Prólogo - Magia de Verdad
Los goznes rechinaron. Dama Mónraj invitó a Dobri a internarse en la penumbra de la habitación de huéspedes del segundo piso, señalando con la vista. La mujer enana lo agradeció; la puerta se veía pesada y el picaporte demasiado alto. Avanzó decidida: uno, dos, tres pasos. Un charco viscoso y coagulado impidió que diera el cuarto.
—¿Esto es…?
—Icor —lo llamó la general, delgada como un sable.
Pero la palabra que Dobri tenía en mente era “sangre”. Su horno se encendió como una linterna roja, y su tenue fulgor describió formas en la negrura. Ante ella, una colección de cuerpos cercenados apareció desperdigada sobre el entarimado. El alma le volvió al cuerpo cuando corroboró que eran de madera.
—¿Qué cree que pudo haber causado esto, jum, subalférez Nádobr?
La voz de la general Mónraj tenía la textura de la nieve a medio descongelar, y su mirada ojerosa era igual de helada. Dobri fingió que no había sentido un escalofrío. Aprovechando la actuación, pretendió ser la experta que se supone que era y dobló su cuerpecito achaparrado con dificultad.
—Fueron cortes con un sable —dijo. Pero lo que estaba pensando era “sé que yo ayudé a diseñar los Soldados Artificiales… pero esta es la primera vez que veo uno por adentro”. Sus ojos estaban fijos en la aceitosa materia orgánica que se pudría en el interior de las carcasas.
—¿Una espada, Nádobr? —la voz de la hnedaíl era un rasposo susurro—. ¿Capaz de cortar estructuras con la densidad aproximada de un cráneo humano?
Aunque parecía que los ojos le mentían, era indudable: todos los cortes tenían la misma anchura.
—¿Quizás sería un arma realmente buena?
—O un brazo realmente fuerte. —Mónraj apoyó una rodilla en las tablas pegajosas junto a la cama desarmada y extendió las yemas enguantadas de la mano izquierda. Hincada en el suelo, ambas tenían la misma altura. Dobri tuvo la pavorosa impresión de que había acariciado a uno de los autómatas—. Lo cual es extraño, porque la mujer que se nos escapó debe rondar los setenta años.
Dobri recordó el informe que había leído, y en su mente se formó el nombre de Azira Drapdahar. Todo el resto de los ocupantes de la casa habían sido capturados. Excepto ella, desaparecida con un montón de evidencia. Entró en cuenta que esta debía ser su habitación.
—¿Habrá sido su hreom?
La Centinela de Azira, según se decía, era una bestia curtida por la guerra. La única persona en batirse contra el Soberano y sobrevivir.
—¿Álrij de Orialmín? Difícil —razonó la hnedaíl—. Tomando en cuenta que ahora mismo debe estar a mil suelos hacia el sur, ¿jum?
Mónraj rotó los mecanismos del artilugio brillante que ella también había ayudado a fabricar: el glifo artificial. La “Antorcha de Pulso”. Acto seguido, un pequeño séquito de marionetas vivientes entró en la habitación con su característico traqueteo.
—¿Sabes cómo funcionan, Dobri? —preguntó de pronto su superiora, poniéndose de pie. La perturbó que una de las ocho mujeres más importantes de la Soberanía, casi una reina, le llamara por su apodo.
Nádobr negó, sacudiendo su apelmazada cabellera oscura, aceitosa luego de días y días de trabajo de laboratorio. Trabajo que había sido interrumpido para venir aquí, sin explicación previa.
—¿Puedo confiar en ti? —Su Dama la miraba.
—¡Sí! —aseguró la subalférez, apresurada—. ¡E-estaré gustosa de dar mi vida por la Soberanía, mi hnedaíl! —Ocupó una postura militar que, ella sabía, le sentaba muy ridícula. Iba a añadir alguna frase como: “¡Hoy y eternamente gloriosa!”, pero había un gesto extraño en el rostro esquelético de su general. Una mujer con enanismo como ella lo conocía bien. Era asco.
—No, no como militar. —terció. En sus ojos había algo nuevo. Vulnerable—. ¿Puedo hablar contigo, jum, como dos mujeres de ciencia?
