Epílogo
La prensa esperaba un espectáculo en la Quinta Avenida; buscaban el evento del siglo, con luces, tecnología Stark y el despliegue de los Vengadores. Pero Tony y Steve siempre fueron expertos en lo imposible, y su boda no fue la excepción.
Se casaron en una pequeña propiedad rural en los límites de Nueva York, bajo la sombra de un roble antiguo y con el sol de la tarde filtrándose entre las hojas. No hubo cámaras, ni drones, ni grandes discursos para la humanidad. Solo estaban ellos.
Tony, que siempre había vivido para el aplauso, se veía extrañamente cómodo en ese silencio. Mientras acomodaba el cuello del uniforme de gala de Steve, sus manos, usualmente inquietas, se detuvieron un segundo sobre el pecho de su futuro esposo.
—¿Seguro de esto, Rogers? —susurró Tony con una sonrisa que no llegó a ser irónica, sino genuinamente nerviosa—. Aún puedes huir. Tengo un jet listo, por si el compromiso te asusta.
Steve le tomó las manos, envolviéndolas con la firmeza de quien ha encontrado su hogar después de un siglo de búsqueda.
—No voy a ninguna parte, Tony. He esperado setenta años para encontrar a alguien como tú. El resto del mundo puede esperar afuera. Hoy solo somos nosotros...
La ceremonia fue breve, sellada con un "sí" En ese momento, mientras compartían su primer baile sobre la hierba, el futuro parecía brillante.
Nadie habría imaginado que, pocos años después, ese mismo silencio que hoy los unía se convertiría en un muro de hielo, y que el amor que se juraron terminaría repartido en dos maletas distintas, cada una con un niño de la mano, caminando en direcciones opuestas.