Desconocidos
En el corazón de Guadalajara, Ciray vivía una vida tranquila. Cada noche subía al techo de su casa para dejarse envolver por el viento frío que la abrazaba como un viejo amigo. Se recostaba en su silla reclinable, frente a un rincón decorado con luces de colores que había colgado junto a su padre semanas atrás. Eran sus noches de paz. O lo habían sido, hasta que los gritos de la casa vecina comenzaron a romper la calma con puntualidad inquietante.
No podía evitar voltear cada vez que las voces se alzaban. Las azoteas, como suele ser en esa zona, estaban separadas apenas por una reja de malla: una frontera simbólica más que real.
Aquel día había sido especialmente caluroso. Ciray subió una vez más, buscando alivio. Pero esa noche sería distinta.
—No, mamá. No quiero ir con mi abuela. ¡No lo conozco!… ¡No me importa que tu novio no me quiera! —La voz, más clara que nunca, rompió el aire con una fuerza que la hizo erguirse en su silla.
Ciray se puso unos lentes de sol, más por instinto que por necesidad. Fingió mirar las estrellas, pero sus ojos, ocultos tras los cristales oscuros, se movían inquietos hacia la voz vecina.
El silencio volvió, espeso. Luego, un crujido metálico: escaleras viejas, tal vez de aluminio. Ciray se incorporó de golpe; los lentes resbalaron por su nariz. Una silueta emergió en la azotea contigua, apenas delineada por la luz de la luna.
Ella se dejó caer de nuevo en la silla. El rechinido del respaldo rompió la tensión. Cerró los ojos, fingiendo dormir, pero sus dedos temblaban.
Una chispa intermitente iluminó brevemente la oscuridad. Un encendedor. Fallaba. Tras varios intentos, el objeto voló por el aire y golpeó la reja con un sonido seco.
—¡Ahhhh! —gritó Ciray, llevándose las manos a la boca. Su voz se había escapado sin permiso.
—¿Te lastimé? —preguntó una voz masculina, al tiempo que la reja se sacudía. Un par de brazos la sostenían ahora, tensos de culpa.
—No… estoy bien. Me asusté. Pensé que no había nadie más aquí arriba. ¿Tú estás bien? —preguntó ella, levantándose los lentes para buscar en la oscuridad esos ojos que se habían cruzado sin querer.
—Nunca antes había subido. Perdona por el desastre. No pensé que la azotea pudiera verse tan bien —dijo él, soltando la reja y mirando hacia la luna.
Ciray, nerviosa, comenzó a ponerse las sandalias. Lo había visto. Lo había notado.
—¿Qué querías hacer? ¿Qué fue ese ruido? —preguntó, con una curiosidad que parecía querer atravesar la malla.
Él se giró y respondió:
—Nada. Quería fumar… pero el aire no está nada mal.
—¿Tú fumas? —preguntó ella.
Él se deslizó lentamente hacia abajo, apoyando los brazos en la reja, como si buscara un equilibrio que no encontraba en su propia casa.
—No, no me llama la atención —dijo Ciray, desviando la mirada hacia sus luces, aunque espiaba de reojo la azotea vecina.
—Haces bien —respondió él, con el cabello movido por el viento, la voz quieta.
—¿Entonces sabes que está mal?
Ciray se acercó, se giró y apoyó la espalda contra la reja. Bajó poco a poco hasta quedar a su altura. Sus espaldas apenas se rozaban. Él suspiró.
—Tampoco es que esté bien —dijo al fin—, pero ayuda… cuando uno está mal.
El silencio volvió, más denso que antes. Ciray bajó la mirada, perdida entre sus lentes y sus manos.
—¿Te da miedo la oscuridad? —preguntó, alzando la vista hacia las luces que la protegían.
—No… no ahora. Espero no te moleste que me quede aquí un rato más.
—La luz siempre está encendida. A veces la luna no alcanza, ¿no crees?
Ambos miraron hacia el cielo. La luna parecía observarlos también, como si esperara que dijeran algo más.
Pronto, sus miradas bajaron, cada una hacia su propio rincón de azotea, pero con una inquietud compartida: como si, en el fondo, quisieran mirarse mutuamente.
—Es bastante tranquilo aquí arriba… —dijo él, rascándose el cabello con torpeza, como si las palabras le costaran salir—. ¿Qué te trajo hasta aquí?
—No lo sé… siempre me pareció lindo. ¿Sabes cuando estás cómodo sin saber por qué? —respondió Ciray, con la vista fija en sus manos, aunque de reojo observaba los dedos del muchacho. Había algo en ellos que la confundía, como si contaran una historia que no alcanzaba a entender.
—Nunca te había visto… más allá de, bueno… ahora, básicamente —añadió ella, con una voz contenida. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de buscar el final de la reja.
—No vengo mucho por las tardes. A veces solo llego a dormir… aunque hoy, creo que será noche de desvelo —dijo él, incorporándose de golpe, como si el suelo se hubiera vuelto incómodo de pronto.
El movimiento fue tan abrupto que Ciray reaccionó sin pensar. Se giró hacia él, y en el impulso, su mano atravesó la reja. Uno de sus brazaletes se atoró entre los alambres, y la estructura tembló, como si le pesara seguir separándolos.
—Oye… oye, tranquila —susurró el muchacho, acercándose con urgencia. Su voz era apenas un murmullo, pero la reja crujía con más fuerza que sus palabras.
Más pronto que tarde, sus manos se encontraron.
—Dame la mano —pidió él, cubriéndola con la suya. Con suavidad, giró la muñeca de Ciray hacia arriba, liberándola.
