Chapter 1
El placer de sentir el dolor extremo es una sensación peculiar, casi una adicción silenciosa. Nunca imaginamos que un día nos levantaríamos y diríamos: "Ok, hoy quiero una sesión de impacto". ¿O sí? Para mí, una pelinegra que siempre se consideró más bien discreta, el giro que tomó mi vida al conocer a Doflamingo fue algo que jamás habría predicho.
Dofi siempre tuvo preferencias un tanto inusuales, eso lo supe casi desde el principio. Lo conocí por Law; éramos conocidos de la facultad, aunque estudiábamos cosas diferentes. En ese momento, Law era amigo de mi novio, Kid. Terminamos por problemas, cosas que se fueron acumulando y nos ahogaron, pero eso no impidió que Law y yo siguiéramos en contacto. Él era una constante, un puente entre mi vida de antes y lo que se estaba gestando.
Fue en una de esas ocasiones, una tarde cualquiera, cuando conocí a Doflamingo, su tío. Me invitó a su casa para pasar la tarde con su grupo de amigos, un ambiente que prometía ser diferente a mi rutina universitaria. Recuerdo el momento exacto: el aire vibraba con una tensión que no entendía del todo, y creo que cuando nuestras miradas se cruzaron, el "clic" fue instantáneo, como si una parte de mí que no sabía que existía cobrara vida. Sus ojos, ocultos tras esos lentes, parecían ver directamente a mi alma, desnudando mis deseos más ocultos sin que yo misma los hubiera reconocido aún.
Estar en una relación amo-sumisa con Donquixote Doflamingo es aventurarse cada vez más y más profundo en un océano de sensaciones. Él no es un amante, es un maestro, un guía hacia los límites de mi propia resistencia y placer. Cada sesión es un rito, una danza donde las palabras tienen un peso sagrado.
—Repasemos las reglas, querida. Dime, ¿cuál es tu palabra de seguridad?
—Rosa. —Mi voz salió con un hilo, apenas un susurro, pero firme.
—Muy bien. ¿Y cuáles son los colores clave?
—Verde, para seguir; rojo, para parar; y amarillo, si es soportable. —Repetía las palabras como un mantra, anclándome a la realidad que él construía para mí.
—Perfecto. —Él acarició mi cabello oscuro, deslizando su palma por mi rostro, una caricia tierna que contrastaba con la intensidad que prometía la noche, antes de retirarla, dejándome con la piel erizada.
Caminó a mi alrededor, sus pasos lentos, midiendo cada movimiento, mirándome embelesado. Eras perfecta, eras hermosa, me decía su mirada, y al tenerte amarrada sobre la mesa, con el culo al aire, te veías tan erótica. La luz tenue de la habitación se aferraba a mi piel pálida, acentuando el contraste con mi pelo oscuro, un lienzo para su arte.
La palma de su mano acarició tu espalda, recorriendo la línea de tu columna hasta llegar al inicio de tus nalgas. El primer golpe aterrizó en la derecha; grité porque no lo esperabas, te sentías tan perdida en las caricias que el impacto te tomó por sorpresa. Se escuchó una pequeña risita, un sonido grave y gutural que me erizó los vellos. El hombre de cabellos rubios te miraba extasiado, sus ojos, ocultos tras sus gafas, parecían brillar con una luz propia, oscuros de placer, ese azul se había vuelto más profundo. Sobó el golpe para volver a golpear. Esta vez, soltaste un pequeño gemido. Él se acercó a tu cuello y, sin quitar su mano de tu nalga, volvió a azotarla más fuerte. Debajo de él, sentías cómo temblabas del dolor, un temblor que recorría cada fibra de mi cuerpo, y no pasó desapercibida para él la humedad en mis hermosos ojos, lágrimas que se deslizaban por mis sienes.
Sobó y besó el golpe, un bálsamo momentáneo antes de la siguiente tormenta. Y entonces sentiste una nalgada más dura del otro lado. ¡Mierda! Tus gritos no tardaron en escucharse, un sonido crudo y animal que resonaba en la habitación, pero a él le encantaba escucharte gritar y retorcerte. Y a ti te gustaba el dolor que sentías, te calentaba, aunque doliera, transformando la angustia en una fiebre interna. Tus pliegues ya se sentían húmedos, la prueba de que mi cuerpo respondía a su llamado.
