Relatos del Limonero

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Summary

Varias historias llenas de infinitos horrores rodea a un limonero. Relatos ambientados en distintas épocas, situaciones y atormentando a diferentes almas. ¿Qué oculta entre sus raíces?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La muerte de Braulio

Cuando Clara supo de la muerte del tío Braulio, no dudó ni un segundo en subir a la primera flota rumbo al pueblito de sus abuelos. Braulio era el más amado. Con un buen trabajo y una linda familia. Apenas tenía setenta años cuando se quitó la vida cortándose las venas. Clara recuerda que no había primos, sobrinos, hijos o hermanos que no se pelearan por el codiciado puesto al lado del tío Braulio a la hora del almuerzo.

Todos estaban allí en el velorio; era una multitud que rodeaba a familiares y amigos; quizás la única vez que Clara los vio a todos en el mismo lugar. Ni con la muerte del bisabuelo fue así. Tantos rostros nuevos y viejos abrumaron a la chica, quien estaba haciendo una larga fila para presentar sus respetos al difunto... Sus propios pensamientos apenas si se podían escuchar en ese mar de sollozos, saludos, gritos de lamento y chismes. A su alrededor, los dolientes expresaban la pérdida de diversas maneras. Clara, apenada, ve a su tía Tania; la mujer, con los ojos hinchados y la voz quebrada, murmuraba oraciones mientras acariciaba el marco de una foto de Braulio. Los primos más chicos, que siempre habían visto a Braulio como un héroe y probablemente el hombre más sabio de todos, se abrazaban entre ellos, sollozando sin consuelo. Los vecinos, que habían compartido tantas historias y risas con él, se mantenían en silencio. Su madre pasa primero con la mirada perdida y lágrimas rodando por sus mejillas.

Para Clara, era un caso típico. Nadie habla de eso en voz alta y menos cuando se pide ayuda; es normal en la cultura local no tomarlo en serio; al contrario, prefieren echar en cara que otros lo tienen peor y el infame “pues no estés triste, mejor coge oficio, eso se quita trabajando”. Clara contenía sus emociones, atándolas con fuerza en su pecho, pero fue ver a Braulio allí, tan dormido, o al menos eso parecía, acostado en el féretro. Pálido, muy pálido, serio; por no decir triste, quizás fue para muchos la primera vez que lo vieron poner esa cara. Y ella colapsó.

Quebrándose como una jarra, se derraman sentimientos desbordados en amargas lágrimas que caían encima del traje de Braulio. Se aferró al cajón sin poder creerlo. El hombre que la vio crecer, que fue lo más cercano a un padre a falta de uno presente, ya no estaba y nadie supo cómo o cuándo poder hacer algo para evitar su partida.

En medio del violento llanto entre ataques de hipo, Clara llora como una niña pequeña mientras su primo la toma del brazo llevándola afuera de la funeraria a tomar aire fresco. Ella no pudo parar el río de lágrimas que arruinaron su maquillaje. Afuera en el andén no logró calmar su dolor, pero al menos le daba un respiro ante el bochorno de la sofocante atmósfera cargada de flores. Clara se sentó en el suelo a la salida de la funeraria, volviéndose a ver a uno de sus tíos mayores que fumaba bastante enojado. Se vieron un instante buscando respuestas que no llegaban, mientras su primo la abrazaba, compartiendo su tristeza en un silencio palpable. Clara, bastante consternada, no pudo tolerar ni cinco minutos del funeral. Fue una ceremonia ruidosa desde la iglesia hasta el panteón, con un enorme grupo de música y gente repartiendo guaro y cerveza, peor que las ferias y fiestas del pueblo. Ella se apartó mientras su mamá le explicaba que Braulio así lo había pedido muchas veces, que cuando él se fuera todos bebieran y comieran en su nombre, porque nunca le gustó ver llorar a otros.

