Geometría del Miedo
Me desperté a las siete en punto con esa sensación de que la habitación tenía su propio ritmo, uno que no hacía ruido, pero que cada año se volvía más difícil de ignorar. Estaba cansado de sentirme vigilado, incluso cuando no había nadie que pudiera sostenerme la mirada.
Alimentar esa paranoia era ya una rutina. Desde que tengo consciencia, hay cosas que se manifiestan sin lógica, al menos para mí. Padre siempre le decía a madre que terminaría en un manicomio y con el tiempo su profecía ha ido ganando terreno. He leído libros de ocultismo y ciencia por igual, rastreando teorías o registros afines; jamás he obtenido respuestas.
Al incorporarme, desapareció de inmediato, como si solo existiera mientras yo permanecía indefenso. Mi piel todavía estaba húmeda, conservando el eco fantasma de unas manos ásperas recorriendo mi espalda en la oscuridad de una fantasía donde la vigilia no podía imponerme sus reglas de moralidad y sangre. Atlas seguía incrustado en mi cabeza, un veneno adictivo que me arruinaría la vida si alguien descubría que el heredero menor de los Karterreich estaba enamorado de un obrero.
Abrí la ventana y el Ciclo de Quetzal no dudó en sacudirme con sus corrientes caprichosas. Recientemente el calendario marcó su inicio: el dominio de los cielos. La prueba innegable que el mundo seguía respirando. Yo nací bajo su influencia y madre, fiel a sus enseñanzas, me recordó hasta el cansancio que mi mente sería flexible, que aprendería a leer las variaciones invisibles del mundo y que sería capaz de detectar fracturas antes que otros. Solo olvidó advertirme que vería cosas palpitar frente a mis ojos, obligado a camuflarlas bajo la etiqueta de amigos imaginarios para evitar el colapso mental.
Y claro, el amanecer ofreció la vista habitual de Eruvia: torres elegantes y avenidas largas envueltas en el perfume irresistible del pan recién horneado. Los chefs empezaban su danza antes de que el sol decidiera participar del espectáculo.
—¿Señorito Eiko, se encuentra listo? Pronto iniciará la reunión en el comedor —anunció el mayordomo Horacio desde el pasillo.
—¡Dígales que me ausentaré esta mañana, por favor!
—¿Se siente bien, joven? —indagó con un ligero quiebre en el tono—. ¿Me permite ingresar?
—Adelante, señor Horacio.
Estaba seguro que el señor Horacio Linden le cumplía alguna promesa sagrada a madre. No había otra forma de explicar por qué se preocupaba tanto por mí. Quizás intentaba evitar que me hundiera en mis propios pensamientos o solo cumplía con su deber. Igual, no me molestaba que compartiera su tiempo conmigo.
—¿Le preparo su vestimenta, joven?
—Ya lo hice, no se preocupe.
—Perfecto. Permítame preparar su baño.
—Un momento... —lo detuve, pero se me fue la idea—. No es nada, puedo hacerlo solo. Aún no bajaré.
—Me retiro, joven.
La comodidad de mi alcoba era una trampa diseñada para borrar cualquier sentido de urgencia. El resto de la mansión se sostenía en dorados envejecidos, pero aquí todo era un blanco alabastro que competía con mi piel. La calidez no existía en estas cuatro paredes; ni siquiera la lámpara de mesa lograba fingirla. Respirar aquí dentro se volvía difícil, sobre todo cuando recordaba que nunca fue mi elección.
Salí del baño y me planté frente al espejo para apreciar la anomalía; la hermosa palabra con la que padre me describía. Ojalá pudiera amar la imagen de mi cintura para abajo. ¿Cómo le dices algo así a tu hijo? Evito mirarme más de lo necesario. Cada vez que cruzo frente a un cristal, escucho un silbido suave. Y luego otro... hasta que llegan a doce. Se detienen ahí; una cuenta que mi mente armó para convencerme de que hay algo en mí digno de ser celebrado.
