Capítulo 1
El cielo está gris y parece que en cualquier momento va a caer un chaparrón. No me molesta. De hecho, prefiero los días así. Menos gente en la calle, menos miradas curiosas. Menos preguntas que no quiero responder. Parece extraño, pero los días de tormenta son un sinónimo de cómo me encuentro a diario, soy un volcán activo que nunca sabe cuando va a entrar en erupción.
Me desperezo rápido, dejo de mirar por el gran ventanal de mi habitación y decido darme una ducha rápida que me ayude a terminar de despertarme, cuando termino me dirijo al armario, tengo muchísima ropa, me gusta ir de compras, aunque Yarea lo odie, pero siempre acabo poniéndome lo mismo, un crop top, una sudadera ancha y unos pantalones cortos. Vivo a cinco minutos de la playa, es un barrio tranquilo, hace una semana que comenzó el verano, pero todavía refresca en las primeras horas de la mañana. Necesito mi dosis de cafeína diaria, pero no me apetece estar encerrada en casa. Parece mentira, mi casa es mi lugar seguro, mi templo, pero a veces me siento absorbida entre estas cuatro paredes, aunque creo que eso es más bien un problema mío y no del entorno, tiene que ver muchas veces con cómo me siento, como si me sintiera parte de todo y de nada a la vez, supongo que lo que no me gusta es quedarme sola, en silencio para así no tener que pensar en todos los problemas que me rodean, por eso mismo decido bajar a desayunar a la cafetería de la esquina.
Es una cafetería pequeña de barrio, tiene ese toque familiar y cálido que desprenden los negocios que llevan una infinidad abiertos y sin duda alguna lo que más me gusta es que siempre está medio vacía a estas horas de la mañana. Huele a café recién hecho y a bizcocho. Me siento en una mesa pegada a la ventana, pido un café con leche y saco mi libreta de dibujo, nunca salgo sin ella, es cómo una extremidad adherida a mí. Siempre dibujo cuando estoy nerviosa. Es como soltar un poco todo lo que llevo dentro sin tener que explicárselo a nadie.
Empiezo a mover el lápiz por el papel y mi cabeza se va a cualquier lado menos aquí. Últimamente me siento... no sé. Como en pausa. Como si la vida de los demás avanzara y yo me hubiera quedado atascada en un semáforo en rojo eterno. Y encima está lo de siempre: la rutina, las miradas incómodas cuando alguien ve mis cicatrices. Cicatrices que me recuerdan a diario por todo lo que he tenido que pasar y aún sigo luchando. Esas miradas que no son de asco, pero tampoco de normalidad. Como si no supieran si preguntar o no. Preguntas que no quiero responder y menos a cualquier desconocido que sólo busque satisfacer su curiosidad. Hace unos años tuve un accidente de tráfico que marcó un antes y después en mi vida, accidente que pude haber evitado si no fuera una gilipollas de manual, pero eso es otra historia, historia que no quiero recordar en este momento...Me tuvieron que intervenir quirúrgicamente de varios traumatismos. Heridas curadas que ahora sólamente son visibles por las diversas cicatrices que porto en mi cuerpo, pero que siguen aún muy abiertas en mi alma, incapaces de sanar. Por si no fuera poco, a causa del accidente, también sufro dolor crónico que limita mi día a día, dolor con el que he tenido que aprender a vivir, prácticamente volví a nacer después del accidente para comenzar una nueva vida llena de limitaciones, caos y dolor.
Me termino de beber el café. Está un poco frío ya, pero me da igual. Miro el reloj. Pronto tengo que ir a la playa, Iván me está esperando. Bueno, en realidad está surfeando con un amigo y me ha dicho que luego me veía allí.
Cierro la libreta, me despido de los dueños de la cafetería, pago y salgo.
Fuera sigue nublado, pero el viento ha bajado un poco. Respiro hondo, antes de dirigirme a donde he quedado con Iván voy en busca de mi tesoro más preciado, mi moto morada -la joyita que me regalaron Yarea y Airon para que pudiera moverme sin matarme de cansancio- subo en ella y arranco. Me encanta esta moto. Es pequeñita, fácil de manejar y, sobre todo, me da la libertad que mis piernas ya no pueden darme del todo. Sí, puedo caminar, pero no mucho. Me agoto enseguida, y a veces los dolores en la cadera son una mierda. Así que, gracias a ellos, no dependo de nadie para ir a donde me da la gana.
