único capitulo
Durante su adolescencia, Beomgyu solía pensar que el matrimonio era una pérdida de tiempo y de espacio personal. La idea de compartir cada detalle de su vida con otra persona le resultaba sofocante. No era solo cuestión de amor: implicaba dejar de ser uno mismo para volverse parte de un "nosotros".
Y eso, simplemente, no iba con él.
Había tenido varias parejas, sí, pero ninguna fue más allá de lo que él consideraba una etapa pasajera. Salidas divertidas, mensajes nocturnos, besos robados entre clases… Nada serio. Nada que implicara compromiso real.
Hasta que ingresó a la universidad.
Fue aceptado en una institución privada, prestigiosa, donde comenzó la carrera de Finanzas. Allí conoció a Kai. Un chico de familia acomodada, como él, pero con un brillo distinto. Carismático, atento, encantador. Siempre tenía una sonrisa lista, una frase ingeniosa, una mirada que parecía ver más allá. Y por primera vez, Beomgyu sintió esa chispa. ¿Era amor? No lo sabía. Pero por primera vez, quiso quedarse. Quiso pertenecer a alguien.
A los pocos meses de conocerse, en el primer año de carrera, comenzaron una relación. Tenían apenas 18 años, pero el vínculo creció con fuerza, rápido y sin miedo. Los lujos no faltaban, pero tampoco el afecto. Se cuidaban, se admiraban, se reían juntos. Todo parecía encajar con una naturalidad que sorprendía incluso a sus familias, quienes no tardaron en expresar su entusiasmo por aquella relación tan prometedora.
Cuatro años después, cuando ambos tenían 22, Kai le propuso matrimonio.
Lo hizo de una forma inolvidable: en una isla privada, al atardecer, con el mar como testigo. Beomgyu aún recordaba el sonido de las olas y el brillo de los ojos de Kai mientras le pedía que compartieran el resto de sus vidas.
Y, por supuesto, dijo que sí.
Meses más tarde, celebraron una boda perfecta, elegante y cálida. Era el inicio de una vida juntos. Una que, según todos, parecía sacada de un cuento.
Al graduarse de la universidad, Beomgyu y Kai decidieron no perder el tiempo buscando oportunidades en otro lugar: ambos ingresaron a una de las empresas del conglomerado familiar de Kai, una compañía reconocida en el mundo de las finanzas por su influencia y reputación intachable. Gracias a sus apellidos, sus méritos académicos y el respaldo de sus familias, no fue una sorpresa que ocuparan puestos bastante acomodados desde el inicio.
Kai, con su carisma nato y habilidades de liderazgo, se movía con soltura en los espacios de dirección y estrategia. Beomgyu, por su parte, se inclinó más hacia el análisis financiero y la gestión de relaciones con clientes importantes. Aunque trabajaban en áreas diferentes, compartían el mismo edificio, los mismos pasillos y, en muchas ocasiones, las mismas reuniones de alto nivel.
El ambiente laboral, sofisticado y exigente, parecía hecho a la medida de ambos. Si bien muchos susurraban a espaldas sobre el favoritismo evidente, pocos se atrevían a cuestionar directamente sus capacidades: Beomgyu y Kai sabían lo que hacían, y lo hacían bien.
A simple vista, eran la pareja perfecta: jóvenes, exitosos, apuestos y enamorados. Todo parecía ir exactamente como lo habían planeado. Al poco tiempo Kai ascendió de puesto siendo ahora dueño de la empresa.
Su vida de casado era, en apariencia, perfecta. Cada detalle de la rutina con Kai estaba envuelto en lujo, comodidad y afecto. Beomgyu amaba a su esposo con una devoción que creía inquebrantable. Kai era todo lo que había soñado: atento, generoso, constante. Durante mucho tiempo, pensó que no necesitaba nada más.
Hasta que apareció él.
Su compañero de trabajo: Taehyun.
Había sabido de él gracias a su currículum: un documento impecable, detallado, que hablaba por sí solo. Enumeraba una serie de habilidades clave, perfectamente alineadas con lo que el puesto requería, y reflejaba una trayectoria construida a base de esfuerzo, dedicación y méritos. Tenían la misma edad, algo que llamó aún más su atención. Aquel formulario de solicitud no incluía fotografía, pero aun así Beomgyu quedó impresionado. Era evidente que quien lo había escrito se había ganado cada oportunidad con trabajo duro, no por conexiones o apellido. No dudó en contratarlo.
