO! — Grito cuando lo vio, señalando con asco, con repugnancia e irá.
Su padre simplemente negó con la cabeza sin decir más y Tim se le quedó mirando con el ceño fruncido.
—Tú sabes lo que pase en ese lugar Bruce. — Dijo tratando de convencer a su padre, pero él se negó a responder. —Bien, a la mierda contigo. —
Y se fue.
Como parece que es común.
Pues Jason, luego de traicionarlos, no volvió a la mansión como lo hizo él, sino que se fue lejos.
Ese parecía ser futuro.
Se quitó su traje tirándolo al piso y se puso su pijama perfectamente doblada debajo de su almohada.
Pasó su antebrazo por sus ojos borrándose las lágrimas y se acostó debajo de las mantas de su cama.
Cerró sus ojos sintiendo que aquello aumentaba su dolor de cabeza, sintiendo que aquello hacía que sus ojos se sintieran calientes y que su respiración empezara a regularse.
Tarda unos segundos en sentir el cansancio suficiente para dormir, pero empieza a escuchar que su puerta está siendo golpeada con rudeza.
—¡ABRE LA PUERTA DAMIAN! — Era la voz de su padre. —¡ÁBRELA AHORA! — Su cuerpo empezó a temblar.
Cierra con más fuerza sus ojos, cubriéndose por completo por las mantas, haciéndose un ovillo entre ellas.
Los golpes se hacen más fuertes y los gritos más groseros, pero Damian empieza a tararear la canción que su madre siempre le cantaba por las noches.
Su corazón latía rápido, sintiéndose en peligro, estaba en peligro.
Despierta cuando alguien lo sacude con suavidad sobre la cama.
Abre los ojos aún en medio de las mantas, cubriéndolo.
Tiembla un poco cuando las retira, hacia un lado y lo primero que encuentra son unos ojos azules, su mirada borrosa por las lágrimas le estaban jugando una mala pasada.
Parpadea dos veces abriendo sus ojos, una tercera vez encontrándose con unos ojos distintos a los que querían hacerle daño hace unas horas.
Mira a su alrededor, sigue de noche, por el rabillo de su ojo, nota el despertador, 3 AM.
Voltea a ver aquellos ojos azules y alza una de sus cejas.
—¿Quién eres? — El extraño sonríe casi con ternura, solo una persona en su vida le había sonreído así en su vida, su madre.
—Soy Dick, tu hermano mayor. — De pronto la expresión sonriente cambia a una de pena. —Perdóname por no haber venido a verte antes… Mi relación con Bruce no es la mejor. — Lo ha notado.
Esa habitación, que ahora es suya, no es más que un despojo de lo que era la habitación del primer Robin, quien había creado distintos compartimentos secretos.
En uno, en especial, Damian encontró un diario.
Era viejo, con las hojas amarillentas y los relatos más tristes que había leído.
Lo ha leído por completo sabiendo que ese diario no fue escrito por uno, sino que por tres autores e incluso ahora por cuatro, pues Damian cree que es una tradición y no una forma de desahogo grupal.
—¿Dónde está padre? — Pregunta temblando al mencionarlo y mirando a la puerta, temiendo que se abriera y que de ella apareciera su progenitor.
—Alfred lo ha calmado…— Mira a su hermano mayor con los ojos abiertos con miedo.
El anciano mayordomo podría haber salido mal parado contra el salvaje Batman.
—Él está bien, es más fuerte de lo que crees. — Damian quiere hacerle caso, pero sigue preocupado. —Jason me llamo. —
—¿Dónde está él? — Pregunta por el único hermano con el que tiene un vínculo.
—Está ocupado en algo, pero me pidió que me quedara contigo y te cuidara. —
Damian duda el porqué debería creerle al desconocido, pero lo hace, asiente con la cabeza, se hace aún lado en la cama, dejando el espacio suficiente para que Dick se acostara a su lado.
Él lo hace, se echa a su lado, y empieza a acariciarle el cabello mientras tararea la canción que su madre le cantaba con tanto o incluso más cariño que hasta sentía que había vuelto a su casa y sus años felices.
Damian cierra los ojos, suspira, estando cómodo por primera vez en meses en su nueva casa, sintiéndose feliz y cómodo.