—Relájate… mírame.
Acercó su rostro, despacio, hasta que sus ojos volvieron a encontrarse. La reja seguía ahí, pero por un instante pareció desvanecerse. Ciray también enmudeció.
—¿Ves? Ya salió —dijo él, aún concentrado en su mano, como si buscara asegurarse de que estuviera bien. Luego alzó la mirada, volviendo a sus ojos. Al no recibir respuesta, sonrió apenas.
—¿Tierra a la luna? ¿Estás ahí?
Ciray negó con la cabeza, y se giró de golpe. Se cubrió la mano con la otra, acariciándola con una nostalgia que parecía subirle por los dedos hasta las uñas.
—Sí… estoy bien —murmuró. Luego se volvió hacia él, con una determinación que no parecía suya—. ¿Simplemente te ibas a ir?
—No… además, ¿a dónde iría? Está muy alto…
Ciray lo interrumpió, como si el viento frío la empujara a hablar antes de que él terminara.
—Por eso mismo. No puedes andar por ahí. Está oscuro. Un paso en falso y… y…
Sus palabras se quedaron flotando entre ambos, como si la preocupación hubiera tomado forma. La reja, silenciosa ahora, parecía escuchar.
—No deberías preocuparte por eso… además, no me iría sin despedirme —dijo el muchacho, bajando de nuevo con calma, sin romper el contacto visual con Ciray. Luego, con un gesto suave, la invitó a sentarse.
Ella pareció sorprendida, pero no se opuso. Lo siguió como si se tratara de su propio reflejo.
Ambos volvieron al suelo, esta vez compartiendo algo que ninguno se atrevía a nombrar. Sus miradas se cruzaban y se perdían, mientras la oscuridad los envolvía como único testigo.
—Entonces… ¿cuál es tu color favorito? —preguntó él, con palabras que parecían forzadas, pero con una sonrisa tímida que las suavizaba. Era evidente que algo más se escondía detrás.
—¿Qué…? —respondió Ciray, entre la duda y la incredulidad. Se cruzó de brazos, y un leve rubor le subió al rostro, aunque no parecía ser por el frío de la cornisa.
—Este… ya sabes… uff, esto es difícil. Olvídalo —soltó él de golpe, acercando ambas muñecas a la reja, dejando que solo sus dedos cruzaran al otro lado, como si buscaran compañía.
—Volveré a preguntar… ¿qué te trae aquí? ¿Estás bien? —dijo el muchacho, con la vista fija en los ojos de Ciray, con tanto empeño que parecía buscar su reflejo en ellos.
—Podría decir lo mismo… —respondió ella, con la voz baja—. La verdad es que allá abajo todo es siempre lo mismo. Aquí arriba, tal vez no parezca gran cosa, pero lo infinito que se ve desde aquí… las estrellas… me hacen pensar que siempre hay algo esperándome, en algún lugar.
—Quién sabe… tal vez, en algún lugar, alguien más está mirando exactamente lo mismo que tú —dijo él, sin apartar la vista del cielo.
—Sería lindo… coincidir con alguien así —susurró Ciray, con una sonrisa que compartió con él, sin dejar de mirar las estrellas.
—Las estrellas me hacen sentir como una hormiga… en un jardín —dijo él, dejando caer lentamente los dedos entre las divisiones de la reja.
—No somos tan diferentes a ellas… pero al menos podemos decidir quién queremos ser, entre los millones que somos —respondió Ciray, sujetando sus dedos antes de que tocaran el suelo.
—Veo que siempre encuentras lo positivo, incluso ante lo desconocido —dijo él, bajando la mirada como si el piso lo llamara, aunque luchaba por seguir mirándola.
—Entre este millón de estrellas… ¿cuál sería el nombre de la que tengo frente a mis ojos? Podría intentar adivinarlo, pero si sale de ti, no dudo que será aún más especial —añadió, presionando suavemente su pulgar sobre los dedos de Ciray, aún entrelazados.
—No es un nombre bonito en sí… Me llamo Ciray. Es un gusto —respondió ella, con una sonrisa que por un instante brilló más que la luna.
—Es bonito. Y no solo por el nombre… sino por la persona que lo lleva.
—¡Ciray! Ya es tarde, en diez minutos se apagan las luces —gritó una voz desde abajo. Era su padre. La advertencia flotó en el aire como una campana que marcaba el final de algo que apenas comenzaba.
—Creo que no hace falta explicar… pero no puedo irme sin que me digas tu nombre —dijo Ciray con una urgencia que no pudo ocultar, su cabello alborotado al girar, como si esperara que nadie más llegara a buscarla.
El muchacho rió suavemente.
—Tampoco es que no nos volvamos a ver… pero me agrada tu entusiasmo. Es un gusto. Soy Sebastián —dijo, extendiendo la mano como si fuera a saludarla formalmente, aunque la reja aún los separaba.
Ciray se levantó de golpe, lo animó a hacer lo mismo, y fingió tomar su mano en el aire. Por un instante, incluso con esa barrera, parecieron presentarse de verdad.
—Es un placer, Sebastián.
—Espero que nos volvamos a ver —dijeron ambos casi al mismo tiempo, sus voces perdiéndose en la oscuridad mientras sus sonrisas se intercambiaban como promesas.
—Descuida… dejaré las luces encendidas, por si quieres quedarte un rato más —dijo Ciray al salir de la azotea a toda prisa, dejando a Sebastián con la mano aún en la reja, sin dejar de mirar cómo ella se alejaba.