La invitó a seguirla al pasillo. Dejaron a las marionetas limpiar. Creyó que tendría que apurar sus piernitas, pero Mónraj adoptó su velocidad.
La residencia de la enigmática Shraqeil Barid; o “Dama Dione”, como se hacía llamar; tenía un olor a polvo y opulencia que a Dobri, nacida en la servidumbre, le era tan familiar como desagradable.
—¿Tú sabes por qué insistí en reclutarte a ti, Nádobr ih-Ilakus?
—¿Por mis… méritos académicos? —sugirió ella, apartando el rostro. Con su estatura podía otear sin esfuerzo por debajo de los arcos de las barandas hacia el exuberante jardín interior, activo incluso en la sombra, atrayendo horos y azines nocturnos.
—Porque, de todas las que postularon, sólo tú mostraste verdadero interés en la fabricación de Objetos Teúrgicamente Estimulados. —O Talismanes. La palabra coloquial y supersticiosa era Talismanes—. Una rama declarada inútil hace más de ochocientos años. Ingeniería histórica. Y en este momento eres una de las expertas más calificadas de la Franja.
—Me sobreestima, mi hnedaíl —Dobri sonrojó. Sabía que sus diseños, por sofisticados que fueran, no eran autopropulsados. Mucho menos capaces de razonar—. Yo sólo entiendo de mecánica e hidráulica. Lo que usted hace, en cambio, es… —las marionetas les sobrepasaron en apresurada procesión, cargando los restos de sus hermanas fallecidas. Unos anémicos órganos colgaban de los cascarones exánimes—… es magia.
Mónraj rio. En los seis años que había trabajado en su laboratorio, sólo había conversado con ella una veintena de veces. Era la primera vez que la escuchaba reír.
—Tú y mis otras ingenieras hacen los milagros, Dobri. Yo sólo le doy cuerda a los juguetes.
Nádobr no añadió palabra. Desde que se había incorporado en la División Raíz, las otras subalternas no le habían mostrado más que desdén. Cuando la habían ascendido, ese desdén se transformó en inquina.
Habían llegado. Ni con la mayor luminosidad que podía generar su Pulso podía ver la techumbre. Le asqueó saber que ahí, donde habrían vivido cómodamente cuatro o cinco familias, pasaba sus días una decrépita oligarca, atendida por legiones de sirvientes. Se alegraba de que esa tal Dione estuviera en prisión.
—Es aquí —avisó Mónraj.
En el fondo de la habitación, tras las cocinas, un cuarteto de delgados autómatas palpaban con dedos torpes cada uno de los vértices de una zona de lavado. Uno de los soldados intentaba colar su cabeza entre unos pequeños tablones, colisionando como un niño vistiendo un disfraz que le quedara grande.
Mónraj se dirigió a su posición. Ahora sí Dobri supo con seguridad que le había acariciado la barbilla al autómata de madera.
—Bien hecho, ¿jum, bonito? —había susurrado. La Antorcha de Pulso ordenó en silencio que se quitara de en medio. Retiró unos muebles y develó una ínfima cerradura, inscrita en el muro—. Permíteme un momento.
Encendió su horno y reveló sus brazos. Dobri enarcó las cejas: nunca había visto tantos glifos, tan pequeños, grabados en la piel de una sola persona. La operación duró largo rato. La Dama pulsó lo que pareció un centenar de inscripciones, pensando con cuidado el paso siguiente y varias veces partiendo de cero. Al final, se quitó el guante de la mano derecha, y Dobri notó que le faltaban dos falanges del anular. Presionó el índice en la boca de la cerradura. Con lentitud, la cavidad se fue llenando poco a poco de metal. Tras una o dos vueltas de espera, Mónraj sostuvo con fuerza y giró. La cerradura crujió. Al retirarla, sostenía entre sus manos la llave que acababa de fabricar.
Teúrgia de Materialización.
—¿Crees que este es un acertijo que tus conocimientos puedan descifrar?
Dobri se internó en la mustia estancia, oliendo la humedad y el polvo. Era mucho más alta de lo que imaginó para estar sepultada entre muros. La mujer pequeña se detuvo, insegura de qué se trataba el descomunal armatoste que se encontraba ante ella. Examinó las inscripciones que recorrían al mueble de piedra y metal.