Llego al paseo marítimo y aparco cerca de la arena. Me bajo despacio, siempre calculando para no forzar la pierna mala, no quiero tener que sufrir una crisis de dolor, ya es suficiente con el que tengo que aguantar a diario. El mar me calma, siempre lo ha hecho, aunque por dentro siga con ese nudo que nunca termina de deshacerse. Siempre me ha parecido un reflejo del alma, un elemento que se puede percibir tranquilo, tempestuoso e impredecible igual que mi estado emocional, pero a pesar de todo es un lugar que te ofrece la posibilidad de descubrir nuevos horizontes y en ese punto me encontraba yo, la Nira insegura, con miedo a todo, intentaba día a día descubrirse, conocerse, ponerse a prueba, en fin transformarse, buscar nuevos horizontes como el mar.
Desde lejos ví a Iván. Está descalzo, con el pelo mojado, un bañador negro que le queda demasiado bien -y sí, lo admito, Iván está bueno, bueno no, buenísimo- y la tabla de surf apoyada en la arena. Iván era de ese tipo de chicos que llamaba la atención, tenía un cuerpo tonificado gracias a su deporte favorito, el surf, era alto -quiero aclarar que cualquier ser era más alto que yo, medía 1.58, era una minion en toda regla-- piel canela, el pelo ondulado castaño oscuro le caía por la frente, mandíbula cuadrada y pómulos prominentes con unos ojos castaños que cautivaban a cualquiera. A su lado se encontraba otro chico que no conocía. Lleva una chaqueta roja, el pelo oscuro revuelto por el viento y, además de su tabla, carga una guitarra, ¿pero, qué cojones? Surf y música. Me hace gracia, pero no le doy más importancia.
Iván me ve y se acerca con esa sonrisa suya tan despreocupada, capaz de destruir la cordura de cualquiera.
—Perdón por la espera, se me fue el tiempo en el agua -dice, dándome un beso rápido en la mejilla.
—Tranquilo, no pasa nada -respondo, sin más.
Mientras Iván camina hacia mí, el otro chico simplemente sigue su camino con la guitarra al hombro. Ni lo miro dos veces. Es solo un instante e Iván tampoco tiene intención de presentarme a su amigo.
Iván y yo empezamos a caminar por la orilla. Él siempre tiene algo que decir. Hoy me suelta lo de las olas, lo bien que estaba el agua, lo mucho que echaba de menos surfear. Yo lo escucho, pero estoy medio ida. Iván es de esos que llenan todos los silencios, como si no soportara que hubiera un hueco sin palabras. Yo no siempre sé qué contestar, y supongo que a él le da igual.
Nos sentamos en la arena. Por un momento todo está tranquilo. Intento centrarme en el mar, en el sonido de las olas. Iván se tumba boca arriba, con esa pinta de no tener nunca preocupaciones.
—¿Sabes? Te vendría bien probar a surfear algún día. Te despejaría todas las mierdas que se te pasan por la cabeza -dice, jugando con la arena.
—No creo que sea lo mío -contesto.
—Bah, nunca sabes hasta que lo intentas. Además, si te cansas, te quedas en la orilla y ya está.
Claro, como si todo fuera tan fácil. Iván es así. Ligero. Sin complicaciones. Yo soy todo lo contrario: un puto caos, una bomba apunto de explotar.
—¿Vamos a tomar algo? -propone de repente.
—Vale, estoy seca, empieza a hacer calor-respondo.
Caminamos hasta un chiringuito. Él habla de sus amigos, de cómo últimamente está pasando más tiempo con Kevin, supongo que se refería al chico de antes, al de la tabla de surf y la guitarra. Apenas menciona su nombre, como si fuera un detalle cualquiera. Yo asiento, sin darle importancia. Nos sentamos en una mesa de madera. Pido otro café, pero está vez con hielo y él una cerveza. Mientras esperamos a que la camarera nos sirva lo que hemos pedido, Iván revisa el móvil. Yo miro alrededor. Hay una pareja en la mesa de al lado que no para de reírse. Risas reales, de esas que te sacuden el cuerpo. Y yo me pregunto cuándo fue la última vez que me reí así, sin pensar en nada más.