★★★
Despierta a las seis de la mañana, según su despertador.
Está solo en su habitación, como siempre ha estado.
Mira su puerta y esta no parece intacta, está astillada, un poco rota, igual que su corazón.
Mira la grieta más grande, justo a la mitad en una línea vertical.
Tiembla poniéndose de pie con miedo y acaricia la línea con la yema de sus dedos.
No es la primera vez que la ve así, pero es la primera que le duele tanto.
Suspira y camina de regreso a su cama, la arregla con paciencia y elegancia, prende la luz de su habitación, toma ropa del armario y se dirige al baño siguiendo por completo con su rutina.
Se da una ducha de media hora sabiendo que a su padre le desagrada la gente sucia, limpia lo mejor que puede después del baño a pesar de que luego Alfred se encargaría de limpiarlo, pero no quiere enojar al hombre que lo acogió luego de perderlo todo.
Se viste en el mismo baño, se seca el cabello, se peina, se echa perfume y al mirarse en el espejo ya no es aquel acróbata que vivía en un circo, era el hijo de un millonario.
Aunque no había mucha diferencia a cuando aparecían los amigos de Tony Zucco en el circo y cuando aparecían los socios millonarios de Bruce.
Suspira acercándose a la entrada de su habitación.
Abre la puerta, nota que no tiene el seguro que le puso por la noche, inhala, exhala y camina por los pasillos fingiendo que no tiene miedo de bajar al primer piso, a desayunar y encontrarse con su padre.
Baja las escaleras lentamente, porque si lo hace rápido sudará y a su padre no le gusta que sudará.
Camina lento al comedor, porque si lo hace rápido podría despeinarse y a su padre no le gustaba verlo desarreglado.
Llega al comedor y se sienta frente a la mesa rebosante de comida, pero no lleva nada a su boca hasta que le den permiso, porque debe pedir permiso para todo, debe obedecer todo, porque su padre fue muy amable en acogerlo y adoptarlo siendo que él es solo un simple niño cirquero huérfano.
Pero el permiso no llega, solo una carcajada.
Mira alrededor de la mesa.
No están solos.
Sonríe instintivamente y hasta sus ojos brillan falsamente.
Quién está ahí es Clark Kent, un superhéroe lo suficientemente torpe como para creer que un par de lentes son suficiente para ocultar su identidad secreta.
Sonríe aún más y sus ojos ya no tienen el brillo falso, sino que uno real.
Mira a su alrededor.
Y no está Bruce cerca.
—¿Por qué actúas como un soldado? — Sus mejillas se sonrojan un poco creyendo que se veía ridículo.
—Yo… es mi uniforme. — Clark vuelve a reír, y él ríe también, aunque no tan desvergonzadamente.
—¿Y vas a ir a clases un sábado? — Su risa se detiene y sus mejillas se tornan más rojas.
Había sido la primera mentira que se le ocurrió para ocultar que en realidad aquel traje, aquella corbata, aquella camisa en realidad era una envoltura que lo protegía hasta que ya era tarde.
Clark ríe a carcajadas hasta que se queda poco a poco en silencio.
—Bruce ha salido a una reunión y como Alfred parece haber despertado con una gripe me han pedido que te cuidara. —
Dick sonríe, pero su sonrisa se borra a los segundos.
Alfred no está enfermo, él nunca se enferma… solo ha tratado lo suficiente de salvarlo.
Suspira y empieza a comer en silencio, la idea de que Clark lo cuide hubiera sonado más genial antes, cuando todavía tenía ocho o quizás nueve, pero a sus quince esa idea simplemente se le hace desalentadora.
Significa que Bruce se estaba quedando sin ideas de como torturarlo, poniéndole a alguien a quien simplemente no podría contarle lo que pasaba dentro de su casa.
Escucha la silla de Clark moverse, unos pasos y luego la silla al lado de él moviéndose un poco y el peso de alguien sentándose en esa.
—¿Cómo has estado todo este tiempo que no te he visto? —
Hace más o menos unos siete años, Clark había descubierto un moretón en su pierna y fue lo suficientemente tonto como para decir que Bruce se lo hizo.
