El heredero
La banshee arrastraba su capa gris por el camino secreto. Su vestido verde parecía hecho de plata cuando la luz mortecina de la luna llena se colaba por entre los abedules y lo iluminaba a intervalos discontinuos. Sus ojos rojos se abrieron más, de pronto, cuando llegó al borde del precipicio.
Un lago de quietas aguas la separaba de la abadía. Poco se veía de ella, a esa distancia. Sólo unas antorchas que titilaban en las atalayas más altas la hacían sobresalir de la oscuridad de la noche.
La banshee se sentó con las piernas cruzadas y apoyó su espalda contra un tronco seco. Mientras sus ojos miraban fijamente a la distancia, otra banshee se le acercó por detrás con paso silencioso. Se quedó a una distancia prudencial y sus ojos también se tornaron en dirección a la fortaleza.
—Los tres grandes del Cielo ya están alineados… —dijo la más vieja, sacando algo de entre sus ropas —Es hora de comenzar, Bean.
Bean avanzó entonces unos pasos más y se sentó sobre una roca negruzca y preguntó:
—¿Qué acontecimiento sucederá primero, Aihbill?
—Todo será simultáneo, así está escrito. Este solsticio de Diciembre abrirá las puertas de un Nuevo Orden. El heredero nacerá hoy, a menos que las fuerzas oscuras lo impidan.
—Los tres cuencos están listos. ¿Podremos ver todo lo que suceda…?
—No todo… —repuso Aihbill, mientras revolvía con una de sus largas uñas el líquido de uno de los recipientes, que la otra banshee había estado preparando mientras ésta hablaba. —Así como es verdad que todo está escrito, así también es verdad que nadie sabe lo que sucede en el corazón de los mortales. Un solo latido de un ser humano ordinario puede ser suficiente para torcer la garra que escribe los destinos.
—Pero no podemos intervenir, Aihbill, y tú lo sabes. Sólo podemos llorar por la desgracia que vendrá.
Aihbill no contestó. Tomó con sus dedos afilados una pequeña bolsa carmesí que colgaba de su pecho y la abrió. Brotó de ella un profuso aroma que embriagó el aire nocturno, junto con un denso humo blanco que ascendió con rapidez.
Echó un poco de polvo de la bolsa en cada cuenco de barro y revolvió con sus dedos delgados, hasta que las mezclas se volvieron líquidos espesos. Cerró los ojos, sin dejar de revolver. Comenzó a pronunciar unas palabras apenas audibles, en un idioma reservado a unos pocos iniciados. Y entonces el contenido de la primera vasija se turbó y comenzó a hervir; inmediatamente los líquidos del segundo y tercer cuenco hicieron lo mismo.
Bean sintió que la hora había llegado. Se puso de pie y, mirando fijamente la abadía en el otro lado del lago, comenzó a dar alaridos, uno tras otro, cada vez más altos y más agudos, conforme las vasijas comenzaban a vibrar y a hervir más.
Aihbill abrió entonces sus ojos y miró los líquidos que ahora comenzaban a cambiar de color: de un negro azabache pasaron a un rojo sangre y luego a un amarillo oro, todo en pocos segundos. Y de repente, aparecieron imágenes reflejadas allí. Sin dejar de mirar los recipientes, Aihbill se unió a Bean en su lamento.
—¡Las banshee están llorando! —dijo con terror una de las parteras que se veía en uno de los cuencos.
La imagen comenzó a elevarse en forma de humo denso hasta convertirse en un espejo oval pero que no reflejaba a las banshee sino que mostraba una escena que se estaba desarrollando en ese momento en la fortaleza. Podía verse a una joven mujer, acostada sobre una ancha cama con dosel, en trabajo de parto. Su rostro estaba tenso y empapado en sudor. Sus manos se aferraban a las sábanas oscuras, manchadas de sangre y sus gritos desgarrados se hacían cada vez más continuos.
En el cuenco de la izquierda también se había formado una imagen: un hombre corría desesperado por un bosque frondoso, oscuro y misterioso. Parecía tener dificultad para avanzar. Un corte en su pantalón revelaba una herida profunda y sangrante. Pese al dolor, no se detenía. Otro hombre lo seguía de cerca. Sólo iba a unos metros detrás. Tenía su largo y negro cabello chorreando transpiración. Su rostro estaba más pálido de lo habitual. Miraba cada tanto, con desesperación, en todas direcciones y respiraba hondamente como tratando de oler el peligro.
Cuando el primer hombre giró en un recodo de piedra, el segundo desaceleró el paso. Dio un último vistazo hacia atrás y se perdió entre los troncos de unos robles milenarios. Ambos se miraron y se dejaron caer exhaustos en el fango, empapados por una copiosa lluvia que no había mermado en toda la noche.
«¡Debéis hacerlo ahora!», pensó el hombre de cabellos rojos.
El otro le respondió, también con el pensamiento:
"¿Qué debo hacer?”
"Lo que me habéis prometido, Persseus: seréis su guía y su protector hasta que tome su lugar entre su gente y se convierta en el guardián de la paila de Orffelios.”
"Ellos no me dejarán hacerlo. Creen que soy un traidor”, pensó amargamente el hombre de cabello negro y largo, mientras recorría con su mirada los árboles cercanos y agudizaba el oído.
—Yo sé que no sois un traidor —le dijo el otro hombre y fijó con intensidad su mirada en los ojos del otro.
—Pero… sólo hazlo, Samej, si de verdad quieres hacerlo.
—Debo…hacerlo —respondió en voz alta y sacó algo de su bolsillo.
