Cataclysm

All Rights Reserved ©

Summary

Tras el Cataclismo, el mundo es acosado por Distorsiones: criaturas nacidas de emociones humanas corrompidas. Elay, un joven cazador marcado por la tragedia, vive atrapado entre deber y venganza… hasta que presencia lo imposible: seis Distorsiones fusionándose en una chica humana. una Distorsión consciente, perdida y peligrosamente poderosa. Ocultarla significa traicionar a la Alta Orden Suprema. Protegerla… arriesgarlo todo. Perseguidos por cazadores de élite y unidos por un vínculo prohibido, Elay y Snow deberán enfrentar un mundo roto, descubrir la verdad del Cataclismo… y sobrevivir a un destino que intenta separarlos.

Genre
Scifi
Author
SilentVoss
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: una misión normal

Era una noche normal. Lo suficiente para que Elay pensara que sería otra misión sin complicaciones. La Alta Orden Suprema le había enviado el informe horas antes: Distorsión de nivel medio detectada en el sector norte del distrito 7. Neutralizar. Nada fuera de lo habitual.

Caminó entre las calles silenciosas con la mano apoyada en la empuñadura de su espada materializada. A simple vista, parecía una hoja de acero común, pero no era más que energía emocional condensada. Una habilidad que Elay había dominado con los años: materializar armas desde la nada. Simple, práctica, sin adornos. Como todo en su vida.

El distrito 7 siempre le había parecido desagradable. Construcciones viejas, cables colgando, luces parpadeando. No era peligroso para alguien como él, pero sí incómodo. Odiaba venir aquí porque las Distorsiones eran más comunes en lugares donde la gente solía sufrir. Y este distrito… estaba lleno de eso.

Al llegar al punto exacto indicado por la Orden, se detuvo. El aire cambiaba cuando una Distorsión estaba cerca. Era como caminar en un lugar donde no deberías estar. Una sensación pesada en el pecho.

—Aquí estás… —murmuró, ajustando los guantes.

La vio. Una figura humanoide, encorvada, con la piel estirada y los ojos completamente blancos. Una Distorsión común, nacida de miedo o angustia. Nada demasiado peligroso.

Elay avanzó directo, sin rodeos. La hoja materializada brilló levemente en su mano.

Pero antes de atacar, algo ocurrió.

Un sonido seco detrás de la criatura. Luego, otro. Y otro más.

Cinco Distorsiones más salieron de entre las sombras, arrastrándose, caminando o flotando como si el aire mismo las empujara.

Elay retrocedió un paso, sorprendido. No era común que varias Distorsiones se reunieran sin razón. Mucho menos que seis aparecieran en un punto exacto.

—Tsk… esto ya es raro.

Las seis Distorsiones comenzaron a moverse. No hacia él… sino entre ellas. Como atraídas. Como si algo las estuviera obligando a juntarse.

Elay frunció el ceño. Él había visto fusiones antes, pero nunca entre tantas. Normalmente dos Distorsiones podían combinarse, pero más de tres era inestable. Una fusión de seis era prácticamente imposible. O mejor dicho… mortal.

La primera criatura tocó a la segunda. La segunda a la tercera. Y en cuestión de segundos, un remolino oscuro empezó a formarse en el centro del grupo. Era una mezcla de energía corrompida, vibrante, como si el aire estuviera a punto de romperse.

Elay levantó su espada y dio un paso atrás más. Su instinto gritaba que no se acercara.

El remolino creció, envolviendo a todas las criaturas. Los sonidos que salieron de allí no se parecían a nada que él hubiera escuchado. No eran gritos de dolor. No eran rugidos. Eran… voces. Voces humanas. Sollozos. Risas. Murmullos. Como si cientos de emociones hablaran al mismo tiempo.

La energía explotó hacia arriba con un brillo blanco.

Elay levantó el brazo para cubrirse, pero aun así la luz lo obligó a cerrar los ojos. Cuando la claridad finalmente empezó a desvanecerse, apretó los dientes y bajó la guardia.

Y entonces la vio.

En el lugar donde antes estaban las seis Distorsiones, había una chica.

Desnuda, sentada en el suelo, temblando como si acabara de despertar de una pesadilla. Su piel era pálida, casi translúcida bajo la luz de los postes. El cabello blanco caía hasta su cintura, desordenado, movido por el viento. Y sus ojos… eran los más extraños que Elay había visto. No parecían de Distorsión. No parecían de humana tampoco. Eran como agua inquieta: claros, llenos de vida, pero con algo roto en el fondo.

Ella levantó la vista. Sus miradas se cruzaron.

Elay tensó la espada de inmediato.

—Qué… demonios eres tú… —susurró, con el pulso acelerado.

La chica no habló. No parecía entender dónde estaba. Miraba sus manos, el suelo, luego a él. Confundida. Como un animal asustado.

Elay dio un paso hacia atrás. No podía atacarla sin entender qué había pasado. Pero tampoco podía acercarse. Era una Distorsión. Tenía que reportarla. Tenía que cumplir la misión.

