ALQUIMISTA AZUL [EDITADA]

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Summary

“Este segundo Spin Off pertenece a la saga DIVINE HUNT contiene temas sensibles que podrían no ser apropiados para todos los lectores. El contenido no representa las opiniones ni valores del autor y está destinado únicamente a fines narrativos.” SIPNOSIS Han pasado 19 años desde los eventos de “Érase una Mentira”. Romeo Candlewick Geppetto—ahora un joven hombre marcado por las sombras del pasado— recibe un inesperado mensaje de Jiminy que a ocultado por mucho tiempo. Con el corazón latiendo entre la duda y la esperanza, decide unirse a los Alquimistas de la Cruz, una organización que lucha por proteger un reino invadida por demonios sedientos de caos. Movido por la angustia y el amor inquebrantable hacia su mejor amigo. Romeo emprende una peligrosa aventura. Dónde debe detener a los llamados Alquimistas Azules y detener una guerra que estallo entre Francia y Gasherma tras la destrucción del Corazón Azul. ~•~•~• FECHA DE ESCRITURA: JUEVES 12 DE JUNIO 2025. FECHA DE FINALIZACIÓN: SABADO 5 DE JULIO 2025.

Genre
Fantasy
Author
F.A_Dhal
Status
Ongoing
Chapters
38
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO N: LA MELODÍA QUE GUARDO DE TÍ

Abre tu corazón de par en par,

y mira el cielo azul,

un nuevo amanecer

ya ha llegado.

Un nuevo amanecer...

ya ha llegado.

Alexander estaba en la estación de tren, esperando el próximo que lo llevara de regreso a su ciudad. El aire era pesado, cargado del humo de los motores y del murmullo incesante de los viajeros. Permanecer en la “ciudad de los Alquimistas”, que es un Sanatorio. Solo le traía angustia, culpa y tristeza. Cada rincón le recordaba algo que desearía olvidar.

El sonido estridente del tren interrumpió sus pensamientos. La bocina cortó el aire como un cuchillo. Alexander parpadeó, sacudido por la realidad, y se dio vuelta.

Ahí estaba Valdimir.

Jadeaba, como si hubiera corrido sin detenerse. El sudor le brillaba en la frente, y su mirada ardía con una mezcla de rabia y desesperación.

—¿Por qué te vas? —preguntó Valdimir, con la voz cargada de frustración—. ¿Qué hay de nuestros sueños?

Alexander desvió la mirada. Sus ojos, enrojecidos por noches de insomnio, se clavaron en el suelo.

—¿Nuestros sueños? —murmuró con tristeza—. Valdimir, lo que queríamos alcanzar solo traerá la extinción de la gente.

—¡No lo estás entendiendo, Alexander! —exclamó Valdimir, dando un paso al frente, casi temblando—. Estamos tan cerca de conseguirlo… Solo quédate un tiempo más.

—No puedo. Tengo que ver a mi esposa e hijo.

—¡¡¿Qué tienen ellos que no te pueda dar yo?!! Alexander, eres un viejo estúpido por darle la espalda a la persona que de verdad te conocía mejor que esa mujer. Somos hermanos… y podríamos haber llegado a ser algo más —dijo Valdimir, con tristeza, apretando los puños con rabia contenida.

Alexander apretó los labios, conteniendo las lágrimas y el nudo que se le formaba en la garganta. Si conocía bien a Valdimir, era porque siempre habían estado juntos, en las buenas y en las malas. Gracias a ese apoyo mutuo, habían alcanzado metas impensables. Pero había llegado el momento de poner fin a todo aquello.

Con voz rota, dijo:

—No digas eso, Valdimir… No pongas a mi familia en medio de esto. No es justo. No para ellos, ni para ti.

Valdimir dio otro paso, con el pecho agitado por la rabia y el dolor.

—¿Justo? ¡¿Crees que esto es justo para mí?! Me estás dejando solo. Con las manos manchadas de alquimia prohibida y un corazón vacío. Hicimos un juramento, Alexander… Dijiste que estarías hasta el final.

Alexander lo miró al fin. Sus ojos estaban húmedos, pero firmes.

—Y también dijimos que, si el precio era demasiado alto, sabríamos cuándo detenernos. Yo ya lo he pagado, Valdimir. Perdí cosas que tú ni siquiera sabes.