—¿En qué piensas? -me pregunta Iván, dejando el móvil a un lado.
—En nada... -miento.
Él sonríe y cambia de tema, contándome una anécdota de anoche con sus amigos. Yo lo escucho a medias. Y en mi cabeza se cuela ese pensamiento incómodo que tanto se repite últimamente: ¿estamos aquí porque quiero, o porque no sé estar sola?
Cuando terminamos, me acompaña hasta la moto. Me da un beso suave y me dice que me escribirá luego. Yo asiento y me pongo el casco.
Conduzco de vuelta a casa sin prisa. El viento me da en la cara y siento un alivio raro, como un respiro. Aparco, subo despacio las escaleras y abro la puerta de mi piso. Es pequeño, pero acogedor. Y silencioso. Demasiado silencioso. Dejo las llaves en la mesita, me quito los zapatos y me tiro en el sofá.
Saco el móvil. Mensaje de Iván: "Avísame cuando llegues. Me ha gustado verte".
Respondo: "Ya estoy en casa, gracias por preocuparte por mi y la quedada, nos vemos"
Dejo el móvil boca abajo, no quiero seguir con la conversación, no me gusta hablar por el teléfono móvil, ni por WhatsApp ni por llamada, simplemente no lo soporto, me da ansiedad, muchas veces me he replanteado mandar a la mierda el dispositivo, pero no puedo por varias razones, vivo lejos de mi casa y mi madre me mataría si no tiene un lugar por dónde contactarme y saber que sigo viva, muchos de los diseños que realizo intento venderlos de manera online y el móvil me mantiene en alerta de las ventas realizadas y por último, aunque de manera espontánea también necesito mantenerme comunicada con mis amigos.
Miro mis cicatrices. Las de la cadera y el muslo. Paso los dedos por encima. A veces las odio. A veces me parecen casi bonitas. Pero siempre me recuerdan todo lo que he pasado. Todo lo que todavía cargo. Pongo música suave, una playlist cualquiera de Spotify de fondo para que no parezca que el silencio me come. Enciendo una vela de vainilla y preparo un café, sí, mi tercer café del día, si se enterara Yarea y mi madre, ya estarían poniendo pegas. Mientras espero, miro por la ventana. El cielo sigue gris. Se está poniendo más oscuro, seguro que pronto lloverá.
Me siento en la mesa con la libreta abierta. Intento dibujar, pero solo me salen garabatos. Termino cerrándola. Pienso en lo de hoy, en Iván, en cómo me siento con él... o en cómo no me siento. Es cómodo, sí. Pero no sé si es suficiente, más bien en una bonita distracción. Por un segundo, me viene la imagen del chico de la chaqueta roja y la guitarra. La dejo ir rápido. No tiene sentido pensar en alguien que ni siquiera conozco. Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente me relaje un poco. Cuando salgo, me pongo ropa cómoda y me tumbo en la cama. Reviso el móvil. Ni una llamada de Yarea, seguro está liada con sus cosas o con Airon, probablemente. Ellos dos son mi gente, los que siempre han estado. Los echo de menos. Echo de menos cuando compartíamos piso y no había tanto silencio, no me sentía tan sola.
Recuerdo aquellas noches en las que Yarea se metía en mi habitación con un bol de palomitas para enseñarme cualquier mierda graciosa que había visto en TikTok. O cuando Airon se ponía a cocinar cosas raras pero deliciosas. Y sí, también estaba Mario... mi ex. Con él era fácil, hasta que dejó de serlo. La distancia nos mató poco a poco. Sin dramas, sin gritos, solo un vacío.
Cuando terminamos, no pude seguir en aquel piso. Necesitaba irme. Así que me mudé aquí. Más pequeño. Más tranquilo. Más mío. Aunque todavía no sé si se siente como un hogar.
Suspiro. A veces me pregunto si hice bien. Si la soledad pesa menos que la decepción. Pero ya está. No hay vuelta atrás.
Apago la luz. La lluvia empieza a golpear los cristales y me gusta ese sonido. Como si todo el mundo se calmara por un momento. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo.
Aunque por dentro siga con ese nudo que nunca termina de deshacerse.
Cierro los ojos.
Mañana será otro día. Igual de gris. Igual de incierto.