La jugadora número 10

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Summary

Ana tiene un plan brillante: su equipo de fútbol necesita una estrella, pero su hermano Iván, el mejor jugador que conoce, está lesionado. ¿La solución? ¡Convertir a Iván en Kelly, una rubia dulce, delicada... y lista para arrasar en el campo! Sin embargo, lo que Ana no esperaba era que la transformación fuera tan real. Mantener el secreto de que Kelly antes era Iván no debería ser tan difícil, ¿verdad? Pues resulta que lo complicado no es tanto mantener el secreto... sino mantener la cordura. Entre tacones, vestidos y un equipo de chicas que la ven como su "adorable hermanita", Kelly se enfrenta a desafíos más grandes que cualquier partido. Pero lo peor de todo: los chicos. Especialmente uno en particular que le hace sentir mariposas en el estómago. "Oh, shit... he is so handsome," piensa, tratando de mantener la compostura. ¡Ser chica no es tan fácil como parecía! Entre bromas, miradas curiosas y un millón de emociones nuevas, Kelly aprende que la habilidad en el campo no depende del género, pero lidiar con la vida como una chica es otra historia. Mientras intenta mantenerse en pie, literal y figuradamente, Kelly descubre que ser "la jugadora número 10" es mucho más que solo fútbol. Acompaña a Ana y Kelly en su intento de ganar partidos, mantener secretos y, sobre todo, no perder la cabeza! Las letras de las canciones reproducidas pertenecen a sus autores

Status
Complete
Chapters
108
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Entrenando

CAPÍTULO 1 : Entrenando



El entrenamiento del viernes había terminado. Para Ana Rodriguez, la número 9 del San Rafael de Getafe, esa sesión intensa era el punto culminante de la semana. Con solo 20 años, no había nada más importante para ella que el fútbol. Su entrenador, Juan, había exigido el máximo, y Ana siempre estaba dispuesta a darlo.

Al salir del campo, su cabello largo y liso estaba recogido en su clásica coleta, diseñada para no molestarle jamás durante el juego Ana era muy guapa y no estaba dispuesta a cortarlo. Sus piernas fuertes y los abdominales marcados eran la prueba visible de años de esfuerzo y disciplina constante. Estatura media para su género, 1,67 metros, su agilidad y rapidez la hacía destacar.

Se había ganado en el vestuario el apodo de “La Daga” por la precisión de sus jugadas en el área. Tenía un disparo potente y letal, y un último regate en carrera que la hacían una delantera tremendamente eficaz.

Sonrió mientras caminaba hacia el vestuario, sintiendo esa mezcla de profundo cansancio y la satisfacción que solo el rigor del deporte le proporcionaba.

Ana solo brillaba en el campo. También era metódica en sus estudios. Había finalizado en junio un módulo de Animación Deportiva con una nota de corte sobresaliente, que le habría abierto las puertas a casi cualquier carrera universitaria relacionada con el deporte y la actividad físca. Sin embargo, para ella, solo había una opción: continuar estudiando algo relacionado con su pasión, el futbol.

Su gran sueño era trascender las fronteras, obtener una beca deportiva e ir al extranjero para formarse en una prestigiosa universidad de Inglaterra o Estados Unidos, donde el fútbol femenino no era solo un deporte emergente.

Era consciente de que la beca estatal que había conseguido solo cubriría una parte de sus gastos en Madrid, y mucho menos en el extranjero, pero su determinación era inquebrantable.

El San Rafael, su equipo, era un club humilde de Primera Regional, situado en Getafe. Aunque oficialmente no funcionaba como filial del Atlético de Madrid femenino, recibía una pequeña aportación económica anual del club colchonero que era vital para cubrir los gastos de equipación y desplazamientos de las jugadoras. Las jugadoras del San Rafael se referían al club colchonero como “Papaito” de manera jocosa. Ya que con su carnet del San Rafael obtenían un modesto descuento al adquirir el abono del club madrileño.

La temporada había sido dura; lucharon por el ascenso hasta casi el último partido, pero la misión se reveló imposible. La élite requería una dedicación de tiempo completo que ni Ana ni la mayoría de sus compañeras podían permitirse. A pesar de ello, el equipo había logrado rendir bastante bien.

Así que el fútbol lo era todo para Ana, y ella estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio por alcanzar sus metas.

Esa tarde salió del vestuario con el pelo aún húmedo por la ducha rápida que se había dado. Era viernes por la tarde de junio, y aquel había sido uno de los últimos entrenamientos de la temporada. Aunque el equipo estaba exhausto, ella sentía aquella agradable mezcla de cansancio y satisfacción, sabiendo que cada gota de sudor la acercaba un poco más a sus objetivos.


Al llegar a casa, dejó caer su mochila en el recibidor y se desplomó sobre el sofá, estirando las piernas de inmediato. Revisó el móvil por costumbre: nada de interés en redes sociales. Insta... nada interesante; Facebook, bah, es de abuelos… WhatsApp… jolín, 50 mensajes en el grupo, ni que fueran cotorras… Pero la notificación de un correo electrónico nuevo captó su atención. Procedía de su técnico, Juan.

«El míster debería modernizarse, tenemos un grupo de WhatsApp para el equipo…», pensó.

El asunto era tan escueto como desconcertante: «Chicas, ¡estamos dentro! Enhorabuena».

Ana parpadeó, la perplejidad dibujada en su rostro. ¿Dentro de qué? Abrió el mensaje. Junto a la felicitación, se adjuntaba un enlace. Su pulso se aceleró. Al pulsar, la página web del Invitational Boss se cargó ante sus ojos.