Aquello derivó a una pelea entre ambos héroes, una suspensión de la liga de la justicia hacia el gran murciélago de Gotham y con él siendo encerrado en una habitación de aislamiento debajo de la cueva de su padre, sin comida, sin agua, solo él por una semana entera.
—Bien. — Se limita a responder.
Aquella vez había salido bien librado comparado a otras veces, no se permitiría volver a romper su racha de sin castigos por un mal comentario.
—¿Y Bruce? ¿Todo bien con él? —
Pero incluso una pregunta simple rompe todo el cristal que te rodea y que pensabas que era seguro…
—Yo… creo que sí. —
Todo para al final caminar unos metros y que te des cuenta qué hay otro cristal más rígido rodeándote.
—Bien, entonces, ¿qué quieres hacer hoy? —
Dick se siente lo suficientemente seguro como para mentirle y crear una fachada de un adolescente perfectamente feliz en la casa de un millonario.
Es capaz de seguir en su engaño todo el día, luego toda la tarde y luego la noche cuando entra a su habitación para dormir.
Aquel día había sido favorito en todo este tiempo.
Se ha sentido libre haciendo cosas que Bruce detestaba que hiciera, se había puesto por primera vez en meses la ropa que le habían regalado sus amigos por su cumpleaños, había jugado en el enorme patio con una pelota de fútbol, jugó videojuegos y comió la comida chatarra que tenía prohibida.
Hizo todo lo que siempre quiso.
Todo con Clark.
Sonrió feliz poniéndose su pijama y dejando la ropa que usó dentro del cesto de ropa sucia.
El día no había terminado.
Clark le había propuesto ver una película en la enorme sala de cine que tenían en la mansión.
Él se encontraba haciendo palomitas mientras él se cambiaba.
En cuanto terminó salió corriendo de la habitación y se dirigió a la sala sabiendo que estaba sudando y desarreglado, cosa que a Clark parecía no molestarle.
Llega a la sala encontrándose con Clark, sonriéndole sentado con un enorme bowl de palomitas, esperándolo.
—¿Listo? — Preguntó y él asintió sentándose a su lado en el enorme sillón de la sala de cine.
Clark aprieta el botón de un control y la película empieza, pero Dick no le presta atención.
Se concentra en Clark e inevitablemente lo compara con su padre.
Bruce no pasaba el día entero con él, mayormente estaba en su oficina o en Industrias Wayne, él nunca lo dejaría hacer nada de lo que Clark le ha dejado hacer, en definitiva nunca podría estar en esa sala de cines privada en compañía de su padre, pero ahora lo estaba con Clark.
Ambos tenían ciertas similitudes claras a lo lejos, pero de cerca no era así.
Clark tenía los ojos celestes y no azul zafiro como los de Bruce o los suyos, el cabello de Bruce era lacio y el de Clark con algunos rizados.
Su padre tenía un sin fin de cicatrices con algunas a medio cerrar y Clark no tiene ninguna cicatriz más que su ombligo.
Lo miro de arriba para abajo, Clark no lo maltrataría, nunca le alzaría la mano más que para acariciar su cabeza con cariño.
Entonces, cuando la vieja idea infantil que deseaba que Superman fuera su padre cruza su mente, la desintegra y la convierte en otra idea deseando que Superman le dé humanidad.
Su hermano nunca estaría lo suficientemente solo como para acercarse a otros por buscarlo a él.
Damian despierta en medio de los brazos de su hermano, que parecía haber llorado por las lágrimas apenas secas en sus mejillas.
Se pregunta el porqué, pero no quiere incomodar a su hermano mayor, que parecía quererlo tanto como para ir a una casa pese haberse peleado con el dueño, solo para cuidar a su hermano menor porque su otro hermano estaría ocupado.
Se acomoda en los brazos de Dick con una sonrisa, no queriendo recordar aquellas partes que había que él escribió, solo recordando ese momento en la noche en la que Dick lo hizo recordar a su madre y cantándole como ella lo hacía.
Se escuchan unos suaves golpes en la puerta y se estremece acercándose a su hermano y cerrando los ojos con fuerza, los brazos de Dick se enrollan a su cuerpo y se siente protegido, pero también en peligro.
—¡SOY YO! ¡TIM! — El grito lo desconcierta.
