Episodio 1: La casa bajo el sauce
Ciudad de México, 1970
Dicen que el México de 1970 huele a futuro, pero para mí todavía huele a pólvora.
A gasolina.
A cemento caliente.
A un silencio que nadie quiere nombrar.
Las calles están llenas de banderas del Mundial y anuncios de modernidad: edificios nuevos, autos más relucientes, políticos sonriendo en vallas publicitarias como si todo hubiera sido arrasado. Pero no olvido.
Nadie en mi generación olvida.
Aunque los adultos hagan oídos sordos, aunque los periódicos mutilen las palabras, aunque en la escuela nos digan que “se acabó”.
1968 aún respira bajo el pavimento. Apenas tenía quince años, pero recuerdo el temblor eléctrico en mi cuerpo, las voces en la radio, los rumores que corrían de boca en boca como contrabando. Recuerdo las miradas de la gente corriendo sin saber adónde huir. Recuerdo ese silencio que vino después, más denso que la noche misma.
A veces siento que crecimos dos veces.
Una vez como adolescentes… y otra como sobrevivientes de algo que ni siquiera experimentamos del todo.
En 1970, todos fingen que volvemos a ser felices. Que somos modernos, que la ciudad está más viva que nunca.
Pero cada mañana, al abrir la ventana, siento la ciudad rugir bajo los coches; que guarda secretos que nadie quiere desenterrar. Y sin embargo… hay algo hermoso, algo que me da ganas de gritar, correr, vivir: la sensación de que mi vida apenas comienza, de que soy un cohete apuntando al cielo y nadie me va a detener.
Ni mi tío Enrique con sus sermones rancios.
Ni los vecinos chismosos.
Ni los policías uniformados que creen que pueden mirarnos como si fuéramos de su propiedad.
Hoy, mientras me aliso la falda y me despeino, pienso en cómo me marcó 1968: la certeza de que todo podía arder en cualquier momento.
Y quizás por eso… yo también ardo.
Porque tengo diecisiete años.
Porque quiero más.
Porque me niego a vivir con miedo como quieren los que ostentan el poder.
Porque mi madre, Esmeralda, dice que soy «demasiado libre para mi propio bien», pero sé que mi libertad es lo único que realmente poseo.
Y en un país que aún sangra en silencio… la libertad es un acto de rebelión.
Algo comienza hoy. Lo siento en los huesos. Y aunque no sé qué es, sé que lo cambiará todo.
En fin… Supongo que debería presentarme antes de seguir hablando de las heridas del país y las revoluciones que se gestan en mi pecho.
Me llamo Soledad Flores.
Sí, Soledad.
Mi madre dice que me puso así porque «la soledad también es un lugar para florecer».
Mi tío Enrique dice que es un nombre «bastante discreto» para una chica decente.
Y yo… digo que es perfecto, porque siempre me ha gustado ir a contracorriente.
Soy la hija mayor de Esmeralda Flores, la mujer más fuerte que conozco.
Soy dueña de un pequeño restaurante que heredó de mis abuelos: El Sauce de los Flores.
Crecí allí, rodeada del olor a caldo de pollo, tortillas que se inflaban en el comal y gente del barrio que viene más por cariño que por hambre.
Mi mamá… ¿cómo explicarlo? Es sobreprotectora, sí, pero no de una forma que te corta las alas, sino de una forma que te protege por si te caes al intentar volar. La definición misma del amor, si me preguntas. De esas personas que dan y dan y dan sin pedir nada a cambio… aunque a veces la veo sentada sola en la cocina, con la mirada perdida, con esa expresión que dice que ya se la quiere llevar la chingada después de todo lo que ha pasado.
Pero ella nunca se rinde.
Nunca se derrumba.
Sus ojos están llenos de cansancio… y aun así encuentra la fuerza para sostenernos.
Y luego está David, mi hermano menor.
Quince años.
Inteligente, sensible, demasiado bueno para este mundo torcido.
En ese sentido, es como mamá: también es sobreprotector, pero conmigo.
Imagínate, al chamaquito cuidando a la mayor.
