A Contratiempo by Diego at Inkitt
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A Contratiempo

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Summary

El amor de Camilo y Carla comenzó como una canción que nadie quería que terminara. Pero el tiempo, siempre desafinado, acabó rompiendo el ritmo. Ahora, entre cajas sin desempacar, anillos que ya no encajan y recuerdos que se han vuelto grises, ambos intentan encontrar sentido al silencio que dejaron atrás. Ella busca olvidar. Él busca entender. Y mientras el tiempo avanza, sus mentes retroceden al punto exacto donde todo se quebró. A Contratiempo es una historia acerca de lo que queda cuando el amor se apaga, sobre los relojes que se detienen justo antes del adiós, y de mirar atrás buscando ese cariño que se profesaron... pero que ya no volverá.

Genre
Drama
Author
Diego
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

The night we met (Lord Huron)

Cuando abrí la puerta de la casa, el ambiente tenso me invadió. Carla, mi prometida, se encontraba sentada en el sillón, sin su teléfono, sin el televisor encendido, sin la radio andando. En sus dedos, temblorosos, se encontraba el anillo de compromiso.

No levantó la mirada ni me dio la bienvenida. En cambio, sus palabras, otrora dulces y tiernas, salieron de su boca con frialdad:

—Tenemos que hablar.

Una sensación fría subió por mi espalda y todo lo demás desapareció de mi mente. El calor del exterior, el cansancio luego de la jornada de trabajo y la expectativa por el pronto fin de semana; todo aquello dejó de importar.

Instintivamente, apreté el pomo de la puerta.

—¿Qué quieres decir? —es lo único que atiné a preguntar, casi sin aire.

Quise decir algo con voz tranquila. Frases como “Sí, dime, ¿de qué quieres hablar?” y “¿Está todo bien, cariño?“. Pero no lo conseguí. Notaba el aire apretando mi pecho hasta el punto de no dejarme decir palabra.

Sentí que pasó una eternidad, la cual sólo se vio interrumpida por las palabras distantes de Carla, pidiéndome cerrar la puerta.

Obedecí con mano temblorosa y mis ojos se fijaron en el anillo de compromiso que ella aún sostenía, inquieta. Ya intuía lo que se venía, pero nuestra historia juntos no me dejaba creerlo.

—Lo estuve pensando mucho —empezó, con dificultad.

Verla dudar, con sus labios temblorosos y su lengua humedeciéndolos, me dio esperanzas. Quizás, no estaba todo perdido.

Estaba tan equivocado.

Mi prometida tomó aire como si fuera a sumergirse bajo el agua. Yo intenté cruzar el living hasta ella, pero Carla alzó una mano para detenerme y negó con la cabeza. Tragué saliva.

—Esto no va a funcionar —dejó salir.

Mi corazón se saltó un latido. Ella prosiguió:

—Dije que sí pensando en... en... —suspiró, y vi por primera vez las lágrimas en sus mejillas. Sentí esas gotas como si cayeran sobre mí, recriminándome por algo que aún no entendía—. Ya no importa.

Sus palabras “Ya no importa” resonaron en mi interior, acumulando tristeza y rabia. Como si cuatro años de relación, la pedida de mano y su emocionado “sí” pudieran reducirse así.

—¿Por qué? —pregunté con una voz seca que me sorprendió.

Carla negó suavemente con la cabeza. Yo insistí, con mi voz a punto de quebrarse:

—Tengo derecho a saber por qué.

—Simplemente, no quiero estar aquí. No quiero seguir así, con...

Sus palabras se sintieron como balas disparadas hacia mi pecho. Supongo que ella lo supo, porque no fue capaz de terminar la oración, como si se preocupara por herirme. Pero, siendo honesto, eso sólo me hizo sentir patético.

—Conmigo —terminé yo mismo la frase. La palabra ardió en mi garganta mientras la decía—. ¿Así que esto simplememte se acabó, así de la nada?

—Camilo, no...

—¿Hay alguien más?

Ella negó rotundamente con la cabeza.

—¿Entonces? Creía que estábamos bien —estaba convencido de ello—. ¿Despertaste hoy y decidiste que ya no me querías más porque sí?