—¿Es esto un… Objeto Teúrgicamente Estimu…?
—Un Talismán. —la interrumpió Mónraj, luciendo una sonrisa—. Esto, mi querida Dobri, es magia de verdad.
Mónraj abandonó la casona de la conspiradora Shraqeil descendiendo los peldaños de la puerta trasera, flanqueada por dos escuadrones de soldados artificiales. Para cuando salió, dejando a su ayudante atrás, ya había amanecido. El sol, arropado bajo una sábana de nubes, era una fulgurante moneda plateada.
Se alejó de los decorados escalones y los murales de la casa de maravillosa orfebrería y alzó su Antorcha, dando direcciones a sus marionetas como a animales entrenados; lo cual no estaba tan alejado de la realidad, a decir verdad. Sus servidores dejaron de husmear con sus sentidos insensibles y se pusieron rectos como escobas. El rasguido del imperativo biológico les cosquilleó en el glifo de la mente, inscrito en sus nucas, y los títeres dirigieron sus cuerpos de madera en todas las direcciones, buscando hostiles. Mónraj volvió a quedarse sola bajo el sol alicaído.
O casi.
A un costado del camino, ensuciando su espalda con la cal de un muro, una mujer gruesa le observaba con la faz congelada. Un gesto que conocía bien: era el que hacía la gente que fingía no tener miedo para que no pusieran su atención en ellos.
—Buenas noches, ciudadana. —La Bruja, como Mónraj sabía que muchos le llamaban, plantó su vista sobre ella, penetrante como el frío nocturno—. Asumo que sabe quién soy. Y siendo así, asumo que sabe que no tiene permitido estar en esta zona, ¿jum?
La mujer tenía un semblante corriente y mayor, curtido por los años, pero aún a décadas de ser el de una anciana. Llevaba un largo poncho verde que se remecía cada vez que asentía con la cabeza, ansiosa de irse de ahí. Cuando lo hizo, Mónraj la imitó, dando media vuelta en sentido contrario.
Y eso habría sido la extensión del encuentro, de no ser porque, de pronto, la desconocida decidió transformarse en una sombra enfundada en muerte y metal. Una hoja insidiosa se cernió a palmos del cuello de Mónraj, quien no alcanzó a voltear a tiempo. Y en ese instante habría muerto, de no ser por una segunda silueta relampagueante que recorrió su cono de visión en un solo goteo.
Se oyó el estruendo de dos cuerpos al desplomarse, y luego el redoblar de unos vórtices que se revolcaban como lamúes famélicos peleando a muerte. Vio metal y vio ropas y vio golpes brutales. Y vio que, aunque tenían la ferocidad de unos animales, también tenían la calculada pericia de dos expertos bailarines.
Con el grito ahogado de un pulmón perforado, la función terminó. El rostro de su atacante la encaró con los ojos desorbitados. Un hilillo de sangre escapaba de la comisura de su labio tembloroso. Detrás, su salvadora la sujetaba de la cabellera, sus dedos una tenaza. Tenía la sonrisa de un niñito mostrando orgulloso a su papá un pescado feo ensartado en su arpón.
—¡Mire! —le indicó. Su voz era áspera y cálida como un soplo de verano. Levantó un poco más a la asesina fallida, con insólita facilidad, a pesar de que su cuerpo no se veía musculoso—. ¡Esta es una miembro de los Ojos Sangrantes! ¿Había oído hablar de ellos?
Mónraj no respondió. La recién llegada tenía un rostro afable enmarcado por una generosa cabellera que caía en gruesas ondas castañas sobre sus hombros de piel oscura. Su gesto entrañable se veía traicionado por unos insensibles ojos verdes que analizaban a la hnedaíl como si fuera un espécimen fascinante.
—¿Me crees ignorante? —inquirió Mónraj, fingiendo que se había recompuesto—. Son los asesinos más antiguos de la Franja. El brazo derecho en la sombra de la Monarquía —dijo, recolectando libros de historia e información confidencial rescatada de sus superiores. Pero lo que debió decir era “no”, porque, según le constaba, los Ojos Sangrantes habían sido desarticulados hace casi veinte años. ¿Había sido la tal Azira la que había mandado a esa sicaria?
