Para que Deje de Importarte
Hipo ya no podía soportarlo. Desde aquel maldito día en el bosque, cuando el Ala Cambiante lo dejó hipnotizado y terminó agarrando a Brutacio del chaleco para plantarle un beso, no podía mirarlo igual. La imagen volvía una y otra vez: su boca contra la de él, el calor inesperado, la confusión... y lo peor era que Brutacio ni siquiera parecía recordarlo.
Por eso empezó a esquivarlo. Se quedaba más horas en la herrería, daba rodeos para no cruzarse en la plaza, buscaba entrenar en horarios distintos. Pero Brutacio, con su cabeza dura, no iba a dejarlo escapar.
—Eh, Hipo —la voz sonó detrás de él, mientras golpeaba una pieza de metal al rojo vivo—. ¿Por qué me evitas?
Hipo apretó los dientes.
—No te evito.
—Claro que sí. Es por el beso, ¿verdad? —Brutacio sonrió como si estuviera hablando del clima.
Hipo tragó saliva.
—No es por eso...
—Entonces si me evitas.
—¿Qué?
—Si tanto te molesta, lo repetimos hasta que deje de molestarte.
No le dio tiempo a reaccionar. Brutacio lo empujó contra la mesa de trabajo, le agarró de la camisa y lo besó con fuerza. No había trance, ni magia, ni excusas; esta vez era intención pura. La lengua de Brutacio se abrió paso sin pedir permiso, y la mano en su nuca lo mantuvo fijo. Hipo intentó empujarlo, pero el calor que subió por su cuerpo lo dejó flojo, jadeando contra su boca.
—Ya ves, jefe... no pasa nada —susurró Brutacio, con el aliento caliente contra sus labios—. Aunque creo que todavía estás tenso.
Sus manos bajaron por la cintura de Hipo y, sin más, le desabrochó el cinturón.
—¡Brutacio! —Hipo intentó apartarlo, pero él ya estaba empujando el pantalón hacia abajo, rozando con los nudillos la piel sensible.
—Relájate... —Brutacio le dio otro beso, más profundo, mientras su mano se cerraba en torno a él y empezaba a moverla lentamente—. Esto es solo para que dejes de pensar tanto.
Hipo soltó un gemido ahogado, sus manos aferrándose a los hombros anchos de Brutacio. Cada movimiento era descarado, seguro, como si estuviera reclamando un trozo de territorio.
—Mira que eres fácil de poner rojo... —Brutacio sonrió, inclinándose para morderle el cuello.
—Esto... no es... —Hipo intentó hablar, pero un jadeo le cortó la frase cuando Brutacio aceleró el ritmo.
—Shh... —dijo Brutacio contra su piel, bajando más hasta arrodillarse—. Vamos a hacerlo bien, para que ni te acuerdes del primer beso.
El calor y la humedad de su boca lo envolvieron de golpe. Hipo tuvo que morderse el labio para no soltar un gemido demasiado alto. Brutacio no tenía prisa, disfrutaba provocando cada reacción, mirándolo de reojo con esa maldita sonrisa de victoria.
Brutacio tragó cuando sintió que Hipo empezó a temblar, luego se incorporó, lo empujó de espaldas sobre la mesa y se colocó entre sus piernas sin pedir permiso. Las manos firmes en sus caderas lo inmovilizaron.
—Vas a agradecerme después —dijo, y en un solo movimiento lo llenó.
Hipo soltó un grito ahogado, aferrándose a la madera. Brutacio se movía con fuerza, cada embestida haciéndolo perder el aire, robándole cualquier pensamiento coherente. El sonido de piel contra piel se mezclaba con sus respiraciones pesadas.
—¿Y... se te hace normal hacer esto conmigo? —logró preguntar Hipo entre jadeos.
Brutacio soltó una carcajada, sin dejar de moverse.
—Claro. Siempre lo hago con mis primos.
—¡¿Qué?!
—¿Qué? —dijo, encogiéndose de hombros mientras aumentaba el ritmo—. Es familia. Tú deberías dar gracias que no te adopté como primo... porque entonces tu interior ya estaría moldeado a mi forma.
Hipo dejó escapar un gemido roto, sin saber si quería empujar a aquel bruto o jalarlo más cerca.
El final llegó rápido, inevitable, dejándolo temblando y con el calor de Brutacio aun dentro suyo. Este se apartó apenas lo suficiente para mirarlo con una sonrisa torcida.
—Listo. Ahora dime si todavía te incomoda verme.
Hipo cerró los ojos, jadeando.
—Creo... que acabas de darme otro problema.
Brutacio sonrió, dándole un último beso mordido en los labios.
—Perfecto. Así me aseguro de que no me evites nunca más.