Chrollo Lucilfer: Oro y Sangre

Summary

"La búsqueda de libertad también puede ser una jaula." Christa Hammer creció rodeada de lujo, pero marcada por la violencia y el miedo. Su madre murió oficialmente de cáncer; su padre, un hombre intocable, gobierna las subastas de Yorkshin con la misma mano con la que controla y destruye. Para la ciudad es un magnate respetable. Para Christa, es el origen de todas sus pesadillas. Huyó creyendo que el infierno quedaba atrás. Se equivocó. Su escape la conduce al lugar más peligroso posible: al lado de Chrollo Lucilfer, un hombre que observa el mundo con la calma de quien ya lo ha condenado. Un demonio silencioso que no cree en rescates ni en inocencia, sólo en sacrificios, pactos y ventajas. Chrollo no salva personas. Las utiliza. En una ciudad donde las verdades se entierran bajo dinero y sangre, donde las herencias están manchadas y la ciudad devora a los débiles, Chrollo le ofrece algo peor que protección: dejar de huir y convertir su pasado en un arma. El precio es claro. Nadie sale ileso. *Esta historia es +18. Contiene escenas de violencia explícita de diferente tipo. Si no te gusta esta historia o no es tu tipo, no reportes, te invito a simplemente no leerla. Si te gusta, deja tu estrellita ✨ NO AL PLAGIO.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 – ¿Alguna confesión?

Comisaría de Policía de Yorkshin.

Actualidad.

Su pierna se movía compulsivamente de arriba abajo, un tic nervioso imposible de controlar en ese momento, mientras sus dedos se entrelazaban y se separaban una y otra vez, húmedos por el sudor. Con cada movimiento de sus manos, el sonido metálico de las esposas chocaba contra la mesa y se expandía por la habitación como un eco seco e implacable que anunciaba su retención dentro de ese lugar.

La garganta le ardía por la resequedad. Tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo su lengua era cada vez más pesada e inútil. Anhelaba pedir otro vaso de agua, pero sabía que los dos oficiales frente a ella ya estaban demasiado irritados; una petición tan simple bastaría para que la mandaran al diablo.

Habían pasado seis horas desde que la ingresaron a la comisaría para interrogarla. Seis horas atrapada en esa habitación sin ventanas, con la espalda rígida y su cara iluminada por una luz blanca y cruel que no dejaba espacio para el descanso.

Ella sabía por qué la estaban interrogando. Su mente se estaba desbordando de pensamientos que no podía pronunciar y que, afortunadamente, en todo ese tiempo no había escupido ni una sola palabra sobre ellos.

Un gruñido estomacal rompió el silencio, traicionero, delatando que el hambre comenzaba a hacer estragos en su cuerpo.

—Ja —rió secamente el oficial alto de gafas peculiares. En su placa se leía "Paladiknight"—. Lástima por ti. Nosotros podemos ir y venir por algo de comer, pero tú permanecerás aquí el tiempo que sea necesario si no decides hablar.

Ella apretó los labios y frotó sus sienes con ambas manos, como si así pudiera contener el dolor punzante que le taladraba la cabeza o arrancar la imagen de esos ojos grises que la observaban en su mente.

—¿Qué no retenerme más tiempo sin ser sospechosa de algo y esposarme es ilegal? —respondió, con voz áspera y cargada de desesperación.

—Es que sí lo eres, así que te quedarás todo el maldito tiempo que sea necesario —replicó Kurapika, el otro oficial, de cabello rubio y ojos marrones. Su mirada era dura, inquisitiva; él era quien más se empeñaba en presionarla—.

—No entiendo —protestó la chica, chocando las palmas contra la mesa con un golpe seco—. Primero me sermonean diciendo que soy una víctima y ahora me llaman sospechosa.

Kurapika resopló, claramente irritado.

—Ese es el problema. Mientras no te molestes en decir una sola palabra sobre ese hombre, no podemos descartar que lo seas. ¿Por qué lo proteges?

El corazón de Christa dio un vuelco.

—¡No lo estoy protegiendo! —exclamó ella, con la voz quebrándose.

—¡¿Entonces por qué carajo no hablas?! —Kurapika se levantó de la silla bruscamente, consumido por la frustración.

El rubio caminó a lo largo de la habitación, pasándose una mano por el rostro para intentar calmarse.

Finalmente regresó, se inclinó sobre la mesa y abrió la carpeta que yacía frente a él. Sacó una fotografía y la colocó lentamente frente a la chica.