No es la vez de su padre la del otro lado, los golpes son suaves y la voz, en vez de sonar enojada, suena llena de preocupación.
Dick suelta un suspiro y Damian se aferra más a su hermano porque el que está afuera ya había despotricado lo mucho que lo odiaba con anterioridad y temía que en esta ocasión ya no tendría la consideración de irse.
Dick acaricia su espalda y su nuca haciendo sonidos silenciosos que lo calman y lo tranquilizan lo suficiente para soltarlo, aunque sea un poco para que su hermano se alejara hasta salir de la cama.
Damian se sentó sobre el colchón preocupado que todo se desmoronara y que sea una pesadilla disfrazada de sueño, que al abrir la puerta en realidad el que se encuentre del otro lado no sea su jida sino que sea su padre dispuesto a seguir lo que en la noche había dejado pendiente.
Pero no pasa.
Dick abre la puerta y del otro lado está Timothy Drake.
Él lo mira con la mirada lastimera.
Lo nota dudar, hasta que da un paso, luego otro y otro más hasta llegar a la orilla de la alfombra debajo de su cama.
Damian sabe que le cuesta verlo, cree —en su inocencia— que es porque le recuerda al hombre al que amo y que murió a manos de su hermano.
Piensa en hacer todo más sencillo y alejarse, como lo ha intentado todos esos meses, pero Tim cruza la línea de la alfombra con paso firme.
Da unos dos pasos más y se sienta en la orilla de su cama, sólo entonces Damian nota que en sus manos está el viejo keffiyeh de su abuelo, una que él adoraba y que había prometido entregarle a Damian cuando fuera grande.
Después de su muerte intentó buscarla por todas partes… ahora ya sabe donde se encontraba.
Tim se la extiende y él duda, pero la toma en sus manos.
—la taqlaq ya hafidi, ’ant bi’amani. — Reconoce las letras, el significado y lo mucho que le cuesta a Tim decirlas con fluidez.
Nuevamente, se siente a salvo y en casa.
Cuando la puerta se abrió es cuando se permitió alzar la mirada de su libro sabiendo quién era y que no había nadie más a quien esperar.
Él lo miró como en las otras ocasiones.
Sin mucho aprecio, pero incapaz de botarlo de la habitación porque ese lugar no es suyo, porque él no es suyo, él no se pertenece.
Cierra el libro dejando el marcador con detalles dorados y verdes para no olvidarse de la página en la que empezó a leer.
Se puso de pie, sintiendo como las joyas de oro que portaba sonaban levemente al chocar entre ellas.
Camino hacia el intruso con la elegancia y gracia de un cisne.
Se porta al frente de él y lleva una de sus manos a su mejilla.
Se concentra en su mano y el anillo que porta en el dedo anular adornado por una brillante esmeralda.
La mira directamente y luego mira los ojos del intruso, del mismo color esmeralda, si no es que más intenso, se queda prendado unos segundos antes de inclinarse y besar los labios ajenos.
El movimiento es suave, casi cariñoso, pero para él no es más que repulsivo.
Simplemente, es la vida a la que está encadenada, por querer huir, por querer ser mejor, por querer algo más que el apellido de su padre, una conexión que los mantuviera unidos.
Un maestro.
No fue buscando apreciación, fue queriendo que lo tratarán como a Bruce en aquellas épocas, no importaba lo rudo que fuera, lo soportaría por el hombre que admiraba y quería, pero se encontró envuelto en algo más grande, lo que imaginaria.
Había sido impulso y poco inteligente, algo común en jóvenes de su edad.
Y cuando menos se dio cuenta, estaba casado con un hombre setecientos años de vida, que no importaba cuanto lo odiara y rechazara, terminaría en la misma posición.
A su merced.
Aquello ya hace más de tres años.
El primero fue el más duro esperando a que su padre viniera, pero no se olía ni una pizca de aquello, el segundo las esperanzas permanecían, pero ya no tan fuertes como antes, y finalmente en el tercer año ya no tuvo más que resignación.
Se rindió a los brazos de su esposo, como lo había empezado a hacer a inicios del año.
Con eso siempre obtenía cosas.
Como libros, salidas al jardín supervisadas, poder ir a fiestas de la liga a la que ahora pertenecía como consorte del líder.