El de cabellera roja tomó el cuchillo de plata que el otro le dio y comenzó a abrir un tajo en una de las ramas del árbol en el que estaba apoyado. Y, con sumo cuidado, escondió algo allí. Luego hizo un pozo en la tierra, con las manos, y repitió la acción anterior.
—¡Están aquí! —dijo de repente el hombre de cabellera oscura.
Y se paró de un salto, con energía renovada por la adrenalina.
—Sabéis qué hacer…
Acto seguido y sin titubear se hizo un tajo en su mano izquierda y roció con la sangre que escapaba a borbotones una pequeña piedra que el otro sostenía con dedos temblorosos. Unos segundos después, le hizo señas para que la guardara.
“¡Es hora! ¡Vete!“, pensó con firmeza el hombre de cabello rojo.
El otro dudó por unos instantes, pero ante el sonido de cascos cercanos, miró fijamente los ojos de su compañero y se alejó corriendo del lugar, sin detenerse, sin mirar atrás, sin titubear, aún cuando escuchó un grito desgarrador que le heló la sangre y le aceleró aún más el corazón. Atravesó el cauce de un río seco, luego un tramo de arces jóvenes, subió una lomada y se deslizó por un barranco, cuando llegó al camino de piedra recién se detuvo y miró agitado hacia el firmamento que ahora estaba desnudándose de nubes.
"Los tres grandes del cielo ya están alineados”, pensó.
Apretó con más fuerza la piedra en su mano y siguió corriendo en dirección a la fortificación que se vislumbraba en lo alto de la colina hexagonal.
Una de las banshee revolvió con su uña retorcida el contenido del tercer cuenco hasta que se formó una imagen clara. Al principio sólo se distinguía un trono vacío con un anillo de fuego rodeándolo. En el estrado brillaban cientos de esmeraldas de diversos tamaños.
La otra banshee seguí gimiendo lastimosamente sin quitar sus ojos rojos del primer cuenco: la parturienta estaba exhausta; ya no tenía fuerzas. Las mujeres que la asistían lloraban en silencio. De repente, el rostro de la embarazada pareció iluminarse. Sus manos se aferraron a las sábanas manchadas y comenzó a pujar con fuerza, exhalando un grito semejante al de las banshee. Sus manos se volvieron a aflojar y se desplomó rendida, justo cuando las comadrones lograban sacar al bebé. Las parteras se miraron horrorizadas; un cuerpito frágil, sucio e inmóvil era depositado en una canasta tejida.
Las banshee retrocedieron al ver esta escena en el cuenco.
—Así es como debe ser… — dijo Bean.
—¡No! —gritó Aihbill —¡¡¡Así…es como debe ser…!!! —Señaló el cuenco número tres y con un movimiento repentino de su capa, desapareció.
Alguien se acababa de sentar en el trono. Y de inmediato las esmeraldas se apagaron y el fuego se extinguió del todo. El que se había sentado profirió un grito de furia, se levantó y blandió su espada. Susurró un hechizo apretando los dientes pero éste pareció no funcionar. Su furia se acrecentó.
—¡Me habéis traicionado! — gritó lleno de rabia el extraño, blandiendo su espada —Me quedaré con tus poderes y te convertiré en un simple mortal.
Pero el hombre de cabello largo y oscuro, sujetado por detrás por un ser de rostro deforme, pareció no inquietarse por la amenaza.
—Yo no te he traicionado — dijo con calma— He hecho lo que me pediste, te he guiado hasta él.
—¡Pero si yo mismo lo maté!— dijo con un rugido en la voz— ¿Por qué el trono no me acepta?
Las banshee, al oír esto, fijó su atención al primer cuenco: el cuerpito del recién nacido pareció de repente respirar vida. Comenzó a dar espasmos para finalmente romper en llanto. Sobre su pecho se hallaba una piedra empapada en sangre con la marca de una equis con gancho. Una luz brillante comenzó a escapar de ella y cubrió primero la celda, luego el castillo hasta llegar a las montañas que lo rodeaban. Justo en el momento en el que el hombre movía peligrosamente su espada en el cuello de su prisionero y susurraba un hechizo mortal, la luz cegadora lo invadió todo.
El hombre de cabello lacio y oscuro aprovechó el momento e intentó escapar pero sus poderes le fallaron. Aún así, antes de que sus captores reaccionaran, se alejó corriendo río arriba. Sólo se detuvo una vez, cuando escuchó una explosión que se detonó detrás suyo.
Aihbill apareció envuelta en una llama ocre y le tendió la mano. El hombre y la banshee desaparecieron en el momento justo en el que sus perseguidores se acercaban.
—¡Me las vais a pagar, Persseus, tu traición te costará la vida! ¡Yo soy el heredero! ¡No hay otro! ¡¡¡YO SOY EL ÚNICO REY!!!- proclamó el extraño y pegó un grito desgarrado, despareciendo en una nube negra y densa.
Bean miró atónita a su alrededor, justo a tiempo para ver reaparecer a Aihbill a su lado sujetando a un Persseus debilitado.
—Pero…estaba escrito…— dijo Bean— ¡¿Por qué lo has hecho?!
La otra banshee no respondió. Juntó los tres cuencos y cargando al hombre semi-inconciente, comenzó a desandar el camino borrascoso. Bean dio un último vistazo al castillo y pensó:
"Sabes que te harán pagar por esto. Las intervenciones están prohibidas...”
—Lo sé —dijo Aihbill —ya puedo sentir la transformación en mis manos y en mi cabello. Pero…tenía que hacerlo.
—Quizás eso también estaba escrito.
—Quizás sí, hermana, quizás sí…