Prólogo — El primer silencio
Antes de aprender las reglas de la academia, Aila aprendió sus silencios.
Durante el día, la Academia Greyroot hablaba sin reservas. Las voces rebotaban en los corredores, los pasos seguían rutas gastadas por generaciones de estudiantes, y los faroles ardían con una precisión constante. Todo parecía medido, controlado, calculado.
Pero había momentos—pocos, breves—en los que la academia callaba de una forma distinta.
Como si eligiera qué dejar oír.
Aila notó esos momentos casi de inmediato.
Ocurrió en su segunda semana, cuando todavía estaba aprendiendo qué escaleras llevaban a lugares reales y cuáles parecían existir solo para desorientar a los recién llegados. Buscaba el aula del ala este, siguiendo indicaciones que deberían haber sido sencillas.
En lugar de eso, el pasillo se fue estrechando.
Las voces quedaron atrás. El aire se volvió pesado, impregnado del olor de la piedra antigua y de algo metálico, apenas perceptible. Los faroles colgados sobre su cabeza ardían más bajos allí, proyectando una luz suave que no alcanzaba del todo las esquinas.
Aila redujo el paso.
No sentía miedo—todavía no. Pero reconoció esa presión familiar en el pecho, esa intuición que había aprendido a no ignorar. La sensación de haber entrado en un lugar donde la academia prefería que nadie se quedara demasiado tiempo.
El suelo bajo sus botas estaba tibio.
Esta vez se detuvo por completo.
El calor no era evidente ni alarmante. Solo lo suficiente para ser incorrecto.
Probó cambiar el peso de un pie al otro. La sensación no desapareció—permanecía allí, constante, paciente—como si hubiera existido mucho antes de ella y fuera a seguir allí cuando se marchara.
Aila se agachó despacio, con el corazón latiendo más fuerte que el zumbido tenue de los faroles. El adoquín bajo sus dedos era más oscuro que los demás, pulido por el paso del tiempo. Una de las piedras sobresalía apenas, no más que el grosor de una yema, pero lo suficiente para llamar su atención.
Alzó la mano.
—No.
La voz llegó desde atrás.
Tranquila.
Medida.
Cuidadosa.
Aila se incorporó de inmediato y se volvió. Un chico estaba a unos pasos de distancia, con las manos relajadas a los costados y una postura que transmitía control más que comodidad.
Parecía mayor que ella, aunque no sabía explicar por qué. Su cabello claro atrapaba la luz del farol—plateado con un matiz azul—y sus ojos eran atentos, calculadores, como si estuviera observando su reacción más que lo que ocurría a su alrededor.
No sonreía.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aila, con más defensiva de la que pretendía.
Él miró brevemente la piedra y luego volvió a mirarla.
—Porque lo arreglan todos los años.
Aila frunció el ceño.
—¿Arreglan qué?
El chico dudó.
Fue apenas un instante. Una pausa mínima que la mayoría habría pasado por alto.
Aila no.
—Eso —dijo al final, señalando el suelo—. Lo que sea que decida hacer cuando nadie está mirando.
El pulso de Aila se aceleró.
—Tú también lo sentiste —dijo, sin terminar de creérselo hasta que las palabras salieron de su boca.
Él la observó con más atención ahora. Algo cambió en su expresión.
No sorpresa.
Reconocimiento.
—A veces —admitió.
El alivio y la inquietud se mezclaron en el pecho de Aila. No lo había imaginado. El calor. La sensación de que algo no encajaba. La certeza de que el suelo de la academia era consciente de ella.
Permanecieron allí en silencio, con la piedra vibrando suavemente entre ambos bajo siglos de desgaste. El pasillo parecía suspendido, como si el tiempo se hubiera detenido solo para observarlos.
—Soy Aila —dijo por fin, cuando el silencio empezó a pesarle.
—Tomas —respondió él tras un segundo—. Tomas Veyne.
El nombre no significó nada para ella en ese momento. Aún no.
Aila volvió a mirar la piedra.
—¿Por qué no lo explican?
Los labios de Tomas se tensaron apenas.
—Porque Greyroot no explica las cosas que no puede controlar.
La frase se asentó con peso en su pecho.
Eso debería haberle dado miedo.
En cambio, se sintió como una confirmación.
Unos pasos resonaron a lo lejos. Luego risas—fuertes, despreocupadas—arrastrando a la academia de vuelta al movimiento. El silencio se rompió de golpe, como un hilo que se tensa demasiado.
Tomas se enderezó, y el momento se cerró.
—No deberías venir aquí sola —dijo—. Y no deberías hablar de esto.
—¿Por qué? —preguntó Aila.
Él sostuvo su mirada sin apartarse.
—Porque cuando empiezas a notar cosas así, la academia empieza a notarte a ti.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, se dio la vuelta y se alejó por un pasillo lateral que parecía completamente normal—hasta que ella intentó recordar adónde llevaba.
Aila permaneció allí un momento más.
No tocó la piedra.
Pero al marcharse, sintió que el calor seguía bajo sus pasos—lento, deliberado—como si el propio suelo estuviera memorizándola.
Desde ese día, Aila empezó a notar a Tomas en todas partes.
Nunca cerca. Jamás demasiado cerca.
En aulas distintas. En los bordes de los patios. En momentos en que un profesor omitía un año en los registros o un mapa no coincidía del todo con la ciudad que se veía tras la ventana.
Nunca volvieron a hablar de la piedra.
No hacía falta.
Para cuando los adoquines empezaron a moverse abiertamente—para cuando Greyroot comenzó a despertar—Aila ya sabía algo con absoluta certeza:
No era la única que estaba escuchando.