No se entretenía en realidad, pero era mejor que las cuatro paredes en las que había sido encarcelado desde el primer momento en que se presentó al líder de la Liga de las Sombras.
Había sido lo suficientemente imbécil al inicio como para creer que sería tratado igual que Bruce, había sido un imbécil total al creer que podría llegar a ser igual a su ídolo.
Por una razón supuso que tendría cierta inmunidad a todos, que era el más inteligente de todos los seres humanos por haber descubierto quién era el mayor héroe de Gotham, porque no se rindió hasta finalmente ser convertido en su sidekick.
Pero luego vio como lo veía.
Escucho como fue llamado.
Y simplemente la palabra “reemplazo” se volvió el peor insulto que podría recibir.
Lo intento.
Vaya que intento que aquello no lo afectará, queriendo ser el mejor de todos los Robin’s que habían existido.
Sin embargo, nunca logró complacer las exigencias de Bruce, como en su tiempo lo hicieron Jason y Dick.
Quiso darse por vencido, dejar el manto, dejar el apellido, dejarlo todo y sumirse en una vida más fácil en la que su talento detectivesco sea aprovechado sin tener que llenar los zapatos de alguien más.
Él nunca se lo dijo directamente, claro, solo que no se necesitaban palabras para comprender lo que Bruce quería que él fuera, o mejor dicho quién fuera, entonces ya no siguió los pasos de Robin.
Siguió los pasos de Batman.
Investigó por días, semanas y meses, incluso, dejando de ir a patrullar con su nuevo padre, todo con tal de volverse él, para poder ser la mejor versión de un Robin que pudiera ofrecer a Bruce.
Y cuando lo consiguió, cuando encontró la información adecuada, cuando se enfrentó a su decisión, se envolvió en una oscuridad que al propio Batman le desagradaría.
La vida no se volvió más que un martirio y lamentablemente se condenó a disfrutarla eternamente por confiar de la forma más estúpida que el mismo hombre que lo obligó a contraer matrimonio podría ser un salvador más.
Fue su culpa.
Sí, lo entiende, sabe que no hay más culpable que él.
Pero entonces la explosión se dio.
Se oyeron disparos, un impacto en medio de su frente y creo que aquel había sido su fin.
Y, sin embargo, se puso de pie entre las aguas de un pozo al que creyó nunca volver a sumergirse y la eternidad se alargó, pero nuevamente se condenó a otro ser que solo lo odio.
—Hasta que te despiertas reemplazo. — Sus palabras fueron soltadas con sorna y molestia.
Salió del pozo completamente desnudo, pero no sintió vergüenza, no en frente del hombre que lo había salvado, no enfrente de alguien a quien el destino no le había sonreído, a quien siempre pensó que no volvería a ver tras su muerte.
—¿Me salvaste? — No hubo respuesta. —¿Por qué? — El salvador le arrojó ropa y se dio la vuelta para alejarse. —¡Jason! ¿¡Por qué!? — Volvió a preguntar exaltado, pasando sobre la ropa y corriendo hacia él.
Jason se detuvo, lo miró por unos segundos a los ojos con el ceño fruncido y se dio la vuelta para seguir caminando.
—Porque Bruce Wayne no lo haría y yo no soy él. — Dijo y siguió su camino hasta alejarse por completo.
Tim hizo una mueca confusa, ¿cómo que Bruce no lo hará?
¡Si lo haría!
Bruce lo había considerado como un Robin, él se había mostrado sorprendido por haber descubierto quién era, Bruce simplemente era lo mejor que le había pasado luego de la muerte de sus padres.
Bruce no lo había arrastrado a ese lugar, él mismo se puso en peligro.
Él no tiene la culpa de nada.
Negó con la cabeza, se vistió y siguió el camino que había visto que tomó Jason.
Solo había estado en aquel lugar una vez al inicio de su matrimonio, cuando aún confiaba en que todo era una prueba para ver si merecía ser entrenado, en aquel entonces había contado con la presencia de su ahora difunto esposo, quien parecía conocer las catacumbas como las palmas de su mano.
Se detuvo.
Miró a su alrededor, estaba en medio de siete pasillos distintos.
Ninguno señalado.