—¡Yo también perdí! —gritó Valdimir. Su voz resonó entre el murmullo apagado de la estación. Algunos pasajeros giraron a ver, pero él no se detuvo—. Te estoy perdiendo a ti… a la persona que tanto admiré y amé.

Alexander respiró hondo. Sentía como si cada palabra de Valdimir fuera una herida abierta.

—Yo nunca fui tu propósito, Valdimir. Lo que construimos… fue hermoso, sí. Pero también fue una locura disfrazada de grandeza. Y yo ya no quiero ser parte de esa locura.

—¡Entonces eres un cobarde! —escupió Valdimir, con los ojos empañados en lágrimas—. ¡Te vas como todos! Como el mundo que nos dio la espalda. ¿Y sabes qué? ¡Cuando todo esto termine y yo logre lo que tú no tuviste el valor de seguir… no quiero que vuelvas!

Sin más que decir, Valdimir se dio la vuelta y se alejó con paso furioso. Alexander lo observó marcharse hasta que desapareció entre la multitud.

Con el pecho pesado, subió al vagón y caminó lentamente hacia su asiento. Cada paso se sentía como un adiós.

La razón por la que partía no era cobardía ni abandono. Su esposa había enfermado por culpa de la extraña enfermedad azul… una enfermedad provocada por él mismo. Ella lo necesitaba. Su hijo también.

Apretó los labios y bajó la mirada, con un susurro que apenas rompió el silencio del tren en marcha.

—Lo siento mucho, Valdimir… —murmuró Alexander, triste, con el corazón dividido entre el deber, el amor y el pasado que acababa de dejar atrás.

Año 1887.

Romeo yacía acostado en una camilla. Se había desmayado después de haber jugado al fútbol con otros niños. Al despertar, giró la cabeza hacia un lado y vio a su tutora, Adelaida, y a Remy a su lado.

—Tranquilo, está todo bien —dijo Adelaida con voz serena.

—¿Qué te sucedió, Romeo? —preguntó Remy, angustiado.

Romeo se quedó en silencio. Le daba vergüenza confesar lo que sentía. Temía que se burlaran de él o lo criticaran, así que prefirió no responder. Una vez que estuvo estable, se levantó con lentitud y caminó hacia el salón de música. Necesitaba distraerse, perderse en las teclas del piano. Remy lo siguió con la mirada, preocupado.

Al llegar, Romeo se sentó frente al piano y comenzó a tocar. La melodía que surgió de sus dedos era triste y aterradora, como un grito atrapado en notas. Adelaida, que lo observaba desde la entrada, frunció el ceño con preocupación y le pidió a Remy que fuera a comprar dos paletas. Él obedeció, y ella se acercó para sentarse junto al muchacho.

—Dime, ¿Qué sucede? Solo estamos los dos —dijo Adelaida con una sonrisa suave, posando una mano reconfortante sobre su hombro.

Romeo la miró. Sus ojos estaban cargados de tristeza.

—Cuando estoy al lado de un chico y una chica… empiezo a sobrepensar. Soy hombre, y se supone que me deberían gustar las mujeres… pero también me gustan los hombres. Es raro, lo sé.

Adelaida no apartó la mirada. Su sonrisa se suavizó, pero no desapareció. El silencio que los envolvía fue apenas interrumpido por la última nota del piano, que se desvaneció en el aire como un suspiro olvidado. La melodía permanecía en la atmósfera, flotando con un eco de dolor.

—Romeo… —susurró ella, sin juzgarlo, sin apurarlo—. No es raro. Lo que sientes… es parte de ti.

El muchacho bajó la vista. Sus dedos temblaron ligeramente sobre las teclas gastadas. Un brillo se asomó en sus ojos, traicionando las emociones que había contenido por tanto tiempo.

—Tengo miedo de ser diferente —confesó con voz apenas audible—. De que algo esté mal en mí… Siempre me dijeron cómo debía sentir, cómo debía querer. Pero… no es así como funciona dentro de mí.

Adelaida lo escuchó con una paciencia maternal. Apretó un poco más su mano sobre su hombro, transmitiéndole una calidez silenciosa.