Me arreglé y bajé las escaleras sintiéndome vulnerable para enfrentar el tribunal matutino. Evadirlos era prioridad; prefería estar muerto antes que recibir la primera bala disfrazada de consejo.
Caminar por estos pasillos forrados en tapices de lujo, teñidos en azul nocturno bajo la mirada inerte de los óleos familiares, era mi penitencia previa a compartir mesa con mi tan amada familia. A veces pretendía encontrar cobijo en el rostro pincelado de madre, pero su recuerdo se desdibujaba un poco más cada día, en especial cuando la iluminación interior era más mortecina que la de un mausoleo.
Me dirigí al exterior, un lugar tan custodiado que hasta mi sombra tenía su propio escolta. Quería aprovechar los vientos frescos del nuevo ciclo; ver las hojas caer y mantener una paz que no sobrevive dentro de estos perímetros.
—Joven Eiko, horneé el pastel con mucho amor para usted.
—¿Hum? —incliné el rostro hacia la voz serena que me arrebató la tranquilidad—. Oh... Señora Minerva, me disculpo, no estoy de ánimos.
La gardenia en la oreja de la señora Minerva Oraviel delataba su figura a lo lejos. Sobraban arbustos florales en los jardines de nuestro hogar; madre adoraba esas flores, por eso arrancaba una para ella cada mañana. A mí me despertaba con una buganvilia; decía que combinaba con el rubor en mis mejillas, y luego el beso en la frente, tan tierno que me empalagaba.
—Mi querido joven, me duele verlo siempre así —dijo, tomando mi mano entre las suyas—. Es su cumpleaños. Si no se dirige al comedor, ya sabe cómo reaccionará el jefe Trauward.
—Es de él de quien huyo —las sílabas se quebraron antes de poder contenerlas—, de ellos, señora Minerva. Desearía no tener este apellido; miles en todo Vallo’ria y tuve el infortunio de haber nacido aquí.
De vez en cuando visito la cocina solo para probar los bocadillos que ella prepara a escondidas para mí: macadamia, vainilla, frambuesa. Recetas que alguna vez leímos junto a madre en libros de alta gastronomía.
—Joven Eiko —pronunció despidiéndose—, no permita que le roben su felicidad. Con su permiso.
Aquella frase también la repetía el señor Horacio. Nunca conseguía hacer efecto... al menos no dentro de esta prisión. La jefa de cocina tenía razón en algo más simple de lo que quería admitir, y decidí obedecer, aun cuando mis pulmones no habían tomado suficiente aire limpio para soportar un nuevo juicio. Pero hoy no quería provocar la ira de padre.
Al cruzar el comedor, el coro de voces me recibió como una transmisión de radio demasiado perfecta para ser humana.
—¡Feliz cumpleaños!
Los músculos de mi rostro se tensaron al forzar el gesto de gratitud. Las celebraciones perdieron su brillo hace un año; ahora eran protocolos obligatorios.
—Gracias —murmuré, mientras uno de los sirvientes me ofrecía un trozo del glaseado de fresas.
Esa aberración azucarada era uno de los negocios pilares de la fortuna Karterreich: tradiciones inquebrantables que nadie en esta mesa tenía el valor de desafiar. O tal vez... yo sería el primero.
Carmina apartó un mechón de su melena rojiza con esa elegancia que ensayaba frente a cada espejo.
—Te dignaste a honrarnos con tu presencia. ¿Ignoras que mi tiempo es valioso, pequeño ingrato?
—Hoy no, hermana. Te lo ruego, no me hagas esto hoy.
—¿Crees que el mundo debe rendirse a tus pies, Eiko?
—Creo que el mundo me tolera más que tú, Carmina. Los animales se acercan a mí con gracia; en cambio, tú afilas el dardo cada mañana. Pero me tendrás respirando en este mismo espacio un tiempo más. Te sugiero paciencia.
