Epílogo.
Para que esto pueda comenzar, necesito que entiendas ciertos puntos con absoluta claridad.
En cualquier momento del día estaré al mando. No me interesa si estás de acuerdo o no con las decisiones que tome. Estoy acostumbrado a imponer mi voluntad y no pienso cambiar eso.
Detesto la palabra “no”. No quiero escuchar “no puedo” o “no lo haré”. Si decides desobedecer, asumirás las consecuencias. No dudaré en reprenderte a mi manera. No intentarás tocarme bajo ninguna circunstancia, a menos que yo lo autorice. No confundas tu lugar ni asumas derechos que no tienes.
Si te enamoras, te vas. No deseo una relación sentimental ni estabilidad emocional con nadie. No soy un hombre dulce y no pretendo serlo. Tampoco estoy dispuesto a lidiar con sentimientos no correspondidos. Esto no es una relación de pareja. Los celos no tienen cabida aquí. Las muestras de cariño tampoco. La preocupación no forma parte del acuerdo. Lo único que importa es que cumplas con lo estipulado en el contrato.
No creo en segundas oportunidades. Sin embargo, si la falta no es grave, recibirás un “strike”. Tres faltas serán suficientes para terminarlo todo. No necesito explicar qué ocurrirá después. A mi lado tendrás beneficios, todos claramente detallados en el contrato. Pero también existen penalizaciones, y cada una tiene un costo específico según la gravedad de la falta. Tienes tres días para darme una respuesta clara. Si al finalizar ese plazo no obtengo una decisión firme, asumiré que has elegido marcharte.
Al firmar, aceptas que serás única y exclusivamente mía durante la vigencia del contrato. No podrás relacionarte sexualmente con nadie más. Deberás utilizar el método anticonceptivo indicado por mi médico de confianza. No deseo hijos. En caso de cualquier “accidente”, tomaré las medidas que considere necesarias para resolverlo.
No te enamores. O el contrato terminará. A menos que sea yo quien decida extenderlo.