—No hay nada malo en ti, Romeo. Amar no es una fórmula. No se encierra en blanco o negro. Nadie tiene derecho a decirte a quién debes mirar con ternura. El corazón… el tuyo… es valiente por atreverse a sentir.

Romeo tragó saliva. El nudo en su garganta comenzó a deshacerse poco a poco. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió solo en su confusión.

—¿Y si los demás no lo entienden?

—Entonces tendrán que aprender —respondió Adelaida con firmeza, y una chispa decidida en la mirada—. Tú no estás aquí para encajar en sus moldes. Estás aquí para ser tú. Y créeme, Romeo… eso ya es más que suficiente.

En ese instante, la puerta del salón se abrió. Remy regresó jadeando, con dos paletas en las manos. Se detuvo al ver a ambos sentados frente al piano, y algo en el ambiente le dijo que había interrumpido un momento importante. Aun así, sonrió con esa despreocupación que aliviaba sin necesidad de palabras.

—¡De fresa o de mango! Tú eliges, Romeo —dijo, extendiéndole una.

Romeo lo observó… y por primera vez en días, esbozó una sonrisa, aunque fuera leve.

—De mango, por favor.

Y así, con la melodía aún vibrando en los rincones del salón, la confesión se disolvió en comprensión. No había respuestas definitivas, pero sí una certeza: no estaba solo.

Los tres se miraron y aprovecharon el momento para tocar música juntos. Remy tomó el violonchelo y Adelaida el violín. Los tres interpretaron una melodía suave y agradable, una que unió sus corazones como si fueran una familia. Ninguno deseaba que ese instante se desvaneciera.

Era de noche y Romeo se encontraba en su habitación, secándose el cabello tras haberse dado una ducha. Pasó al lado de su gato y acarició su cabeza; el animal ronroneó, mimoso. El chico estaba por ponerse el pijama cuando escuchó una voz que lo hizo estremecer.

—Jiminy, es hora. Hay que decirle lo que te dijo Leo —dijo Eugenio, el gato, con un tono serio y grave.

Romeo se giró, asustado, al ver que el gato había hablado. No tuvo tiempo de reaccionar cuando, en ese mismo instante, la lámpara de su habitación se transformó en una persona alta, de cabello castaño y ojos verdes. Vestía un traje color café y su expresión era cálida, pero firme.

—Sorpresa, Romeo. Soy Jiminy, tu voz interna… o como le llaman ustedes: conciencia.

El corazón de Romeo latía con fuerza. Estaba sin palabras. No comprendía lo que estaba sucediendo y una angustia sofocante le oprimía el pecho. Sentía que el mundo se le movía bajo los pies. Jiminy y Eugenio, viendo su confusión, se acercaron con cuidado y le pidieron que mantuviera la calma, que por favor no se desmayara.

—Estábamos esperando el momento en que crecieras para decirte todo lo que debes saber —explicó Jiminy, con tristeza en la voz—. Una cosa debes entender: tus padres nunca te abandonaron. Ellos te dejaron aquí porque era lo mejor para ti… No podían cuidarte mientras huían de la ley.

Hizo una pausa. Sus ojos se nublaron de melancolía.

—Ese día los vi. Llegaron para buscarte y cuando te vieron en brazo de Adelaida lloraron y te dejaron aquí para que tuvieras una vida mejor.

Romeo sintió que algo dentro de él se quebraba. Una parte de su alma que siempre había estado vacía, ahora se llenaba de confusión.

—¿Entonces mis padres…? ¿Quiénes son mis padres? —preguntó con la voz temblorosa, preocupado, con un nudo formándosele en la garganta.

Jiminy tomó asiento en la cama, con el rostro sombrío.

—Pinocho Lampwick Carlo Geppetto y Pinocho Giuseppe Geppetto —dijo en un susurro—. Ellos son tus padres.

El silencio se apoderó de la habitación. Al otro lado de la puerta, Remy escuchaba con atención, conteniendo la respiración.

—¿Cómo puedo buscarlos? —preguntó Romeo entre lágrimas, aferrándose a la esperanza de volver a verlos.

