Lo Que Trae La nieve

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Summary

En una noche helada, un joven solitario recoge a una misteriosa mujer que pide ayuda. Dice llamarse Nila, y desde que sube al coche, algo cambia. Las sombras parecen más densas, el aire más pesado, y los pensamientos del joven comienzan a confundirse con los de ella. Con cada kilómetro, la línea entre el deseo y el miedo se borra. Nila lo guía hacia un destino que huele a nieve, sangre y silencio. ¿Quién es realmente Nila? ¿Una mujer perdida... o algo que nunca fue humano? ¿Qué busca de él? ¿Amor, venganza... o su alma? Y, sobre todo... ¿qué queda de un hombre cuando la oscuridad decide acompañarlo a casa?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Antes De La Nieve

No sé cómo explicarlo, ni siquiera ahora. No sé decir por qué hice aquellas cosas. No supe decirlo en el juicio, tampoco. Y aquí hay mucha gente que se interesa por ello. Hay un psiquiatra. Pero yo guardo silencio. Mis labios están sellados. Excepto aquí, en mi celda. Aquí no guardo silencio. Me despierto dando gritos.

En el sueño la veo andando hacia mí. Viste una túnica blanca, casi transparente, y su expresión es de deseo y triunfo combinados. Llega hasta mí cruzando una oscura habitación con suelo de piedra y yo huelo a secas rosas de octubre.

Sus brazos están abiertos y yo voy hacia ella con los míos extendidos para abrazarla.

Siento pavor, repugnancia..., e indecible nostalgia. Pavor y repugnancia porque sé qué clase de lugar es éste, y nostalgia porque amo a esa mujer. Siempre la amaré.

A veces deseo que la pena de muerte existiera todavía. Un corto paseo por un oscuro corredor, una silla de recto respaldo provista de un casco de acero, grapas..., luego una rápida sacudida y estaña con ella.

Conforme nos aproximamos en el sueño, mi temor aumenta, pero me es imposible alejarme de ella. Mis manos aprietan el liso plano de su espalda, su piel cercana bajo la seda. Ella sonríe con esos hondos, negros ojos. Su cabeza se inclina hacia la mía y los labios se separan, preparados para el beso.

Ahí es cuando ella cambia, se arruga. Su cabello se vuelve áspero y enmarañado, pasa de negro a un horrible tono pardo que se derrama por la cremosa blancura de sus mejillas. Los ojos menguan y se convierten en cuentas. El blanco de los ojos desaparece y ella me mira con ojos tan minúsculos como dos pulidos fragmentos de azabache. La boca se transforma en unas fauces en las que sobresalen torcidos dientes amarillentos.

Trato de chillar, intento despertarme.

No puedo. Estoy atrapado de nuevo. Siempre estaré atrapado. Estoy apresado por una inmensa y fétida rata de cementerio. Las luces oscilan ante mis ojos. Rosas de octubre. En alguna parte una campana toca a muerto.

–Mío –musita este ser–. Mío, mío, mío.

El olor a rosas es su aliento mientras se abalanza sobre mí, flores muertas en un osario. Entonces grito, y despierto.

Creer que lo que hicimos juntos me ha vuelto loco. Pero mi mente sigue funcionando de un modo u otro, y jamás he desistido de buscar las respuestas. Sigo deseando saber cómo fue todo..., y qué fue...

Me permiten tener papel y una pluma con punta de fieltro. Y voy a poner todo por escrito. Responderé todas las preguntas y quizás al hacer eso pueda encontrar la respuesta a otras dudas personales. Y cuando haya terminado, hay otra cosa. Algo que no me permitieron tener. Algo que cogí. Está ahí, debajo del colchón, un cuchillo del comedor de la cárcel.

Debo empezar hablándoles de Cartago.

Mientras escribo es de noche, una magnífica noche de agosto perforada por relumbrantes estrellas. Las veo a través de la reja de mi ventana, que da al patio de ejercicios y permite ver un trozo de cielo que puedo tapar con los dos dedos. Hace calor, y estoy desnudo si se exceptúan los calzoncillos. Oigo el suave ruido veraniego de ranas y grillos. Pero no puedo recuperar el invierno simplemente cerrando los ojos. El amargo frío de aquella noche, la desolación, las duras e insociables luces de una ciudad que no era la mía. Era el catorce de febrero. Fíjense, recuerdo todos los detalles.

Miren mis brazos..., cubiertos de sudor, con carne de gallina.

Cartago....