Necesitaba a alguien capacitado, y él lo era.
Al día siguiente, el nuevo empleado se presentó en la empresa para comenzar su jornada laboral. Y fue entonces cuando Beomgyu lo vio por primera vez. Quedó desconcertado —casi atónito— ante la belleza natural que el chico poseía. No solo era atractivo; había en él algo magnético, una elegancia sutil que desbordaba sin esfuerzo. Desde ese primer momento, Beomgyu sintió una atracción física que no supo controlar.
Quiso convencerse de que solo era el impacto del primer encuentro, algo pasajero, una ilusión que desaparecería al día siguiente. Pero no fue así.
Lamentablemente… no fue así.
No lograba descifrar del todo por qué su presencia lo hacía sentirse así. Solía repetirse que simplemente era un colega más, intentaba no darle importancia… pero el simple hecho de que compartieran el mismo espacio lo hacía sentirse vulnerable, casi expuesto, ante él.
Para Beomgyu, la oficina comenzó a adquirir una intimidad extraña, transformándose en un lugar casi privado cuando Taehyun estaba presente. El ambiente se volvía envolvente, único. Lo volvía loco. Pasar tiempo con él, aunque fuera en silencio, le bastaba. No solían intercambiar palabras más allá de lo indispensable, pero eso era suficiente para que el pelicastaño se sintiera, inexplicablemente, completo.
Todos los días, vivir con esos sentimientos no expresados lo hacía sentir como si cayera en un pozo sin fondo. Y aunque amaba a Kai, debía admitir que algo le faltaba. Ese algo que, sin saber cómo, encontraba en Taehyun.
¿Acaso eso era serle infiel?
La pregunta lo perseguía, sencilla y brutal, ocupando cada espacio de su mente.
—¿Cómo puedo estarle siendo infiel a mi esposo si lo amo? —se repetía con insistencia.
Y era cierto. No lo había dejado de amar. Pero el amor, descubría, a veces no bastaba.
Había noches en las que Beomgyu despertaba sobresaltado, sin saber qué lo había inquietado. Se quedaba mirando el techo en la oscuridad, escuchando la respiración pausada de Kai a su lado. Y entonces lo sentía: la culpa. Esa que se colaba entre las sábanas como un susurro punzante.
—No he hecho nada malo —se decía—. No lo he besado. No he cruzado ninguna línea.
Pero el problema era ese: en su cabeza, ya las había cruzado todas.
En el trabajo, bastaba una mirada de Taehyun para que su cuerpo se tensara. Una palabra amable. Un roce accidental. Una sonrisa. Pequeños gestos que, en teoría, no significaban nada… pero que, para él, lo significaban todo.
Despertar cada mañana junto a la persona que decía amar lo hacía sentirse aún más culpable. Aunque Kai no notaba el cambio, aunque la rutina amorosa que sus amigos envidiaban seguía allí... ya no le sabía igual. Cada palabra, cada gesto, cada encuentro íntimo perdió su esencia desde que Taehyun comenzó a ocupar sus pensamientos.
Con deseo, Beomgyu esperaba los tediosos lunes solo para verlo, para encontrarse con él en los pasillos, para confirmar que seguía allí. A veces, esos pensamientos eran interrumpidos por la inesperada aparición de Kai —que también era su jefe— en su oficina. Cuando eso ocurría, la atmósfera se deshacía, como si esa intimidad emocional que sentía solo con Taehyun se desvaneciera de golpe.
Los meses siguientes fueron una repetición silenciosa del mismo tormento. Cada maldito día era igual: pensamientos que no podía controlar, fantasías que su mente tejía por las noches y que, al despertar, se sentían demasiado reales.
Hacía días que Beomgyu sentía que el límite entre su vida personal y laboral comenzaba a desdibujarse. La oficina, antes un lugar mecánico y predecible, se había convertido en un espacio cargado de emociones que no sabía cómo gestionar. Y lo peor de todo era que Kai no sospechaba nada. Seguía siendo el mismo: atento, cariñoso, presente.
Por eso, cuando lo vio aparecer de pronto en la puerta de la oficina, con esa sonrisa tranquila, a Beomgyu casi se le detuvo el corazón. No estaba preparado para que ambos mundos colisionaran.
