Pesadillas en la granja

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Summary

En 1986, en una granja aislada cerca de Dax, Colette vive con su madre, Florence. Un día, queda sola y pronto descubre algo inquietante: un hombre vestido de blanco la acecha, apareciendo y desapareciendo sin explicación. A medida que el acoso se intensifica, Colette se da cuenta de que este hombre tiene planes malvados para ella. Cada instante en la granja se vuelve una lucha por su vida, y pronto deberá enfrentarse a la aterradora realidad: no sabe quién saldrá vivo de este juego macabro.

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
16+

Un comienzo sola..

Todo comenzó, era noviembre de 1986, el sol se filtraba entre las nubes bajas, dibujando sombras alargadas sobre el campo que rodeaba la vieja granja. La cocina olía a pan recién horneado. Colette, de dieciséis años, hojeaba distraída una revista mientras su madre, Florence, se movía entre la puerta principal y la despensa, preparando sus cosas para salir.

—Colette —dijo Florence, mientras guardaba la chaqueta en el perchero—, hoy me voy temprano. Quédate dentro, ¿sí? No salgas al granero ni al patio.

Colette asintió, aunque sintió un ligero cosquilleo de aburrimiento. La madre parecía preocupada, como si algo pudiera pasar, y Colette no entendía por qué tanta precaución.

—No te preocupes, mamá —respondió, sonriendo—. Solo voy a mirar la televisión un rato.

Florence la miró un momento, dudando, luego terminó de abrocharse la chaqueta y recogió su bolso.

—Bien. Te llamo más tarde —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba a esconder su tensión—. No hagas tonterías.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el silencio volvió a la granja. Colette se levantó y caminó hacia la sala, encendiendo la televisión. Pero algo en el aire, un susurro que no venía de ningún lugar, hizo que se detuviera. Al girar la cabeza hacia la ventana del patio, creyó ver una figura blanca moviéndose entre las sombras, aunque cuando parpadeó… no había nadie.

Un escalofrío recorrió su espalda. La granja, que hasta hace un momento parecía segura y familiar, empezaba a sentirse extraña y vigilada.

Colette se acercó a la ventana del comedor y observó cómo su madre se alejaba en el auto por el camino de tierra. El motor retumbó entre los árboles y pronto solo quedó el eco de los neumáticos sobre la grava. La granja volvió a quedarse silenciosa y vacía, como si contuviera la respiración.

Suspirando, se giró y caminó hacia la cocina. Abrió el refrigerador, buscando algo que calmara su apetito y su aburrimiento. Una rebanada de pizza solitaria quedó frente a ella sobre la bandeja de metal. La agarró, la colocó en el microondas y presionó los botones.

Mientras escuchaba el zumbido del microondas, Colette se dejó llevar por la rutina de la tarde: el aroma del queso derritiéndose, el calor que se extendía, los ruidos familiares del hogar. Por un momento, todo parecía normal… demasiado normal, como si la tranquilidad estuviera esperando a romperse.

El pit del microondas sonó. Colette abrió la puerta, tomó la pizza y se dirigió a la mesa. Se sentó y dio el primer bocado, tratando de ignorar la sensación de ser observada, que se había quedado pegada desde que su madre se fue.

Con la pizza terminada, Colette dejó el plato en el fregadero y se dirigió al sofá del salón, acomodándose entre los cojines. Encendió la televisión, dejando que el zumbido del aparato llenara el silencio de la granja. La luz de la pantalla iluminaba apenas su rostro, y las sombras de los muebles se alargaban en la penumbra, creando figuras extrañas en las paredes.

Afuera, el cielo se cubría de nubes grises, densas y amenazantes, y truenos distantes retumbaban de vez en cuando, como si la tormenta estuviera decidiendo cuándo desatarse. El viento movía las cortinas, y cada ráfaga provocaba un crujido en los marcos de las ventanas y el piso de madera.

Colette trató de concentrarse en la televisión, pero su mente volvía una y otra vez a la sensación de estar sola y observada. Cada parpadeo de luz, cada reflejo en la pantalla, parecía esconder una forma que no pertenecía a la granja. Por un instante, creyó ver un movimiento blanco entre las sombras del patio, demasiado fugaz para distinguirlo claramente.

Se acomodó mejor en el sofá, abrazándose las rodillas. Intentó racionalizar lo que veía: el viento, las sombras, su imaginación. Pero había algo en el aire pesado, cargado de humedad y electricidad, que le hacía sentir que algo la vigilaba, incluso sin aparecer.

Los truenos se hicieron más frecuentes. Un relámpago iluminó brevemente el jardín, y Colette juró que en ese instante una figura blanca estaba allí, justo entre el granero y el cobertizo. Cuando parpadeó, no había nadie. Su corazón se aceleró, pero trató de controlar la respiración, diciéndose a sí misma que era solo un juego de luces y sombras.

Se movió un poco en el sofá, girando la cabeza hacia las ventanas. Cada sombra proyectada parecía moverse ligeramente, como si respirara. La sensación de soledad, que antes era calmada y aburrida, se había vuelto tensa y opresiva. Colette sintió un escalofrío recorrer su espalda. La granja, que hasta hacía unas horas parecía segura y acogedora, empezaba a sentirse extraña, demasiado grande y silenciosa, como si el espacio mismo aguardara algo.

Apretó el borde del cojín con fuerza. Encendió un poco más el volumen de la TV, intentando que la luz y el ruido le dieran seguridad. Pero cada parpadeo del televisor, cada destello de luz de los relámpagos, revelaba, aunque fuera por un instante, la sensación de que algo la observaba, acechando desde el borde de la realidad.

Colette suspiró y se recostó, tratando de convencerse: “Solo estoy sola. Solo es un día aburrido. Solo es el viento y la tormenta”. Pero incluso mientras lo pensaba, la inquietud no desaparecía, y un pensamiento pequeño, pero persistente, se instaló en su mente:

—No estoy sola.