Ya entrada la tarde, se reunieron en la viejísima casa de los abuelos, buscando consuelo en la compañía mutua, a excepción de los más apartados, en su mayoría familia política, quienes se fueron apenas el cajón se cubrió de tierra. Pero la noche avanzaba y, en un rincón del patio, ya habían prendido el asador. La carne y las mazorcas estaban en su punto entre las brasas. Parecía más un año nuevo que la muerte de Braulio por cómo los adultos sentados en sillas de plástico compartían la comida. Los primos decidieron encender una pequeña hoguera para combatir el frío en la cerca junto a la finca que hace cincuenta años fue un solo terreno, pero ahora dividido en tres, solo pueden ver a lo lejos la casona original con las luces apagadas. El fuego crepitaba mientras ellos se sentaban en círculo, compartiendo cigarrillos y botellas de licor. Al principio, las risas agridulces llenaban el aire mientras recordaban las anécdotas más divertidas de la familia; se ponían al día con los chismes y rememoraron las travesuras de la infancia. Recitaron las historias que el tío Braulio solía contarles; cada una traía consigo una mezcla de risas y lágrimas. Para Clara, ese sí era un homenaje a la memoria de Braulio.

A medida que la noche avanzaba y el licor hacía efecto, la conversación tomó un giro más sombrío. Rodrigo, el hijo de Braulio, con una sonrisa traviesa, sugirió que contaran historias de miedo. El patio de la casa de los abuelos era un lugar lleno de historia y recuerdos de más generaciones de las que alguien puede contar. Bajo la luz tenue de la luna, las sombras de los árboles se alargaban y se movían con el viento, creando un ambiente casi onírico. El limonero, con sus ramas gruesas y retorcidas, se erguía en el centro del patio como un guardián silencioso de los secretos de la familia. Todos sabían que el limonero bajo el cual Braulio había sido encontrado tiene bastante historia; ni siquiera es el limonero original que había plantado el ancestro más antiguo, que solo la difunta bisabuela debe recordar el nombre. Los troncos de los antecesores del limonero estaban allí, secos, rodeados de piedras; la idea de hablar de ello en la oscuridad de la noche les provocaba un escalofrío.

—Dicen que ese limonero está maldito —comenzó uno de los primos mayores—. La bruja los mantiene vivos, pero cuando muere uno, deben sembrarle otro.

—Y no es solo eso —añadió una tía algo borracha sentándose con ellos—. Mi madre me contó que, cuando era niña, la bruja que camina por los tejados se acomodaba en el árbol, como un pájaro grande y pesado.

—Mi hermano me dijo lo mismo —asiente la tía Leonora con voz cansada, pasando lento para tomar un cigarrillo; era tan vieja que apenas si puede sostener el encendedor que le ofrece Clara—. Disque salió al patio y vio a la bruja y esta le dio una pela espantosa porque estaba tomado —apenas si toma una calada viendo a los ojos a la chica—. Nadie más la vio, pero Juanchito juraba que era real, pero no la vio como un pájaro, sino algo similar.

Las llamas del fuego parpadeaban, proyectando sombras danzantes en la cerca, las plantas y en los rostros de los dolientes, que se sentaban en círculo alrededor del calor. Los primos se miraron entre sí, algunos con incredulidad y otros con miedo genuino. Clara, aun con los ojos hinchados por el llanto, escuchaba atentamente, sintiendo un nudo en el estómago. Ella recordaba cuando de niña su madre le tenía prohibido ir al patio o al baño antiguo, y que este fuera en el último rincón de la casa, típico de tierra caliente. Decía que no comiera nada del limonero que tenía hormigas, pero nunca tuvo la gentileza de explicarle por qué.

Las historias continuaron, cada una más aterradora que la anterior; en ese punto Clara estaba empezando a conectarlas, así que aun con las risas de más de uno, ella corrió por un cuaderno viejo y un lápiz a anotarlas. Más familiares y parientes pasaron a la conversación y narraron de sombras que se movían solas, de susurros en la oscuridad, los infames ruidos en el techo, algo acechando en el patio y de apariciones que habían asustado a más de uno en la familia. El ambiente se volvió tenso, y el fuego parecía parpadear con cada relato, como si también estuviera escuchando. Clara no podía evitar mirar hacia el árbol, imaginando las historias que había escuchado y sintiendo una presencia inquietante, como si Braulio solo los hubiera traído allí para hablar del verdadero invitado estrella de la noche de luto.