—Eiko, sabes que odio la ironía —dejó caer su taza contra el plato, provocando un repique que hizo vibrar la vajilla—. Desde que la academia abrió sus puertas a la servidumbre te has vuelto insoportable.
—Es posible. Juntarme con personas de distintas clases sociales me ha ayudado a tener otra perspectiva; no necesito aplastar a nadie para validar mi existencia.
—Veinte años y ya te crees valioso por mirar al pobre, querido Eiko.
Sus palabras no solo lastimaban mis ánimos; los sirvientes trataban de alejarse para desviar sus miradas. Aun sin ser su blanco, hermana lograba exponerlos.
—¿Valioso? No lo sé —repliqué mientras deshacía una fruta con el tenedor—, pero estoy en una edad donde la gente me mira. En cuanto a ti... eres la cáscara de una naranja; ya no queda nada que exprimir.
—Padre, deberíamos atarle la lengua —exigió ella, apretando los labios hasta afinarlos.
Hermana era la del medio. De ella... ¿qué podría decir sin ser cruel? Digamos que aprecio la belleza del bosque eterno que se refleja en su mirada, pero las niñas a su lado, Azucena y Lavanda, eran los soles que me hacían olvidar la soberbia de su madre.
Padre carraspeó, acababa de cruzar el séptimo escalón y la edad ya le pasaba factura en la postura. Me revolvía el estómago respetar a ese dictador de reglas que convertían el aire en un lujo, la huella de su maltrato psicológico durante mi infancia seguía latiendo bajo mi piel.
—Respeto las políticas de sangre —tendió una carpeta de cuero mientras me clavaba esos ojos de un verde que solo se ve en el dinero viejo—. Son los documentos de la propiedad que Madriel dispuso para tus veinte años. No eres merecedor de ello, pero cumplo con sus mandatos establecidos.
—¿Ahora pretendes comprar mi obediencia con el legado de madre?
—Vaya audacia la de hablarle así al jefe de esta familia —disparó Carmina, radiante al ver la sangre a punto de correr.
Suspiré hondo. No dejaría que me arruinaran el resto de mi día.
—Gracias... —oculté el asco que me producía aquella transacción emocional.
—¿Hay avances de los acuerdos comerciales con los Orphindel Reizvahl? —preguntó Trauward, bebiendo su infusión.
—Padre, hay cuestionamientos sobre ellos en ciertos círculos de poder —replicó Carmina, sonriente—. ¿Tú qué opinas, Eiko? Después de todo, el beneficiado serás tú.
—No me digas... ¿Y las otras dos familias a las que me vendieron? ¿Hay algo bueno que salga de ahí? Porque Rhein es insufrible —le devolví la sonrisa mientras le daba una mordida a la tostada—. ¿O al menos alguien con músculos?
—Hijo.
Padre frunció el ceño; el pecho se me apretó antes de que continuara.
—El heredero Orphindel tiene la disposición de recibirte en su familia. Pocos linajes accederían a lidiar con una biología defectuosa; no estás en posición de exigir nada.
Él no dudaba en recordarme mi mayor inseguridad frente a todos. El bocado de pan se atascó en el nudo de humillación en mi garganta.
—No diré nada más al respecto —me tragué las palabras con el sorbo del jugo.
Me detuve a repasar los papeles entregados por padre. Era el antiguo hogar de la infancia de madre fuera de nuestro distrito. Altagracia concentraba el mayor prestigio, y Trauward se aseguraba de que ninguno de nosotros olvidara sus límites invisibles. Dudo que me quisieran fuera de su alcance, después de todo lo que ya me habían impuesto. Además... quedaba lejos del sistema ferroviario. ¿Cómo iba a renunciar a las historias ajenas?
—Interesante... —alcé la vista del documento—. Si decidiera vivir allí, extrañaría las anécdotas de los vagones.
—¿Vivir? —Carmina dejó escapar una risa breve—. No confundas propiedad con libertad, Eiko. No te vas a ninguna parte. Y deja de romantizar la miseria. La gente de nuestro nivel no pisa trenes. Usa los malditos vehículos de la familia; para eso mantenemos a los conductores.