Pero nada en su instinto le gritaba peligro al verla. No había presión en el aire. No había olor a corrupción. No había rastro de las emociones rotas típicas de esas criaturas.

Solo… ella.

—No te acerques —advirtió, alzando su arma.

La chica inclinó la cabeza, como si intentara comprender sus palabras.

Y luego habló, con una voz suave, casi débil:

—…frío…

Elay apretó los dientes. Que hablara no la hacía humana. Había Distorsiones capaces de imitar voces, aunque jamás tan… natural.

Sin embargo, lo que más lo desconcertó no fue su apariencia.

Ni su voz.

Ni lo imposible de su aparición.

Fue lo que sintió al mirarla.

Nada.

Las Distorsiones emitían emociones densas, violentas, filtradas. Pero ella… era un vacío. Un silencio emocional absoluto. Como si fuera algo completamente nuevo.

Elay tragó saliva, sin bajar su guardia.

Esa noche, que debía ser otra misión rutinaria, acababa de romper por completo todo lo que él creía saber sobre las Distorsiones.

Elay caminó rápido entre los callejones secundarios, siempre mirando por encima del hombro. La criatura inconsciente que cargaba sobre su espalda pesaba más de lo que aparentaba. Su respiración seguía acelerada por la tensión del combate, pero no podía permitirse bajar la guardia. No después de lo que acababa de hacer.

Su refugio no estaba lejos: una bodega abandonada en la parte vieja del distrito industrial. Desde afuera parecía un cascarón oxidado, condenado a derrumbarse. Desde adentro, sin embargo, era una red de sombras, cajas y un pequeño espacio improvisado con lo necesario para sobrevivir. Nadie entraba ahí, y nadie preguntaba por él. Así era mejor.

Empujó la puerta metálica, la cerró tras él y dejó el cuerpo de la chica—la distorsión—sobre un colchón viejo. Ella se movió un poco, pero no despertó. Elay se apartó, apoyó su arma en la mesa y se permitió un respiro. Uno solo.

—Esto fue una estupidez —murmuró para sí mismo.

No sabía qué lo había impulsado a detenerse durante la misión. Tenía la orden clara: eliminar toda distorsión humana. No era la primera vez que ejecutaba a una Pero esta vez… dudó. Y cuando dudó, actuó distinto.

Se sentó en una silla metálica, sin apartarle la vista. Quería entender qué era ella exactamente. Sus ojos, cuando los vio por primera vez, no tenían ese brillo vacío típico de una distorsión. No estaban muertos. Se veían confundidos. Aterrados. Humanos.

No podía confiar en esa impresión. Podría ser una ilusión, una trampa, un mecanismo emocional para manipularlo. Las distorsiones solían hacer eso: engañar.

Minutos después, la chica despertó de golpe.

Su cuerpo entero tembló. Se incorporó tan rápido que por poco cae del colchón. Sus ojos recorrieron el lugar buscando salidas. Cuando se posaron en Elay, el miedo dio paso a una agresividad inmediata, casi animal.

—No te acerques —escupió ella, con voz ronca.

Elay no se movió. Ni siquiera pestañeó.

—No planeo hacerlo —respondió, frío—. Pero necesito respuestas.

La chica retrocedió hasta pegarse contra la pared, respirando agitada. Sus manos temblaban; no parecían listas para atacar, pero sí para defenderse desesperadamente.

—¿Qué eres? —preguntó Elay directo, sin suavizar el tono.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —reaccionó ella con un temblor en la mandíbula—. Soy humana… supongo.

La última palabra sonó más a duda que a afirmación.

—Eres una distorsión —corrigió él—. O algo que se parece mucho a una.

Ella negó inmediatamente, con fuerza.

—No. Yo...

Elay entrecerró los ojos. Si estaba mintiendo, lo hacía mal. Si decía la verdad, era aún más peligroso.

—Vi lo que eras allá afuera —continuó él—. Ese brillo que liberaste no es algo humano es de las distorsiones.

La chica se quedó en silencio, apretando las manos contra el colchón, como si recordar eso le doliera físicamente.

—No se de que hablas...

Elay sostuvo la mirada unos segundos, evaluando cada gesto. Lo que vio no era hostilidad pura. Era miedo. Confusión. Y una sensación de que ella no tenía ni idea de lo que significaba ser una distorsión.

—Necesito tu nombre —dijo él.

Ella dudó. Lo pensó. Intentó hablar dos veces antes de finalmente responder:

—…No lo recuerdo.

Elay la estudió con más atención. No mostraba señales de estar fingiendo. No había dramatismo en su voz ni un patrón de manipulación. Era como si realmente hubiera despertado sin identidad.

Eso complicaba todo.

—Escúchame bien —le dijo él, apoyando los codos sobre las rodillas—. No confío en ti. Tengo órdenes de eliminarte, órdenes que rompí al traerte aquí. Así que no intentes nada estúpido. Ni un movimiento raro.