Quiero a David con todo mi corazón… aunque siempre me regaña cuando hago alguna locura.
—Hermana, por favor, piénsalo un segundo— dice con esos tristes ojos de cachorrito.
Y yo le respondo:
—Ay, David, si lo pensara, estarías desempleado como mi conciencia.
Siempre se ríe.
Tiene una risa suave, de esas que parecen curar algo.
David es mi ancla. Mamá es mi refugio. Y yo… bueno, soy yo quien trae el caos a la casa.
Y bueno… creo que es hora de hablar de mi tío Enrique.
¡Dios mío!
Mira, hay que querer a Enrique… porque es de la familia, después de todo. Pero la verdad es que el hombre tiene una cara que no es nada amable, como si todo el mundo le debiera algo desde que nació. Pero no es feo, no. Es de esos hombres que podrían verse bien si sonrieran, pero parece que cada sonrisa le cuesta un pecado mortal. Y tal como lo ves, siempre serio, siempre rígido, siempre con esa expresión de “todo me molesta”… bueno, así es él
Nunca va a las reuniones familiares. Ya sea el cumpleaños de mamá, Navidad o el bautizo de David… nada. Siempre tiene una excusa:
Que si los Exámenes.
Que si los Estudiantes.
Que si la Universidad.
Que si la “situación del pais”.
Que si “No tengo tiempo para reuniones sin sentido”.
¡Ay, cállate, Enrique! Pero claro… no lo digo en voz alta
Porque Enrique es profesor universitario, de esos que hablan en voz alta, como si todo lo que dicen fueran pronunciamientos divinos. Y sí, sabe mucho, no lo niego. Pero se enoja por todo. Por todo.
Si no barrí bien.
Si David habla muy bajo.
Si mamá dejó el comal muy alto.
Si la radio está mal sintonizada.
Si la sopa tiene demasiada sal.
Si el mundo no gira exactamente como él quiere.
Mi tío Enrique es la prueba viviente de que no cualquiera tiene un sentido del humor muy cabron como el.
Además… es machista. Muchísimo.
Sobre todo con Ximena del Carmen, su esposa. La critica por todo: que su falda es demasiado corta, que su voz es demasiado chillona (que no lo es), que no debería reírse tan fuerte, que no sabe cocinar como su madre —¡ay, no, ese comentario me da ganas de explotar!— A veces, me dan muchísimas ganas de mandarlo a la chingada. Pero no puedo. Porque mi madre le tiene miedo y lo respeta, y cuando está cerca, todos tenemos que comportarnos como soldados en un desfile.
Un día, para hacerlo reír, le dije a David:
—Oye, ¿qué tiene de malo que el tío Enrique siempre esté tan enfadado?
Y David, sin levantar la vista de su cuaderno, respondió:
—Aire. Porque si comiera otra cosa, estaría contento.
Y me reí tanto que se me quebró la voz. Y entonces me asusté porque pensé: “Si mi tío me oye, me va a regañar”. Pero no estaba, así que seguí riéndome.
Dicho esto, aunque lo critique, lo conozco.
Sé que debajo de ese exterior duro y regañonero, hay un hombre que carga con cosas que nadie ve. Y a veces me pregunto si no estará un poco roto por dentro.
En fin. Este es Enrique Flores, mi tío.
El hombre que respira ira y exhala críticas.
La verdad es que… sus hijos y esposa son todo lo contrario a mi tío Enrique.
Porque cuando pienso en mis primos, Maximiliano y Ana María, recuerdo pura luz, pura risa, una infancia hermosa, aunque un poco rota.
De niños, jugábamos en su casa. Bueno… “jugar” es un poco exagerado, porque en esa casa había reglas para todo. No podíamos correr, gritar, hacer ruido, dejar juguetes afuera ni respirar demasiado fuerte. Y aun así, nos divertíamos: hacíamos casitas con almohadas, barquitos con mantas, y cuando venía el tío Enrique, nos quedábamos paralizados como estatuas.
Mis primos también sufren bajo la autoridad de su padre. Mucho.
A Maximiliano no le permitían tener amigos. Ana María tampoco.