Reinicia el que lo llevaría de nuevo a la guarida de la Liga, pero desconocía el uso del resto de los pasillos y no sabía por cuál podría haber escapado Jason.
Se vio en una difícil situación.
Por un lado, quería marcharse sin mirar atrás, pero no sabía por donde.
Y por otro lado, quería ver si él seguía con vida, pero aquello sería volver.
Miro los pasillos una vez queriendo ver algo distinto, un sonido, lo que sea que le dijera que debía ir por ese en particular y no tener que ir por el pasillo que lo llevará de nuevo a su prisión.
No vio nada.
Dio un suspiro y siguió la ruta encaminándose de vuelta a la guarida.
A mitad del camino quiso arrepentirse, pero no paró, luego, en cuanto empezó a ver luces, apresuró el paso y cuando escuchó la voz de la hija de su esposo corrió.
Ella gritaba desesperada, asustada, aterrada.
Se acercó tanto como pudo, pero se detuvo en la entrada.
Ella sostenía el cuerpo sin vida de su padre llorando su muerte y alejando a cualquier persona que buscara consolarla.
Pero él se concentró en él.
Se quedó paralizado al verlo muerto, sin vida, solo un saco de carne y huesos vacío, pues su alma estaba lejos.
Entonces su corazón dejó de sentirse suyo, dejó de entender qué hacía ahí, porque ya nada lo retenía, pero siguió ese camino en búsqueda ¿de qué?
¿Una salida?
¿Una forma de escapar?
Él pudo resolverlo sin tomar la decisión de ir por ese pasillo, pudo decidir entre los otros seis pasillos, pudo simplemente crear otro plan que ir por ahí.
Tim vio como ella alzó la vista y lo vio, pero no hizo nada más que hundir la cabeza en el pecho de su padre.
Se quedó ahí un tiempo más hasta que empezó a caminar hacia la desolada mujer, ella no lo apartó, dejó que la acariciara la cabeza, pero no que tocara el cuerpo de su padre y Tim creyó que era mejor así.
Se dio la vuelta y vio a los soldados de su esposo buscando instrucciones, miró a Talia y finalmente regresó a ver a sus soldados.
—Aibhath ean alkhayini, ’uriduh hyan. — Ordenó con voz templada.
No quería que atraparan a Jason, pero aquello distraería a los soldados que, aun con la muerte de su esposo, acatarían su orden de no dejarlo escapar.
Pero Talia, ella nunca lo quiso en la Liga, ella dejaría que se fuera si lo deseaba y estaba claro.
Los soldados dudaron en seguir su orden unos segundos antes de correr por el palacio, buscando a un traidor fantasma, pues ni él mismo había sido consciente de que se trataba de Jason hasta que volvió a la vida.
Miro a Talia unos segundos, seguro de lo que haría.
Dio una última revisión a su alrededor y encontró con la vista una ventana abierta, su oportunidad de escapar.
—¿Qué te hace pensar que te dejaré ir? — Escucho la voz de Talia, baja, y enojada.
—Lo mismo que te hace pensar que me quedaré sin pelear. — Murmuró bajo el mismo tono.
Antes de marcharse la vio una última vez y vio a su esposo muerto.
Se acabó a su altura y con un movimiento suave tomó el keffiyeh que portaba sin verse detenido.
Volvió a ponerse de pie y con la habilidad acrobática que había aprendido en aquellos tiempos en los que quiso ser igual que Dick Grayson, logró escapar de la guarida de la Liga de las Sombras.
Solo para darse cuenta de que su ausencia no había sido impedimento para que Bruce Wayne consiguiera otro chico maravilla, no, otra chica maravilla.
Una a la que de verdad parecía querer entrenar, alguien a quien le sonreía y se comportaba paternalmente a pesar de ser hija de un criminal.
El último rastro de luz en su interior se volvió oscuridad.
Dejó de importar entonces quedarse ahí.
Siguió su rumbo y dejó el nombre de Robin atrás y todo lo que era consecuencia de aquello
En cambio, el apellido Drake se había vuelto famoso y era lo que debió de importarle desde un inicio.
Se había sentido solo en los primeros meses tras su regreso, pero poco a poco empezó a convertirse en lo que su padre, su verdadero padre, había querido que él fuera.
Alguien importante e imponente.