Sus palabras funcionaron. Ella se quedó completamente quieta. Los ojos tensos. El cuerpo rígido.

—¿Entonces por qué me salvaste? —preguntó ella en voz baja.

Elay no respondió. Ni él mismo tenía una respuesta convincente.

Se levantó. Tomó su abrigo y su placa de la alta orden.

—No te muevas de aquí. No abras la puerta. Si haces ruido o intentas escapar, te encontrarán. Y te van a matar sin hacer preguntas —advirtió.

Ella no dijo nada, pero su rostro reveló que entendía perfectamente.

Elay salió del refugio, cerrando con doble seguro. Caminó directo hacia la sede secundaria de la Alta Orden Suprema. Tenía que entregar el reporte de misión, uno modificado.

No podía revelar que había traído consigo a una distorsión humana. Así que reconstruyó mentalmente la historia que iba a entregar.

El edificio de la Alta Orden Suprema se levantaba como una torre gris entre las calles apagadas de la ciudad. Elay caminó directo hacia la entrada principal, con el informe comprimido en su placa y el peso de lo que había dejado oculto en su refugio. A esa hora, la mayoría de cazadores regresaban de sus rutas o se preparaban para salir, así que el lugar tenía ese ambiente tenso y simultáneo de cansancio y movimiento continuo.

Al entrar, el sonido metálico de las puertas automáticas lo recibió junto al murmullo de voces, pasos, intercambios de reportes y el olor a desinfectante que nunca faltaba ahí dentro. Varios cazadores lo saludaron con un gesto corto; Elay no era el más fuerte, pero sí uno de los más estables. No fallaba misiones, no generaba problemas, no mentía… o al menos, no solía hacerlo.

Llegó al mostrador de registro, donde una mujer de cabello atado revisaba pantallas a una velocidad casi irritante.

—Voss —dijo ella sin levantar la mirada—. Reporte de la misión 49-C.

Él deslizó su placa por el escáner.

—Enviado.

Durante unos segundos, la mujer no dijo nada. Revisaba. Comparaba. Leía.

—Dice aquí que catalogaste la distorsión como tipo Coral… —comentó con un tono neutro—. ¿Afirmas que estaba sola? No había actividad secundaria, ni rastros de expansión anómala.

—Negativo —respondió Elay sin titubear—. Fue una distorsión estable. No generó residuos, no detecté variaciones en el terreno. Solo la eliminé.

—Bien. Y los núcleos… —ahí lo miró por primera vez—. Reportas uno de intensidad baja. ¿Solo uno?

Elay mantuvo el rostro serio, los ojos fijos en ella.

—Sí. El combate no duró mucho. No dejó más.

Una mentira simple, pequeña, fácil de sostener. La clase de mentira que no llama la atención porque no tiene drama ni detalles innecesarios. La mujer asintió y terminó de sellar el reporte.

—Aprobado. Pasa al salón común. Están haciendo recuento de turnos para la próxima rotación.

Él dio un leve gesto de cabeza y avanzó hacia el pasillo principal. El salón común estaba lleno: cazadores sentados en mesas, otros limpiando armas, algunos descansando con los ojos cerrados. El ruido era constante, pero no insoportable.

En una de las mesas, su compañero ocasional, Rogan, levantó una mano.

—Elay, por fin apareces —dijo con media sonrisa—. ¿Sola la misión?

—Sí. Nada complicado.

Rogan resopló.

—Ojalá todos tuviéramos tu suerte. A mí me tocó uno que explotaba como si odiara existir.

Elay tomó asiento. Rogan continuó hablando, contando detalles absurdos y exagerando partes del combate como siempre. Elay escuchaba en silencio, apenas respondiendo lo necesario. Era su forma natural de estar ahí: presente, pero distante.

Un par de cazadores del fondo empezaron a discutir sobre quién había traído un núcleo más valioso ese día. Otros revisaban tabletas con información de las distorsiones. Todo normal. Todo rutinario. Todo exactamente igual a siempre.

Y eso era lo que lo hacía sentir más incómodo.

Porque mientras hablaban y reían y comparaban colores de núcleos, él tenía a una distorsión humana escondida en su refugio, con ojos fríos y una voz que temblaba entre miedo y desconfianza. Y él había mentido para cubrirla.

No era una gran mentira. No era una traición abierta.

Pero era un primer paso.

Y él era consciente de eso mientras Rogan seguía hablando y el salón sonaba como un refugio temporal del caos exterior. Todo se sentía igual, pero Elay ya no lo estaba.

La conversación continuó, el ambiente del salón lo envolvió y Elay fingió encajar como siempre, aunque en su mente solo regresaba una imagen constante: la chica acorralada contra la pared de su refugio, mirándolo como si un paso en falso pudiera significar su muerte. Esa imagen no lo iba a dejar en paz tan fácilmente, pero por ahora tenía que actuar como si nada hubiera cambiado.

Solo por ahora.