Mi tío decía que los amigos eran “corruptos”, como si la corrupción fuera contagiosa como la gripe. Pobrecitos: crecieron con la idea de que los demás niños eran un peligro, y sin embargo, cuando los tres jugábamos juntos, se les iluminaban sus ojitos de felicidad.
Y Ana María… ay, Ana. Su padre la obliga a usar faldas hasta la rodilla, y si eran más cortas, se armaba un lío.
Una vez, cuando el tío Enrique estaba enfermo, mamá nos llevó a visitarlo. Llevaba una falda que me había hecho yo misma, una bonita, un poco más corta de lo que a él le gustaría. Cuando me vio, me lanzó una mirada que casi me corta las piernas.
Y entonces se volvió hacia Ana María y dijo, con esa voz seca que suena como un cuchillo:
—No seas como tu prima Soledad
Así sin más.
Sin anestesia.
Me quedé paralizada. Ana bajó la mirada como si hubiera cometido un delito.
Y lo único que podía pensar era: ¿Y qué? ¿Por qué tanto alboroto por un pinche trozo de tela?
Ahora… hablemos de Ximena del Carmen, mi tía.
Ay, mi tía Xime. Si me pongo sentimental, lloro.
Es una mujer verdaderamente cariñosa, dulce y devota.
Siempre lo fue. Incluso cuando no podía hacer nada sin permiso, siempre encontraba la manera de darnos un poquito de amor.
Recuerdo que solía darnos regalos de Navidad a David y a mí, pero tenía que hacerlo horas antes, casi a escondidas, porque mi tío Enrique no los dejaba ir a las reuniones familiares. Ni en Navidad.
Ni en ningún otro momento.
Todo tenía que ser a su manera, como si la vida familiar fuera un horario militar.
Nunca entendiendo por qué mi tía no lo manda a la fregada.
Pero entonces la veo… con esos ojos que siempre intentan no llorar… y entiendo que es miedo. Puro miedo.
Una vez —y nunca lo olvidaré mientras viva— mis dos primos y yo estábamos jugando en su cuarto.
Nos reíamos en voz baja para que mi tio Enrique no nos oyera.
Y de repente, oímos gritos en la sala.
La voz del tío.
La voz chiquita de la tía Xime.
Me asomé.
Estaba discutiendo con ella, no sé por qué. Discuten por cualquier cosa.
Pero ese día… ese día la golpeó con el cinturón.
Di un salto del susto.
Se encogió, la agarró del brazo, y cuando mi tío salió hecho una furia dando un portazo, corrí hacia ella.
—¿Por qué lloras, tía Xime?—preguntó, temblando por todas partes.
Y ella, con los ojos rojos y la voz entrecortada, me dijo:
—No pasa nada, Sole… no pasa nada, mi amor.
Pero algo andaba mal.
Todo andaba mal.
Y sigue andando mal.
Y yo… cada vez que lo recuerdo, pienso:
Pobre tía. ¿Por qué tiene que ser así mi tío? ¿Por qué tratar así a alguien que lo quiere tanto?
Y también pienso que si algún día tengo una hija… la cuidaré tan bien que nunca tendrá que ocultar su llanto detrás de una puerta cerrada.
Si ya hablé de Enrique… ahora es hora de hablar de su otra cara.
Porque mi tío Gustavo es su gemelo.
Sí, gemelo.
La misma cara, los mismos ojos, la misma altura… pero parece que al nacer, Dios les dio a cada uno un alma completamente diferente.
Mientras Enrique camina por la vida como si todo le molestara, Gustavo camina como si todo pudiera ser bendecido.
Mi tío Gustavo es sacerdote y uno muy querido.
La gente del barrio lo respeta, lo saluda por la calle, los niños le agarran la sotana para hacerle preguntas, y siempre… siempre tiene tiempo.
Es cariñoso, tierno y tiene una paciencia que a veces creo que ya no existe en el mundo real.
Todos los sábados, sin falta, llueva o truene, viene a comer con nosotros. Llega con su barba bien recortada, el pelo corto, su sotana y ese sombrero que parece una extensión de sí mismo. A veces creo que duerme con él puesto, pero nunca me he atrevido a pedírselo porque es capaz de hacer una broma tan dulce que me daría pena molestarlo.