—Esto es imposible —murmuró, incorporándose de golpe mientras sus ojos devoraban los detalles del torneo.

Se trataba de un evento deportivo auspiciado por la marca de bebidas energéticas más reconocida a nivel global, una convocatoria que reunía a las mejores canteras juveniles del país, tanto en la categoría masculina como femenina, en la Costa del Sol. ¡El San Rafael había recibido una invitación formal!

De repente, todo encajó. Las piezas del rompecabezas de los últimos días cayeron en su lugar. Juan había estado actuando de forma extraña, muy misterioso, insinuando una “pequeña sorpresa” con una sonrisilla culpable.

Ahora entendía por qué las había estado grabando obsesivamente durante los entrenamientos y por qué, con su torpeza habitual para la tecnología, les había suplicado ayuda una y otra vez para subir “contenido de calidad” al Instagram del equipo. El pobre era un inútil con las redes sociales, pero se había pasado horas pegado al teléfono, llamando a Dios sabe quién y editando vídeos como podía.

«Vale, esto era lo que tramaba», pensó Ana, sintiendo una oleada de gratitud. «Y el muy cabezota lo ha conseguido.»

Le costó asimilar la magnitud del logro. Tras una búsqueda rápida, descubrió un hecho aún más extraordinario: su equipo era el único que no formaba parte de un club de la Primera División Española. La Real Sociedad, el Espanyol, el Barcelona… todos los grandes estaban allí, pero ni siquiera el primer equipo femenino del Atlético de Madrid había sido considerado. El San Rafael era la excepción, la anomalía, el invitado sorpresa.

El torneo no era solo grande; era una plataforma gigantesca. El evento se presentaba como una auténtica congregación de cazatalentos. Universidades y clubes de la élite mundial enviarían a sus representantes para espiar a las futuras promesas del fútbol. Y ella, Ana Rodríguez, gracias al esfuerzo invisible de su entrenador, estaría en el epicentro de esa atención, lista para demostrar su valía.

Permitió que el sueño la invadiera por un instante. ¿Y si su desempeño era brillante? La posibilidad de conseguir una beca universitaria en América se sintió repentinamente palpable. Cerró los ojos e imaginó un campus inmenso, las gradas vibrando con los vítores de sus compañeras. Sería la recompensa de su esfuerzo de toda una vida.

De vuelta a la realidad, el grupo de WhatsApp del equipo explotó con una avalancha de mensajes, reflejo de la emoción desbordada de sus compañeras. Gritos, emoticonos, preguntas incrédulas: una que no se lo cree; otra que pregunta fechas porque sus padres se van de viaje; otra que le responde: «Estás tonta, tía, te vienes y punto»; otra que cuelga las alineaciones del Barça y el Espanyol y dice: «Pues no me parecen para tanto...»; otra que le contesta: «Tú estás flipada, esas tías son la leche...». Había mucha, mucha ilusión desbordada. Ana se pensó varias veces qué poner: puso un emoticono, lo borró; escribió: «Tenemos posibilidades, siempre las hay», pero lo borró, le pareció demasiado groupie. Al final, se decidió:

—¡Málaga, allá vamos! —escribió con una sonrisa que le iluminó el rostro

Extenuada, por la intensidad de sus compañeras, dejó su teléfono vibrando sobre la mesa, saturado de notificaciones del grupo, decidió ignorarlo. Cerró los ojos, permitiendo que la emoción la invadiera por última vez esa noche. Málaga representaba mucho más que un torneo; era la llave de su futuro.

Pero el destino, a menudo, tiene un sentido del humor macabro.

Todo cambió en el siguiente entrenamiento. El equipo se movía con una energía renovada, espoleado por la gran noticia, hasta que la desgracia golpeó sin previo aviso. Eva, la indiscutible estrella del equipo, la media punta sobre quien pivotaba toda la creatividad ofensiva del San Rafael, se desplomó en el césped tras un giro brusco. Una auténtica desgracia para una jugada muy muy tonta

El grito que profirió fue desgarrador, un sonido agudo y crudo que heló la sangre de todos los presentes. Ana vio con horror cómo su compañera se aferraba la rodilla, con el rostro desfigurado por un dolor que no necesitaba traducción. Fue como si, en ese preciso instante, el ligamento de Eva no fuera lo único que se rompía; las aspiraciones del equipo parecían haberse quebrado con el mismo crujido seco.

Mientras el cuerpo técnico y Juan corrían a asistir a la jugadora caída, el ambiente en el campo se tornó denso, casi irrespirable. El silencio que sucedió al grito fue ensordecedor, solo roto por los sollozos ahogados de Eva mientras la retiraban del terreno de juego.

Ana, con el corazón encogido en un puño, sintió el peso de la realidad aplastándola. «Esto no puede estar pasando», pensó, luchando contra el pánico. Pero estaba pasando. Sin la magia de Eva, el engranaje que hacía funcionar al San Rafael quedaba irremediablemente atascado. La arquitecta del juego, la socia perfecta para sus desmarques, estaba fuera de combate. Ana comprendió con amargura que la clave para sobrevivir en el torneo, la gran oportunidad colectiva e individual, se esfumaba ante sus ojos antes siquiera de haber hecho las maletas.



¡Uf! menuda manera de empezar... 🤯 Dicen que la alegría dura poco en la casa del pobre, y el San Rafael lo acaba de comprobar de la peor manera.

¿Qué os ha parecido el arranque? ¿Pensáis que Ana podrá cargar con el equipo ella sola?

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¡Gracias por leer y hasta el próximo capítulo!