Ella sintió una punzada en el pecho, aguda, casi asfixiante.

Era una fotografía de ella junto a él: Chrollo, a los pocos días de que sus caminos se cruzaron por primera vez.

En ese entonces ella lucía un poco diferente. Tenía su cabello del color rubio natural. Ahora lo tenía negro. Mentiría si dijera que no recordaba el momento de la fotografía con absoluta claridad. Fueron los días más confusos y temerosos de su vida... pero también aquellos en los que encontró un extraño y perturbador consuelo en una persona completamente retorcida.

Apartó la mirada intentando fingir desinterés, aunque el recuerdo de esa fotografía lo llevaba incrustado en su pecho como una espina.

—Necesitas entender que este hombre es sospechoso de cosas muy serias, Christa —agregó Leorio, con un tono más contenido, casi paternal—. Tráfico, crimen organizado y varias muertes. Chrollo, si es que ese es su nombre real, es un jodido manipulador y asesino. Un criminal. Si él te obligó a hacer algo o si sabes que hizo algo malo, sólo dilo. No tienes que cargar con esto sola.

Los ojos de Christa comenzaron a humedecerse.

Asesino. Manipulador. Criminal.

Las palabras resonaban con violencia en su cabeza, como martillazos constantes. Sabía que eran ciertas e inclusive en algún momento las llegó a pensar ella misma, y aun así, su mente se resistía a aceptarlas, porque hacerlo significaba aceptar algo aún peor: que ella lo había elegido. Que se había quedado. Que había callado.

Esa era su desrealización cuando se trataba de Chrollo: ella lo había visto hacer cosas horribles. Había visto sangre, había visto muerte. Había mirado hacia otro lado porque él le decía que era necesario, que el mundo era cruel y que no existían las manos limpias.

Peor aún, había sido cómplice estando a su lado. Pero sus sentimientos hacia él la obligaban a minimizar sus actos... y los propios.

—Nuestra investigación arroja que él puede ser la mente detrás del asesinato de muchas personas honradas y buenas que eran un pilar de esta ciudad —presionó Kurapika, inclinándose hacia ella—. Como tu padre. ¿Eso no te enfurece?

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Una risa amarga y sarcástica escapó de los labios resecos de la chica.

—A papá lo describieron muchos adjetivos, pero "honrado" y "bueno" definitivamente no lo son. Quien sea que lo haya asesinado lo hizo sabiendo la mierda de ser humano que era.

El silencio que siguió fue espeso.

Esa respuesta tomó por sorpresa a los dos policías. Confundidos, se miraron entre sí y eso los llevó a insistir durante otros quince minutos, intentando sacarle información sobre su padre y su relación con él, pero una vez más se estrellaron contra su silencio obstinado.

Ese silencio les dejaba una certeza insoportable a Kurapika y a Leorio: Christa no era sólo una víctima, pero tampoco era completamente culpable. De la forma que fuera, aún no podían concluir absolutamente nada todavía. Más allá de aquella fotografía, no habían logrado comprobar su vínculo con Chrollo y legalmente, no podían retenerla más tiempo, así que tuvieron que dejarla ir.

El interrogatorio terminó y Christa salió de la comisaría, descubriendo que la noche ya había caído sobre Yorkshin, donde luces de la ciudad brillaban como heridas abiertas.

Regresó a su departamento cerca del centro, completamente exhausta y agobiada. Aunque ya no sentía esa sensación de claustrofobia, la realidad es que haber salido libre de ahí no era consuelo cuando sabía que la tenían en la mira.

En la soledad de la habitación que compartió en algún momento con él intentó conciliar el sueño, lo cual fue imposible, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía a él y un montón de escenas caóticas y dolorosas que quería olvidar. Los últimos tres años se desplegaron ante ella como una sucesión de decisiones equivocadas, especialmente a partir del momento en que lo conoció.

El momento en que dejó de huir.

Ya no sabía distinguir el bien del mal. No sabía dónde estaba Chrollo. Ni cuánto tiempo más podría cargar con él como el secreto más oscuro que la corroía por dentro.

Su mirada vagó perdida, primero entre el techo de la habitación y después entre las miles de luces nocturnas que se desplegaban más allá del amplio ventanal, como si buscara una respuesta en la inmensidad e indiferencia de aquella ciudad.

¿Por qué lo había conocido? ¿Por qué él?

Ahora lo sabía: haberlo conocido significa que había sido tocada por la verdadera maldad, aquella que realmente le hacía justicia al apellido de Lucilfer.


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