El vecino detrás del usuario
Jimin se hizo fan de Meef por accidente, como se hacen las mejores adicciones: una noche larga, lluvia golpeando la ventana, el insomnio clavándole agujas en la cabeza y el dedo deslizando sin rumbo por la pantalla.
Meef no prometía nada. No vendía amor eterno ni cuerpos perfectos. Solo gente hablando con gente. Palabras desnudas. Conversaciones sin rostro.
Y Jimin estaba cansado de los rostros.
Usaba el usuario Mochi_J, una tontería dulce para esconder que era demasiado sentimental para este mundo rápido. En Meef hablaba con muchos: risas fugaces, coqueteos tibios, silencios que duraban lo que tarda un mensaje en quedar en visto.
Hasta que apareció Bunny.97.
No fue inmediato. No fue mágico. Fue constante.
Un “¿sigues despierto?” a las 2:17 a.m. Un “me gusta cómo escribes” sin emojis. Un “si nos viéramos, creo que no sabría qué decirte… y eso me gusta”.
Bunny.97 no enviaba fotos. No pedía nada. Solo dejaba palabras como migas de pan directo al pecho.
—¿Qué harías si viviéramos cerca? —escribió una madrugada.
Jimin sonrió con los labios, pero el corazón se le aceleró como si alguien hubiera dicho su nombre en voz alta.
—Probablemente fingiría que soy valiente —respondió—. Y tú?
—Yo fingiría que no te estoy mirando desde el balcón.
Jimin rió. Demasiado bueno para ser verdad. Demasiado cliché.
Vivía en un edificio antiguo, doce pisos, paredes delgadas, vecinos que no se miraban a los ojos. El tipo de lugar donde nadie pertenece del todo.
Aun así, la idea se quedó flotando. Como vapor caliente después de la ducha.
Las conversaciones con Bunny.97 se volvieron más largas. Más lentas. Más peligrosas.
Hablaron de todo y de nada. De música que se escucha con audífonos y ojos cerrados. De cicatrices invisibles. De cómo el deseo no siempre quiere cuerpos, a veces solo presencia.
—¿Te coqueteo demasiado? —preguntó Bunny una noche.
—No —tecleó Jimin—. Me coqueteas justo donde duele.
Tres puntos. Pausa larga.
—Me gusta hacerte doler bonito.
Jimin tuvo que dejar el celular sobre la cama. Respirar. Contarse los latidos.
No sabía cómo se veía Bunny.97. No sabía su voz. Pero sabía cómo lo hacía sentir: visto. Elegido. Deseado sin urgencia.
Una tarde, al volver del trabajo, el ascensor se detuvo en el piso ocho. Jimin vivía en el diez. Entró alguien más.
Un chico. Gorra negra. Sudadera gris. Auriculares colgando del cuello. Ojos grandes, curiosos, rápidos.
Se miraron. Nada más.
Pero algo vibró. Como cuando reconoces una canción antes del coro.
El ascensor subió en silencio. El chico bajó en el nueve.
Antes de que las puertas se cerraran, levantó la vista.
—Buenas noches.
—Buenas —respondió Jimin, tarde, torpe.
El ascensor siguió subiendo, pero la sensación se quedó abajo, esperando.
Esa noche, Bunny.97 escribió primero.
—Creo que hoy casi te veo.
Jimin se sentó en la cama de golpe.
—¿Casi?
—Sí. Ascensor. Gorra negra. Piso nueve.
El mundo se volvió líquido.
—Vivo en el diez —escribió Jimin con dedos temblando.
Tres puntos. Desaparecen. Vuelven.
—Entonces… somos vecinos.
Silencio.
No el incómodo. El eléctrico. Ese que se estira hasta doler.
—Eso explica muchas cosas —añadió Bunny.
—¿Qué cosas?
—Por qué siento que estás cerca incluso cuando no hablamos.
Jimin tragó saliva. El aire pesaba distinto.
—¿Te asusta? —preguntó.
—Me excita.
Sin vueltas. Sin filtros. Directo al centro.
El coqueteo dejó de ser juego y se volvió promesa.
Durante días no se vieron. A propósito. Ambos sabían que el encuentro real podía romper algo frágil y precioso.
Pero el deseo no entiende de prudencia.
Una noche, Jimin salió al balcón con una taza de té. El frío le besó la piel. Abajo, la ciudad respiraba luces.
En el balcón del piso nueve, alguien más estaba de pie.
Gorra negra. Sudadera gris.
Se miraron.
Largo. Desnudo. Sin pantalla.
El chico levantó la mano. Saludó.
Jimin respondió, lento, como si el gesto pesara toneladas.
El chico sonrió. No una sonrisa cualquiera. Una que dice te encontré.
El celular vibró en el bolsillo de Jimin.
—¿Puedo bajar? —mensaje de Bunny.97—. Prometo no tocarte… todavía.
Jimin rió, nervioso, hermoso.
—La puerta está abierta.
Diez minutos después, alguien tocó.
No fuerte. No insistente.
Jimin abrió.
Bunny.97 estaba ahí.
Más alto de lo que imaginó. Ojos aún más grandes. Una presencia que llenaba el pasillo como calor.
—Hola, Mochi_J —dijo en voz baja.
La voz. Dios. La voz.
—Hola, Bunny.
Se quedaron de pie. Demasiado cerca. Demasiado lejos.
—¿Esto es raro? —preguntó Bunny.
—Mucho —admitió Jimin—. ¿Te gusta?
—Me encanta.
El silencio volvió a caer, pero ahora era compartido. Cargado. Intenso.
Bunny dio un paso más.
—He pensado mil veces cómo sería verte —confesó—. Ninguna le hace justicia a esto.
Jimin sintió el rubor subirle al rostro.
—Eres peligroso.
—Tú me dejaste entrar.
Las miradas se bajaron a los labios. Subieron a los ojos. Bajaron otra vez.
No se besaron.
No aún.
El coqueteo siguió vivo, palpitando entre centímetros.
—Si te beso —susurró Bunny—, no voy a querer parar.
—Entonces no pares —respondió Jimin.
El beso fue lento. Explorador. Como si ambos aprendieran un idioma nuevo con la boca.
No hubo prisa. Solo manos temblando, respiraciones mezcladas, sonrisas contra la piel.
Cuando se separaron, Bunny apoyó la frente en la de Jimin.
—Vivir tan cerca debería ser ilegal.
—O inevitable —corrigió Jimin.
Rieron bajo, cómplices.
Esa noche no pasó nada más. Y pasó todo.
Desde entonces, Meef quedó abierto, pero olvidado. Las conversaciones siguieron, sí, pero ahora tenían eco real: miradas en el ascensor, dedos rozándose a propósito, mensajes que decían ¿subes o bajo? como si fuera la cosa más normal del mundo.
Jimin entendió algo simple y brutal:
A veces el amor no vive en otro país. A veces está a un piso de distancia, esperando que te atrevas a abrir la puerta.
Y Bunny.97… Nunca fue solo un usuario.
Fue destino con Wi-Fi.
Fin