—¡Son seres de lo más peligrosos! —continuó la mujer extraña, ignorando su respuesta—. Se especializan en la tortura y en la infiltración, y en su ropa llevan todo tipo de armas escondidas… —Se puso a rebuscar—. ¡Aquí! Mire, mire. Entre las costuras de esta prenda, que se ve tan normal, lleva hilos gruesos capaces de estrangular a un adulto —le informó, tironeando del poncho. Entre estertores sangrantes y ahogados, la asesina derrotada ponía una inútil resistencia, mientras la muerte pasaba a habitar su cuerpo. Sus arterias se teñían de negro—. Aquí, en sus adornos de cabello y orejas… —La castaña tironeó de uno de sus aros hasta rajar el lóbulo—, podrá ver que esconden venenos o cuchillos, ¡y bien afilados! —Acto seguido, con la facilidad con la que se corta el almuerzo, la oreja derecha cayó rebanada al suelo como una lonja de salchicha. La Ojo Sangrante no tenía aire para gritar—. Se fijará que, a diferencia de los Capas Negras u otros grupos de sicariato, los Ojos fingen ser personas cualquiera. Pero podrá reconocerlos con facilidad si… —Le hincó cuatro dedos bajo la mandíbula superior y abrió su boca, tironeando su cuello hacia atrás sin atender a sus gorjeos—. ¡Aquí! —Reveló un glifo de teúrgia, inscrito en su paladar con tinta negra—. ¡Su última baza! Si es capturada por el enemigo, registrada de pies a cabeza y hasta desnudada por completo; una Ojo Sangrante aún puede completar su misión activando su teúrgia… ¡sólo usando la lengua! ¿Lo puede creer?
Al fin, la cruel señorita de ojos verdes dejó colapsar a su enemiga de bruces sobre el suelo de piedra. En su espalda, erguida como una bandera, sobresalía un delgado cuchillo hincado a la altura de su pulmón. Su empuñadura estaba recubierta en glifos de teúrgia. Al fin, la convaleciente dejó de retorcerse.
Mónraj no apartó la vista.
—Creo que no nos hemos presentado.
Su cruel salvadora revisaba sin cuidado el cadáver. De algún dobladillo del poncho verde retiró un discreto cuchillo, idéntico al que había clavado en la espalda de la muerta, cuya piel había adquirido una palidez nauseabunda, a juego con su sangre ennegrecida. Guardó ambos puñales en su cinturón. Luego le sonrió y levantó su poncho, ostentando un uniforme sorpresivamente limpio. Llevaba tachonado el nudo púrpura de tres puntas.
—¡Es un honor! Soy Selqis ih-Akissis, subteniente de la División Corteza y su experta en seguridad. Me enviaron desde la capital, órdenes directas del Soberano, si es que me cree. ¡Gloriosa y eterna su causa! —Se aproximó y se irguió a lo militar, los puños ante la cadera—. Me han ordenado que la cuide. Por lo visto, ya no podrá pasearse por las calles así como así. Es una suerte que yo haya estado para socorrerla —afirmó con esa sonrisa tan ensayada—. ¡Estoy desde hoy y hasta la muerte en su augusto servicio!
A Mónraj le pareció obvio que no era ninguna suerte. Hace días que sus autómatas habían reparado en una presencia que le acechaba cada vez que abandonaba la Mansión Flores Negras, pero había fallado en identificarla. Ahora no sabía si se trataba de la mujer ante ella o la que se desangraba sobre las baldosas.
—Me llena de dicha recibir entre mis filas a subalternas así de dedicadas. —La hnedaíl subrayó sus palabras con obsidiana—. En especial una que maneja información tan clasificada que ni siquiera le ha sido confiada a una general como yo.
—¡Oh! No es nada por el estilo, mi Dama. —La tal Selqis señaló con el meñique. En la carne de su paladar, tatuado en tinta negra, había un glifo de teúrgia—. Se trata de… experiencias personales.