—¿Estás listo para irnos— preguntó el pelingero para después darle un corto y pequeño beso en sus labios, su esposo no respondió de la misma forma, estaba sorprendido por la repentina llegada de Kai.
—¿irnos a dónde?— interrogó, pues no recordaba el haber planeado alguna salida con él.
—La cena con los del museo. Dijiste que te interesaba. Te reservé un lugar en la mesa. Pensé en darte una sorpresa y venir a buscarte.— respondió con una sonrisa en su rostro. Beomgyu por su lado no sabía cómo responder hasta que una voz conocida lo saca de su trance.
—Disculpen… —Taehyun se acerca con una carpeta en la mano—. Beomgyu, necesito tu firma en esto antes de que cierre el día.
—Ah, si, claro—
—¿Tú eres Taehyun, no? un gusto el poder conocerte finalmente. He recibido muy buenas referencias sobre ti y parece que tu trabajo habla por si solo— le extendió la mano con naturalidad— Hueningkai
—Un gusto, señor—responde Taehyun, estrechándosela. La formalidad es correcta, pero hay una tensión imperceptible en su voz.
—Nada de "señor". Kai está bien —responde con una sonrisa abierta. Luego mira a Beomgyu con una expresión casi traviesa—. ¿Él también trabaja hasta tarde contigo? No sabía que los dos eran tan dedicados.
Beomgyu se tensa ligeramente, pero intenta sonar natural.
—Sí, Taehyun es muy comprometido. Siempre se queda a cerrar.
Kai asiente, pensativo, y luego se gira hacia Taehyun con espontaneidad.
—¿Y no te gustaría venir tú también? Va a ser algo tranquilo, no tan formal como suena. Siempre es bueno conocer a los colegas de Beomgyu fuera del trabajo. ¿Qué dices?—
Taehyun duda por un segundo, pero la mirada de Beomgyu se cruza con la suya fugazmente, como si buscara una señal.
—Bueno… si no es un problema, encantado —dice finalmente.
—Genial —Kai saca su teléfono y revisa la hora—. Vamos a estar saliendo en unos diez minutos. Te esperamos en el estacionamiento.
Kai sale de la oficina con el mismo aire calmado con el que entró. Cuando se aleja, el silencio se instala entre Beomgyu y Taehyun. Ninguno de los dos sabe bien qué decir.
Beomgyu se levanta con lentitud y se ajusta la corbata, sin atreverse a mirar a Taehyun.
Durante el trayecto de la oficina al estacionamiento, Beomgyu no podía dejar de pensar en lo absurda que le parecía la idea de que Kai lo hubiera invitado a él. Aunque Taehyun le agradaba —más de lo que debería—, no terminaba de encajar del todo en aquel escenario. Algo en su interior se revolvía.
Tenía miedo. Kai lo conocía demasiado bien, y sabía que bastaba una chispa, un gesto malinterpretado, para que todo se derrumbara esa noche.
Al llegar al estacionamiento, apresuró el paso hacia el auto de lujo y se sentó en su asiento habitual, junto a su esposo. Kai ya lo esperaba dentro. Solo unos segundos después, Taehyun apareció a lo lejos, caminando con paso tranquilo, y se unió a ellos.
El trayecto al museo fue un silencio incómodo. Las palabras parecían haber quedado encerradas en la oficina. Nadie hablaba demasiado, excepto Kai, quien hacía comentarios ocasionales sobre el tráfico o el clima de la noche.
—Dicen que lloverá mañana. —comentó, como quien lanza una piedra a un lago quieto.
Beomgyu asentía con respuestas breves, ensayadas.
El ambiente dentro del vehículo se volvía cada vez más denso, sofocante. A ratos, Beomgyu lanzaba miradas fugaces al espejo retrovisor. Taehyun miraba por la ventana con expresión serena, absorto en sus pensamientos. El traje que llevaba puesto le quedaba perfecto. Beomgyu se sorprendió a sí mismo imaginando escenas íntimas, desenfrenadas, donde por fin podía tocarlo, hablarle sin temor, mirarlo sin culpa. Si tan solo fuera suyo. Si tan solo Kai no fuera su esposo… quizás ya habría mostrado sus verdaderas intenciones. Solo así, tal vez, encontraría alivio en su pecho.