¿Qué más daban esos años marchitos en la oscuridad de las sombras de sus antecesores y en la liga?
Ahora se ponía de pie.
Tenía que ayudar a Damian a aprender a brillar para sí mismo.
Sus hermanos esperaron a que se preparara para tomar desayuno afuera de su habitación.
Damian no podía evitar pensar que al hacerlo.
Que al bajar del segundo piso que incluso salir de su habitación era algo riesgoso con su padre alrededor.
No quería el mismo futuro que algunos criminales de Gotham a los que habían detenido sus hermanos en el pasado.
Pero tampoco quería verse cobarde frente a sus hermanos mayores, quienes parecían muy centrados en él después de no haberlo ido a conocer en todos los meses que llevaba en aquella mansión.
Esperaba encontrarse con Jason al bajar.
Podría sentirse más a salvo con él cerca.
Después de todo era a quien conocía, era en quien confiaba a pesar de saber su pasado con su familia, con su abuelo, con su madre, incluso con su jida.
Necesitaba saber qué había pasado con él luego de dejarlo en la mansión.
Tenía preguntas, muchas preguntas.
Todas sobre aquel criminal al que había asesinado hace no más de unas horas.
Tenía la sospecha de que todos menos él sabían lo que había pasado en realidad entre él y su padre.
Salió de su habitación encontrándose con solo Dick presente.
Ambos se sonrieron y bajaron las escaleras en silencio, vio como su hermano mayor se sentaba en el barandal de la escalera y se deslizaba hasta el final de esta con una extrema facilidad y a velocidad.
Damian quiso imitarlo, pero no lo intentó, no cuando estaba en la mira de su padre y debía portarse bien luego de lo sucedido en la noche.
Tardó unos segundos, pero se reencontró con Dick al final de la escalera, quien soltó una lave carcajada al verlo y le despeinó el cabello.
Frunció levemente el ceño queriendo volverse a arreglar el cabello, pero su hermano no lo dejó y lo arrastró corriendo y saltando hasta llegar al comedor.
Abrió sus ojos, sorprendido.
La mesa estaba llena de comida casera que nunca antes había pensado comer en su tiempo en la mansión y estaba llena por más personas de las que normalmente esperaría en aquel lugar.
Reconoció rápidamente a su jida y al clon de Superman sentados juntos y conversando, reconoció a Alfred, el mayordomo, sentado en la cabeza de la mesa.
Pero no entendí a quienes eran aquellas mujeres.
Una tenía piel bronceada, ojos verdes y el cabello pelirrojo que en las puntas se veía fucsia. Y la otra era pálida como una hoja de papel, con tatuajes en la piel y ropa colorida, lo que más destacaba en ella era su cabello rubio en las raíces y de dos colores en las puntas.
—Ellas son Kory y Harley, mi esposa y una amiga de la familia. — Señaló a las mujeres de la misma forma en las que las había visto. —Supongo que ya conoces a Conner. — Señaló al clon del superhombre.
Damian asintió levemente sentándose en su lugar habitual, el más cercano a la cabeza de la mesa.
—¿Y Jason? — Se atreve a preguntar cuando Dick se sienta al lado suyo.
—Oh, él está terminando de hacer algo importante. — Dice la rubia desde el otro lado de la mesa antes de romper en risas. —¡Debe estar haciendo una fiesta en medio de sus berrinches! — Exclama siguiendo con sus carcajadas.
—Ignórala Damian. — Le dice Tim empezando a comer.
Él intenta hacerle caso a su indicación, pero ciertamente no puede concentrarse en otra cosa más que en las palabras de la rubia mientras trata de buscarle sabor a la comida que consumía.
Jason abrió los ojos, cansado.
Se sentó en el colchón viejo y lleno de resortes salidos en el que se había echado a dormir hace unas tres horas.
Bosteza aún cansado y con el cuerpo entumecido, pero no se detiene en su cometido.
Se pone de pie de un salto y empieza a caminar hasta llegar al baño de aquel cuchitril que llamaba habitación y casa.
Pero se detiene al escuchar la voz ahogada de alguien en la cama.
Se voltea y sonríe.
—Buenos días, Bruce. — Saluda con cinismo y continúa su camino.