—¿Dónde está el recién nacido? —la intervención de Maximilien me salvó de formar un escándalo—. ¡Ven aquí, enano!
No tuve escapatoria, él me había atrapado en un abrazo rompe costillas seguido del clásico ataque de cosquillas que me provocó una carcajada que casi me mandaba al baño. Mi hermano era tres años mayor que Carmina; cuarenta y cinco años que lo habían convertido en uno de los ciclistas más reconocidos del entorno con varias medallas en su haber. Con él, el trato siempre había sido más humano, más libre.
—¿Qué planes traes para hoy? ¿Salimos por unas cervezas? —propuso al soltarme, tomando asiento junto a su hijo Otto y su esposa, Escarlet Zirelian, una de esas damas respetadas cuyo apellido abría puertas sin necesidad de explicación.
Los ojos azulados de mi hermano tenían ese brillo cálido idéntico al de madre. Tanto él como Carmina heredaron la piel de Trauward, un blanco más opaco que el mío.
—Ir a la academia. No tengo clases, pero aprovecharé la biblioteca. Encontré unos tomos rarísimos que a nadie le interesan; siempre aparecen por arte de magia cuando llego en la tarde.
Por un segundo vi un reflejo de nostalgia cruzando el rostro de padre, un desliz insólito en su armadura.
—Le aprendiste a mi esposa la fascinación por los libros.
—Fue una pasión que mi madre me inculcó desde... —no pude terminar la frase; reaccioné muy tarde.
—¿Cuántas veces debo exigirte que no te refieras a mi esposa como tu madre? —padre estrelló su palma contra la mesa.
—¿De qué otra forma más puedo decirle? —perdí el control de algunas lágrimas—. ¿Por qué me niegas el derecho de pertenencia? Antes la llamaba así. ¿Acaso dejé de ser su hijo cuando falleció?
Padre encendió un cigarro oscuro e inundó el comedor con esa niebla áspera importándole una mierda intoxicar a sus nietos.
—Hijo... no me hagas repetirlo.
De niño aprendí a reconocer el olor antes que el tono; primero ardía mi olfato, luego ardía yo. Recuerdo aquella vez a mis ocho años cuando derramé tinta sobre uno de sus libros de contabilidad. No hizo falta que me golpeara, me obligó a pararme frente a su despacho durante una hora eterna, masacrándome la cabeza con la idea de que un error insignificante bastaba para arruinar generaciones de trabajo. Yo solo asentía ahogándome entre sollozos, convencido de no ser el varón que él hubiera querido. Desde ese día entendí que rozar la perfección no era una meta, era supervivencia.
El calambre en mis manos me hizo reaccionar; había apretado los puños bajo el costoso mantel de seda hasta entumecerlos. Padre siempre tenía la aguja precisa para pinchar mis nervios. Conmigo la crueldad era la norma; con el resto, todo era indulgencia. Incluyendo a Amir Shavorn, el odioso esposo de Carmina, hijo de una fortuna anclada en astilleros y rutas marítimas, sentado frente a mí enseñando los dientes en una sonrisa burlona.
Abrí la boca para formular una defensa ante la orden de padre, pero algo selló el aire en mis fosas nasales. El humo del cigarro dejó de avanzar o tal vez fui yo quien dejó de alcanzarlo. Las luces de la inmensa lámpara en el techo chispearon, tiñendo el comedor de un cobrizo similar al de la carne en mal estado. Las sombras de los doce presentes en el recinto se retorcieron hacia el techo. Salté del asiento y retrocedí a ciegas hasta que mis codos chocaron contra una columna de mármol.
—¿Eiko? —la voz de Maximilien llegó distorsionada, sumergida bajo toneladas de agua.
Otro chispazo más débil vibró en la lámpara. El color crudo de la mañana regresó poco a poco y con él, las sombras volvieron a postrarse en su sitio, como si nada hubiera ocurrido.