Siguió agitando la cabeza de un lado a otro. Ahora, sin embargo, los sollozos la acompañaron y las lágrimas bajaron por sus mejillas.

Al verla así, recordé las veces que estuvo triste y la apoyé. La pelea con sus padres, la crisis vocacional, los problemas en el trabajo, los subidones de estrés y ansiedad. En esas ocasiones, me había dejado caer a su lado y la había consolado sin pensar.

Sin embargo, desde esta tarde, todo aquello quedó atrás. No más de eso, ni de las risas, las dudas, las conversaciones hasta la madrugada, las malas películas, las escapadas de fin de semana, las discusiones sobre quién debía lavar la loza. Todo se había acabado.

Antes de darme cuenta, un nudo me cubría la garganta y mis lágrimas salían sin control, al igual que las de ella.

Carla alzó la vista hacia mí por primera vez. Sus ojos me habían contemplado de tantas formas distintas a lo largo de los cuatro años que estuvimos juntos. Pero en aquella ocasión, me observaban de una manera distinta...

Sentí un clavo insertarse en mi pecho.

—No puedo estar aquí.

Dejó el anillo sobre la mesa de centro y se puso de pie.

Otro clavo, aún más profundo.

—Lo siento.

Miré el anillo. Había ahorrado durante los últimos meses sólo para comprárselo. Era el mismo que le entregué en unas vacaciones en la playa, planificadas sólo para pedirle su mano. Anillo que, en aquella ocasión, hizo aparecer una enorme sonrisa en ella.

¿Qué había pasado con todo eso? ¿Se había esfumado por completo?

Un tercer clavo.

Cuando aparté la mirada del anillo, Carla estaba de pie en el pasillo. Mi prometida —ahora, ex— llevaba a su lado una maleta grande, visiblemente llena a más no dar.

—Me tomé el día del trabajo para empacar —indicó y recién entonces noté las cajas de cartón apiladas a un costado del pasillo.

—Así que de verdad despertaste y te diste cuenta de que ya no me querías —comenté, sin siquiera pensarlo—. Al menos no te lo guardaste hasta después del matrimonio.

Ella quiso responder, lo vi en su rostro. Sus labios apretados de una manera particular, su ceño fruncido, sus mejillas levemente enrojecidas. Sin embargo, se limitó a agachar la cabeza y guardar silencio.

Como si yo no mereciera entender qué estaba pasando.

—Entonces, ¿no vas a decirme por qué?

—Mi hermana viene por mí —me ignoró por completo, aunque no fue capaz de sostenerme la mirada.

—¿Por qué?

Sonó el timbre y ella se apresuró a abrir. Su hermana y la pareja estaban del otro lado. No dijeron nada, sólo tomaron las cajas y las llevaron al auto. Entonces, nos dejaron a Carla y a mí solos en la casa una última vez.

—Espero que seas feliz —tuvo el descaro de decir ella, tras cortar una relación de cuatro años sin motivo aparente.

Pero, mientras ella deseaba un buen futuro, yo sólo pensaba en el pasado.

—¿No lo fuiste? —tragué saliva, casi sin voz—. ¿No fuiste feliz?

—Sí lo fui.

—¿Qué pasó, entonces? ¿Te vas así sin más, pese a todo?

—Cuídate —su voz salió suave, con una mezcla de calidez y de tristeza.

No me dejó continuar: Cruzó la puerta y la cerró tras de sí. Oí sus sollozos desbordados del otro lado. Oí sus tacos hasta el auto de su hermana —coche que también formó parte de nuestra historia—. Oí el motor y las ruedas alejarse.

Al final, sólo quedamos el anillo y yo, en esta casa medio vacía en la que, creí, formaríamos una familia.

Me dejé caer en el sillón que habíamos elegido ella y yo al mudarnos. Me observaban los muebles que nos habían visto convivir durante los últimos dos años. Me juzgaban los recuerdos que habíamos construido en este lugar. Me atormentaban las promesas de que nos amaríamos para siempre.

No, no era cierto. Ahí no estábamos sólo el anillo y yo. Nos acompañaba la pregunta que hurgaba en los recuerdos de los últimos cuatro años junto a Carla: ¿Por qué se acabó?

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