EL MAPA DE MI PIEL +18

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Summary

Cuatro hombres y dos décadas de vivencias entrelazadas. Lo que creyeron que era el cierre de su historia resultó ser solo el umbral; un final que, sin saberlo, marcaba el inicio de una realidad inimaginable.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: Me invadió


CAPÍTULO 1: Me invadió

No hubo saludos. No hubo cortesía. En cuanto tuve a Ian frente a mí, la habitación pareció encogerse bajo el peso de su mirada depredadora. Ni siquiera me dio tiempo de reaccionar cuando sus ojos se clavaron en la puerta de entrada, todavía entornada, y su voz me golpeó con la potencia de un choque eléctrico. Ian estaba allí, imponente, su mandíbula tensa delataba una urgencia que no pensaba contener más.

—No vas a alcanzar ni a cerrarla —sentenció él. Su voz era como un rugido bajo que me hizo vibrar el pecho, una vibración que bajó directo a mi vientre—. Te voy a coger aquí mismo, ahora, contra esa madera.

Antes de que pudiera respirar, sus manos ya me tenían atrapada con una fuerza posesiva. Me empujó contra la puerta y sus labios se estrellaron contra los míos con una voracidad que buscaba robarme el aliento, dejándome sin habla, sin voluntad. Sus dedos se hundieron en mi cabello, tirando con la fuerza justa para exponerme a su merced. Se detuvo un segundo, apenas rozando mi piel.

—Mírame... —susurró contra mi cuello, y al levantar la vista me encontré con esa cara de travesura y satisfacción que solo él poseía. Sus ojos brillaban con un triunfo oscuro, disfrutando de mi rendición absoluta—. Me pones tan erecto que vas a suplicarme que no me detenga. Te voy a dar tan duro que el mundo ahí fuera dejará de existir.

Sus manos eran una tormenta sobre mi cuerpo; me manoseaba con una urgencia salvaje, apretando mis curvas, recorriendo cada rincón de mi piel con una desesperación que me hacía arder. Bajó sus manos hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza, mientras yo sentía el rastro inevitable de mi propio deseo humedeciendo la piel entre mis piernas. Su erección, masiva y firme, golpeaba contra mi abdomen a través de la tela, reclamando su lugar.

Sin darme tregua, sentí cómo me cargaba, separando mis pies del suelo para estrellarme contra la pared. El contacto frío del muro contra mi espalda solo servía para resaltar el calor abrasador de su cuerpo. Su boca buscó mis pezones, succionándolos con una desesperación que me hacía arquearme y soltar gritos que él ahogaba con sus besos. Mientras tanto, sus dedos jugaban con mi clítoris en una danza perversa de placer y dolor, frotando con una cadencia que me hacía perder el juicio.

Me penetró ahí mismo, con una estocada rítmica, una y otra vez, entrando tan profundo que sentía que llegaba a mi alma. El sonido de nuestras pelvis chocando contra la madera de la puerta era lo único que llenaba el silencio. Luego, sin detenerse, me arrastró hacia la cocina. Allí, sobre el metal frío del mesón que contrastaba con mi piel hirviendo, me obligó a darle la espalda.

—Esto es solo el principio —jadeó en mi oído mientras la embestida seguía, cada vez más fuerte, más voraz—. Todavía nos falta la habitación. Te voy a dar en esa cama hasta que no puedas más, y será por mucho tiempo... porque yo no sé lo que es cansarme de ti.

Me arrastró hacia el dormitorio con una exigencia animal, como si cada segundo que nos separaba de las sábanas fuera una pérdida intolerable. Sus ojos nunca se apartaban de los míos, cargados de una lujuria que me devoraba. En cuanto mis hombros golpearon el colchón, él se situó sobre mí, reclamando cada centímetro de mi espacio. No hubo pausa, solo hambre.

Me abrió de piernas con un movimiento brusco y posesivo, hundiéndose en mí con una estocada tan profunda que me hacía gemir sin cesar y clavar las uñas en sus hombros, marcando su piel. Era puro fuego. El sonido de nuestros cuerpos chocando, el ritmo frenético de su respiración contra mi cuello y esa sensación de estar siendo devorada en mente y cuerpo me llevaron al límite. Sus manos no paraban, buscaban mi piel, mis pechos, mi rostro, mientras su cara reflejaba una satisfacción casi salvaje al verme perdida en él.

—Mírame —ordenó, con la voz entrecortada mientras sus movimientos se volvían más rápidos, más feroces—. Quiero ver cómo te vienes por mí.

Su lengua encontró la mía en un beso desesperado, asfixiante, mientras sus manos bajaban de nuevo para torturar mi clítoris con una presión experta, llevándome a un clímax que explotó en mis venas como lava. Me aferré a él, gritando su nombre contra su boca, sintiendo cómo se tensaba, sus músculos vibrando bajo mi tacto, y se derramaba dentro de mí con una fuerza que me hizo temblar por completo.

Nos quedamos allí, entrelazados, con el sudor pegando nuestras pieles y el corazón latiendo al unísono en un silencio que solo el placer absoluto puede dictar. En ese momento, él era lo único real en mi universo. Nada más importaba.

Poco a poco, el estruendo de mis latidos fue cediendo ante un peso delicioso y cálido. Me sentía vacía de tensiones, agotada por la intensidad de un encuentro que me había dejado los nervios a flor de piel. Me acurruqué entre las sábanas, aún sintiendo el eco de su voz y el rastro imaginario de su calor sobre mis muslos. Sentí el brazo de Ian rodear mi cintura, atrayéndome hacia él con una posesión más suave, pero igual de firme. Su pecho, todavía agitado por la batalla de placer que acabábamos de librar, se pegó a mi espalda desnuda, y por un instante me sentí el ser más seguro del universo. Mis dedos, aún temblorosos, acariciaron sus manos entrelazadas sobre mi vientre; su piel estaba ardiente, marcada por el sudor y el aroma de nuestra entrega. El olor de su colonia mezclado con el rastro metálico del sexo llenaba mis pulmones, embriagándome más que cualquier alcohol.

—Descansa, Zoe... —susurró cerca de mi oído, y su aliento me provocó un último escalofrío de satisfacción.

Cerré los ojos, disfrutando de la pesadez de mis extremidades. Sentía un leve hormigueo en la zona íntima, un recordatorio físico y punzante de lo que él acababa de hacerme, de cómo me había invadido y reclamado. Era una sensación de pertenencia que me llenaba el pecho de una euforia silenciosa. La habitación, antes un escenario de guerra pasional, ahora era un santuario de paz.

Con el alma satisfecha y los párpados pesando como el plomo, me dejé arrastrar por el sueño, hundiéndome en una oscuridad plácida donde solo existía su calor. El mundo exterior, mis dudas y el pasado dejaron de importar, frente a la perfección de nuestro encuentro. Lo último que recuerdo fue una última exhalación profunda, antes de que el silencio absoluto de la habitación me envolviera por completo, encontrándome en un santuario de paz, el único lugar donde la realidad no podía alcanzarnos, fundida en el abrazo de un hombre que, aunque fuera solo en ese instante, me pertenecía sin condiciones.


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