Prólogo
En Amethy, las noches siempre eran muy oscuras. Las pocas casas que tenían luces lo lograban por dos razones: o eran lo suficientemente ricas para pagarlo, o podían permitirse comprar velas.
En mi caso, mi familia siempre fue muy pobre. Incluso una vela medio consumida era un lujo que no podíamos darnos.
Mi mamá trabajaba horas extra todos los días. Que era pagadas con solo cinco cupros al día, si los administraba bien, podía darnos una comida decente a la semana. Mi papá, en cambio, nunca trabajó. Pasaba el día quejándose de que esa no era la vida que merecía, mientras se perdía en el alcohol. A veces no comíamos para que él pudiera darse ese "lujo".
Mi mamá solía decir que, si teníamos amor, nada nos faltaría. Pero, a mi corta edad de seis años, podía ver que para mi papá el amor no era suficiente. Yo me repetía esas palabras todas las noches, intentando pensar en otra cosa que no fuera el hambre que sentía.
Cuando no estaba escuchando los sermones de mi papá sobre por qué él no merecía esa vida, me gustaba asomarme por la pequeña y única ventana que teníamos en casa. Amethy no era un reino seguro. Por eso, entre menos ventanas tuviéramos, mejor.
Su nombre se debía a que, con el paso de los años, la población de Amethy había crecido tanto que empezaron a construir edificios unos sobre otros, hasta darle la apariencia de una enorme geoda de amatista. Allí vivía gente de todos los reinos: desde los vigilantes del cielo hasta miembros de la élite que habían sido rechazados por los suyos.
Mi papá solía decir que pertenecía a los segundos, aunque sus padres -mis abuelos- habían vivido aquí por generaciones. La infelicidad por su vida, o tal vez sus ganas de salir adelante, lo llevaron a caer en las apuestas y el alcohol. Era normal que, al menos dos veces por semana, tocaran a la puerta de nuestra casa y, a gritos, exigieran que se les pagara lo que él debía.
Yo solía taparme los oídos e imaginar que estaba en otro lugar: jugando con amigos que no existían o teniendo unas vacaciones familiares como las que había visto en una revista que mi mamá me trajo de su trabajo un día.
-¿A dónde te gustaría ir? -me preguntó mi papá una vez, cuando fantaseábamos con tener una vida así.
-Quiero conocer la playa. Ahí vive la princesa Nixie -respondí con emoción.
A pesar de que Amethy era un reino rezagado, a veces la realeza visitaba nuestras tierras para dar discursos sobre cómo los siete reinos prosperaban alegremente. En una de esas ocasiones, mi mamá me llevó a escuchar a los reyes de Atlmizu. Con ellos iba una niña, apenas dos años mayor que yo: la princesa Nixie.
Era hermosa. Su piel parecía estar húmeda como la de todos los habitantes de su reino, sus ojos eran de un azul claro como el azul mas claro que tenia entre mis colores y su cabello, negro y largo, le llegaba hasta la cintura. Vestía un vestido blanco lleno de volantes y perlas. Me pregunté si algún día yo podría usar uno igual -ilusa-
-La playa no es tan buena como crees -dijo mi papá-. Hay tiburones, y te comerían sin dudarlo.
Comencé a reírme, y él me hizo un ademán para que me acercara. Sacó de su pantalón una vieja foto donde se veía un imponente castillo con muchas torres blancas erguido sobre una montaña.
-Algún día iremos a Asvald y viviremos ahí -me dijo.
-¿Y voy a ser una princesa? -pregunté, llena de ilusión.
Él sonrió y me acercó a su pecho.
-Podrías ser hasta una reina cuando estemos ahí.
Aún recuerdo la emoción que sentí.
-Entonces mamá y yo nos vestiremos con vestidos con muchos volantes y también con muchas joyas -sonreí.
Él se rió y me acarició la mejilla.
-Te pareces mucho a mí, Alea. Más de lo que me gustaría.
Esa fue la última vez que hablé con mi papá.