Recuerdo que un día estaba furiosa porque una maestra del colegio me regañó por hablar tan alto.
Y mi tío, sentado a mi lado mientras mamá servía el arroz, me dijo:
—Sole, los que hablan tan alto son los que tienen algo importante que decir. Y los que se enfadan… quizá sea porque no se atreven.
Lo miré como si acabara de decir la verdad del universo.
Y me guiñó un ojo.
Ese es Gustavo.
De esos que pueden reconfortarte el alma con una frase sincera.
Y bueno… si hablamos de él, tenemos que hablar de Luna.
Luna no es su hija de sangre, pero sí de amor.
La encontraron abandonada cuando mi tío estudiaba en el convento, envuelta en una manta viejita. Nadie sabía de dónde venía. Nadie la reclamó.
Y mi tío Gustavo… la cuidó desde que era una bebé, como si fuera su propia creación.
Hoy es una jovencita hecha y derecha.
Hermosa, noble, delicada, pero con un carácter que solo podía provenir de haber sido criada por alguien tan bueno.
A veces la veo ajustándole el sombrero a mi tío antes de que se vaya de El Sauce, como si su misión en la vida fuera asegurarse de que siempre estuviera presentable.
Y él solo sonríe, porque para él, Luna es como su luz personal.
Su milagro.
Y yo… siempre pienso: ¿cómo puede el amor superar tantas barreras?
Porque está mi tío Gustavo, que no es de su sangre, que no la concibió, que no estuvo presente en su nacimiento…
Y, sin embargo, la ama más que a nadie que haya amado en su vida.
No sé cómo lo hace.
No sé cómo se puede amar tanto a alguien sin sentirlo por dentro.
Pero cuando los veo juntos, caminando por la calle, riéndose de cualquier tontería, siento que entiendo un poco mejor cómo obra Dios.
O la vida.
O el amor.
Lo que sea.
Y esa es mi familia.
Una extraña mezcla de luz y sombra, de cálidos abrazos y silencios más pesados que el plomo.
A veces pienso que somos como esos viejos árboles de la calle República de Chile: torcidos, maltratados por los años, pero aún en pie, aún proyectando sombra sobre los transeúntes.
Entre mamá con su dulce cansancio,
David con su corazón de papel y oro,
Mis primos con sus alas cortadas,
Mi tía Xime con sus silencios que duelen,
Mi tío Enrique con su tormenta eterna,
Mi tío Gustavo con su paz que parece un milagro,
Y Luna, esa niña que apareció de la nada y nos enseñó que la familia no siempre está hecha de sangre…
Bueno, ahí estamos todos.
Los Flores.
A veces parecemos una canción triste, otras, una comedia, y en ocasiones… un hermoso desastre.
Pero mientras avanzo por este 1970 que aún huele a cambio, a recuerdos, a heridas de hace dos años y a sueños que se niegan a morir…
Sigo preguntándome qué será de nosotros.
Porque el mundo avanza rápido,
Las calles hablan de revoluciones,
La gente quiere libertad,
Y yo también.
Y aunque mamá dice que nací para preocuparla,
Y David para cuidarme,
Y el tío Enrique para amargarle la vida,
Y el tío Gustavo para darme esperanza…
…sé que en el fondo, todos llevamos algo que tarde o temprano va a explotar.
No sé si será bueno, malo o ambas cosas.
Pero sí sé que esta historia —mi historia, la historia de los Flores— apenas comienza.
Sé que en el fondo, todos llevamos algo que tarde o temprano va a explotar.
No sé si será bueno, malo o ambas cosas.
Pero sí sé que esta historia —mi historia, la historia de la familia Flores— apenas comienza.
Y si algo he aprendido, es que aunque el mundo se derrumbe,
Aunque la vida sea dura,
Aunque a veces duela respirar…
Siempre puedes volver a casa.
Con tu familia.
Donde te aman. Donde te esperan. Donde, pase lo que pase, nunca estás sola.