—No lo harás —respondió Jiminy, con seriedad en la mirada—. Tú tienes otra misión, Romeo. Debes reunir los fragmentos del Corazón Azul… ese que cuelga de tu cuello. Cuando lo logres, podrás poner fin a la guerra que se ha desatado en el mundo por culpa de los llamados Alquimistas Azules.

El nombre resonó como un trueno en la mente de Remy. Su pecho se tensó al instante.

<<No lo aceptes, Romeo>>, pensó con angustia, apretando los dientes.

Su padre forma parte de esa organización. No podía permitir que Romeo se metiera en algo así.

—Si detengo a esas personas… ¿podré reunirme con mis padres? —preguntó Romeo, con una chispa de esperanza brillando en sus ojos enrojecidos. Por fin… por fin podría conocerlos.

—Así es, Romeo —dijo Eugenio desde detrás de él, con un tono firme pero comprensivo.

El chico tragó saliva. Se limpió el rostro y respiró hondo. Su corazón ardía con determinación.

—Entonces lo haré. Me uniré a los Alquimistas de la Cruz para investigar el paradero de esos Alquimistas Azules… y detenerlos.

Pero pronto fue interrumpido por Remy.

—No me digas que te unirás a ellos… Por favor, Romeo. No lo hagas.

—Remy… Lo siento mucho, pero yo tengo que hacerlo. Tengo que reunirme con ellos.

—¡Bien! Entonces… ¡¡ya no me busques!! ¡¡Ya no quiero ser tu hermano ni tu amigo!! —exclamó Remy entre lágrimas.

Se marchó corriendo, con el rostro hundido en dolor, dejando un silencio amargo detrás. Romeo corrió para detenerlo, cuando salieron del edificio el mayor lo siguió.

—¿Por qué te comportas así, Remy? —preguntó con preocupación, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Solo quiero encontrar a mis padres!

Remy estaba temblando. Su rostro reflejaba una mezcla de rabia, miedo y tristeza.

—Porque los Alquimistas Azules son unos desgraciados, Romeo. ¡Y no quiero que salgas lastimado! —gritó, con los puños cerrados—. Pero ya tomaste una decisión… Ya no hay vuelta atrás.

Lo miró con ojos vidriosos, llenos de dolor.

—Y es por eso que… ya no quiero ser tu hermano. Ni tu amigo.

Romeo sintió como si le hubieran arrancado el alma del cuerpo. El silencio que siguió fue tan denso que dolía respirar. Se quedó quieto, sin palabras, mientras Remy se alejaba corriendo, tragándose el llanto.

—Remy… —susurró Romeo, al borde del colapso—. Yo solo quería… hacer lo correcto.

—Ya no sé nada de él… pero me hubiera gustado preguntarle: ¿por qué no quería que me uniera a los Alquimistas de la Cruz, Remy? —dice Romeo, con diecinueve años, la voz cargada de tristeza.

El restaurante está tranquilo a esa hora de la tarde. Romeo acaba de contar su historia a la mesera, quien lo observa en silencio, con una mezcla de curiosidad y compasión. Él saca un medallón de su bolsillo y lo abre con cuidado, como si temiera que el tiempo lo haya borrado por dentro.

En su interior, una pequeña imagen permanece intacta: él, Adelaida y Remy, tocando sus instrumentos, sonriendo como una familia improvisada, como si en ese momento nada pudiera romperlos. La luz tenue del lugar se refleja sobre la superficie del medallón, dándole un brillo nostálgico.

Romeo respira hondo. Sus ojos se detienen en el rostro de Remy. Una punzada de dolor le atraviesa el pecho. Cuánto daría por volver a ese instante, aunque solo fuera por un minuto.

Cierra el medallón con delicadeza y se lo guarda en el bolsillo, como si al hacerlo se llevara consigo un pedazo de ese pasado que ya no puede alcanzar.

—Gracias por escucharme —dice, con una sonrisa débil, levantándose del asiento.

La mesera asiente en silencio, conmovida. Él se despide con una leve inclinación de cabeza y sale del restaurante, dejando tras de sí el eco de su historia.

El aire afuera es más frío de lo que recordaba. Romeo se ajusta la chaqueta y camina con paso firme hacia su trabajo como alquimista. Aunque el corazón le pese y la memoria le arda, tiene un propósito. Y esa certeza, por ahora, es lo único que lo mantiene en pie.