El auto se detuvo y los tres descendieron. El aire nocturno era fresco, con un leve aroma a tierra mojada. Beomgyu lo sintió frío, demasiado frío. Los nervios le recorrían el cuerpo como un escalofrío constante. Kai lo notó de inmediato.
—Amor… ¿te sientes bien? —le susurró, mientras caminaban uno al lado del otro.
Beomgyu tardó en responder. Tuvo que buscar dentro de sí palabras que sonaran creíbles, correctas.
—Sí… solo es el frío. A estas horas me cala más de lo normal.
—Sí, el clima está algo helado —rió Kai con suavidad, sin detener el paso.
Detrás de ellos, Taehyun los seguía a poca distancia. No parecía incómodo, pero tampoco buscaba integrarse a la conversación. Sus ojos estaban fijos en la impresionante arquitectura del museo, en los detalles iluminados que decoraban la fachada. Beomgyu lo notó. Y por un instante, solo uno, se volvió a mirarlo. Sus ojos, grandes y oscuros como canicas de vidrio, brillaban bajo la luz del lugar. Parecían los ojos de alguien que estaba viendo algo por primera vez.
Y entonces Beomgyu imaginó. Lo vio con un traje distinto, más suave, en un altar decorado con flores blancas y cintas de seda. Lo imaginó tomándole las manos, diciéndole sus votos. Lo imaginó a él, no a Kai.
Un pensamiento fugaz. Doloroso. Inevitable.
Entraron al museo finalmente. El interior estaba decorado con obras majestuosas: pinturas, esculturas, instalaciones luminosas. Todo lucía lujoso y encantador. Beomgyu adoraba ese lugar. Siempre había sido su favorito. Pero esa noche, por primera vez, no podía concentrarse en nada de lo que lo rodeaba.
Llegar a la sala principal, donde ya lo esperaban varios de sus colegas, le dio a Beomgyu un respiro momentáneo. La atmósfera allí era distinta: más distendida, animada, incluso acogedora. Por un instante, la tensión que lo había acompañado durante todo el trayecto pareció disiparse.
Pero esa sensación duró poco.
Su cuerpo se tensó de nuevo en cuanto Taehyun se sentó justo a su lado. Y al otro extremo, como era de esperarse, estaba Kai. Se sintió atrapado entre ambos, como si cada movimiento suyo pudiera delatar algo que aún no se atrevía ni a nombrar. Sin saber cómo actuar, prefirió guardar silencio.
—¿Quién es él? —preguntó Yeonjun al notar una cara nueva en la mesa.
—¡Ah! Cierto, se me había olvidado presentarlo —respondió Kai con ligereza—. Él es Taehyun, trabaja con nosotros en el área de Beomgyu. Lo invité como agradecimiento por su excelente trabajo.
—Hasta que por fin expandimos nuestro círculo de amistades. Eso me alegra demasiado —intervino Soobin con una sonrisa—. Un gusto, Taehyun. Soy Soobin, prometido de este chico de aquí —dijo señalando a Yeonjun en tono de broma.
—Mucho gusto, Taehyun —añadió Yeonjun, devolviendo la broma—. Soy Yeonjun, el prometido de aquella persona —dijo, señalando de vuelta a Soobin con una expresión divertida.
Taehyun sonrió, algo cohibido pero genuino.
—El gusto es mío, chicos. Y... ¿felicidades por su compromiso? —agregó, con una mezcla de curiosidad e inocencia en su voz.
—Gracias —respondieron Yeonjun y Soobin casi al unísono, intercambiando una mirada cómplice que hizo que Beomgyu desviara la vista por reflejo. Algo en la naturalidad de su vínculo le provocó un pequeño nudo en el estómago.
Mientras el resto comenzaba a conversar con entusiasmo sobre los nuevos cambios en la curaduría del museo, Beomgyu apenas escuchaba. El murmullo de las voces era solo un fondo difuso; su atención estaba dividida entre los gestos de Kai, que hablaba animado con Yeonjun, y la presencia demasiado cercana de Taehyun a su lado.
Una vez, sin querer, sus rodillas se rozaron. Fue apenas un segundo, pero lo suficiente para que Beomgyu contuviera la respiración. No se atrevió a mirarlo, pero supo que Taehyun también lo había notado por la forma en que su cuerpo se tensó brevemente.
—¿Todo bien, Gyu? —preguntó Kai de pronto, inclinándose un poco hacia él.
Beomgyu reaccionó con un sobresalto interno. Lo miró y esbozó una sonrisa.
—Sí, sí. Solo estaba pensando en el informe de fin de mes. Se me viene a la cabeza hasta en la cena —dijo, forzando una risa suave.
Kai soltó una carcajada ligera y le acarició el muslo por debajo de la mesa, gesto que normalmente le hubiera parecido tierno… pero que ahora solo aumentó su incomodidad.
—Tienes que aprender a desconectarte un poco, amor. Ya trabajas demasiado —comentó con ternura.
Taehyun se mantuvo en silencio, aunque bajó la mirada hacia su copa de vino, girándola entre sus dedos con aparente tranquilidad. Pero Beomgyu lo notó: ese gesto solo lo hacía cuando estaba nervioso. Había aprendido a reconocerlo en la oficina, y ahora lo veía aquí, tan fuera de lugar como él mismo se sentía.
—¿Y tú, Taehyun? —preguntó Soobin con amabilidad—. ¿Llevas mucho tiempo en el área con Beomgyu?
—Unos cuantos meses —respondió, alzando la mirada—. Ha sido una experiencia enriquecedora. Beomgyu es un compañero… muy dedicado.
Las palabras fueron medidas, pero cargadas de una intención que no pasó desapercibida para Kai. Él, que hasta ese momento había bebido de su copa con total naturalidad, la bajó con lentitud, sus ojos oscuros fijándose en Taehyun con una expresión difícil de descifrar.
—Me alegra saberlo. Siempre confío en que Gyu sabrá rodearse de personas comprometidas —dijo con tono amable, pero sus palabras arrastraban una suavidad envenenada.
Beomgyu sintió el corazón en la garganta. Esa frase no era casual. Kai empezaba a notar algo.
Y él… no sabía cuánto tiempo más podría seguir fingiendo.
El resto de la cena transcurrió casi de la misma manera: conversaciones animadas, risas espontáneas y ese ambiente cálido que siempre caracterizaba a ese grupo de amigos. Beomgyu, sin embargo, apenas podía concentrarse. Las miradas silenciosas entre él y Taehyun se volvieron cada vez más frecuentes, cargadas de una tensión muda que comenzaba a sobrepasarlo.
Ya no podía más. Se levantó de su asiento con una excusa vaga y se dirigió al baño con paso apresurado. Minutos después, Taehyun se levantó también, murmurando que iba a lavarse la cara. Kai lo observó alejarse y le dedicó una leve sonrisa, tranquila, casi imperceptible… pero atenta.
En el baño, Beomgyu se apoyó en el lavamanos, respirando hondo frente al espejo. Su reflejo lo miraba con el mismo desconcierto que sentía en su interior. Se mojó la nuca con agua fría, como si eso pudiera apagar el incendio que se gestaba en su pecho.
—¿Estás bien? —La voz de Taehyun rompió el silencio al tiempo que abría la llave del grifo.
—S-sí. A veces me sofoco con tanto alboroto a mi alrededor —respondió Beomgyu con una risa nerviosa, observando de reojo cómo el otro se inclinaba para tomar agua con las manos y luego se la echaba al rostro.
Taehyun no respondió de inmediato. Se incorporó con lentitud y tomó una toalla para secarse la cara, su respiración aún agitada por el ambiente cargado que parecía perseguirlos incluso en ese espacio apartado.
—Lo entiendo. Suele pasarme lo mismo —dijo finalmente, sin mirarlo.
Beomgyu lo observaba en silencio. Sentía el calor crecerle bajo la piel, como si cada movimiento del otro lo hipnotizara. Su mente gritaba que debía calmarse, que debía alejarse. Pero su cuerpo no quería obedecer.
—Por cierto… ese traje que usó el modelo Seokjin en su última sesión —murmuró con voz más baja—, te queda aún mejor.
Finalmente, sus miradas se cruzaron.
Y en ese cruce, sobró todo lo demás. Ahí estaba la verdad que ninguno había dicho, el deseo contenido, la tensión que ya no podían seguir disimulando. Un segundo más, solo uno más, y habrían cruzado un límite.
Pero Beomgyu fue el primero en romper el hechizo. Bajó la mirada, tragó saliva y salió del baño sin decir una palabra más, dejando atrás el reflejo de lo que casi fue… y que muy pronto, tal vez, no podría ser.
Al regresar a la sala principal donde se estaba llevando a cabo la reunión, Beomgyu se limitó a hablar. En su cuerpo aún se sentía el calor creciente, como brasas apagadas a medias. Solo tomó su asiento, y Kai lo miró de reojo, no con amor, sino con la decepción amarga de una sospecha que ya no necesitaba confirmación.
A los minutos, fue Beomgyu quien rompió el silencio. Habló en voz baja, casi como un susurro que solo Kai podría oír:
—Creo que deberíamos irnos... acabo de recordar que mañana tengo unos documentos pendientes por revisar. No quiero dejar nada a medias.
Kai no respondió de inmediato. Solo lo observó en silencio, con una expresión que decía mucho más que cualquier palabra. Aún así se paró de su asiento en señal de haber hecho caso a sus palabras. Ambos se despidieron de sus amigos dejando atrás también a Taehyun que solo quedó mirando como se marchaban del lugar.
El camino de regreso a casa fue un viaje en completo silencio.
Kai mantenía ambas manos firmes sobre el volante, con la mirada fija en la carretera. Beomgyu, por su parte, observaba los reflejos de la ciudad desde la ventana, como si quisiera perderse entre las luces que se desvanecían tras el vidrio empañado. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Había algo en el aire, espeso, casi irrespirable. Un presentimiento, una certeza no dicha.
Al llegar a la casa, Kai fue el primero en salir. Le sostuvo la puerta a Beomgyu con la misma cortesía de siempre, pero sin mirarlo a los ojos. Cruzaron juntos el recibidor y entraron a su grande y lujosa casa.
—Iré a revisar los documentos, no me molestes, estaré trabajando toda la noche— dijo firmemente dirigiéndose a a paso apurado a su oficina de trabajo, la cual estaba situada en la planta baja de la casa.
—Claro, si necesitas algo más me lo dices. Te amo— y Beomgyu no respondió de vuelta.
La noche lo envolvía como un secreto no contado. El eco lejano de la puerta cerrándose quedó flotando en el aire, seguido por el sonido de sus pasos arrastrados por la madera hasta la habitación. Kai no había dicho una palabra en el trayecto de regreso. Y Beomgyu tampoco. El silencio se había vuelto un lenguaje más brutal que cualquier confesión.
Ya en la oficina, fingió agotamiento. Se despidió con un beso al aire y se encerró, como si pudiera dejar fuera de esas paredes el peso de su deseo, la confusión que lo devoraba.
Se dejó caer en el sofá cama que tenía en el pequeño cuarto, su camisa se encontraba algo abierta de la parte baja, el corazón palpitando con rabia contenida. Cerró los ojos. Y en la oscuridad interna de sus párpados, volvió a ver a Taehyun. De pie, con gotas de agua resbalando por sus mejillas, con la mirada intensa que parecía desnudarlo sin necesidad de tocarlo.
Beomgyu exhaló. El aire le salió tibio, tembloroso, como si ya no le perteneciera.
El calor que invadía su cuerpo no podía detenerse, y su mente no ayudaba mucho, si tan solo en ese momento se hubiera acercado a él para romper el incómodo momento con un beso intenso que ambos estaban esperando, si tan solo se hubiera dejado llevar en aquel momento...
De a poco su mano iba descendiendo en su pecho hasta llegar a su abdomen rozando la piel como una caricia que pide permiso. Era un gesto suave, pausado, como si se temiera quebrar la fantasía. Sus dedos dibujaban la silueta de un cuerpo que no era el suyo, imaginaban el tacto de unas manos que nunca lo habían tocado. Lo hacía con cuidado, con reverencia. No era lujuria: era una súplica muda de sentirse vivo en medio de tanta mentira.
El calor comenzó a expandirse dentro de su pecho, subiendo como un río tibio hasta su cuello, y bajando lentamente hasta su vientre. Se arqueó apenas, sin quererlo, cuando su mano descendió con temblor hacia la curva interior de su muslo. La tela le estorbaba, pero aún así continuó, lento, como si cada segundo fuese un poema.
Quería recordar cómo se sentía ser deseado, cómo era dejarse llevar por la ilusión de alguien que lo miraba como si fuera la única cosa bella en una habitación llena de arte. Sus dedos se movían en círculos pequeños, apenas perceptibles, como si escribiera con ellos una carta que jamás se atrevería a enviar. Su respiración se volvió más errática, más profunda, y su cuerpo comenzó a encenderse desde el centro.
En su mente, era Taehyun quien lo tocaba con esa devoción muda, quien lo exploraba como si pudiera leerlo desde la piel hacia adentro. La imagen era tan vívida que por un momento creyó sentir sus labios en el cuello, su voz grave diciendo su nombre al oído. Y eso era lo que más deseaba, el pecado que había estado ocultando durante esos meses.
Deseaba entregarse a él como si fuera la primera vez. Su mente vagaba por los paisajes de una fantasía en la que Taehyun lo tocaba sin reservas, sin límites ni culpas, solo deseo limpio y confesado. Imaginaba sus manos explorándolo con devoción, como si su piel fuera un territorio sagrado, y ese pensamiento lo hacía arder por dentro. La habitación se sentía más cálida con cada imagen que cruzaba por su mente, pero ninguna tan incendiaria como la idea de tenerlo cerca, muy cerca, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo temblor.
No imaginaba otra cosa. No deseaba a nadie más. Solo a él. Quería sentir sus labios como promesa, su cuerpo como refugio, su presencia como único alivio en medio de todo lo que le faltaba.
El clímax fue silencioso, pero intenso, como un fuego contenido que al fin encontró aire. Su espalda se tensó, sus dedos se cerraron sobre la tela, y sus labios se entreabrieron en una exhalación rota, vulnerable, brutalmente honesta.
—Taehyun…
Fue un suspiro ahogado, como si su alma hubiera llamado al único nombre que realmente deseaba decir.
Y del otro lado de la puerta, que estaba a medio cerrar se encontraba Kai, quien había escuchado claramente el nombre, que el que decía ser su esposo, había gemido. Se quedó inmóvil en el lugar, no interrumpió, no quiso parecer indecente aunque había observado toda la escena, simplemente se marchó del lugar.
Al día siguiente la mañana se encontraba nublada, al igual que sus pensamientos, cuando despertó Kai ya no se encontraba en la casa, puesto que había salido temprano a la empresa. Se le hizo raro, pero decidió no darle la importancia necesaria. Se arregló pensando solamente en él y salió de su casa en dirección al trabajo.
El edificio se alzaba, como siempre, imponente contra el cielo grisáceo de la mañana. Caminó por el vestíbulo sin saludar, con la mirada fija en el suelo, como si cada paso lo acercara más a un abismo invisible. Aún podía sentir en su cuerpo el eco de la noche anterior, como una cicatriz nueva que apenas empezaba a doler.
Subió al ascensor y presionó el botón de su piso. El silencio de ese pequeño cubículo le pesó en los hombros. No sabía qué esperaba ver al llegar. ¿Taehyun en su escritorio, como siempre, saludándolo con esa sonrisa discreta? ¿La posibilidad, por mínima que fuera, de encontrarse a solas con él y hablar? ¿Pedir disculpas, o tal vez… volver a mirarse?
Pero al llegar, lo supo. No fue necesario preguntar.
Su escritorio estaba vacío.
No vacío por un descuido. Vacío de forma intencional. Desnudo.
Beomgyu se quedó estático, como si la escena no tuviera sentido, como si aún pudiera revertirla con un simple parpadeo.
Una colega, al pasar, se detuvo un segundo junto a él. Era Yoongi, un empleado que llevaba tiempo ahí.
—¿No te han dicho? —preguntó, sin malicia, como quien informa algo inevitable—. Esta mañana se hizo oficial. Despidieron a Taehyun. Aparentemente hubo una decisión directa desde arriba… Es una lástima, era un buen empleado
Beomgyu no respondió. Ni preguntó. Solo asintió lentamente, sin dejar de mirar ese espacio en blanco que antes era presencia, calor, vida.
Sintió un nudo en la garganta. No de rabia. De pérdida.
Y en ese silencio, frente al escritorio vacío, comprendió que el verdadero castigo no sería la culpa.
Sería el recuerdo. Constante, persistente, como el eco de un nombre que ya no podía pronunciar.