—Ya estás húmeda, querida. Manchaste mis pantalones; tendrás que ser castigada. —Su voz era un ronroneo bajo, una promesa de lo que venía.
—Sí. —Mi afirmación había salido tan llorosa y débil, pero con una convicción que solo la sumisión puede forjar.
—¿Cómo se dice? —Esta vez, otro golpe llegó, pero este ardió y picó. Viste cómo el hombre bajaba una fusta. ¿De dónde la había sacado? Si no lo viste tomarla antes, era parte de su magia, de su control absoluto.
—Sí, amo. —Las palabras brotaron con la fuerza que el dolor y el deseo le imprimían.
Besó el golpe recién hecho y, tomando mi cabello negro para levantar mi cabeza y girarla hacia él, besó mis labios, invadiéndome con su lengua. Su boca era exigente, brutal, haciendo que un hilillo de saliva escurriera por mi comisura al ser devorada de manera salvaje. Su sabor, la mezcla de su aliento y mi propio éxtasis, era embriagador.
Se alejó, y la fusta se convirtió en una extensión de su voluntad, pasándola por mi espalda, culo, brazos y muslos. Dio otro azote donde menos lo esperabas: los brazos, una punzada aguda. El siguiente fue a dar a mi muslo izquierdo, y así sucesivamente, cada golpe un recordatorio de su poder, de mi entrega. Tus piernas temblaban del éxtasis que ya sentías a este nivel, una mezcla incomprensible de dolor y placer que me llevaba al borde del colapso.
Las cadenas, al ser largas, le permitieron voltearme con un movimiento experto, y quedé con medio torso arriba y la parte de abajo suspendida y abierta hacia él, una ofrenda.
Tenía una gran vista de mi coño mojado, rojo y doloroso. Te miró y sonrió, una sonrisa predatoria que prometía más. Tomó un pequeño látigo de hebras; creo que él lo llamaba "látigo flash". Lo pasó por en medio de tus senos y pezones, haciéndote sentir escalofríos, el cuero fino bailando sobre mi piel sensible. Los golpeó, abrí los ojos por la sorpresa soltando un fuerte gemido, un sonido que se me escapó sin control. Volvió a repetir la misma operación y golpeó de nuevo, haciendo que esta vez cerrara las piernas en un instinto de protección, inútil ante su dominio.
—Amo, para, por favor. —Mis palabras salían débiles y llorosas, apenas audibles, mi piel estaba roja, cada centímetro ardía por los golpes dados.
—Abre las piernas. —Un golpe seco llegó a mi muslo derecho—. ¡Ábrelas ahora!
No tardé mucho después del golpe en abrirlas. Me dolía y, en el fondo, mi cuerpo clamaba por liberarse, por un respiro, pero más que eso, necesitaba que mi amo me liberara, porque solo él tenía esa llave.
Volvió a la fusta, y la pasó entre mis piernas y pliegues, una tortura dulce, la mera fricción del cuero contra mi parte me hacía temblar. Se detuvo, dejando la punta de la fusta presionando un punto específico, el más sensible.
—¡Amooo! —Chillaste, un grito ahogado—. Por favor, me duele, no puedo aguantar más, lo necesito.
—Hoy no me tendrás dentro de ti, querida, pero te daré lo que buscas. —Y así, sin previo aviso, golpeó mi punto.
—¡Mierda! —La exclamación se me escapó—. Mírate cómo dejaste mi látigo. ¿Te acabas de venir con solo golpear aquí?
Presionó de nuevo y soltó un golpe, más preciso, más intencionado. Gemiste soltando sollozos, un torrente de placer y dolor mezclado. Me había corrido, y Dofi había golpeado de nuevo la misma zona, asegurándose de que el clímax se extendiera.
Este se hincó, poniendo mis piernas sobre sus hombros, mis muslos temblorosos en su piel. Acercó su cara a mi coño mojado, rojo y palpitante, y así, con sus labios y su lengua, me dio un segundo orgasmo esa misma noche, un final explosivo a una sinfonía de sensaciones orquestada solo por él.