Reniega con el seguro de la puerta del cuchitril y sus dedos entumecidos de tanto golpear a su padre adoptivo le arden cuando intenta bajarse el cierre de su pantalón, aun así continua ya acostumbrado al dolor.
Sigue escuchando los quejidos ahogados de Bruce desde su cama mientras orina.
Ríe levemente ante eso.
Él también se quejaba cuando era encerrado en aquella habitación.
Pero con el tiempo dejó de verla como una prisión y empezó a verla como su hogar, después de todo había empezado a pasar mucho más tiempo ahí de lo que hubiera querido a sus once años.
Incluso había tomado el atrevimiento de llenarlo de algunas de sus cosas del pasado, cuando aún vivía en las calles y no tenía que comer.
Claro que Bruce no dijo nada, él nunca se enteró hasta que Jason lo arrastró a esa habitación cuando regresó a la mansión luego de aquella noche desastrosa.
En un inicio le costó noquearlo, pues era Batman, pero lo logró a tiempo y con ayuda de Alfred lo arrastró hasta aquella celda de castigo donde lo ataron y lo amordazaron.
Tuvo que asegurarse de que él en realidad no pudiera escapar para poder salir a buscar al resto de sus hermanos y asegurarse de que Damian estuviera a salvo, sólo entonces pudo regresar a aquella pequeña habitación.
Terminó de orinar, se lavó las manos y salió del baño con una sonrisa.
Bruce lo miró atado en su cama, había ocupado aquel nudo que él mismo le había enseñado para atrapar a los criminales.
—Me tomó mucho tiempo. — Recordó. —Demasiado, en realidad. — Murmuró para sí mismo. —Pero al final me di cuenta de todo el mal que nos has causado Bruce. —
El mencionado gimoteo.
—No, no, no te echo la culpa de todo. — Se rió. —Es decir, yo no tuve que ir a buscar al Joker sin apoyo, Dick tuvo que rechazar ser adoptado por ti, Tim no debió buscarte y Damian nunca debió nacer. —
Miro la puerta de la habitación.
—Creo que en el fondo lo sabes, sabes que solo nos arruinas más de lo que nos salvas. — Suspira. —Y lo peor es que aún creemos que hay esperanza en ti. —
Jason mira directamente a los ojos de su padre adoptivo, sintiendo una lágrima traicionera bajar por su mejilla.
—Creíamos que lo harías mejor en esta ocasión, pero… bueno, ya veo que sigues poniendo tus enteres por sobre nosotros, tus hijos. —
Más lágrimas bajan lentamente por sus mejillas.
Y entonces recuerda que no era la primera vez que le daba este discurso.
No, la primera vez fue cuando Stephanie murió en su labor como Robin por culpa de una mala indicación de Batman.
—Ya nos dimos por vencidos contigo, Bruce, ya no nos podemos seguir haciendo daño…— Caminó por la habitación hasta llegar donde había dejado su chaqueta de cuero. —Legalmente, Tim puede pedir la custodia de Damian si algo le pasa al tutor que no pueda seguir con su rol. —
Extrae una pistola de uno de los bolsillos de su chaqueta.
Pero no es cualquier pistola.
Bruce atado la reconoce, es el arma con la que mataron a sus padres.
—Ya no permitiré que nos hagas daño Bruce. —
Lo apunta con el arma, mira directamente a los ojos de su padre.
Inhala.
Exhala.
Baja el seguro de la pistola.
Vuelve a inhalar y exhalar.
—No podemos simplemente alejarnos sabiendo que envejeces por ahí. —
Las lágrimas caen por sus ojos y lleva su dedo al gatillo.
N/A: Siento que la parte de Jason está bien corta, pero creo que ya es una que todos se saben.
Bueno, aquí les dejo algunas palabras en árabe que use para este One-shot.
Jida: abuela
La taqlaq ya hafidi, ’ant bi’amani: No te preocupes, nieto mío, estás a salvo.
Keffiyeh: Un pañuelo que se usa en la cabeza para protegerse del sol y la arena. Puede ser de varios colores y estampados, siendo los blancos y de cuadros rojos y blancos los más comunes.
Aibhath ean alkhayini, ’uriduh hyan: Encuentren al traidor, lo quiero vivo.
El Bruce:
