PRÓLOGO - LA HABITACIÓN ESTÉRIL

La vida nunca avisa. Entra sin llamar, te revienta la puerta y te deja caída en el suelo sin siquiera preguntarte tu nombre. Hay días que nacen normales, tibios, casi aburridos... y aun así esconden en los bolsillos un cuchillo. Un giro. Un impacto. Un derrumbe. La vida es experta en eso: en convertir lo cotidiano en una trampa mortal.
Yo aprendí esa lección tumbada en una cama fría, con la luz estéril mordiéndome los ojos y un silencio tan denso que podía asfixiar. Dicen que el miedo real no grita: respira. Respira encima de ti, observándote mientras estás inconsciente, esperando a que despiertes para enseñarte el desastre.
Hubo un día, uno que debería haber sido uno más, donde la vida bajó la mirada, sonrió de lado... y decidió empujarme al abismo. Lo que vino después ya no parecía humano: convulsiones, silencio, la hemorragia interna de todo lo que yo era deslizándose hacia un pozo del que nadie sabía si saldría.
Estar en coma es como flotar en la nada, pero con un monstruo agarrado a los tobillos. No sabes dónde estás, pero sientes que algo en tu cuerpo se rompe, y se rompe, y se rompe. Es un terror silencioso, primitivo, que no necesita sombras ni criaturas ni voces. Solo necesita a la vida haciendo lo que mejor sabe hacer: destruir sin motivo.
Me adentré en ese pozo sin despedirme de nadie. Me adentré sola. La gente dice que cuando estás al borde muere la esperanza, pero mienten: lo que muere primero es la confianza en el mundo. En los sistemas. En la gente. En la idea de que estás a salvo “porque sí“. No estás a salvo. Nadie lo está. El mundo es una máquina que gira como quiere, y si decide aplastarte, lo hará sin pestañear.
El verdadero terror no viene con colmillos. Viene con bata blanca. Con un mal protocolo. Con un informe archivado sin leer. Con un “no te corresponde”. Con un “vuelve más tarde”. Con un “no podemos darte esa información”. Viene disfrazado de normalidad mientras te empuja al borde con la misma suavidad con la que se sirve un café. Ese es el monstruo real. La vida, la administración, la gente que promete y no cumple, el abandono disfrazado de burocracia, la negligencia maquillada de profesionalidad. Los silencios que te entierran más que cualquier tumba.
Y aun así, desperté. Con un cerebro golpeado, un cuerpo marcado, y una vida deshecha como una sábana arrancada de cuajo. Desperté porque la muerte me olió de cerca... y decidió no llevarme. No por piedad, sino por capricho. La muerte también juega. Ahí empezó el verdadero terror: seguir viva. Estar consciente. Recordar. Y tener que reconstruir lo que se había roto sin manual, sin ayuda y sin red.
Dicen que el miedo es irracional. Mentira. El miedo es lógico cuando ya viste lo que nadie debería ver. Cuando ya estuviste en ese pasillo sin ventanas donde cada eco es una pérdida. Cuando sabes perfectamente que un día normal puede convertirse, sin previo aviso, en la última vez que eres tú.
Porque ese es el núcleo del terror real: nunca sabes qué día será el que cambie tu vida para siempre. Nunca sabes quién te fallará. Nunca sabes quién te dejará caer. Y cuando caes... descubres que el hoyo es más hondo de lo que jamás imaginaste.
Ese fue mi punto de partida. Ese fue mi descenso. Y esta es mi historia: cruda, sucia, visceral. Un recordatorio de que no hay monstruo más peligroso que la vida real.